24 noviembre, 2018

Barrio bravo

«¿Y El loco? ¿Dónde está?» preguntó Rubén a un joven delgado, con las cejas depiladas, delineadas y con tatuajes en ambos brazos. Vendía ropa deportiva en uno de los miles de puestos ambulantes que se han apoderado de las calles del barrio bravo. 

«Por allá», el joven señaló hacia el fondo de la calle, «pasando el gimnasio y la cancha de fútbol». El loco comenzó con un puesto de calcetas y rodilleras, ahora, cuarenta años más tarde, era dueño de un pequeño imperio que vendía y controlaba en el barrio todo lo necesario en torno al deporte y la adrenalina.

Atravesamos la cancha por las gradas. Silencio. El pasto largo, descuidado. Habían pasado semanas sin que nadie lo pisara. «Los boxeadores profesionales tienen prohibido jugar fútbol», dice Rubén pausado, cada uno de sus pasos es como un golpe bien aterrizado, «porque los muchachos siempre salen lastimados.»

Aunque ya mayor, Rubén fue boxeador, su espalda lo delata. De joven conoció a El loco, a él le había comprado sus primeros guantes. Encontrarlo significaba descubrir un poco más sobre Rodolfo, El Chango, Casanova, un boxeador de los años treinta cuya historia habíamos pasado un año indagando. Un Ídolo olvidado de la época de oro del boxeo mexicano.

Casanova había deambulado las calles de ese barrio. Primero como un desconocido, luego como un héroe, más tarde, cuando había perdido la fuerza, la cordura y la destreza, como un mendigo. Sus últimos días se le vio borracho, pepenando aplausos en los cuadriláteros y pidiendo monedas para comprar unos tragos. En el gimnasio que habían bautizado en su honor lo recordaban y aseguraban que El loco había sido su amigo.

«En esa vecindad encuentran a El Loco» aseguró una mujer que tenía un puesto en el que vendía huevos que sazonaba con limón y sal; los recomendaba para el corazón, el amor, la presión y la buena digestión.

«¿Qué buscas amigo?» dijo uno de los tres hombres que custodiaban la puerta de la vecindad al notar que Rubén y yo caminábamos directamente hacia él, «tengo coca, niñas de catorce y dieciséis» continuó susurrando a Rubén al oído. 

«Estoy buscando a El loco» respondió Rubén, «soy su amigo». Los tres lo miraron malcarados. Luego a mí desconfiados. Era claro que debajo de la ropa estaban armados, pues mantenían ambas manos cerca de los costados.

«¿Quién eres?» habló uno que hasta el momento guardaba silencio, tenía ojos verdes, rasgados, como los gatos. «Soy Rubén, lo conozco desde hace años», continuó pausado pues la labia lo traicionaba, rastro de los miles de golpes que había recibido en la cara.

«Díganle que aquí afuera lo espero» continuó, sabía que esos hombres no eran de fiar, que debíamos mantenernos alejados, «estaré ahí» y señaló un la entrada a un local; un depósito de cervezas.

Dentro del depósito, Rubén tomó dos cervezas de uno de los refrigeradores. Había que pagarlas a una mujer que atendía un puesto de juguetes afuera en la calle. No había mesas, solo una banca, decenas de cajas de cerveza apiladas (unas llenas, otras vacías), una cortina que escondía una letrina y el olor condensado de la orina. En una esquina, un viejo también bebía. Daba la impresión de que a eso había dedicado toda su vida.

Rubén cambió la cerveza por caguama. El loco no aparecía así que me indicó que lo esperara adentro. Pocos pasos después lo interceptó una voz, «¿A dónde crees que vas?». Era el hombre con los ojos de gato. A su alrededor, otros cinco, lo acompañaban. Todos armados, cada uno, acompañado de una motocicleta.  

«¿Qué quieren?» gritó el de los ojos de gato, «¿quién los mandó?». Rubén, entrenado para ocultar el pánico, respondió calmado. «Nadie, queremos preguntarle a El loco sobre un boxeador al que conoció, Rodolfo Casanova».

Era claro que no nos creían. Tampoco sabían qué responder. «Si no me creen pueden preguntarle a Quiros. También venimos a hablar con él» inventó Rubén y los jóvenes bajaron la guardia y las armas. 

«Vamos», indicó el ojos de gato y nos custodiaron hasta la entrada de otra vecindad donde vivía Quiros. Un nuevo grupo de jóvenes armados interrumpió, «¿qué quieren? ¿Con quién vienen?». El hombre de los ojos de gato nos soltó y entregó. «Buscamos a Quiros» respondimos y abrieron el paso.

Con el puño, Rubén golpeó la puerta de la casa de Quiros, un viejo amigo y compañero de boxeo. Chocó tan fuerte que aparecieron los vecinos. Nada. Esperamos. No podíamos volver a la calle, no sin él. Minutos después percibimos unos pasos.

Quiros despertaba, terminaba su siesta diaria. Era entrenador en el gimnasio junto a la chacha de fútbol, un viejo lobo conocido por todo el barrio. «Esperen aquí hasta que se enfríen las cosas» pronunció y nos sentamos en su sala. Rubén destapó otra cerveza, luego otra más. A Quiros, el alcohol ya le hacía daño.

«Hace unas semanas mataron a un sobrino en la entrada», nos contó, «de las cuarenta casas que hay en la vecindad, cuarenta y cinco, venden droga. La policía hace redadas pero dice que nunca encuentra nada».

Quiros caminó con nosotros hasta la calle. Se había hecho tarde, todos los jóvenes armados habían desaparecido, «ya se han de estar drogando» concluyó. Cruzamos la cancha de fútbol abandonada, «nadie viene a entrenar» continuó, «la maña se ha apoderado de las calles, de las ilusiones de los jóvenes. Solo ejercitan los ojos buscando dinero fácil. La adrenalina vine de extorsionar y de amedrentar».

Lo despedimos afuera del Metro. Rubén, que había bebido algunas cervezas de más resbaló. Del vagón salió un joven apresurado, con audífonos, cadenas y los bolsillos abultados. Calculé tendría la misma edad de cuando Rodolfo, El Chango, Casanova, entrenaba para convertirse en campeón. Un héroe bravo más que el barrio ha olvidado. 

Leer completo

11 noviembre, 2018

Un millón para Ibrahima

Ibrahima vive en una de las pocas casas con dos pisos en un barrio cerca de la playa más turística de Dakar. Tiene seis hijos pero con él y su esposa solo viven cinco. El sexto, que ya cumplió dieciocho años, se mudó a Río de Janeiro. Trabaja en un supermercado. Se fue a descubrir el horizonte del otro lado del mar.

Al alba, Ibrahima despierta y maneja hasta el aeropuerto a las afueras de la ciudad. Ahí trabaja. Cambia divisas. Su oficina es un pequeño local junto al estacionamiento. Un cubículo con paredes blancas y un sillón medio roto en tonos claros que esconde una caja fuerte. Es el único que conoce la combinación. Ahí guarda fajos de billetes, miles de dólares, euros y la moneda local. La puerta de vidrio está cubierta con recortes de películas senegalesas y la imagen de un imán.

Junto a su oficina, hay otro local que renta un brujo, del otro lado una tienda de recuerdos africanos con cientos de artículos de madera y un hombre que repara teléfonos móviles. Los empleados de Ibrahima trabajan en la calle. Como buitres esperan a los turistas que van llegando. Deben ofrecer el mejor cambio, pues “el visitante se siente robado por los bancos”.

Sus empleados entran y le entregan billetes. Él cuenta uno por uno cuidadosamente. Se dice bueno para los negocios. Sabe vender y cobrar lo que le corresponde. Habla inglés, español, francés, italiano y dos lenguas africanas. Asegura que el Senegal, es caro y barato, “todo depende de cómo sepas negociar”.

Los hijos que viven con él van al colegio. A las 7.50 de la mañana los recoge el autobús. Los cuatro más pequeños regresan a la una. Moussa, el mayor, de once años, regresa a las seis pues ya cursa primero de secundaria. Ha aprendido algunas palabras en castellano. Lo aprendió escuchando a su padre cuando lo visita un amigo que nació en España.

Aunque en su barrio no hay calles y los caminos son de arena y tierra, es un buen barrio. Ibrahima espera poder construir un tercer piso a su casa. Por dentro, la ha decorado con pocos cuadros mal ejecutados, los baños tienen piso y mosaicos, y en la sala, al centro, hay una televisión rodeada por tres sillones verdes de piel.

El cuadro que cuelga en el muro principal de la sala es de una flor, junto hay marco dorado con una fotografía de La Meca. Él es musulmán pero la familia de su esposa son católicos. Ella se convirtió pues Ibrahima se lo exigió. Dos veces a la semana los visita un tutor para que los niños aprendan el Corán.

Moussa identifica dónde se encuentran las principales mezquitas cerca de su casa. Le gusta la pizza y los kebabs aunque pocas veces visita un restaurante. La cerveza le da igual pues en su familia nadie bebe alcohol. Le atrae la shisha, sueña con fumar cuando crezca, como su padre.

Ibrahima fuma tabaco “de marca”, le gustan los Marlboro Light. Todas las mañanas una mujer llega y ayuda con la limpieza de la casa. También a cocinar. Para eso le pagan. Viene de un pueblo cercano a Dakar. Al mediodía cocina arroz frito con trozos de pescado y por la noche Laj; sémola de trigo con leche dulce de cabra que todos comen con las manos. A los niños les encanta y cuando se han terminado la hoya se chupan los dedos. Se les infla tanto el estómago que a la mañana siguiente les cuesta despertar.

Moussa escucha rap, hip hop y música en general. Abrió una cuenta en Facebook pero olvidó la contraseña. En casa no tiene computadora así que se conecta en un cyber que le queda cerca. Desde que su hermano mayor se mudó a Brasil a él lo dejan salir solo pues se convirtió en el mayor. Siempre intenta distintas combinaciones para recuperar su cuenta pero al no lograr nada se mete a YouTube y pone videos de sus canciones favoritas. Busca las versiones para karaoke pues las puede cantar y repetir hasta memorizarlas. Los otros usuarios del cyber se quejan de que hace ruido y lo zapean.

Los fines de semana visita la playa con uno de sus hermanos menores. Salen de la casa de puntitas para que sus hermanas no los escuchen o se les pegan y no los dejan nadar tranquilamente. Moussa sabe nadar bien. Su hermano no. Se meten en calzon. Un amigo de Ibrahima que renta sombrillas en la playa les presta una y un chaleco salvavidas. Compran cacahuates y fruta preparada que ofrece una mujer que camina por la playa.

Tirados sobre la arena ven a unos que entrenan luchas. Otros tocan tambores y cantan. Al fondo de la playa están los turistas blancos. Moussa y su hermano no pueden entrar a esa parte de la playa caminando. Es privada, propiedad de un hotel. Solo puede acceder nadando. Cuando lo hacen acaban jugando con los niños blancos. Organizan partidas de fútbol o reman, pues en ocasiones, les prestan un bote que los turistas suelen rentar por horas y siempre se aburren antes de que acabe su tiempo.

Después caminan de regreso a casa. Deben tener cuidado pues en la playa es fácil lastimarse los pies. Está muy sucia. Los pescadores dejan escamas, espinas y en ocasiones, los anzuelos que ya no utilizan. Aunque conocen bien el barrio se pueden perder entre los callejones. Su madre les exige que regresen antes de que oscurezca pues ahí no hay alumbrado. Moussa se guía por los árboles, la mayoría son baobabs. “Sagrados” los describe, “hay que tener cuidado pues dentro se esconden fantasmas”.

Cerca de su casa pasa un canal del drenajes de Dakar. Desperdicios, mierda que termina en el mar. Si quieren ir a la carretera que los lleva al centro de la ciudad, deben caminar junto al canal durante más de diez minutos. Todos se han acostumbrado al olor. A Moussa le sorprende que las aves deban de esa agua pues es un río muerto, sólo ha visto basura moverse adentro.

Cuando no va a la playa, Moussa visita a su vecina, Ingrid. Ella es mucho mayor que él. Es francesa, tiene un pitbull de nombre Vándalo. Cuando por la ventana ve que ella ha llegado a su departamento corre y le toca la puerta. Si ella no contesta la abre y llama a Vándalo. Entonces se sienta y lo acaricia. Asegura que cuando crezca tendrá uno igual.

Le gustan los idiomas, quisiera aprender más. El latín le llama la atención. Siempre que anda por la calle saluda a los vecinos. A sus hermanos los quiere y los protege. Se queja de los mosquitos aunque a él jamás lo han enfermado. Su mayor sueño es tener una cámara y fotografiar.

En la casa de Ibrahima es raro escuchar silencio pues el televisor de la sala siempre está encendido. Ibrahima, confiado en su destreza para los negocios, decidió comenzar uno nuevo con los turistas a quienes les cambia dinero. “Tengo habitaciones limpias y seguras” ofreció pero a la mañana siguiente todos se quejaron.

Cobraba caro y no daba buenos servicios. Olvidó que a los blancos les gusta el agua caliente y su calentador no funcionaba, tampoco notó que varias de las camas estaban rotas y todos despertaron con la espalda torcida y adolorida. Una mujer gorda, con el cabello teñido de azul y tatuajes de aves, dejó a Moussa sorprendido. Jamás había visto a una mujer que comiera y gritara tanto.

Ibrahima regresa de noche a casa. Hora en que Moussa y sus hermanos casi siempre están dormidos. Cuando ha llegado y están despiertos es porque entre ellos se pelean. Entonces, recurre a la fuerza de su mano y los castiga. Ellos lloran, todos gritan y los manda a dormir en literas.

Cansado, Ibrahima sube a la azotea y fuma. Mezcla marihuana con tabaco. Así le gusta más. En su azotea viven más de quince cabras. Le gusta tenerlas cerca pues le recuerdan su pasado, su pueblo. Cuando va a tener alguna fiesta ahí mismo las mata. Tiene un cuartito en la parte de atrás para que no vean y se asusten.

Mientras fuma escucha los rezos que se transmiten por los altavoces de la ciudad. Disfruta cada calada del cigarro y piensa en su mujer, en que le han vuelto a preguntar si está embarazada pero no lo está. Después del último hijo se le quedó hinchada la panza. Aunque visitó al doctor nadie sabe qué tiene. Él le recomendó masajes y ejercicios que ella prefiere evitar.

Como ella viene de una familia católica no le gusta la costumbre de que su marido pueda tener otras esposas. Así la educaron. Pero él siempre ha sido musulmán y su religión le permite tener hasta cuatro y una viuda. Como lo hizo su padre. Él le ha prometido que solo la tendrá a ella, pero cada noche, cuando sube y enciende su cigarrillo se pregunta si así seguirá.

A la mañana siguiente vuelve a despertar junto a ella y se convence de que es mejor mantener su vida como está: tranquila, pues tener más de una mujer puede significar muchos problemas y le permite ahorrar. Y a Ibrahima le gusta gastar, vestir bien, usar zapatos de piel blancos, lentes de sol y relojes de marca. Así se mantendrá hasta que cuente que entre sus billetes tiene más de un millón. Entonces, las cosas cambiarán.

Leer completo

4 junio, 2015

La Libertad

La Libertad está en el ombligo del barrio de Tepito. Es una calle angosta, silenciosa y perpendicular al camino de puestos. Quedan algunos zapateros.  De las ventanas cuelgan suelas y pieles multicolores. Se oye trabajar máquinas viejas.

Entre dos carcachas veo a un joven tirado. Mugriento. Hace poco se inyectó, seguirá inmóvil por un rato. Entre murales de graffiti está la entrada a una privada. Como moscas, un grupo de jóvenes la custodian. Junto, una tiendita.

Hace años, Rubén se sentaba en esa tiendita y bebía cerveza. En la privada vivía su amigo El Jalo. La mota nunca le gustó, la coca tampoco aunque ahí, con El Jalo, la probó. Él la vendía. En unos escalones escondía ladrillos de mercancía. Afuera vendía al menudeo. Adentro al mayoreo.  Luego comenzaba su rondín en el Teatro Blanquita, de ahí a otros teatros. Dice que uno de sus clientes era Paco Stanley.

20150521_114627

Camino con Rubén hacia la puerta de acceso a la privada. El grupo de jóvenes busca intimidar con la mirada. Están armados. Uno deja ver que carga una metra. Decimos que vamos con Fitos y abren paso. Saben que es nativo, vecino, vive en la privada y eso lo respetan. Al del gas también le permiten el paso.

Un Chihuahua nos ladra. Tocamos una puerta. “Aquí no vive”, responde una mujer y da un portazo. “¿Qué pasó o qué?” Responde Fitos. Apenas despierta de una siesta. Es sábado, día que descansa de entrenar jóvenes boxeadores en el deportivo Guelatao.

Su gimnasio es el “Rodolfo, El Chango, Casanova”. Hace años lo conoció. En una esquina de la casa cuelga la foto enmarcada. Salen los dos. El Chango en traje afuera de la Coliseo. Se conocieron en el ambiente del Jalowai. Se topaban en cantinas.  “¿Qué pasó?” le decía Fitos. El Chango respondía pero había que invitarle una bebida.

chango

El Chango acabó teporocho, “ya ni el alcohol le hacía daño”. Lo levantaban de Garibaldi, lo bañaban y le ponían un traje. Era sencillo, amable. Nada más con que subiera al ring, todos le aventaban dinero. La gente se lo daba, era un ídolo. Al día siguiente no tenía un quinto y lo metían a La Castañeda. Un día le dio un derrame y cayó muerto. Acabó en el panteón de los olvidados.

Nos sentamos en la sala. Entre las cientos de fotos de boxeo que cuelgan en la pared también está Kid Azteca. El Chango se dio el lujo de ganarle siendo pluma y el otro walter. También a Zurita y a otros campeones. Junto con Carlos Montés, uña y carne de Kid Azteca, eran los invitados de honor a las funciones del Guelatao. Vivían en una vecindad en Garibaldi. Fitos se pregunta si Carlos seguirá vivo. La última vez que se toparon usaba pants blancos. Ya no veía. Los años no perdonan.

Fitos nació en Tepito. Ahí se casaron sus padres y vive toda su familia. A Rubén lo conoció en el deportivo Guelatao. Hace casi veinte años trabajaron juntos, cuando todavía había cantidad de boxeadores y tenían suerte con las chavas.

“Hoy, cualquiera es entrenador”, se queja Fitos en su silla. Rubén le pide café. Fitos bromea que de ese no vende. En la cocina encuentra un poco en una jarra, lo sirve en una taza y lo mete al microondas. Es de estatura baja, moreno, espalda ancha y barre las palabras.

Donde termina la calle Libertad está una estación de policía. En una ocasión entraron a la vecindad. Eran cientos, todos armados. Entraron a las primeras casas. A tiro cantado le preguntaron a Fitos “¿quién vende droga aquí?”. Respondió tranquilo: “de las sesenta casas, sesenta y cinto venden”. Se fueron.

La puerta se abre. Es Marta, esposa de Fitos, que llega acalorada y cargando una maleta. Regresa de Mazatlán. Fitos saca el café del microondas. “¿Cómo se te ocurre darle café en esa tasa?”, exclama Marta, “¿qué pasó en mi ausencia?”.

Había leído un encabezado de “Muerte en Tepito”. En la cuadra contigua mataron a dos y agarraron a varios, incluido el que lavaba los carros, explica Fitos. Ella enciende un Marlboro Light, no nos ofrece pues dice somos deportistas.

Fitos sube a su recámara y baja un suplemento de periódico. Tiene un baúl repleto de notas sobre los que se le han ido, con los que convivió. Nos muestra una fotografía de Casanova trabajando en un taller mecánico. “Dinero, fama y perdición” dice el encabezado. Se ve flaco, sucio, arrugado.

En la nota Casanova reclama no ganar nada por la película Campeón sin corona. En los treinta, sus mejores años como boxeador, ganó millones de pesos de hoy. ¿Ahorita qué es para ti el boxeo?  Pregunta Fitos a Rubén. “Donde ganan los promotores”. Un negocio puro. De joven, Fitos llegaba dos horas antes a la final del torneo Guantes de Oro, se atascaba. Eran peleas, más parejas y eliminatorias directas.

El otro día, le llevaron la convocatoria para ver a cuántos del gimnasio inscribía. Fitos andaba entregando su reporte mensual así que se la dejaron en el gimnasio. Cuando la leyó quedó sorprendido. Peso mosca estaba entre 51kg y 54kg. “Tres kilos de ventaja”. Cuando su hermano boxeaba eran muy estrictos. Tenía que llegar a los 51 exactos. Si no daba el peso se ponía a sudarlo en la Coliseo. Los más difíciles eran los últimos 200-300gramos. Ya estaba seco. Se tenía que ir a una caldera que tenían por ahí con una cobija y a escupir chicle.

Rubén pregunta por un boxeador que usaba guantes amarillos y tenía una cocina con su suegra. Ahora es el taquero del barrio. Le va mejor. Marta ha preparado jícamas y zanahorias con limón y chile. Todos les entramos. Fitos recuerda a un entrenador del gimnasio que llegaba tan borracho que mejor le daban una lana para que la siguiera. Se metía a dormir al vapor. Pudo morir dentro. Lo corrieron y quitaron el vapor.

Han tirado los deportivos. Al Guelatao lo arreglaron pues se usó como locación de una película. Durante ese tiempo no dejaron entrar a nadie. Cambiaron lámparas. Sigue cuarteado por temblores. A unos les da miedo. Clausuran actividades y prestaciones.

En otro deportivo donde trabaja Rubén cobran estacionamiento, cuatro pesos por usar el baño y la zona de box está alquilada. No barren, hasta el presupuesto de limpieza se lo roban. Si ayudan es porque ven dinero.

Rubén hizo a un chavo, lo entrenó desde los siete años. Comenzó a destacar y entonces sí le vieron interés. Hasta la familia. Si el chamaco es duro hay que darle tiempo. Si no es duro saben que no ganará. Ahora tiene veinte, tiempo clave. La última pelea ya no lo entrenó Rubén, dijo “quédenselo”. Le hablaron bonito, le dieron una feria y se lo robaron. Si no tiene éxito, lo joden. La mente de los promotores cambia hacia el peleador, lo sueltan, dejan de cuidarlo. No hay más.

Debemos irnos así que Fitos nos acompaña hacia la calle. Cruzamos un rottweiler con suéter y al grupo de jóvenes. En la esquina de Chavita el peluquero dejamos la calle Libertad. La noche en que Chávez se despidió de la Plaza de Toros, Chavita le dijo a Fitos “¿no quieres venir?” y se lanzó. La eliminatoria anterior fue mejor pelea. ¡Pum! Sonaba cuando Neto Carmona conectaba un golpe a Miguel Ángel, El Mago, González. Madriza. Le rompió una costilla. A Neto le abrió la espalda. No pararon la pelea. Se la dieron a El Mago, creen que le dieron chochos. La de Chávez dejó de verla en el cuarto round.

Al abordar el Metro en la estación Tepito vuelvo a observar su ilustración: un guante de box. Recuerdo a Casanova, Kid Azteca y a los hijos de la revolución. Cuando no tener cicatrices era una vergüenza. Ni quien se acuerde.

tepitos

Leer completo

31 mayo, 2015

El túnel

Al centro de la funeraria se encuentra un patio con cafetería y tres mesas. Una fuente y pasto decoran. En una mesa dos mujeres conversan. Ninguna viste de negro.

Las dos fuman. Hablan de lo mucho que les gusta el cigarro. Una, delgada con cabello largo y rubio, calcula comenzó hace nueve años. Tiene cuarenta. Usa escote, poco maquillaje y vaqueros entallados. La otra, poco más joven, usa falda larga de colores, cabello negro suelto y alborotado.

Un hombre de ojos azules, traje negro de piel y cabello soldado con gel  les pide un cigarro y se sienta a conversar. Dice ser compositor por lo que el cigarro le “es indispensable, tanto como la necesidad por creer”.

“Creer en algo como el Dalai Lama”, interrumpe la mujer con cabello alborotado. “De acuerdo” afirma el hombre, “algunos no lo entienden, hasta que se ven en el túnel. Hasta que ven la luz”.

Ellas le preguntan si ha visto el túnel. Responde que sí. Hace unos años tuvo una novia. Vivía en un departamento viejo donde el boiler estaba dentro de la casa. El ducto de salida de los gases daba hacia la habitación donde se encontraba sentado trabajando.

Su novia se dio un baño “como de cinco horas”. Al levantarse, dio pocos pasos y calló al suelo intoxicado. Al encontrarlo tirado la novia gritó histérica. Él la veía a lo lejos, desesperada, la rodeaba obscuridad. Ella lo arrastró hasta la ventana. Minutos después volvió en sí.

Las dos mujeres asombradas encendieron otro cigarro. “¿Ya se despidieron o falta alguien de despedirse?”, anuncia casi a gritos un encargado de la funeraria, “la cremación de la sala cuatro está por comenzar”.

Los tres apagaron sus cigarros apresurados y se dirigieron rumbo a la sala. Cantando despidieron al cuerpo. Caminaron detrás del ataúd hasta la sala de cremación. Ellas regresaron en llanto a la sala e inspeccionaron los arreglos. Se llevaron sus flores preferidas, las orquídeas.

Leer completo

12 mayo, 2015

Adiós, Pinocho

Tepito texto

Caminamos por el laberinto del mercado del barrio de Tepito hasta llegar al deportivo. Frente a la iglesia de san Francisco de Asís, en el estadio Maracaná, se ha armado la cascarita. El gimnasio de boxeo está cerrado. Rubén toca la puerta con fuerza. Un hombre aparece. Le pregunta por Pinocho. Hace mucho que no lo ve por ahí.

Nos deja entrar. Costales y peras inmóviles. Silencio. Rubén me señala las fotografías que adornan. Rodolfo, El Chango, Casanova, José Medel, Rubén, El Púas, Olivares, Rafael Herrera y Octavio, El Famoso,Gómez. El cuadrilátero está vacío.

 Rafael Herrera

Rafael Herrera

Junto a un puesto que vende calzones de hombre importados de China entramos a una vecindad. Rubén toca una puerta metálica del segundo piso. Una mujer de estatura baja, encorvada, pelo blanco, escoba en mano y mandil abre. Pinocho se está bañando.

–         Dígale que vino Rubén.

–         Le diré que vino una chava o se le va a olvidar.

Rubén ríe, “regresamos como en una hora”. La mujer nos despide con un “ándale pues”. Es Lolita, su esposa.

Nos dirigimos a un depósito de cerveza. Parece estar desatendido. Uno entra y toma las latas que quiera. Al fondo una letrina. Dos borrachos en silencio. La música viene de afuera. El consumo se paga a la señora que atiende el puesto de mallones de enfrente. Diez, doce pesos la lata. También vende cigarros sueltos.

 

Tepito texto 2

Regresamos a la vecindad. En vez de “buenos días” Lolita nos recibe con “buenas tardes”. En la misma habitación conviven una cama matrimonial, un sillón, cocineta, una mesa y varias sillas. Cientos de fotografías y diplomas. Unos colgados, otros recargados. Casi todos de boxeo. “Sienténse, siéntense”, insiste Lolita, cargando una silla.

El cuerpo delgado y moreno de Pinocho se hunde entre el colchón y las almohadas de la cama. Pide ayuda a su esposa para levantarse. Lolita, aunque encorvada, es ágil y lo sienta.

Gerardo, Pinocho, Gutiérrez tiene más de ochenta años. Comenzó como árbitro de futbol pero rápido lo sedujo el boxeo. Más de cincuenta años los dedicó a entrenar jóvenes en el gimnasio de Tepito. Uno fue el campeón gallo Jorge Ramírez. Ahí lo conoció Rubén. En los ochenta, le robó algunos peleadores.

Habla bajito. En la radio acaba un cha cha chá y comienza Perfume de gardenias. Rubén le pregunta si conoce a algún familiar de Rodolfo, El Chango, Casanova. Cree que pueden estar en La Lagunilla.

Pinocho comienza a recordar. Dice haber conocido a todos los viejos campeones pues se curtían en su gimnasio. Lo llamaban para trabajar fuera pero se negaba, prefería quedarse y atenderlo solo. Jamás abandonó Tepito donde lo apodaron así “por mentiroso”.

No recuerda a ningún familiar de El Chango. Nos recomienda buscar en la asociación pero “ya no es lo mismo, se ha vuelto un desmadre”.

“Tepito ha caído” opina Pinocho mientras acaricia el cobertor de la cama. “Tengo la dicha de ser uno de los fundadores de su gimnasio pero ya se cayó”. Hace unos años, cuando todavía podía caminar, Lolita lo ayudaba a bajar las escaleras y él se iba solo hasta las dos de la tarde a ver los entrenamientos.

“Y diga que ya está pintado el gimnasio parecía, haz de cuenta, un cementerio”, interrumpe Lolita, “todavía el señor Sulaimán le hizo un reportaje, aunque ahí ya andaba en silla de ruedas”.

Siguiendo al box, Pinocho conoció el mundo. A Francia llevó nueve veces al mismo peleador. Su gimnasio se coronó cuarenta y nueve años campeón. Todos querían pelear y hacerse en Tepito. Por las mañanas llegaban entre cincuenta y sesenta niños.

“Ahora faltan buenos entrenadores”, agrega, “la gente está un tiempo pero se va”. Unos días antes pidió regresar al gimnasio. Lo encontró vacío. Había tres, cuatro, cinco niños y salió llorando. Sintió tristeza al recordar cuántos entrenaban junto a él.

Nos recomienda buscar a un periodista que “sabe de todo”. Solo él podrá decirnos dónde están y si hay descendientes de Casanova. “Ahorita lo voy a llevar en silla de ruedas a la misa de su compadre”, comenta Lolita, “la nota de su muerte salió en el periódico y los vecinos llegaron a avisar”.

Pinocho se acomoda con las manos y se levanta. Ella acerca la silla de ruedas. “Después de que él correteaba a las chavas, ahora las chavas lo corretean a él. Va adelante y yo atrás de él ¿no?” y nos señala una fotografía de cuando eran jóvenes. Han pasado cincuenta años desde que se casaron, ella es menor. “Él ya no puede correr, yo lo alcanzo rápido” y Lolita comienza a empujar.

 

Leer completo

3 mayo, 2015

Cuando la tierra cruje

Poco después de que salió el sol, Daphne y yo caminamos hasta el cráter de un volcán ardiente. Era nuestro último día en Antigua, Guatemala, así que por la noche salimos a brindar por sus calles empedradas.

Unas copas después, Daphne decidió regresar al hostal. Yo, seguí bebiendo con mis nuevos amigos hasta que la mesera anunció la última ronda. “La fiesta sigue en casa”, dijo uno y los acompañé.

Cuando la noche cambió a madrugada me despedí. No había taxis. “No puedes irte sola”, dijo un muchacho y sacó una pistola del pantalón que recargó sobre la mesa, “en la calle puedes encontrarte con un marero”. Rechacé la pistola y me acompañó hasta la puerta del hostal.

Daphne despertó quejándose. En el dormitorio había una pareja de israelíes que no controló la hormona y no la había dejado dormir. “Es hora de irnos”, dictó y me entregó un vaso con agua y vitamina C efervecente para amortiguar el cansancio y la cruda.

Mochila al hombro abordamos un autobús destino ciudad de Guatemala. La parada fue en un centro comercial. A otro viajero le preguntamos de dónde salíamos rumbo a San Salvador. “Dríjanse al Pollo Campero” y nos explico cómo llegar.

rehola-01

Afuera de una sucursal del Pollo Campero cientos suben y bajaban de autobúses. Llegan cargados con bolsas, verduras, cajas, maletas y animales. Los choferes gritan su próximo destino. La música de fondo es ensordecedora.

Ubicamos cuál abordar. Nos abrimos paso entre vendedores de fruta, dulces, galletas y refrescos. Restos de pollo y basura decoran el suelo. “Estaremos en la frontera en menos de tres horas” me confirma un joven moreno de ojos verdes apopado El gringo, asistente del chofer.

El bus viene lleno. El gringo coloca nuestras mochilas junto con otros bultos al fondo. Acomoda dos cojines sobre una bocina al lado del conductor y los señala como nuestros asientos. Anuncia la partida.

Me pregunta de dónde soy y por cuánto tiempo he viajado. Al responder abre los ojos emocionado. Es la segunda vez que viaja con extranjeros. Los otros fueron canadienses. Me cuenta que escucha música mexicana aunque prefiere la bachata. Le enseño un disco pirata que acabo de comprar. Señala Cien mujeres de Los Vikings como su favorita.

Debo hablar fuerte o no me escucha. La bocina está encendida y a todo lo que da. El bus vibra, con los baches se sacude. Vamos parando en distintos pueblos. Se desocupan lugares y me mudo junto a una ventana. Veo que Daphne comienza a leer y cedo al sueño.

Al despertar, casi todos han bajado. Daphne se ha dormido también. Han pasado más de tres horas. Le pregunto a El gringo ¿cuánto falta?. “Vamos muy retrasados”.

Dos horas después eran casi las cinco de la tarde. Por la ventana observo pueblos con militares y policías empuñando altos calibres. El gringo se sienta en el asiento de junto. “¿Sabes que estamos en territorio marero?”. Respondo que no. Ríe cándidamente y continúa, “como en una hora llegaremos a la frontera. Llegando nos regresamos. Tienen que tomar hacia Santa Ana y luego otro bus a San Salvador”.

rehola-02

Mientras me habla veo como el sol se acerca al horizonte. La noche nos sorprenderá en el camino. “Me caíste bien,” continúa, “hay una señora que cruza todas las semanas, va para Santa Ana, es predicadora, síganla para que no se pierdan”. La señala. Viaja adelante. No veo el rostro pero sí su camisa.

Seguimos cruzando pueblos y vegetación abundante. Ya no veo policías ni militares. El gringo avisa que hemos llegado y nos pasa las mochilas apurado. La mujer que debemos seguir ha bajado con prisa.

La alcanzamos corriendo. “¡Ahí vienen los mareros!” exclama sin detenerse, “el sol y el último bus a Santa Ana están por desaparecer”. Todos se mueven rápido. Veo preocupación en los ojos de Daphne. “No se detengan, ¡sígame!”, insiste refiriéndose a una chica con uniforme que llama con insistencia.

Nos detiene y pide el pasaporte. Los demás caminan apurados sin mostrar documento. Somos las únicas enmochiladas. El pueblo es gris. Las fronteras son imaginarias. Nos guía hasta una pequeña caseta. Esta sola. “¿Qué hacen aquí?” pregunta desconcertada. Sella nuestros pasaportes y advierte que debemos refugiarnos pues pronto el pueblo se llenará de mareros.

Es joven, delgada, el uniforme de migración le queda grande. Tiene un ojo virolo. Dice que podemos escoger entre dormir del lado de Guatemala o de El Salvador. Ella recomienda que alquilemos una habitación en casa de una mujer que conoce y sabe es de los pocos lugares seguros.

“Vamos rápido que aquí sobran ojos”. La seguimos. Hay hombres sentados en las banquetas. Nos observan en silencio. Algunos susurran. El suelo es una mezcla de asfalto quebrado, tierra y basura. Poco alumbrado. Las casas son de una planta, las rodean paredes de tabicón y alambres de púas, ventanas con barrotes y puertas de metal.

La mujer del autobús nos intercepta. El último transporte ha partido y deberá esperar hasta la mañana. Nos pide dormir juntas. Tocamos una puerta. La joven de migración sugiere mentir y decir que nos conocemos desde hace mucho o la dueña no nos dejarán entrar.

Abre una mujer mayor. Nos examina y pasa a una sala decorada con foquitos navideños e imágenes religiosas. Junto a mi, un pitbull de nombre Bestia olfatea mi pantalón. Tiene una habitación que puede rentarnos por un dólar. Está al fondo de la casa, tiene tres camas, puerta metálica y candado. Un retrete y un tubo como regadera. No hay ventanas.

La casera advierte que si queremos cenar algo debemos comprarlo pronto. En quince minutos la puerta se cerrará y nadie podrá salir ni entrar. De la ventana abarrotada de la casa de junto compramos un jugo y unas galletas.

En la habitación, la predicadora se presenta como Apilina. Acomoda sus bultos junto a la cama. Le pregunto por los mareros. Me cuenta que están por todos lados. Es difícil reconocerlos, cada vez se tatúan menos. Durante el día duermen, salen por las noches. Unos asaltan autobuses. A las mujeres las violan y a los hombres los golpean. Daphne intenta tomar una ducha.

A su hija que vive en San Salvador le han robado de todo. En las calles suele verlos muertos por riñas entre clicas. En su pueblo, el presidente municipal harto, enfrentó a dos cabecillas sobre un cuadrilátero en la plaza principal. Todos vieron. La pelea terminó cuando uno le arrancó el ojo a otro.

rehola-03

El sonido de un balazo interrumpe nuestra conversación. Le siguen gritos. “Seguro que agarraron a uno” comenta Apilina mientras se quita los zapatos y camiseta para sobarse la panza y limpiarse el sudor con un trapo. “Luego corren y se suben por los techos”, concluye Aplina acostándose en la cama.

Daphne terminó su ducha más relajada. No dije nada y puse el candado en la puerta. Al apagar la luz mis sentidos se alertaron atentos a cualquier crujido o vibración. Imaginaba qué podría hacer si aparecían. El silencio y aislamiento eran pesadilla. Apilina despertó varias veces al baño. “Ando cursosa”, se quejó.

Cuando enfrió supe que llegaba el día. Apilina acomodó sus bultos y partió. Daphne y yo esperamos un poco más. Tomamos una camioneta que nos dejó en Santa Ana y de ahí un bus a San Salvador. En el camino veía grafittis. Eran rastro de mareros.

En la ciudad, los de a pie les temen. En los condominios, los autos y centros comerciales no. Visitamos otro volcán. Un cráter extinto convertido en lago silencioso rodeado de vida. Recordé el cráter de fuego, el sentimiento de temor frente a la tierra agrietada que cruje, ruge y cuya violencia devora.

Leer completo

10 abril, 2015

Ella

Al adoptar a un perro, Eugenia se dio cuenta de las responsabilidades que adquiría. Debía enseñarle un poco de todo y llevarlo a ejercitarse. Ella era sedentaria. Su lonja y panza lo delataban.

Su perro era pequeño y blanco así que lo nombró Huevo. Cerca de su casa estaba una de las plazas más antiguas de la ciudad. Al centro, tenía una iglesia casi en ruinas con un patio. El resto eran jardines y bancas. En el patio se reunían los perros con sus dueños. Mientras Huevo perseguía a otros perros, ella platicaba con madres de familia, viejitas chismosas y algunos pubertos.

Una mañana, ya de salida, notó que entre unos matorrales se asomaba una cola larga, negra y rugosa. Ella se acercó a ver y Huevo a oler. Al descubrir que era una iguana gigante su primer impulso fue alejar a Huevo quién comenzó a ladrar.

“No le hará nada” dijo una voz y Eugenia volteó. Era un joven que junto a ella descubría a la iguana. Él se acercó e intentó agarrarla de la cola. El animal se movió rápido y se escondió entre los arbustos. Parecía estar lastimado de una pata. “Espera, ahora regreso”, dijo el joven y corrió hasta desaparecer.

La iguana y Huevo se quedaron inmóviles. Eugenia con las mejillas arrebatadas. Observó a su alrededor y agradeció que no habían más perros que molestaran a la iguana escondida. Sentía insectos en el estómago.

Se sentó en la banca más cercana y guardó las manos en los bolsillos del abrigo. Huevo se sentó a su lado. El joven regresó con una caja grande. Ella amarró a Huevo en la banca y acorralaron a la iguana. Con la ayuda de una rama lograron sacarla de los arbustos y meterla dentro de la caja. No fue fácil.

Su mirada necia lo seguía. Lo encontraba encantador. Calculó tenían la misma edad. Notó que se comía las uñas y que probablemente no había lavado sus tenis desde nuevos. ¿Y qué harás con ella?, preguntó Eugenia nerviosa. “Mi vecina es veterinaria, la curaremos y le buscaremos casa” y con caja e iguana entre los brazos dijo adiós y partió.

No podía dejar de pensar en él. A la mañana siguiente, junto con Huevo, regresó a la plaza. No estaba. Se preguntaba dónde viviría. Por un barrendero se enteró de que hace muchos años vivían iguanas en la plaza. Había un mercado de frutas y las iguanas comían los sobrantes. Eran verdes. Al crecer la ciudad el mercado se mudó y las iguanas tuvieron que buscar alimento en las alcantarillas. Entonces se tornaron negras y desaparecieron.

Las siguientes semanas lo buscó sin suerte. Fantaseaba cómo era, qué haría, qué le gustaba y si a él también le temblaba el pecho al pensar en ella. La iguana era otro misterio.

Una mañana la despertaron los ladridos de Huevo. Desde la cama notó que su puerta estaba abierta y la de la terraza también. Pensó que uno de los gatos de la vecina se había saltado a la terraza. Huevo los detestaba. Volvió a cerrar los ojos e ignoró el ruido.

Cuando escuchó los ladridos dentro de la habitación abrió lo ojos. Un globo rojo en forma de corazón flotaba y viajaba dentro. Se desinflaba lentamente. Había entrado por la puerta de la terraza y Huevo le ladraba. Eugenia lo interpretó como una señal y se dirigió al parque.

Se sentó en una banca y lanzó una pelota que Huevo cachó. Entonces lo vió. Caminaba con un perro grande. Al verla se acercó. Los perros se gruñeron y ladraron. Ella preguntó por la iguana. Él, al no escuchar, le hizo señas de que esperara.

Se aproximó. Le había puesto bozal a su perro. La iguana estaba bien, recuperándose. Eugenia sentía que flotaba. Le contó que estudiaba cine. Ella administración. Ofreció prestarle un libro e intercambiaron teléfonos.

Tres días después la llamó. Quedaron de verse esa noche. Él le mandaría un mensaje para fijar el lugar del encuentro. Eugenia se probó todos los vestidos que tenía. Ninguno le escondía la panza. Le habló a un amigo y pidió asesoría. Le escogió uno con el que sentenció “lo harás frenar con motor”. Ella se maquilló y le mandó un mensaje. Él nunca respondió.

 

Leer completo

28 marzo, 2015

David Carmona

David Carmona en el gimnasio de boxeo Eduardo Molina. Anoche, 27 de marzo de 2015, Carmona ganó por decisión unánime a David Lozano el Título Mosca Latino de la OMB en Florida, EEUU.

Puedes ver la pelea en http://https://www.youtube.com/watch?v=CGhXdJZni0o&feature=youtu.be

En Abril de 2013 Nexos publicó sobre él ¡Duro, Carmona!

Ahora va por el título mundial.

Leer completo

17 marzo, 2015

Vigilia

Nazario era un niño cuando Lázaro Cárdenas repartió las tierras de las haciendas en Michoacán. “Tu te robaste cincuenta metros” y por eso, Julio reventó tres plomazos en la cien de Hermenegildo. Nazario lo vio. También cuando otros dos se balacearon porque a uno le tocó el río y el otro no tenía agua.

En una encurcijada conoció a José Barriga. Se le había escapado una mula y Nazario la enlazó. Barriga notó que el joven era huérfano y fuerte así que lo invitó a unirse en su camino. Compraba aguardiente en tierra colorada, cargaba treinta mulas con barriles y los vendía por tierra caliente y el valle de los lagos.

Los borrachos lo conocían. Al ver llegar sus mulas se organizaban. Prendían fogatas, tocaban música y él les vendía arguardiente. Todo el pueblo asistía. Primero reían y bailaban, luego se peleaban y dormían. Barriga no tomaba, servía trago y cobraba billetes. A lo lejos, Nazario cuidaba de las mulas, los barriles y los baúles llenos de billetes con naftalina para que no se los comiera la polilla. Por el día caminaba y José Barriga descansaba sobre una mula. Por las noches debía estar atento a los ladrones. Casi no dormía.

Una noche, Nazario vió a una muchacha y quedó embrutecido. Iba sola. Dejó las mulas, el cargamento y fue tras ella. Entre las sombras la llamó con un chiflido. Ella se acercó y con un costal le cubrió la cabeza. Gritó. Nazario intentó cerrarle la boca, taparle las narices y al no medir su fuerza le tronó el pescuezo. La música disfrazó el encuentro.

Comenzó a sudar. Sobre los hombros se hechó el cuerpo encostalado de la joven y corrió hacia lo más oscuro. Metió una mano al costal y tocó su rostro. Era suave, algo que nunca había sentido. La llevó hasta las mulas. Barriga no había notado su ausencia y seguía vendiendo bebida.

Un impulso lo guió al río. Casi se topa con una pareja. Sumergió el cuerpo. La corriente hizo que lo perdiera de vista.

Al salir el sol Barriga contaba los billetes recién ganados y guajolotes que le habían intercambiado durante la noche. Con un grito despertó y exigió a Nazario preparar las mulas. Era la primera vez que se quedaba dormido.

Leer completo

27 febrero, 2015

Limpiar

La doctora Dominique Suzzette despertó en completa oscuridad. Era una madrugada de invierno. Nevaba. Se puso guantes, chamarra de pluma, sombrero y encaró el frío.

Camino a la morgue se detuvo en la boulangerie. Era la única que conocía abierta a esa hora. Dominique no podía trabajar con el estómago vacío.

En la morgue la esperaban ansiosos. Habían encontrado un cadáver en la entrada. Nadie vio quién lo dejó. Calculaban había muerto pocas horas antes.

El cuerpo esperaba en una de las salas de autopsia. Dominique se preparó. Amarró el pelo con una liga dentro de una cofia, cambió la chamarra por bata y los zapatos. Se lavó las manos e inspeccionó el cuerpo. Estaba helado.

Era hombre. Le calculó cuarenta y cinco años. Cabello negro y corto debajo de una peluca rubia. Ojos grandes y verdes. Maquillado. Era hermoso, pensó. Rompió las medias y atravesó el corsé de terciopelo rojo con unas tijeras. Su piel era suave. Ningún rastro de violencia.

Posiblemente un paro cardíaco, pensó Dominique. Buscó una identificación entre su ropa. Nada. Recordó que lo habían encontrada cubierto por una capa. Al revisarla encontró una tarjeta con un teléfono y dirección. Una secretaria llamó, alguien debía identificar el cuerpo.

Dominique entró a su oficina, se sirvió un café y revisó los pendientes del nuevo día. Por la ventana veía la ciudad de París que despertaba. La rodeaba un museo de trozos humanos sumergidos en formol y herramientas viejas de medicina.

Un grito seguido por un llanto desesperado interrumpieron su concentración. Salió y en un pasillo encontró una mujer embarazada, con falda y camisa perfectamente almidonada. Junto, un niño no mayor a seis años. También impecable. Dominique solo había visto modelos así en los anuncios publicitarios de Coco Chanel.

Al ver a la doctora, la mujer se acercó y gritando preguntó por su marido. Dominique guardó silencio. La mujer exigió ver el cuerpo. Dominique se lo negó. El niño comenzó a llorar y la mujer exigió más. Dominique abandonó el pasillo.

Corrió hacia la sala donde esperaba el cadaver y cerró con llave. Lo observó. Cogió una cubeta, la lleno con agua y jabón y con una esponja comenzó a lavar el cuerpo cuidando quitar el maquillaje del contorno de los ojos.

Afuera. La mujer gritaba y exigía que la policía la ayudara. En un arranque de furia, cayó al suelo y rompió las costuras de la falda. Dominique regresó al pasillo y la guió hasta el cadaver de su marido. “Mi padre fue un gran capitán” dijo el niño. Dominique asintió con la cabeza y miró sus manos. Estaban manchadas de rimel.

Leer completo