24 noviembre, 2018

Barrio bravo

«¿Y El loco? ¿Dónde está?» preguntó Rubén a un joven delgado, con las cejas depiladas, delineadas y con tatuajes en ambos brazos. Vendía ropa deportiva en uno de los miles de puestos ambulantes que se han apoderado de las calles del barrio bravo. 

«Por allá», el joven señaló hacia el fondo de la calle, «pasando el gimnasio y la cancha de fútbol». El loco comenzó con un puesto de calcetas y rodilleras, ahora, cuarenta años más tarde, era dueño de un pequeño imperio que vendía y controlaba en el barrio todo lo necesario en torno al deporte y la adrenalina.

Atravesamos la cancha por las gradas. Silencio. El pasto largo, descuidado. Habían pasado semanas sin que nadie lo pisara. «Los boxeadores profesionales tienen prohibido jugar fútbol», dice Rubén pausado, cada uno de sus pasos es como un golpe bien aterrizado, «porque los muchachos siempre salen lastimados.»

Aunque ya mayor, Rubén fue boxeador, su espalda lo delata. De joven conoció a El loco, a él le había comprado sus primeros guantes. Encontrarlo significaba descubrir un poco más sobre Rodolfo, El Chango, Casanova, un boxeador de los años treinta cuya historia habíamos pasado un año indagando. Un Ídolo olvidado de la época de oro del boxeo mexicano.

Casanova había deambulado las calles de ese barrio. Primero como un desconocido, luego como un héroe, más tarde, cuando había perdido la fuerza, la cordura y la destreza, como un mendigo. Sus últimos días se le vio borracho, pepenando aplausos en los cuadriláteros y pidiendo monedas para comprar unos tragos. En el gimnasio que habían bautizado en su honor lo recordaban y aseguraban que El loco había sido su amigo.

«En esa vecindad encuentran a El Loco» aseguró una mujer que tenía un puesto en el que vendía huevos que sazonaba con limón y sal; los recomendaba para el corazón, el amor, la presión y la buena digestión.

«¿Qué buscas amigo?» dijo uno de los tres hombres que custodiaban la puerta de la vecindad al notar que Rubén y yo caminábamos directamente hacia él, «tengo coca, niñas de catorce y dieciséis» continuó susurrando a Rubén al oído. 

«Estoy buscando a El loco» respondió Rubén, «soy su amigo». Los tres lo miraron malcarados. Luego a mí desconfiados. Era claro que debajo de la ropa estaban armados, pues mantenían ambas manos cerca de los costados.

«¿Quién eres?» habló uno que hasta el momento guardaba silencio, tenía ojos verdes, rasgados, como los gatos. «Soy Rubén, lo conozco desde hace años», continuó pausado pues la labia lo traicionaba, rastro de los miles de golpes que había recibido en la cara.

«Díganle que aquí afuera lo espero» continuó, sabía que esos hombres no eran de fiar, que debíamos mantenernos alejados, «estaré ahí» y señaló un la entrada a un local; un depósito de cervezas.

Dentro del depósito, Rubén tomó dos cervezas de uno de los refrigeradores. Había que pagarlas a una mujer que atendía un puesto de juguetes afuera en la calle. No había mesas, solo una banca, decenas de cajas de cerveza apiladas (unas llenas, otras vacías), una cortina que escondía una letrina y el olor condensado de la orina. En una esquina, un viejo también bebía. Daba la impresión de que a eso había dedicado toda su vida.

Rubén cambió la cerveza por caguama. El loco no aparecía así que me indicó que lo esperara adentro. Pocos pasos después lo interceptó una voz, «¿A dónde crees que vas?». Era el hombre con los ojos de gato. A su alrededor, otros cinco, lo acompañaban. Todos armados, cada uno, acompañado de una motocicleta.  

«¿Qué quieren?» gritó el de los ojos de gato, «¿quién los mandó?». Rubén, entrenado para ocultar el pánico, respondió calmado. «Nadie, queremos preguntarle a El loco sobre un boxeador al que conoció, Rodolfo Casanova».

Era claro que no nos creían. Tampoco sabían qué responder. «Si no me creen pueden preguntarle a Quiros. También venimos a hablar con él» inventó Rubén y los jóvenes bajaron la guardia y las armas. 

«Vamos», indicó el ojos de gato y nos custodiaron hasta la entrada de otra vecindad donde vivía Quiros. Un nuevo grupo de jóvenes armados interrumpió, «¿qué quieren? ¿Con quién vienen?». El hombre de los ojos de gato nos soltó y entregó. «Buscamos a Quiros» respondimos y abrieron el paso.

Con el puño, Rubén golpeó la puerta de la casa de Quiros, un viejo amigo y compañero de boxeo. Chocó tan fuerte que aparecieron los vecinos. Nada. Esperamos. No podíamos volver a la calle, no sin él. Minutos después percibimos unos pasos.

Quiros despertaba, terminaba su siesta diaria. Era entrenador en el gimnasio junto a la chacha de fútbol, un viejo lobo conocido por todo el barrio. «Esperen aquí hasta que se enfríen las cosas» pronunció y nos sentamos en su sala. Rubén destapó otra cerveza, luego otra más. A Quiros, el alcohol ya le hacía daño.

«Hace unas semanas mataron a un sobrino en la entrada», nos contó, «de las cuarenta casas que hay en la vecindad, cuarenta y cinco, venden droga. La policía hace redadas pero dice que nunca encuentra nada».

Quiros caminó con nosotros hasta la calle. Se había hecho tarde, todos los jóvenes armados habían desaparecido, «ya se han de estar drogando» concluyó. Cruzamos la cancha de fútbol abandonada, «nadie viene a entrenar» continuó, «la maña se ha apoderado de las calles, de las ilusiones de los jóvenes. Solo ejercitan los ojos buscando dinero fácil. La adrenalina vine de extorsionar y de amedrentar».

Lo despedimos afuera del Metro. Rubén, que había bebido algunas cervezas de más resbaló. Del vagón salió un joven apresurado, con audífonos, cadenas y los bolsillos abultados. Calculé tendría la misma edad de cuando Rodolfo, El Chango, Casanova, entrenaba para convertirse en campeón. Un héroe bravo más que el barrio ha olvidado. 

Leer completo

4 junio, 2015

La Libertad

La Libertad está en el ombligo del barrio de Tepito. Es una calle angosta, silenciosa y perpendicular al camino de puestos. Quedan algunos zapateros.  De las ventanas cuelgan suelas y pieles multicolores. Se oye trabajar máquinas viejas.

Entre dos carcachas veo a un joven tirado. Mugriento. Hace poco se inyectó, seguirá inmóvil por un rato. Entre murales de graffiti está la entrada a una privada. Como moscas, un grupo de jóvenes la custodian. Junto, una tiendita.

Hace años, Rubén se sentaba en esa tiendita y bebía cerveza. En la privada vivía su amigo El Jalo. La mota nunca le gustó, la coca tampoco aunque ahí, con El Jalo, la probó. Él la vendía. En unos escalones escondía ladrillos de mercancía. Afuera vendía al menudeo. Adentro al mayoreo.  Luego comenzaba su rondín en el Teatro Blanquita, de ahí a otros teatros. Dice que uno de sus clientes era Paco Stanley.

20150521_114627

Camino con Rubén hacia la puerta de acceso a la privada. El grupo de jóvenes busca intimidar con la mirada. Están armados. Uno deja ver que carga una metra. Decimos que vamos con Fitos y abren paso. Saben que es nativo, vecino, vive en la privada y eso lo respetan. Al del gas también le permiten el paso.

Un Chihuahua nos ladra. Tocamos una puerta. “Aquí no vive”, responde una mujer y da un portazo. “¿Qué pasó o qué?” Responde Fitos. Apenas despierta de una siesta. Es sábado, día que descansa de entrenar jóvenes boxeadores en el deportivo Guelatao.

Su gimnasio es el “Rodolfo, El Chango, Casanova”. Hace años lo conoció. En una esquina de la casa cuelga la foto enmarcada. Salen los dos. El Chango en traje afuera de la Coliseo. Se conocieron en el ambiente del Jalowai. Se topaban en cantinas.  “¿Qué pasó?” le decía Fitos. El Chango respondía pero había que invitarle una bebida.

chango

El Chango acabó teporocho, “ya ni el alcohol le hacía daño”. Lo levantaban de Garibaldi, lo bañaban y le ponían un traje. Era sencillo, amable. Nada más con que subiera al ring, todos le aventaban dinero. La gente se lo daba, era un ídolo. Al día siguiente no tenía un quinto y lo metían a La Castañeda. Un día le dio un derrame y cayó muerto. Acabó en el panteón de los olvidados.

Nos sentamos en la sala. Entre las cientos de fotos de boxeo que cuelgan en la pared también está Kid Azteca. El Chango se dio el lujo de ganarle siendo pluma y el otro walter. También a Zurita y a otros campeones. Junto con Carlos Montés, uña y carne de Kid Azteca, eran los invitados de honor a las funciones del Guelatao. Vivían en una vecindad en Garibaldi. Fitos se pregunta si Carlos seguirá vivo. La última vez que se toparon usaba pants blancos. Ya no veía. Los años no perdonan.

Fitos nació en Tepito. Ahí se casaron sus padres y vive toda su familia. A Rubén lo conoció en el deportivo Guelatao. Hace casi veinte años trabajaron juntos, cuando todavía había cantidad de boxeadores y tenían suerte con las chavas.

“Hoy, cualquiera es entrenador”, se queja Fitos en su silla. Rubén le pide café. Fitos bromea que de ese no vende. En la cocina encuentra un poco en una jarra, lo sirve en una taza y lo mete al microondas. Es de estatura baja, moreno, espalda ancha y barre las palabras.

Donde termina la calle Libertad está una estación de policía. En una ocasión entraron a la vecindad. Eran cientos, todos armados. Entraron a las primeras casas. A tiro cantado le preguntaron a Fitos “¿quién vende droga aquí?”. Respondió tranquilo: “de las sesenta casas, sesenta y cinto venden”. Se fueron.

La puerta se abre. Es Marta, esposa de Fitos, que llega acalorada y cargando una maleta. Regresa de Mazatlán. Fitos saca el café del microondas. “¿Cómo se te ocurre darle café en esa tasa?”, exclama Marta, “¿qué pasó en mi ausencia?”.

Había leído un encabezado de “Muerte en Tepito”. En la cuadra contigua mataron a dos y agarraron a varios, incluido el que lavaba los carros, explica Fitos. Ella enciende un Marlboro Light, no nos ofrece pues dice somos deportistas.

Fitos sube a su recámara y baja un suplemento de periódico. Tiene un baúl repleto de notas sobre los que se le han ido, con los que convivió. Nos muestra una fotografía de Casanova trabajando en un taller mecánico. “Dinero, fama y perdición” dice el encabezado. Se ve flaco, sucio, arrugado.

En la nota Casanova reclama no ganar nada por la película Campeón sin corona. En los treinta, sus mejores años como boxeador, ganó millones de pesos de hoy. ¿Ahorita qué es para ti el boxeo?  Pregunta Fitos a Rubén. “Donde ganan los promotores”. Un negocio puro. De joven, Fitos llegaba dos horas antes a la final del torneo Guantes de Oro, se atascaba. Eran peleas, más parejas y eliminatorias directas.

El otro día, le llevaron la convocatoria para ver a cuántos del gimnasio inscribía. Fitos andaba entregando su reporte mensual así que se la dejaron en el gimnasio. Cuando la leyó quedó sorprendido. Peso mosca estaba entre 51kg y 54kg. “Tres kilos de ventaja”. Cuando su hermano boxeaba eran muy estrictos. Tenía que llegar a los 51 exactos. Si no daba el peso se ponía a sudarlo en la Coliseo. Los más difíciles eran los últimos 200-300gramos. Ya estaba seco. Se tenía que ir a una caldera que tenían por ahí con una cobija y a escupir chicle.

Rubén pregunta por un boxeador que usaba guantes amarillos y tenía una cocina con su suegra. Ahora es el taquero del barrio. Le va mejor. Marta ha preparado jícamas y zanahorias con limón y chile. Todos les entramos. Fitos recuerda a un entrenador del gimnasio que llegaba tan borracho que mejor le daban una lana para que la siguiera. Se metía a dormir al vapor. Pudo morir dentro. Lo corrieron y quitaron el vapor.

Han tirado los deportivos. Al Guelatao lo arreglaron pues se usó como locación de una película. Durante ese tiempo no dejaron entrar a nadie. Cambiaron lámparas. Sigue cuarteado por temblores. A unos les da miedo. Clausuran actividades y prestaciones.

En otro deportivo donde trabaja Rubén cobran estacionamiento, cuatro pesos por usar el baño y la zona de box está alquilada. No barren, hasta el presupuesto de limpieza se lo roban. Si ayudan es porque ven dinero.

Rubén hizo a un chavo, lo entrenó desde los siete años. Comenzó a destacar y entonces sí le vieron interés. Hasta la familia. Si el chamaco es duro hay que darle tiempo. Si no es duro saben que no ganará. Ahora tiene veinte, tiempo clave. La última pelea ya no lo entrenó Rubén, dijo “quédenselo”. Le hablaron bonito, le dieron una feria y se lo robaron. Si no tiene éxito, lo joden. La mente de los promotores cambia hacia el peleador, lo sueltan, dejan de cuidarlo. No hay más.

Debemos irnos así que Fitos nos acompaña hacia la calle. Cruzamos un rottweiler con suéter y al grupo de jóvenes. En la esquina de Chavita el peluquero dejamos la calle Libertad. La noche en que Chávez se despidió de la Plaza de Toros, Chavita le dijo a Fitos “¿no quieres venir?” y se lanzó. La eliminatoria anterior fue mejor pelea. ¡Pum! Sonaba cuando Neto Carmona conectaba un golpe a Miguel Ángel, El Mago, González. Madriza. Le rompió una costilla. A Neto le abrió la espalda. No pararon la pelea. Se la dieron a El Mago, creen que le dieron chochos. La de Chávez dejó de verla en el cuarto round.

Al abordar el Metro en la estación Tepito vuelvo a observar su ilustración: un guante de box. Recuerdo a Casanova, Kid Azteca y a los hijos de la revolución. Cuando no tener cicatrices era una vergüenza. Ni quien se acuerde.

tepitos

Leer completo

12 mayo, 2015

Adiós, Pinocho

Tepito texto

Caminamos por el laberinto del mercado del barrio de Tepito hasta llegar al deportivo. Frente a la iglesia de san Francisco de Asís, en el estadio Maracaná, se ha armado la cascarita. El gimnasio de boxeo está cerrado. Rubén toca la puerta con fuerza. Un hombre aparece. Le pregunta por Pinocho. Hace mucho que no lo ve por ahí.

Nos deja entrar. Costales y peras inmóviles. Silencio. Rubén me señala las fotografías que adornan. Rodolfo, El Chango, Casanova, José Medel, Rubén, El Púas, Olivares, Rafael Herrera y Octavio, El Famoso,Gómez. El cuadrilátero está vacío.

 Rafael Herrera

Rafael Herrera

Junto a un puesto que vende calzones de hombre importados de China entramos a una vecindad. Rubén toca una puerta metálica del segundo piso. Una mujer de estatura baja, encorvada, pelo blanco, escoba en mano y mandil abre. Pinocho se está bañando.

–         Dígale que vino Rubén.

–         Le diré que vino una chava o se le va a olvidar.

Rubén ríe, “regresamos como en una hora”. La mujer nos despide con un “ándale pues”. Es Lolita, su esposa.

Nos dirigimos a un depósito de cerveza. Parece estar desatendido. Uno entra y toma las latas que quiera. Al fondo una letrina. Dos borrachos en silencio. La música viene de afuera. El consumo se paga a la señora que atiende el puesto de mallones de enfrente. Diez, doce pesos la lata. También vende cigarros sueltos.

 

Tepito texto 2

Regresamos a la vecindad. En vez de “buenos días” Lolita nos recibe con “buenas tardes”. En la misma habitación conviven una cama matrimonial, un sillón, cocineta, una mesa y varias sillas. Cientos de fotografías y diplomas. Unos colgados, otros recargados. Casi todos de boxeo. “Sienténse, siéntense”, insiste Lolita, cargando una silla.

El cuerpo delgado y moreno de Pinocho se hunde entre el colchón y las almohadas de la cama. Pide ayuda a su esposa para levantarse. Lolita, aunque encorvada, es ágil y lo sienta.

Gerardo, Pinocho, Gutiérrez tiene más de ochenta años. Comenzó como árbitro de futbol pero rápido lo sedujo el boxeo. Más de cincuenta años los dedicó a entrenar jóvenes en el gimnasio de Tepito. Uno fue el campeón gallo Jorge Ramírez. Ahí lo conoció Rubén. En los ochenta, le robó algunos peleadores.

Habla bajito. En la radio acaba un cha cha chá y comienza Perfume de gardenias. Rubén le pregunta si conoce a algún familiar de Rodolfo, El Chango, Casanova. Cree que pueden estar en La Lagunilla.

Pinocho comienza a recordar. Dice haber conocido a todos los viejos campeones pues se curtían en su gimnasio. Lo llamaban para trabajar fuera pero se negaba, prefería quedarse y atenderlo solo. Jamás abandonó Tepito donde lo apodaron así “por mentiroso”.

No recuerda a ningún familiar de El Chango. Nos recomienda buscar en la asociación pero “ya no es lo mismo, se ha vuelto un desmadre”.

“Tepito ha caído” opina Pinocho mientras acaricia el cobertor de la cama. “Tengo la dicha de ser uno de los fundadores de su gimnasio pero ya se cayó”. Hace unos años, cuando todavía podía caminar, Lolita lo ayudaba a bajar las escaleras y él se iba solo hasta las dos de la tarde a ver los entrenamientos.

“Y diga que ya está pintado el gimnasio parecía, haz de cuenta, un cementerio”, interrumpe Lolita, “todavía el señor Sulaimán le hizo un reportaje, aunque ahí ya andaba en silla de ruedas”.

Siguiendo al box, Pinocho conoció el mundo. A Francia llevó nueve veces al mismo peleador. Su gimnasio se coronó cuarenta y nueve años campeón. Todos querían pelear y hacerse en Tepito. Por las mañanas llegaban entre cincuenta y sesenta niños.

“Ahora faltan buenos entrenadores”, agrega, “la gente está un tiempo pero se va”. Unos días antes pidió regresar al gimnasio. Lo encontró vacío. Había tres, cuatro, cinco niños y salió llorando. Sintió tristeza al recordar cuántos entrenaban junto a él.

Nos recomienda buscar a un periodista que “sabe de todo”. Solo él podrá decirnos dónde están y si hay descendientes de Casanova. “Ahorita lo voy a llevar en silla de ruedas a la misa de su compadre”, comenta Lolita, “la nota de su muerte salió en el periódico y los vecinos llegaron a avisar”.

Pinocho se acomoda con las manos y se levanta. Ella acerca la silla de ruedas. “Después de que él correteaba a las chavas, ahora las chavas lo corretean a él. Va adelante y yo atrás de él ¿no?” y nos señala una fotografía de cuando eran jóvenes. Han pasado cincuenta años desde que se casaron, ella es menor. “Él ya no puede correr, yo lo alcanzo rápido” y Lolita comienza a empujar.

 

Leer completo

5 julio, 2013

Vale lo que cuesta

pirateria

Enfadada, me fugué a vagar por el centro de la ciudad. La tarde amenazaba con obscurecer pero para los vendedores la oportunidad no había desaparecido. Caminé sobre Eje Central, logrando no tropezar con las miles de oficinas portátiles que se instalan sobre la banqueta. En la esquina con República de Uruguay me atrapó un olor a taco. “Mi puesto es un lugar fantasma porque nos ves ahorita y después ya no.” Recordé a David: “Busca el trompo de carne, así es más fácil que ubiques, ahí junto siempre estoy”. Su trompo provocaba el olor.

Quise sorprender a David y me acerqué al bulto de carne. Ahí estaba, como me lo había asegurado, pero acompañado. Hablaba con cara de seriedad con un policía y su pareja que esperaba junto al trompo masticando. Era evidente que no había ignorado la oportunidad de cargarse de energía con carne de cerdo que pronto sería parte de su barriga. Leer más

Leer completo