24 noviembre, 2018

Barrio bravo

«¿Y El loco? ¿Dónde está?» preguntó Rubén a un joven delgado, con las cejas depiladas, delineadas y con tatuajes en ambos brazos. Vendía ropa deportiva en uno de los miles de puestos ambulantes que se han apoderado de las calles del barrio bravo. 

«Por allá», el joven señaló hacia el fondo de la calle, «pasando el gimnasio y la cancha de fútbol». El loco comenzó con un puesto de calcetas y rodilleras, ahora, cuarenta años más tarde, era dueño de un pequeño imperio que vendía y controlaba en el barrio todo lo necesario en torno al deporte y la adrenalina.

Atravesamos la cancha por las gradas. Silencio. El pasto largo, descuidado. Habían pasado semanas sin que nadie lo pisara. «Los boxeadores profesionales tienen prohibido jugar fútbol», dice Rubén pausado, cada uno de sus pasos es como un golpe bien aterrizado, «porque los muchachos siempre salen lastimados.»

Aunque ya mayor, Rubén fue boxeador, su espalda lo delata. De joven conoció a El loco, a él le había comprado sus primeros guantes. Encontrarlo significaba descubrir un poco más sobre Rodolfo, El Chango, Casanova, un boxeador de los años treinta cuya historia habíamos pasado un año indagando. Un Ídolo olvidado de la época de oro del boxeo mexicano.

Casanova había deambulado las calles de ese barrio. Primero como un desconocido, luego como un héroe, más tarde, cuando había perdido la fuerza, la cordura y la destreza, como un mendigo. Sus últimos días se le vio borracho, pepenando aplausos en los cuadriláteros y pidiendo monedas para comprar unos tragos. En el gimnasio que habían bautizado en su honor lo recordaban y aseguraban que El loco había sido su amigo.

«En esa vecindad encuentran a El Loco» aseguró una mujer que tenía un puesto en el que vendía huevos que sazonaba con limón y sal; los recomendaba para el corazón, el amor, la presión y la buena digestión.

«¿Qué buscas amigo?» dijo uno de los tres hombres que custodiaban la puerta de la vecindad al notar que Rubén y yo caminábamos directamente hacia él, «tengo coca, niñas de catorce y dieciséis» continuó susurrando a Rubén al oído. 

«Estoy buscando a El loco» respondió Rubén, «soy su amigo». Los tres lo miraron malcarados. Luego a mí desconfiados. Era claro que debajo de la ropa estaban armados, pues mantenían ambas manos cerca de los costados.

«¿Quién eres?» habló uno que hasta el momento guardaba silencio, tenía ojos verdes, rasgados, como los gatos. «Soy Rubén, lo conozco desde hace años», continuó pausado pues la labia lo traicionaba, rastro de los miles de golpes que había recibido en la cara.

«Díganle que aquí afuera lo espero» continuó, sabía que esos hombres no eran de fiar, que debíamos mantenernos alejados, «estaré ahí» y señaló un la entrada a un local; un depósito de cervezas.

Dentro del depósito, Rubén tomó dos cervezas de uno de los refrigeradores. Había que pagarlas a una mujer que atendía un puesto de juguetes afuera en la calle. No había mesas, solo una banca, decenas de cajas de cerveza apiladas (unas llenas, otras vacías), una cortina que escondía una letrina y el olor condensado de la orina. En una esquina, un viejo también bebía. Daba la impresión de que a eso había dedicado toda su vida.

Rubén cambió la cerveza por caguama. El loco no aparecía así que me indicó que lo esperara adentro. Pocos pasos después lo interceptó una voz, «¿A dónde crees que vas?». Era el hombre con los ojos de gato. A su alrededor, otros cinco, lo acompañaban. Todos armados, cada uno, acompañado de una motocicleta.  

«¿Qué quieren?» gritó el de los ojos de gato, «¿quién los mandó?». Rubén, entrenado para ocultar el pánico, respondió calmado. «Nadie, queremos preguntarle a El loco sobre un boxeador al que conoció, Rodolfo Casanova».

Era claro que no nos creían. Tampoco sabían qué responder. «Si no me creen pueden preguntarle a Quiros. También venimos a hablar con él» inventó Rubén y los jóvenes bajaron la guardia y las armas. 

«Vamos», indicó el ojos de gato y nos custodiaron hasta la entrada de otra vecindad donde vivía Quiros. Un nuevo grupo de jóvenes armados interrumpió, «¿qué quieren? ¿Con quién vienen?». El hombre de los ojos de gato nos soltó y entregó. «Buscamos a Quiros» respondimos y abrieron el paso.

Con el puño, Rubén golpeó la puerta de la casa de Quiros, un viejo amigo y compañero de boxeo. Chocó tan fuerte que aparecieron los vecinos. Nada. Esperamos. No podíamos volver a la calle, no sin él. Minutos después percibimos unos pasos.

Quiros despertaba, terminaba su siesta diaria. Era entrenador en el gimnasio junto a la chacha de fútbol, un viejo lobo conocido por todo el barrio. «Esperen aquí hasta que se enfríen las cosas» pronunció y nos sentamos en su sala. Rubén destapó otra cerveza, luego otra más. A Quiros, el alcohol ya le hacía daño.

«Hace unas semanas mataron a un sobrino en la entrada», nos contó, «de las cuarenta casas que hay en la vecindad, cuarenta y cinco, venden droga. La policía hace redadas pero dice que nunca encuentra nada».

Quiros caminó con nosotros hasta la calle. Se había hecho tarde, todos los jóvenes armados habían desaparecido, «ya se han de estar drogando» concluyó. Cruzamos la cancha de fútbol abandonada, «nadie viene a entrenar» continuó, «la maña se ha apoderado de las calles, de las ilusiones de los jóvenes. Solo ejercitan los ojos buscando dinero fácil. La adrenalina vine de extorsionar y de amedrentar».

Lo despedimos afuera del Metro. Rubén, que había bebido algunas cervezas de más resbaló. Del vagón salió un joven apresurado, con audífonos, cadenas y los bolsillos abultados. Calculé tendría la misma edad de cuando Rodolfo, El Chango, Casanova, entrenaba para convertirse en campeón. Un héroe bravo más que el barrio ha olvidado. 

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11 noviembre, 2018

Un millón para Ibrahima

Ibrahima vive en una de las pocas casas con dos pisos en un barrio cerca de la playa más turística de Dakar. Tiene seis hijos pero con él y su esposa solo viven cinco. El sexto, que ya cumplió dieciocho años, se mudó a Río de Janeiro. Trabaja en un supermercado. Se fue a descubrir el horizonte del otro lado del mar.

Al alba, Ibrahima despierta y maneja hasta el aeropuerto a las afueras de la ciudad. Ahí trabaja. Cambia divisas. Su oficina es un pequeño local junto al estacionamiento. Un cubículo con paredes blancas y un sillón medio roto en tonos claros que esconde una caja fuerte. Es el único que conoce la combinación. Ahí guarda fajos de billetes, miles de dólares, euros y la moneda local. La puerta de vidrio está cubierta con recortes de películas senegalesas y la imagen de un imán.

Junto a su oficina, hay otro local que renta un brujo, del otro lado una tienda de recuerdos africanos con cientos de artículos de madera y un hombre que repara teléfonos móviles. Los empleados de Ibrahima trabajan en la calle. Como buitres esperan a los turistas que van llegando. Deben ofrecer el mejor cambio, pues “el visitante se siente robado por los bancos”.

Sus empleados entran y le entregan billetes. Él cuenta uno por uno cuidadosamente. Se dice bueno para los negocios. Sabe vender y cobrar lo que le corresponde. Habla inglés, español, francés, italiano y dos lenguas africanas. Asegura que el Senegal, es caro y barato, “todo depende de cómo sepas negociar”.

Los hijos que viven con él van al colegio. A las 7.50 de la mañana los recoge el autobús. Los cuatro más pequeños regresan a la una. Moussa, el mayor, de once años, regresa a las seis pues ya cursa primero de secundaria. Ha aprendido algunas palabras en castellano. Lo aprendió escuchando a su padre cuando lo visita un amigo que nació en España.

Aunque en su barrio no hay calles y los caminos son de arena y tierra, es un buen barrio. Ibrahima espera poder construir un tercer piso a su casa. Por dentro, la ha decorado con pocos cuadros mal ejecutados, los baños tienen piso y mosaicos, y en la sala, al centro, hay una televisión rodeada por tres sillones verdes de piel.

El cuadro que cuelga en el muro principal de la sala es de una flor, junto hay marco dorado con una fotografía de La Meca. Él es musulmán pero la familia de su esposa son católicos. Ella se convirtió pues Ibrahima se lo exigió. Dos veces a la semana los visita un tutor para que los niños aprendan el Corán.

Moussa identifica dónde se encuentran las principales mezquitas cerca de su casa. Le gusta la pizza y los kebabs aunque pocas veces visita un restaurante. La cerveza le da igual pues en su familia nadie bebe alcohol. Le atrae la shisha, sueña con fumar cuando crezca, como su padre.

Ibrahima fuma tabaco “de marca”, le gustan los Marlboro Light. Todas las mañanas una mujer llega y ayuda con la limpieza de la casa. También a cocinar. Para eso le pagan. Viene de un pueblo cercano a Dakar. Al mediodía cocina arroz frito con trozos de pescado y por la noche Laj; sémola de trigo con leche dulce de cabra que todos comen con las manos. A los niños les encanta y cuando se han terminado la hoya se chupan los dedos. Se les infla tanto el estómago que a la mañana siguiente les cuesta despertar.

Moussa escucha rap, hip hop y música en general. Abrió una cuenta en Facebook pero olvidó la contraseña. En casa no tiene computadora así que se conecta en un cyber que le queda cerca. Desde que su hermano mayor se mudó a Brasil a él lo dejan salir solo pues se convirtió en el mayor. Siempre intenta distintas combinaciones para recuperar su cuenta pero al no lograr nada se mete a YouTube y pone videos de sus canciones favoritas. Busca las versiones para karaoke pues las puede cantar y repetir hasta memorizarlas. Los otros usuarios del cyber se quejan de que hace ruido y lo zapean.

Los fines de semana visita la playa con uno de sus hermanos menores. Salen de la casa de puntitas para que sus hermanas no los escuchen o se les pegan y no los dejan nadar tranquilamente. Moussa sabe nadar bien. Su hermano no. Se meten en calzon. Un amigo de Ibrahima que renta sombrillas en la playa les presta una y un chaleco salvavidas. Compran cacahuates y fruta preparada que ofrece una mujer que camina por la playa.

Tirados sobre la arena ven a unos que entrenan luchas. Otros tocan tambores y cantan. Al fondo de la playa están los turistas blancos. Moussa y su hermano no pueden entrar a esa parte de la playa caminando. Es privada, propiedad de un hotel. Solo puede acceder nadando. Cuando lo hacen acaban jugando con los niños blancos. Organizan partidas de fútbol o reman, pues en ocasiones, les prestan un bote que los turistas suelen rentar por horas y siempre se aburren antes de que acabe su tiempo.

Después caminan de regreso a casa. Deben tener cuidado pues en la playa es fácil lastimarse los pies. Está muy sucia. Los pescadores dejan escamas, espinas y en ocasiones, los anzuelos que ya no utilizan. Aunque conocen bien el barrio se pueden perder entre los callejones. Su madre les exige que regresen antes de que oscurezca pues ahí no hay alumbrado. Moussa se guía por los árboles, la mayoría son baobabs. “Sagrados” los describe, “hay que tener cuidado pues dentro se esconden fantasmas”.

Cerca de su casa pasa un canal del drenajes de Dakar. Desperdicios, mierda que termina en el mar. Si quieren ir a la carretera que los lleva al centro de la ciudad, deben caminar junto al canal durante más de diez minutos. Todos se han acostumbrado al olor. A Moussa le sorprende que las aves deban de esa agua pues es un río muerto, sólo ha visto basura moverse adentro.

Cuando no va a la playa, Moussa visita a su vecina, Ingrid. Ella es mucho mayor que él. Es francesa, tiene un pitbull de nombre Vándalo. Cuando por la ventana ve que ella ha llegado a su departamento corre y le toca la puerta. Si ella no contesta la abre y llama a Vándalo. Entonces se sienta y lo acaricia. Asegura que cuando crezca tendrá uno igual.

Le gustan los idiomas, quisiera aprender más. El latín le llama la atención. Siempre que anda por la calle saluda a los vecinos. A sus hermanos los quiere y los protege. Se queja de los mosquitos aunque a él jamás lo han enfermado. Su mayor sueño es tener una cámara y fotografiar.

En la casa de Ibrahima es raro escuchar silencio pues el televisor de la sala siempre está encendido. Ibrahima, confiado en su destreza para los negocios, decidió comenzar uno nuevo con los turistas a quienes les cambia dinero. “Tengo habitaciones limpias y seguras” ofreció pero a la mañana siguiente todos se quejaron.

Cobraba caro y no daba buenos servicios. Olvidó que a los blancos les gusta el agua caliente y su calentador no funcionaba, tampoco notó que varias de las camas estaban rotas y todos despertaron con la espalda torcida y adolorida. Una mujer gorda, con el cabello teñido de azul y tatuajes de aves, dejó a Moussa sorprendido. Jamás había visto a una mujer que comiera y gritara tanto.

Ibrahima regresa de noche a casa. Hora en que Moussa y sus hermanos casi siempre están dormidos. Cuando ha llegado y están despiertos es porque entre ellos se pelean. Entonces, recurre a la fuerza de su mano y los castiga. Ellos lloran, todos gritan y los manda a dormir en literas.

Cansado, Ibrahima sube a la azotea y fuma. Mezcla marihuana con tabaco. Así le gusta más. En su azotea viven más de quince cabras. Le gusta tenerlas cerca pues le recuerdan su pasado, su pueblo. Cuando va a tener alguna fiesta ahí mismo las mata. Tiene un cuartito en la parte de atrás para que no vean y se asusten.

Mientras fuma escucha los rezos que se transmiten por los altavoces de la ciudad. Disfruta cada calada del cigarro y piensa en su mujer, en que le han vuelto a preguntar si está embarazada pero no lo está. Después del último hijo se le quedó hinchada la panza. Aunque visitó al doctor nadie sabe qué tiene. Él le recomendó masajes y ejercicios que ella prefiere evitar.

Como ella viene de una familia católica no le gusta la costumbre de que su marido pueda tener otras esposas. Así la educaron. Pero él siempre ha sido musulmán y su religión le permite tener hasta cuatro y una viuda. Como lo hizo su padre. Él le ha prometido que solo la tendrá a ella, pero cada noche, cuando sube y enciende su cigarrillo se pregunta si así seguirá.

A la mañana siguiente vuelve a despertar junto a ella y se convence de que es mejor mantener su vida como está: tranquila, pues tener más de una mujer puede significar muchos problemas y le permite ahorrar. Y a Ibrahima le gusta gastar, vestir bien, usar zapatos de piel blancos, lentes de sol y relojes de marca. Así se mantendrá hasta que cuente que entre sus billetes tiene más de un millón. Entonces, las cosas cambiarán.

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13 diciembre, 2017

Pasaje por Zimbabue

“¡Un horror!”, gritó Spoink al encontrarme en el aeropuerto de Johannesburgo, “ayer una mujer comenzó a convulsionar en el hostal. Dice el encargado, que una vez que oscurece, no se puede salir a la calle, que es demasiado peligroso”.

Spoink se sentía aterrado. Había aterrizado dos días antes. Era su primera impresión de Sudáfrica. Yo lo alcanzaba pues pasaríamos el siguiente año estudiando en la Universidad de Ciudad del Cabo. Planeábamos viajar durante un mes y medio antes de comenzar clases, conocer la costa salvaje, pero nos recibió un clima distinto al que habíamos imaginado. Viento, frío.  “Mejor vamos a ver animales”, insistió Spoink.

Ya tenía en mente una empresa de safaris. “Vamos al Kruger”, continuó y me mostró un folleto que ofrecía cinco días de excursión con paseo nocturno y la visita a un santuario de chimpancés. Me convenció, aunque el costo era casi la mitad de nuestro presupuesto para todo el mes.

A la mañana siguiente, una camioneta de la empresa que organizaba el safari nos recogió en el hostal para instalarnos en una casa de campaña en medio del parque nacional Kruger; región casi del tamaño de Israel.

Durante el día nos movíamos y aprendíamos que a los elefantes les gusta emborracharse con las frutas del árbol marula, que la mayoría de las aves ven a color, por esos sus plumajes, y que los hipopótamos son muy territoriales, tanto, que presenciamos a un macho enorme pelear hasta matar a otro más pequeño. Su cuerpo se quedó flotando sobre un estanque.

“Por la noche sale la malaria” declaraba Spoink mientras rociaba todo con repelente. Brazos, tobillos, cara y ropa. El paseo nocturno era en vehículo, hora de cacería para las leonas. Mientras buscábamos con linternas el reflejo de sus ojos, tanto repelente comenzó a marear a Spoink. “¡Alto!” pidió al conductor y vomitó todo el costado del auto.

Al verlo, otra mujer comenzó a vomitar. El guía exigió que se bajaran. Otro, armado, los acompañó. Mientras, el resto del grupo continuaba buscando el reflejo de ojos extraños. Alguna leona astuta con su manada.

Terminamos el safari sin nuevo plan. Queríamos clima calientito. Una mujer nos recomendó la costa de Mozambique, “el Brasil de África”, lo describió. Abordamos el servicio de transporte público de la región: una camioneta con la llanta ponchada que nos dejó en la frontera.

En Maputo, capital mozambicana, abordamos un pequeño autobús rumbo a las playas del norte. Unas de agua azul celeste y arena fina donde, según las leyendas locales, se originaron las sirenas.

El mar eran peces de todas las especies y tiburón ballena. Unos caminos de piedra atravesaban la playa hasta perderse. “¿Muelles?” pregunté a un local que vendía huevos duros con sal. Por ahí desfilaban los miles de esclavos que los portugueses vendían por otros lados.

“Sigan norte” nos recomendaron y continuamos. Atravesamos “El fin del mundo”, un área remota y conectada por brechas, hasta llegar al lago Malawi. Eran viajes largos sobre ríos y terracerías que debían hacerse en pick up, entre llantas, gallinas, mochilas, bultos y los ojos de cientos de niños.

Sobre un barco navegamos las pacíficas aguas del lago. “Ngun-gus”, llamaban a los millones de mosquitos que, como remolinos, volaban sobre el agua hasta quedar atrapados entre las telarañas de las playas.  

El mes y medio pasó rápido, era tiempo de regresar rumbo a Ciudad del Cabo. “Un bus los puede llevar directo a Johanesburgo” recomendó una española en un hostal de Blatyre, segunda ciudad más importante de Malawi. Ella también lo abordaría.

El autobús debía cruzar una parte de Mozambique y luego Zimbabue. Ambos países requerían visa para poder transitarlos. “¿Cuánto?” preguntamos el precio. El conductor del autobús respondió que los que más pagaban era los norteamericanos, “35 dólares”, aseguró que nosotros pagaríamos menos.

Contamos los billetes. Apenas nos alcanzaba y durante las 27 horas de viaje no encontraríamos ningún cajero automático. Nos preparamos. En una tienda compramos un paquete de galletas, un litro de jugo de naranja de concentrado y una botella de ginebra, anunciada como “Malawi’s number one”, con la imagen de un pulgar apuntando hacia el cielo. Era lo único que vendían.

La ginebra nos entretuvo durante las primeras horas del viaje. Junto con la espoñala, reíamos. El resto de los pasajeros, silenciosos, observaban. Cruzando Mozambique terminamos la botella.

Al llegar a la frontera con Zimbabue, una mujer robusta y detrás de un mostrador de madera, exigió “You must pay visa, 50 euro”. Asombrados y con la mirada saltarina descubrimos que no nos alcanzaba.

Spoink le señaló el muro de la oficina, una cabaña mal construida. Ahí colgaba una hoja que mostraba el costo de las visas por país. Confirmaba que los estadounidenses pagaban “30 dólares”. Aunque México no estaba incluido, era claro que todos los otros países pagaban menos.

Insistimos, no teníamos esa cantidad. La mujer tomó nuestros pasaportes y pidió que esperáramos a un lado. Con calma continuó atendiendo al resto de los pasajeros que pagaban menos de dos dólares. Todos eran africanos. A la española le cobró 30 dólares. El conductor, preocupado por nosotros, también se quejó.

Cuando la oficina se había quedado vacía, con el dedo, señaló que nos acercáramos. Dos guardias armados nos custodiaban. “Now, you must pay 50 euro”, repitió. Le explicamos que no teníamos tanto.

Enfurecida, abrió nuestros pasaportes y con fuerza los selló y firmó. “Now, not even if you pay you can pass, now you know the government of Zimbabwe”. Rogamos, le mostramos que casi completábamos la cantidad, que nos esperara unos minutos y pedíamos prestado. Pero se puso de pie, los guardias nos sacaron fuera y cerró la puerta.

“Get your things!” demandaron el par de policías que nos habían custodiado fuera. El autobús estaba por arrancar, debía apurarse pues el sol desaparecía poco a poco. La frontera había cerrado.

El chofer, con velocidad, encontró nuestras maletas entre cientos de bultos y las aventó fuera, sobre la espesa vegetación que nos rodeaba. Los pasajeros, todos opinando en lenguajes que no comprendíamos, intentaban jalarnos hacia adentro. “Come! get in! we will hide you!” pronunciaba uno.

Pero nuestros pasaportes habían quedado sentenciados: si entrábamos y nos agarraba un policía debíamos ir a la cárcel. El motor arrancó y el autobús desapareció. Los policías de Zimbabue también. La única construcción era la cabaña que fungía como oficina y no volvería a abrir puertas hasta el siguiente día.

Silencio, oscuridad. No había pistas de una población cercana. Sólo vegetación. Caminamos de regreso rumbo a Mozambique. Sus oficinas de cruce fronterizo estaban a poco más de un kilómetro. Una luz brillaba. Quedaba un policía. Nos reconoció. Le explicamos y canceló el sello de salida para no tener que volver a pagar otra visa de entrada a su país.  

La cabeza nos dolía. El policía nos guio hasta una casa pequeña. Una mujer nos recibió. Tenía una habitación con dos catres y una lámpara de aceite que podíamos rentar. No teníamos meticales, la moneda local, tampoco aceptaba dólares.

“Pagan mañana” la convenció el policía. La mujer aceptó y nos dio una cerveza. Ahí se hospedaban los conductores de tráileres que no habían logrado cruzar.

El sol despuntó y despertamos. Sobre el camino de terracería había chicos jugando futbol. En sus bolsillos guardaban fajos de billetes, eran las casas de cambio. Les dimos diez dólares, no aceptaban euros, no sabían cuánto valía.

Pagamos la habitación y la cerveza del día anterior y seguimos caminando. Nos recomendaron esperar en una intersección a pocos kilómetros por donde circulaban más tráileres. Ahí, tendríamos más suerte de que alguien cruzara y nos diera aventón. Después de cas cuatro horas de espera, un tráiler, con una cabra amarrada al techo, nos recogió. En su cabina, a todo volumen, sonaba redemption song.

Meses después conocimos a unos alemanes que habían atravesado Zimbabue. “¿Cómo les fue?”, les preguntamos. Nos describieron a una nación dolida, abusada, con poco arroz y mucha tripa vacía. Donde los billetes sirven para raspar la mugre de las manos y brazos y los autobuses cancelan los viajes pues les conviene más vender la gasolina que cobrar el pasaje.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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28 agosto, 2017

El palacio vagabundo

Regino caminó durante días entre polvo y bajo los rayos del sol hasta que encontró una llanura verde, con árboles frondosos, perfecta para descansar y protegerse. Se veía sudado, con el pelo mugriento y las uñas cochambrosas. No iba solo, jalaba un carrito donde acomodaba sus chacharitas: pequeños tesoros que había encontrado durante el camino.

Andaba y deliraba. Sabía que llevaba días en lo mismo pero no recordaba de dónde venía, con quién había estado ni si tenía familia. Comía y bebía de lo que escudriñaba. Sólo cuando suplicaba por una moneda, compraba un taco, sus favoritos eran de guisado.

Al toparse con la llanura, Regino se sintió cansado. Un impulso le dijo que era hora de instalarse días, semanas, meses o años. No tenía nada planeado pero debía reponerse, esperar y pensar pues el carrito era pesado y las piernas le temblaban.

Al recostarse sobre el tronco de un árbol soñó que construía algo. Al despertar comenzó por armar una cama con cachos de madera y pliegos de tela de colores que encontró entre los tesoros de su carrito.

Necesitaba protegerse del viento así que levantó cuatro paredes de madera y las cubrió con una lámina. Con los primeros rayos del sol se activaba y observaba su alrededor. Con su carrito, caminaba buscando nuevos materiales de construcción. Poco a poco mejoraba. Todo lo que podía servirle, lo tomaba y guardaba.

Una mañana el carrito se rompió y con un morral y mecates continuó recolectando y cargando. La construcción se hizo más lenta, pesada y ahora le dolía la espalda. Sin importarle, levantó una cocina y un área que llamó “de estar”.

Durante las tardes y noches analizaba sus logros e ingeniaba cómo renovarlos. Quería siempre construir algo nuevo. Crecer. Una tarde, al cruzarse con una mujer de cabello largo y rizado recordó algo de su pasado: a su madre y la que era su película favorita, sobre una niña que al disfrazarse de hombre podía montar a caballo y competir. Lloró.

“Necesito un establo”, se convenció Regino y fabricó uno. Cercó un cacho de tierra y aventó paja para que se viera como el de la película que recordaba: sucio y desordenado. Le faltaban caballos. En otro paseo vio una pequeña silla de montar arrinconada, la tomó y colgó sobre la cerca.

Pasaron meses y la casa de Regino se convirtió en palacio. Tenía jardín de rosas y sala musical equipada con instrumentos de percusión y cuerdas. Tres habitaciones: una para la mañana, otra para la tarde y otra de juegos. También veía ovejas pasearse por el establo pues nunca encontró caballos.

Regino había logrado lo que nunca, ni en sus mayores alucines, había imaginado. Pero no recordaba más de su pasado y eso le angustiaba. Por las tardes, se sentaba sobre una muralla de piedras cerca del palacio y cerraba los ojos. Llevaba sus rodillas hasta el pecho y abrazaba sus piernas. Entonces se creía una roca cuya memoria algún día se activaría.

Una tarde comenzó a chispear. Nunca había visto nubes tan cargadas. Las gotas se hicieron lluvia y luego tormenta. Tan fuerte que no podía distinguir donde terminaba el suelo y empezaba el cielo.

Regino se resguardó en una de las habitaciones pero al poco tiempo el agua lo inundó. Salió al jardín y entre proyectiles de granizo, descubrió su palacio desbaratado. Corrió y trepó a las ramas de un árbol hasta que días después pasó la lluvia.

Cuando el sol despuntó Regino observó las ruinas. Por fin veía con claridad. Los muros eran  botellas apiladas. Las rosas del jardín, ramos rotos y marchitos, envueltos en plástico. Los instrumentos estaban enmohecidos, carcomidos por el olvido. Cientos de cajas de leche y bolsas de comida chatarra lo rodeaban. Las ovejas eran de plástico, pequeñas, sin ojos ni patas.

Caminó a la muralla donde por las tardes se sentaba y volvió a abrazarse. Inerte. Estaba en los jardines de un museo de la ciudad. A lo lejos, lo esperaba un horizonte de edificios, risas y gritos. Regresó a las ruinas, tomó el morral empapado y se lo colgó al hombro. Volvió a caminar sin rumbo, recolectado cualquier objeto que le diera una pista de lo que fue su pasado.

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1 marzo, 2017

I. De sombras

“A que no te atreves…” retó Pablo frente al trampolín más alto del balneario El reino de Atzimba y yo, que había crecido tratando de demostrarle a mi hermano mayor, y su amigo Pablo, de que no era cobarde, salí del agua y caminé rumbo a las escaleras.

Esa mañana salté, sin darme cuenta de que Pablo, tenía pavor a las alturas. Lo descubrí cuando dije “ahora vas tú” y me ignoró. Salté sin pensarlo. Reaccioné cuando mi cuerpo traspasaba el agua. El impacto me desacomodó el traje de baño y revolvió agua de manantial con cloro por cada recoveco. El sentimiento se me impregnó.

Años después, bajo la caída de las cataratas Victoria, trepé una lancha inflable que a los pocos segundos volcó. Fueron segundos desesperantes bajo el agua antes de volver a respirar. Bajamos el río, remando y luchando contra sus aguas blancas, cruzando cañones y algunos cocodrilos nadando contra corriente.

En un área donde el flujo también descansaba, había una piedra de seis metros de altura. “¿Quién saltará?” Preguntó el guía y varios respondimos “yo”. Subimos y esperamos nuestro turno. Cuando mis pies tocaron el borde me congelé. Pensé, dudé y me retracté. Los ya caídos gritaban desde abajo “¡Salta!”. Esperé. Poco a poco regresé hasta tocar el agua sin brincar.

El miedo se quedó. Cuando en la sierra huichola, en el poblado de San Andrés Cohamiata, durante los festejos de semana santa, me ofrecieron peyote, no pude negarme. Era tan poco que juré no detonaría mis sentidos. Pero lo hizo, y entre cantos, cuerdas de violines, rezos y sacrificios animales, el brillo de las estrellas se pintó multicolor.

De regreso en la habitación, una cabaña con varias camas, cerré los ojos para abrirlos en otra dimensión. Una de líneas, colores y movimientos infinitos. Como sentarse sobre una fecha que poco después disparó. Era testigo del movimiento del universo y podía elegir hacia dónde viajar. Un paseo entre luz y oscuridad.

Escoger lo que se quiere ver y cómo verlo. Estaba de regreso sobre aquella piedra del río Zambeze. Veía mis manos, pies, piernas. De cerca, desde el suelo y desde el cielo. Podía caminar hacia atrás para agarrar vuelo y decir “ahora vas”.

Corrí con fuerza, con toda la que tengo, hasta el borde y salté. Mi cuerpo cayó en el agua y al salir a respirar estaba en otro lugar. Fue una noche larga que interrumpieron los primeros rayos del sol. Una de purificación.

 

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7 enero, 2017

Knockout

“¡Nadie me venda, sé cómo!”, exclamó Omar “dedos, nudillos y muñecas”. Lo hacía bien. Desde chico. “El que no se venda no sabe boxear” le repetía su padre quién sin vendar ni boxear, sólo observaba. Aficionado puro.

Esa tarde, antes de subir al cuadrilátero, lo hizo un kieveño. Omar se quejó. Sentía los nudillos apretados y le faltaba colchón. Lo hizo con señas pues no hablaba ucraniano ni ruso y en Kiev nadie conocía el español.

Omar era mexicano. De la capital. Había crecido entre rastros, vecindades y primos. Entrenaba desde chico y en la adolescencia lo firmaron como boxeador.

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Ganaba. Esa tarde la victoria se disputaba a las afueras de Kiev, en unas ruinas que le habían descrito como un “centro comercial”. Dionisio, su promotor, masticaba el inglés y se daba a entender con unos cuantos.

No logró corregir el vendaje y, entrenado para resistir, se puso los guantes y mentalizó. Le pegaría duro al “pinche ruso”, su contrincante, como sabía, lo fintaría y cansaría hasta knockear. Quería tirarlo y dejarlo abajo hasta que las campanas del jurado marcaran su derrota.

Lo dibujó tan bien que lo logró. Al ver a su contrincante tirado uno de los jueces subió y comenzó a gritar por el altavoz. Emocionado, pronunció “Omar Arizmendi” de tal forma que ni él entendió que lo declaraba triunfador.

El promotor estaba feliz. Le entregó unos billetes, una medalla dorada y un boleto de regreso en tres días. Lo vería en el aeropuerto. Volarían a Moscú y de ahí a Los Ángeles. Apalabrarían algunos contrincantes gringos y de regreso a México.

Omar tenía tres días de descanso y un cuarto de hotel pagado con la dirección y estación de metro más cercana escrita en un papel. Era joven, con sed de adrenalina y desproporciones.

Dejó las instalaciones. Caminó por la calle entre edificios gigantescos en busca de un bar. Todos eran más altos, más blancos.

Una pareja lo interceptó. Estaban borrachos. Lo habían visto pelear. Imitaban el gancho con que había mandado al otro a la lona. Con unas señas Omar comprendió que lo invitaban por unos tragos y aceptó.

El bar estaba en un sótano. Pidieron cervezas locales y otra especie de aguardiente. Omar probó todo lo que le dieron.  Respondía en español a todo lo que comentaban en ruso.

Desde la barra una mujer lo observaba. Pelo largo, ondulado, peinado y rubio. Ojos verdes y maquillaje, labios rosas. Vestía falda y suéter entallado que cubría una figura delgada y pálida. No mostraba acompañada.

Omar quedó prendado. Ella le sonreía y reía. Jugueteaba. Su mirada lo atravesaba y se acercó. Brindaron. En cuanto se agotaban sus tragos ella pedía más. Se entendían con las pocas palabras de inglés que los dos medio macullaban.

Cuando el cantinero marcó el fin de la noche salieron juntos. Omar no soltó su mano y la besó sobre la banqueta. Quería morderla. Ella detuvo un taxi. Bajaron en un hotel y ella lo guió hasta una habitación. En su bolso guardaba la llave.

En el cuadrilátero del amor. Una lucha de poder sin tiempo ni juez. Dormían y despertaban con hambre. Ella salía y regresaba con comida y más alcohol. Ella confiaba en él. Él la entendía.

El tiempo comenzó a preocuparle. Llevaba horas, días de encierro, quimera y pasión. Había perdido más peso que en la pelea y la idea de separarse lo encabronaba.

Sobre la cama le explicó el plan. Parte en inglés, la mayoría en español, usó señas y dibujos sobre una servilleta. Se irían juntos al aeropuerto. Le pediría a su promotor que le comprara un asiento en el vuelo. Se lo pagaría con las victorias de las siguientes peleas. Le daría un porcentaje mayor de la bolsa si era necesario y le costaba convencerlo.

De usar las influencias del promotor podrían quedarse en Los Ángeles. Ella trabajar en un restaurante o como modelo. Él, seguiría su carrera como boxeador profesional y pondría un gimnasio. Luego comenzar una familia.

Ella aceptó. Quedaban pocas horas para la cita con el promotor. Omar debía recoger sus cosas del cuarto de hotel que no había visitado. La besó y le pidió que empacara pues en poco regresaría por ella y en taxi al aeropuerto.

En la calle buscó el papel con la dirección. A una cuadra se topó con la estación del metro. Abordó el primer vagón. Imaginaba su futuro, lo podía trazar. Al de junto le mostró la dirección. Éste le señaló cuándo bajar y cambiar.

Llegó al hotel, tomó su maleta y regresó al metro. Hizo el cambio de línea y bajó en la estación. No era la misma. No encontró el papel. Luego otra y dos más. No reconocía ninguna. Intentó hacer memoria. Recordar en dónde se equivocó. El golpe que no vio.

Omar corrió desesperado entrando y saliendo del mundo subterráneo hasta que sus piernas y el tiempo lo traicionaron. Derrotado se sentó sobre el piso y recargó su espalda. Debía tomar el siguiente vagón al aeropuerto. Aspiró y exhaló con llanto. Su primer knockout.

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18 enero, 2016

El delirio de Bulmaro

A los once años Concepción descubrió cómo se veía un par de testículos. Perseguía sapos en el rancho de su tío cuando su primo le anunció: “te tengo una sorpresa en las caballerizas”. Lo siguió. En el picadero le dijo asómate y ella pegó el ojo a un orificio en la pared. Estaba Bulmaro, caballerango, desnudo con los testículos colgando. Se bañaba a jicarazos, con el agua y en la tina de los caballos.

Su primo reía. Con los años, Concepción también. Bulmaro los asustaba. Era severo. Con piel recia y oscura, bigote mestizo. Cejas pobladas. Frente surcada y uñas desfiguradas. Contaban que antes de tener aquel oficio había vivido en la cresta de un volcán joven “de los ya silenciados”. Dormía sobre arena y rocas que fueron lava. Bebía agua de lluvia y se alimentaba de maíz y gallinas que robaba de campesinos en pueblos cercanos.

Desde las alturas distinguía un valle. Tierra roja y árboles con follajes brillantes. Le llegaba el eco del gorjeo de las aves. Una vida errante. Frío, soledad, hambre, intranquilidad. Esperaba a que la noche se comiera el día. De pronto enfermó. Las manos y el cuello se le pusieron pintos, sintió mareos, dolores de cabeza y bajó.

En el pueblo del doctor que lo curó buscó trabajo. Nada. El tío de Concepción, un viejo cacique, trabajador y alejado de los chismes, se lo topó afuera de misa mendigando. Al notar la fuerza de sus manos lo puso a prueba con sus caballos.

Bulmaro se curtió como jinete. Cuando Concepción y sus primos querían ir al monte los acompañaba. Trepara a la carreta. Bulmaro la arreaba y Chiclán la jalaba. A los caballos les hablaba con suavidad. De su mano, Concepción conoció el níspero, la changunga y el higo. También que al río, para tomarlo, había que escupirle y contar hasta tres. Si se disolvía viajaba limpio.

Una noche de frío Bulmaro y otro campesino encendieron una fogata. Aflojado por el licor soltó la lengua. La noche del bautizo de su cuarto hijo también ardió madera. Lo hizo en la parcela junto a su casa. Invitó amigos, contrató músicos, bebieron charanda y comieron pozole. Era noche estrellada. Entró a la casa en busca de su esposa. Ella intentaba dormir al niño.

Comenzó una discusión que nunca entendió. Bulmaro tomó un cuchillo y se lo hundió en el estómago. Lo repitió siete veces. La última lo retorció. Ella soltó el último aliento con un gemido. La sangre escurrió hasta formar un pequeño charco sobre el piso de tierra. Vio reflejada su miseria. Su hijo mayor irrumpió. Corrió fuera. El bebé berreaba. A lo lejos lo escuchó.

Bulmaro no paró hasta encontrar el volcán. Caminó días. Quiso esconderse entre las nubes del cráter. Sabía que sus hijos, al encontrarlo, lo vengarían. “Ella se lo buscó” concluyó Bulmaro al campesino, a su madre también la había matado su marido.

Concepción escuchó la confesión. Había escapado de la casa y se escondía entre los matorrales. Guardó silencio y regresó a su cama. No volvió a pedir a Bulmaro que la llevara al monte. Tampoco les contó a sus primos. Agradeció que su madre, días después, le anunciara que dejarían el rancho.

¿Y Bulmaro? preguntó Concepción años después cuando regresó al rancho. Bulmaro había subido al monte. Volvió con la cabeza de una serpiente. Contó que se encontraron. Al no poder morderlo ella se irritó. La serpiente quería ganar así que lo retó. Bajaría el monte más rápido que él. Bulmaro comenzó a correr. Galopó como caballo. Con una piedra perdió un guarache. La serpiente se arrastraba veloz pero Bulmaro la rebasó y ganó.

Enfurecida, la serpiente trepó un nopal y se enredó en su penca. Exprimió tan fuerte que las espinas atravesaron sus escamas. Bulmaro la degolló. Pensó en hacerla un cinturón. Concepción escuchaba con atención la historia que otro caballerango le contaba, “esa tarde, cuando cerró la noche, Bulmaro partió”.

 

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11 enero, 2016

El tigre

Al fondo del restaurante un hombre sentado toma un vaso de agua mineral con hielos. Observa el campo de golf que lo rodea y otras mesas con familias. Lo saludan y se quita el sombrero vaquero que combina con la hebilla. En su playera se ve un gato imitando ser DJ, y alrededor otros gatos que levantan el brazo y la garra.

Los meseros lo conocen como El tigre. Nació en septiembre. Sólo come carne cuando se trata de chiles en nogada. Su platillo favorito. Cada cumpleaños su padre lo llevaba a comerlos. Una tarde, al salir del restaurante, le pidió que lo acompañara al hipódromo. Era día de subasta del Cuarto de Milla. El tigre, que apenas había cumplido la mayoría de edad, se acomodó entre rancheros y remolques con placas de todos los estados.

Su padre tenía un rancho. Alucinaba el hipódromo pero le gustaban los cuacos finos. Solo lo visitaba durante las subastas. Esa tarde vestían botas texanas al estilo George Bush y camisa. “¡Arranca en 25,000! lote 74, siete cuatro… ” Indicaba el subastador tan rápido que El tigre apenas entendía. Junto, sobre un cuadrilátero de tierra y estiércol, el caballo subastado se paseaba en círculos desnudo, sin jinete ni montura, tirado de las riendas por un caballerango.

Después de varios golpes de martillo su padre lo guio a los establos que rodeaban la subasta. Un yearling, potro de menos de dos años, retinto y brioso los cautivó. Buscaron al dueño y le ofrecieron arreglarse abajo. Se llamaba Presumido man.

El tigre andaba hasta la madre de estudiar. Agarró un trabajo pero al poco tiempo se arrancó la corbata. No sabía qué hacer. A su padre se le ocurrió que se informara sobre las corridas en el hipódromo. Dos días después era caballista y Presumido man y Rosa, una yegua dosañera, dejaron el rancho de su padre y se internaron en el hipódromo.

Debutó como propietario con Rosa. Ganaron. El tigre pasaba los días en las caballerizas. Era como un pueblito; había puestos de garnachas y en las noches brindaban en las cuadras. Durante los entrenamientos revisaba el libro de condiciones e inscribía a sus animales en las carreras que podía.

Mandó hacer gorras y chamarras con los colores y el nombre de su cuadra. El día que tenía carrera llegaba antes. Se estacionaba cerca de la cuadra. Caminaba con el entrenador, el caballerango y el caballo hasta la báscula y luego al ensilladero. Cuando el cuaco entraba a la pista él se quedaba en las tribunas.

Presumido man había subido de categoría. Era una bestia pesada. Tardaba en agarrar tierra pero cuando menos se lo esperaban no le veían ni el polvo. Lo inscribió en un clásico. Antes de correr lo embarró con una friega de alcohol y hierbas, para que se le calentara el cuerpo y saliera tendido a la pista.

Llegó en segundo lugar. Su suegro le ganó por nariz. El tigre carcajeaba, creía que se volvía loco. Había ganado dólares, ¡miles! El mejor premio de su vida se lo había dado un caballo. Bebió y festejó. Su padre se lo llevó a fuerzas al rancho, “mañana vienes por tu precioso cheque”.

Se compró un auto nuevo, del año, un Ford Cougar y otro caballo Goodbye Alibi. En una carrera Rosa se quebró una pata. El público gritó al verla caer. Se paró como títere. Le inyectaron salsa inglesa, una mezcla de químicos que la dejó fría. Presumido Man amaneció con cólico. El tigre probó todos los remedios que conocía; tés, pomadas, le empujó la panza y le picó el hocico para que vomitara. No reaccionó, era como cortarle el agua a una manguera. Murió entre sus brazos.

Goodbye Alibi continuó ganando veinte carreras más. Lo inscribió en una de reclamación y a un charro le gustó para su hijo. Ganó y lo entregó. Le dolió. Lo quería.

El tigre llama al mesero. Lo conoce desde hace años. Todos los días come en la misma mesa de ese restaurante. Le pide otro vaso de agua mineral con hielos. El mesero desaparece y vuelve con una charola. Le sirve otro vaso con agua mineral y le añade que ya es el tiempo de un chile en nogada.

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4 junio, 2015

La Libertad

La Libertad está en el ombligo del barrio de Tepito. Es una calle angosta, silenciosa y perpendicular al camino de puestos. Quedan algunos zapateros.  De las ventanas cuelgan suelas y pieles multicolores. Se oye trabajar máquinas viejas.

Entre dos carcachas veo a un joven tirado. Mugriento. Hace poco se inyectó, seguirá inmóvil por un rato. Entre murales de graffiti está la entrada a una privada. Como moscas, un grupo de jóvenes la custodian. Junto, una tiendita.

Hace años, Rubén se sentaba en esa tiendita y bebía cerveza. En la privada vivía su amigo El Jalo. La mota nunca le gustó, la coca tampoco aunque ahí, con El Jalo, la probó. Él la vendía. En unos escalones escondía ladrillos de mercancía. Afuera vendía al menudeo. Adentro al mayoreo.  Luego comenzaba su rondín en el Teatro Blanquita, de ahí a otros teatros. Dice que uno de sus clientes era Paco Stanley.

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Camino con Rubén hacia la puerta de acceso a la privada. El grupo de jóvenes busca intimidar con la mirada. Están armados. Uno deja ver que carga una metra. Decimos que vamos con Fitos y abren paso. Saben que es nativo, vecino, vive en la privada y eso lo respetan. Al del gas también le permiten el paso.

Un Chihuahua nos ladra. Tocamos una puerta. “Aquí no vive”, responde una mujer y da un portazo. “¿Qué pasó o qué?” Responde Fitos. Apenas despierta de una siesta. Es sábado, día que descansa de entrenar jóvenes boxeadores en el deportivo Guelatao.

Su gimnasio es el “Rodolfo, El Chango, Casanova”. Hace años lo conoció. En una esquina de la casa cuelga la foto enmarcada. Salen los dos. El Chango en traje afuera de la Coliseo. Se conocieron en el ambiente del Jalowai. Se topaban en cantinas.  “¿Qué pasó?” le decía Fitos. El Chango respondía pero había que invitarle una bebida.

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El Chango acabó teporocho, “ya ni el alcohol le hacía daño”. Lo levantaban de Garibaldi, lo bañaban y le ponían un traje. Era sencillo, amable. Nada más con que subiera al ring, todos le aventaban dinero. La gente se lo daba, era un ídolo. Al día siguiente no tenía un quinto y lo metían a La Castañeda. Un día le dio un derrame y cayó muerto. Acabó en el panteón de los olvidados.

Nos sentamos en la sala. Entre las cientos de fotos de boxeo que cuelgan en la pared también está Kid Azteca. El Chango se dio el lujo de ganarle siendo pluma y el otro walter. También a Zurita y a otros campeones. Junto con Carlos Montés, uña y carne de Kid Azteca, eran los invitados de honor a las funciones del Guelatao. Vivían en una vecindad en Garibaldi. Fitos se pregunta si Carlos seguirá vivo. La última vez que se toparon usaba pants blancos. Ya no veía. Los años no perdonan.

Fitos nació en Tepito. Ahí se casaron sus padres y vive toda su familia. A Rubén lo conoció en el deportivo Guelatao. Hace casi veinte años trabajaron juntos, cuando todavía había cantidad de boxeadores y tenían suerte con las chavas.

“Hoy, cualquiera es entrenador”, se queja Fitos en su silla. Rubén le pide café. Fitos bromea que de ese no vende. En la cocina encuentra un poco en una jarra, lo sirve en una taza y lo mete al microondas. Es de estatura baja, moreno, espalda ancha y barre las palabras.

Donde termina la calle Libertad está una estación de policía. En una ocasión entraron a la vecindad. Eran cientos, todos armados. Entraron a las primeras casas. A tiro cantado le preguntaron a Fitos “¿quién vende droga aquí?”. Respondió tranquilo: “de las sesenta casas, sesenta y cinto venden”. Se fueron.

La puerta se abre. Es Marta, esposa de Fitos, que llega acalorada y cargando una maleta. Regresa de Mazatlán. Fitos saca el café del microondas. “¿Cómo se te ocurre darle café en esa tasa?”, exclama Marta, “¿qué pasó en mi ausencia?”.

Había leído un encabezado de “Muerte en Tepito”. En la cuadra contigua mataron a dos y agarraron a varios, incluido el que lavaba los carros, explica Fitos. Ella enciende un Marlboro Light, no nos ofrece pues dice somos deportistas.

Fitos sube a su recámara y baja un suplemento de periódico. Tiene un baúl repleto de notas sobre los que se le han ido, con los que convivió. Nos muestra una fotografía de Casanova trabajando en un taller mecánico. “Dinero, fama y perdición” dice el encabezado. Se ve flaco, sucio, arrugado.

En la nota Casanova reclama no ganar nada por la película Campeón sin corona. En los treinta, sus mejores años como boxeador, ganó millones de pesos de hoy. ¿Ahorita qué es para ti el boxeo?  Pregunta Fitos a Rubén. “Donde ganan los promotores”. Un negocio puro. De joven, Fitos llegaba dos horas antes a la final del torneo Guantes de Oro, se atascaba. Eran peleas, más parejas y eliminatorias directas.

El otro día, le llevaron la convocatoria para ver a cuántos del gimnasio inscribía. Fitos andaba entregando su reporte mensual así que se la dejaron en el gimnasio. Cuando la leyó quedó sorprendido. Peso mosca estaba entre 51kg y 54kg. “Tres kilos de ventaja”. Cuando su hermano boxeaba eran muy estrictos. Tenía que llegar a los 51 exactos. Si no daba el peso se ponía a sudarlo en la Coliseo. Los más difíciles eran los últimos 200-300gramos. Ya estaba seco. Se tenía que ir a una caldera que tenían por ahí con una cobija y a escupir chicle.

Rubén pregunta por un boxeador que usaba guantes amarillos y tenía una cocina con su suegra. Ahora es el taquero del barrio. Le va mejor. Marta ha preparado jícamas y zanahorias con limón y chile. Todos les entramos. Fitos recuerda a un entrenador del gimnasio que llegaba tan borracho que mejor le daban una lana para que la siguiera. Se metía a dormir al vapor. Pudo morir dentro. Lo corrieron y quitaron el vapor.

Han tirado los deportivos. Al Guelatao lo arreglaron pues se usó como locación de una película. Durante ese tiempo no dejaron entrar a nadie. Cambiaron lámparas. Sigue cuarteado por temblores. A unos les da miedo. Clausuran actividades y prestaciones.

En otro deportivo donde trabaja Rubén cobran estacionamiento, cuatro pesos por usar el baño y la zona de box está alquilada. No barren, hasta el presupuesto de limpieza se lo roban. Si ayudan es porque ven dinero.

Rubén hizo a un chavo, lo entrenó desde los siete años. Comenzó a destacar y entonces sí le vieron interés. Hasta la familia. Si el chamaco es duro hay que darle tiempo. Si no es duro saben que no ganará. Ahora tiene veinte, tiempo clave. La última pelea ya no lo entrenó Rubén, dijo “quédenselo”. Le hablaron bonito, le dieron una feria y se lo robaron. Si no tiene éxito, lo joden. La mente de los promotores cambia hacia el peleador, lo sueltan, dejan de cuidarlo. No hay más.

Debemos irnos así que Fitos nos acompaña hacia la calle. Cruzamos un rottweiler con suéter y al grupo de jóvenes. En la esquina de Chavita el peluquero dejamos la calle Libertad. La noche en que Chávez se despidió de la Plaza de Toros, Chavita le dijo a Fitos “¿no quieres venir?” y se lanzó. La eliminatoria anterior fue mejor pelea. ¡Pum! Sonaba cuando Neto Carmona conectaba un golpe a Miguel Ángel, El Mago, González. Madriza. Le rompió una costilla. A Neto le abrió la espalda. No pararon la pelea. Se la dieron a El Mago, creen que le dieron chochos. La de Chávez dejó de verla en el cuarto round.

Al abordar el Metro en la estación Tepito vuelvo a observar su ilustración: un guante de box. Recuerdo a Casanova, Kid Azteca y a los hijos de la revolución. Cuando no tener cicatrices era una vergüenza. Ni quien se acuerde.

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31 mayo, 2015

El túnel

Al centro de la funeraria se encuentra un patio con cafetería y tres mesas. Una fuente y pasto decoran. En una mesa dos mujeres conversan. Ninguna viste de negro.

Las dos fuman. Hablan de lo mucho que les gusta el cigarro. Una, delgada con cabello largo y rubio, calcula comenzó hace nueve años. Tiene cuarenta. Usa escote, poco maquillaje y vaqueros entallados. La otra, poco más joven, usa falda larga de colores, cabello negro suelto y alborotado.

Un hombre de ojos azules, traje negro de piel y cabello soldado con gel  les pide un cigarro y se sienta a conversar. Dice ser compositor por lo que el cigarro le “es indispensable, tanto como la necesidad por creer”.

“Creer en algo como el Dalai Lama”, interrumpe la mujer con cabello alborotado. “De acuerdo” afirma el hombre, “algunos no lo entienden, hasta que se ven en el túnel. Hasta que ven la luz”.

Ellas le preguntan si ha visto el túnel. Responde que sí. Hace unos años tuvo una novia. Vivía en un departamento viejo donde el boiler estaba dentro de la casa. El ducto de salida de los gases daba hacia la habitación donde se encontraba sentado trabajando.

Su novia se dio un baño “como de cinco horas”. Al levantarse, dio pocos pasos y calló al suelo intoxicado. Al encontrarlo tirado la novia gritó histérica. Él la veía a lo lejos, desesperada, la rodeaba obscuridad. Ella lo arrastró hasta la ventana. Minutos después volvió en sí.

Las dos mujeres asombradas encendieron otro cigarro. “¿Ya se despidieron o falta alguien de despedirse?”, anuncia casi a gritos un encargado de la funeraria, “la cremación de la sala cuatro está por comenzar”.

Los tres apagaron sus cigarros apresurados y se dirigieron rumbo a la sala. Cantando despidieron al cuerpo. Caminaron detrás del ataúd hasta la sala de cremación. Ellas regresaron en llanto a la sala e inspeccionaron los arreglos. Se llevaron sus flores preferidas, las orquídeas.

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