3 septiembre, 2015

Un tren a Londres

El astrónomo inglés Edward John Harrison visitó a su novia, la doctora Susan Walsh, en la ciudad de Bonn, Alemania. La ayudaría a mudarse a un nuevo laboratorio en el sureste de París. Cerca del campo.

Rentaron una camioneta. La llenaron con cajas, recuerdos y mucha ropa. “Aquí en la puerta la pintura se cayó”, se quejó la anciana alemana al revisar el cuarto que Susan dejaba. “También el colchón tiene una esquina rota”. Discutieron.

En la carretera les tocó tránsito pesado. Horas después llegaron a las afueras de París. Bajaron las cajas en la casa de huéspedes; el nuevo hogar de Susan por los siguientes meses hasta terminar su investigación. Era tarde y debían entregar la camioneta en las oficinas de Easycar.

Se apresuraron. El GPS los guió pero las encontraron cerradas. Extraño, anunciaban estar abiertas. En internet hallaron otras que cerrarían más tarde. Susan tenía hambre así que pararon a comer kebabs. No había más. Era un barrio de inmigrantes.

Las otras oficinas también estaban cerradas antes de tiempo. Buscaron una tercera opción y se aventuraron. Había que entrar a un estacionamiento. La camioneta rebasó el metro ochenta de altura del techo y quedaron varados. Edward metió reversa y la libró. Esa noche, pensaron, sería mejor desistir y descansar.

A la mañana siguiente, Alexis, un empleado con bigote de aguacero y dientes torcidos de la empresa Easycar no podía creer la cantidad de palabras que Susan podía exclamar en un minuto. Estaba furiosa. Ella hablaba poco francés y él nada de inglés. Para dar fin a las quejas, Alexis decidió no cobrar un euro extra a la pareja de científicos.

Susan dejó la oficina sonriente. No había pagado una noche extra ni los daños del techo y apenas eran las diez de la mañana. Tenía todo el día para pasear con Edward pues su tren de regreso a Londres saldría a las ocho de la noche.

Dejaron las maletas de Edward en la estación Gare de Nord pues de ahí saldría el tren. Recordaron que había un mercado cerca. Caminaron y lo encontraron. El mercado de Saint Quentin o San Quintín, uno de los más viejos de París. Compraron de todo; pan, quesos, vino. Lo metieron en una mochila y continuaron hacia el sur, al río Sena.

Luego a los jardines de Tuileries. En unos asientos se acostaron. Armaron un picnic. Edward quería seguir hacia el norte, rumbo a la iglesia de La Madeleine. Pasaron junto a la Ópera. Edward recordó una fotografía que su madre le tomó imitando una de sus bisabuelos en el mismo lugar, más de un  siglo antes. Pudo descifrar desde qué ángulo la habían tomado.

Cuando quedaba poco tiempo se dirigieron a Notre Dame. A las siete se despidieron y Edward abordó el metro rumbo a Gare de Nord. Sin contratiempos compró su boleto y llegó a migración. Tardó un poco más, cosa que le extraño. Descubrió que había una mujer a la que no dejaban pasar. Dentro del tren se sentó junto a la ventana, observó la puesta del sol y comenzó a trabajar.

De pronto el tren se detuvo. A Edward le pareció raro. Como lo rodeaba oscuridad pensó se encontraban dentro del túnel. Un hombre anunció por el altavoz que debían esperar, intentarían solucionar el problema lo más rápida posible.

Edward observó a su alrededor. Los pasajeros se preguntaban ansioso qué sucedía. Notó que todavía no entraban al túnel. Las vías se advertían protegidas por mallas de acero de varios metros de altura, alambre de púas y cámaras. “Estamos en la entrada del túnel”, confirmaron por el altavoz. Era imposible bajar.

Atrás, la fila de trenes crecía. Ninguno podía pasar. Edward notó la presencia de policías en las vías. Algo buscaban. Entre los pasajeros la tensión se contagió.

Unos se preguntan si era una bomba, otros, culpaban a los inmigrantes. Muy cerca se encontraba el puerto de Calais. El paso más importante entre Francia y el Reino Unido. Cientos de ferries y barcos cruzan entre Calais y Dover todos los días. Gente de Siria, África y medio oriente llega buscando una oportunidad para entrar a la isla.

A los deportados los segregan en zonas delimitadas aledañas a Calais. Sin drenaje, en casas de campaña. Rodeados por muros. Caminan las carreteras buscando refugio. Se esconden. Cuando los camiones esperan en fila para subirse al ferry corren, abren las puertas y se meten.

“Ahora lo hacen en los trenes” explica una mujer acalorada. El tren se apaga. La luz y el aire acondicionado también. La mujer acalorada grita. Dice ya no soportar más. Sólo enciende el altavoz. Piden tranquilidad y comprensión. Identificaron a unas personas en las vías y tuvieron que frenar. Durante la espera otros han tratado de meterse clandestinamente al tren.

Edward intenta descifrar qué sucede desde su ventana. Al parecer unos subieron al techo del tren. Otros se agarraron a la parte de abajo. Una mujer entrega luces neón a todos. Además de la policía llegan helicópteros y el ejército. Edward puede ver a cinco afuera de la ventana. Uniformados. La mujer acalorada solloza y pide bajar. Les regalan agua. El pánico aumenta.

Otros prefieren ir al bar del tren y olvidarse del problema. Un francés abre un maletín y saca una botella de coñac, “mi familia produce coñac, ¿quién quiere?”. Se la rolan entre varios. Después de brindar cuenta la historia del inmigrante sirio que saltó a un tren desde un puente, al estilo James Bond.

“I’m so hot” sigue quejándose la mujer acalorada que ha comenzado a desabotonarse la blusa. Han pasado cuatro horas y el altavoz vuelve a sonar. Las vías han quedado despejadas.

El tren arranca. La luz regresa y la mayoría se calma. Pero el motor ya no anda bien, deben esperar a ser remolcados.

A las tres y media de la madrugada el tren se estacionó en Londres. Todos bajaron con prisa. Empujones, gritos. La compañía de trenes ofreció pagar por los contratiempos ocasionados. A los que se dirigían a zonas conurbadas de Londres los llevarían en taxi. A los demás les pagarían hotel. Edward buscó hotel pues su casa estaba a hora y media . Tampoco encontraba a dónde dirigirse. Eran más de mil quinientas personas desesperadas y desorientadas.

Un hombre rogaba por un taxi hasta Escocia. Se acabaron los taxis y hoteles disponibles. Despertaron a taxistas a cambio de unas libras extras. A las cuatro cuarenta Edward notó que faltaba una hora para que saliera el primer tren a su ciudad. A las siete, Edward llegó a su cama y cayó profundo.

A la mañana siguiente revisó el periódico. La portada era la imagen de un guardia en una playa del Mediterráneo recogiendo a un niño de tres años ahogado. Buscaba refugio. El mar lo había regresado.

Leer completo

20 diciembre, 2014

Detrás de la neblina

Atravesamos Sauzalito. Cafés, galerías, salones de belleza con vista al mar y embarcaciones. “Allá es neblina y del puente para acá sol”. José acelera hacia el Golden gate, vamos rumbo a la ciudad de San Francisco. Veo la niebla que cobija los cerros. El cielo se pega al suelo. Acá, todo es caro; las rentas y la comida. Los suburbios son más baratos para vivir. En una esquina de la carretera trabajadores mexicanos esperan ser contratados. La migra no anda patrullando, concluye José.

José me platica sobre Oakland, ciudad casi pegada a San Francisco. A todos los que conoce que viven allá los han asaltado. Me señala un puente lejano del otro lado. Lo oculta la neblina.

Llegamos a la calle de Castro. Banderas gay ondean por todos lados: en bicicletas, salones de belleza, sevenelevens. José frena el coche. Me deja su número telefónico por cualquier emergencia. Me bajo y despido. Mujeres travesti, sexshops, bares, casas con techos de doble altura, colores pastel, arquitectura victoriana, balcones cerrados con vista a la calle y las montañas. En un café compro un collosal chocolate chip cookie. Los gringos y su amorío con lo grande.

Otra tienda vende un poco de todo: pelucas, papelería, lámparas y productos de limpieza marca I love my penis. El cajero es un hombre afroamericano y amanerado de nombre Loui. “This is where it all happened”. En los setenta, en la calle 18 con Castro, comenzó el movimiento gay de los EEUU. El grownd cero gay, concluye Loui.

Ahora el barrio está cambiando, me cuenta. Viene a vivir gente de fuera. Le pido me recomiende un buen bar. Duda. Están remodelando las calles. Hay mucho ruido. Los buenos lugares están under construction y abren de noche. Últimamente han llegado gangs a las fiestas. Loui prefiere salir por otras zonas de noche, solo para Pride se queda pues cierran las calles y se llena de gente.

Me impresiona la limpieza. Imagino los basureros repletos con los residuos de la sociedad del compro luego existo. “Hey, save some animal for me today, I know you love animals”, me dice un hombre vestido con abrigo sucio y pelo enredado. Me entrega un folleto.

La ideología se ha transformado en marca. Turistas de lado a lado, no importa el idioma, todos pronuncian la palabra gay. Unos pasean a sus perros, la mayoría razas pequeñas. In living memory of Bryan, leo en una esquina. Al mensaje lo rodean fotos de un joven sonriendo. Lo extrañan. La muerte de un amigo no se olvida.

El día está soleado pero el viento me pone la piel chinita. This is how the weather is normally like, me confirma un vendedor en un café. Unos niños pasean de la mano de sus madres, otros, de sus nanas latinas. San Francisco comienza a aparecer.

Camino por una calle perpendicular a Castro, rumbo al parque Dolores. Me distrae un ronquido. Un hombre tirado en la calle con una lata de cerveza en la mano. El bulto se mueve por el suelo. Tiene cabello rubio, manos casi negras. Esconde la cara del sol. Su olor me persigue media cuadra. Unas chicas con shorts lo atraviesan e ignoran. Un chico las saluda, how are you?. Fine, responden al unísono. Un hombre me interrumpe, quiere que le dé veinticinco centavos.

Unas cuadras después dos niñas y un niño hablan español con acento extranjero. Me dirijo a ellos, pido me recomienden a dónde ir. “Aquí no hay nada”, me dice una niña, “vaya a la misión, ahí están todos los latinos”. Los tres son de origen mexicano pero nacieron en San Francisco. “Nada más no se fíe de la gente”, dice el chico, “ahí hay más malos que aquí”. Ríe. Un hombre mayor se acerca. Estaban en clase, es su profesor. “Se cuida usted, paisana”. Se despide el chico mientras el profesor los regaña.

La calle tira en dirección hacia abajo. A lo lejos alcanzo a ver la bahía. Arriba, restaurantes limpios, ordenados, sol, flores. Ver tanto orden me produce un caos interno. Los nombres de las calles y los barrios son en español.

Entre más bajo más me acerco a la calle Mission. Me topo con un restaurante yucateco llamado Mi ranchito y una tienda La oaxaqueña. Indios, chinos y latinos las atienden. Estoy en la zona latina. We are everywhere, dice un graffiti sobre una barda vieja y sucia.

Uno de los edificios más grandes de la cuadra es una tienda de objetos y ropa usada. En la entrada, un policía grita a una mujer “leave the store”. Ella, con claros rasgos latinos, le responde “don´t tell me to leave the store, my mom and dad are in heaven you can´t tell me to leave”. El policía se enoja más, “don´t threat in here”. La mujer sale gritando, molesta.

En la tienda venden trajes de China, África, vajillas, juguetes, zapatos. Las ganas de comprar son como los sueños, ilimitados. Algunos no compran, sólo se pasean entre la ropa acompañados de sus perros, otros lo hacen en sus sillas de rueda. ¿De dónde sacan tantos productos? Pregunto al cajero. No sabe, dice suponer los traen de Plutón.

Afuera de una farmacia un grupo de afroamericanos discuten. Unos en silla de ruedas, otros parados y algunos sentados en la banqueta. Fuman mota y piedra. Uno arrebata la pipa de otro. Se gritan. En una ventana reconozco la imagen de Paquiao vs. Marquez. He llegado a un gimnasio de boxeo.

Karla, detrás de un escritorio me saluda. Usa gorra. Cabeza rapada de ambos costados. Pesa más de 150 kg. RIP Chuy tiene tatuado en el brazo izquierdo. El gimnasio está vacío. Se escucha el pitido que anuncia el cambio de round.

Hace tres años abrió el gimnasio. La mayoría que entrena son jóvenes de diecisiete para arriba. Llegan entre 3.30 y 4, no tardarán en entrar. Karla es mexicana aunque habla como gringa. Los dueños del gimnasio, árabes. Me dice que es una zona de crackheads y piedrosos, “todos están bien locos por aquí, pero si te vas hacia la 24 se pone mejor”. Es de Chapala, aparte de trabajar ahí, entrena. Hip hop es el acompañamiento. Entra un joven a entrenar. Karla me ofrece guantes y vendas. Traigo jeans. No habrá round.

Le cuento del gimnasio al que empecé a ir en la ciudad de México, en la calle de Lucerna. Lo que alguna vez fueron oficinas del PRI, después de la victoria del PAN, quedaron abandonadas. Una mujer, amante del boxeo, decidió fundar un gimnasio muy humilde en el primer piso llamado Erik, El terrible, Morales. Esperaban que asistiera a la inauguración pero no llegó.

Karla me muestra sus tatuajes, una pistola le cubre casi todo el brazo derecho. “Me gusta la vida loca”, dice. Formaba parte de una pandilla, las más fuertes son los de rojo y azul, ella era azul. Mareros casi no hay, los deportaron a todos. A ella la metieron al bote, fue a juicio. Consiguió una oportunidad, se alejó de la pandilla y ahora trabaja. De portarse mal será cadena perpetua. Al despedirnos me llamó “mi hermana”.

Sigo caminando, quiero llegar al mar. Busco un teléfono público. Le pregunto a un hombre que trabaja en construcción. Ya no existen, usa el mío, responde. Es de Puebla, llegó hace 19 años. ¿Ya eres gringo?. Tendría que cambiarme la piel y los ojos, bromea.

Sigo caminando. Más graffitis. No human being is illigal, leo en uno. Más homeless, otros en sillas de ruedas. Aparecen nuevos edificios. Cada vez más altos y modernos, me acerco al centro financiero, a la ciudad de la riqueza. Miles de tiendas, calles limpias y gente arreglada. “San Francisco, 40 000 m2 sounded by reality”, leo en una valla comercial que esconde una nueva mega construcción. Pienso en los que viven allá pero su sangre es de acá. Tomar la decisión de dejarlo todo por un sueño mejor. Querer pertenecer y ser rechazado. Me rodean cientos de edificios y sus miles de ventanas. Miles de ojos que desde las alturas observan la ciudad de lejos pero ignoran los detalles.

De pronto, frente a mí, la bahía. El olor a sal. La neblina aparece y desaparece. Observo el puente, la ciudad que acabo de atravesar caminando y la que está del otro lado: Oakland. Ciudades vecinas pero antitéticas. A lo lejos, la isla de Alcatraz. Cientos de gaviotas, eternas viajeras y compañeras de los marineros tanto aquí, en la tierra, como allá, en la mar.

Leer completo