Se puso un gorro, unos guantes y un abrigo. Debía enfrentar al invierno, sus vientos y su vacío. Caminar entre los callejones de los barrios viejos de la capital catalana, los más meados, escondite de borrachos, ladrones y vagos.

De no apurarse, la oficina de extranjería se atiborraría. Así que no abordó el autobús y detuvo a un taxi. «La idea de independencia nos trae a todos nerviosos» le dijo el conductor, «a los más viejos, nos recuerda lo que vivimos antes, cuando estaba Franco».

Sin saber qué responder ella asintió, era joven, sin memoria de ese pasado. «España no derrota, España aplasta» concluyó el taxista que por asistir a las urnas y votar lo habían golpeado.

Al llegar a la oficina de extranjería se quitó los guantes y tocó con fuerza una puerta de vidrio. «¿Si?» respondió un policía. Era viejo, escurrido, con los pómulos salidos. Se notaba fastidiado de hacer siempre lo mismo.

«Vengo a recoger documentos» explicó quitándose el gorro. «Pase, debe esperar». El policía la guió hasta una sala al fondo de un pasillo donde había dos escritorios. Detrás de cada uno una mujer que atendía a alguien distinto.

Ella se sentó a esperar. La sala estaba calientita. Deliciosa. Se quitó el abrigo y recargó la cabeza sobre el muro. El cansancio recorrió su cuerpo y cerró los ojos.

«España» repitió en su mente. Antes de llegar, España era la tierra que visitaba su abuelo Pepe; gran aficionado de las fiestas taurinas. Asistía a cada corrida como a misa: extasiado.  

Aparte de los toros había algo más que lo atraía: el tío Fernando. «Ven a decirle hola al tío Fernando», le decían durante algunas cenas navideñas y a ella, que todavía veía el mundo con los ojos de una niña, le sorprendía que hablara diferente al resto de la familia.

El tío Fernando aparecía en México de vez en cuando. Cuando su abuelo, Pepe, lo traía. Había llegado por primera vez a México a los seis años, pues sus padres, durante la guerra civil española, lo habían subido a un barco junto con otros cientos de niños.

El viaje había sido largo, difícil. Fernando era un niño al que habían engañado con irse de vacaciones. Había crecido en un pueblo pequeño, jugando a las canicas y apedreando monjas y santos afuera de las iglesias. Robaba frutas en los mercados y uno que otro pan. Así se divertía. Lo hacía por tener algo que hacer, por bromear, por no pensar.

Entonces, la guerra civil estalló y en el pueblo se cortaban cabezas sin importar que fueran las de hermanos. Fernando quedó rodeado de sangre y abordó aquel barco que lo dejó en un puerto mexicano.

Después lo trasladaron a Morelia. Él notaba que la vegetación había cambiado. También que la gente hablaba raro. Estaba solo. Había dejado a sus padres y hermanos del otro lado del océano. Cada noche se preguntaba si seguirían vivos y luchando.

Una familia lo acogió, la del abuelo Pepe. Fernando se mudó con Pepe, sus nueve hermanos y su madre Sara. Vivían en una casa en el centro de Morelia en la que Sara mandaba. Era una mujer culta, fuerte, que había viajado. También una aficionada a la música. Su familia, conservadora y acaudalada, la había mandado a estudiar a Francia.

Por las tardes, aparte de tocar el piano de cola que adornaba la sala, se paseaba por una plaza cerca de la casa. Luego se acostaba sobre su cama y leía. Siempre la acompañaban dos perros: uno grande y uno pequeño. El más grande roncaba, el pequeño, rechinaba.

Fernando, acostumbrado a la vida de campo, la observaba y se sorprendía de cómo era la vida de la burguesía mexicana. Con Pepe jugaba. Conforme fueron creciendo los juegos cambiaron. Estuvo a su lado cuando intentó ser torero, también cuando lo cornearon.

Con Pancho, el menor de los hermanos, descubrió la dulzura y el calor que se concentra entre dos muslos femeninos. También la juerga. Visitaban bares en donde Pancho invitaba una copa a todos los comensales.

Una noche, a Pancho se lo llevó la policía. «Avísale a mi hermano Fernando» indicó a un conocido que vio cuando lo esposaban. «Saca de mi escritorio todo el dinero que encuentres» indicó a Fernando cuando lo alcanzó en la estación de policía.

Fernando obedeció. Al regresar, Pancho había decidido pagar la fianza de todos los borrachos que, junto con él, estaban arrestados. Al salir, Pancho le pidió prestados los pocos pesos que Fernando ahorraba y contrató a una banda de músicos para continuar la fiesta en la sala de su casa.

Al entrar a la sala, los perros de Sara ladraron y la despertaron. Enfurecida salió de su habitación. Al ver que eran Fernando y Pancho regresó y cerró la puerta con llave. A la mañana siguiente no regañó, ni reclamó.

Cuando Fernando cumplió veinte años sintió que era momento de regresar a España. De buscar a sus padres y a sus hermanos, de abrazarlos. De saber que estaban bien, que seguían vivos. Eran años de imaginarlos, de pensarlos preocupados, hambrientos, lastimados.

No tenía dinero para comprar un pasaje a España así que formuló la manera más sencilla de llegar: ser deportado. Armó una maleta, besó a Sara y le agradeció sus cuidados y cariño. Después se despidió de cada uno de los hermanos y partió rumbo al norte del país, a la frontera con los Estados Unidos.

Cruzaría de forma ilegal. Así lo agarrarían y al descubrir sus documentos españoles lo regresarían a su tierra. Con dificultad y cansancio cruzó pero no lo descubrieron. Lo repitió hasta que lo agarraron y deportaron. Fernando, casi catorce años después, había vuelto a España.

En Madrid buscó un tren que lo llevara al pueblo donde había crecido. Tocó la puerta de la que era su casa y tras unos segundos de silencio la abrieron. Era su madre. Todavía vivía junto con su padre y una hermana. Se veían viejos, arrugados, medio decrépitos.

«Te fuiste a hacer las Américas» le dijo su padre al reconocerlo, «¿qué nos trajiste?». Fernando no entendió, ¿qué no le alegraba verlo? ¿por qué le hablaba con tono de desprecio?

«Nada» respondió Fernando, «solo que regresé vivo». Su padre lo echó de la casa. Su madre y su hermana no se opusieron. No parecía importarles el pasado ni lo que vendría para Fernando.

Pasó la noche deambulado. En una camioneta que transportaba pastura regresó a Madrid. No podía regresar a México. El nuevo gobierno no autorizaba la entrada de españoles refugiados. Otra vez, se encontraba solo, perdido, en un territorio que por años le había sido conocido.

Por las noches, se acurrucaba y dormía junto a un puesto de periódicos. Durante el día, caminaba, pensaba, recordaba. Cuando la dueña del puesto lo descubrió, en vez de correrlo, le ofreció un empleo. Le daría lo suficiente para que pudiera pagar un cuarto y comer diario.

Fernando aceptó. Se compró ropa nueva y no faltaba a trabajar ni un día. La mujer, que cada día envejecía más, vivía sola. Fernando notó que se tropezaba con facilidad y que siempre se equivocaba al entregar el cambio. No era por despistada sino que cada día su vista empeoraba.

Una mañana casi la atropellan y Fernando decidió dejar el cuarto que rentaba y mudarse con ella. Cuidarla. Cuando leía noticias sobre México sus ojos se humedecían. Buscó un teléfono y llamó a Sara y a la que ahora entendía se había convertido en su verdadera familia. Los extrañaba. «¿Dónde estás? ¿cómo estás?» exclamó Sara emocionada al reconocerlo en la bocina. 

Semanas después, Sara estaba de visita en España. Quería llevarlo de regreso con ella pero Fernando no quería dejar sola a la mujer que ahora cuidaba y que se encontraba completamente ciega. Sara lo entendió y decidió que viajaría cada año a visitarlo. Lo hizo hasta que la enterraron.

Igual pasó con Pepe, Pancho y los otros hermanos. Por eso las visitas a España. «Pase», indicó una de las mujeres detrás de uno de los escritorios. Ella tomó su abrigo y se sentó enfrente. «Su trámite ha sido denegado» explicó al revisar su caso.

Decepcionada, se puso los guantes y caminó de regreso a casa. «Siempre hay valientes» escuchó a una gitana comentar. La observó. Se movía lento, pausado, temblando, como las gaviotas viejas que han perdido la vista por sumergir el pico entre tanta sal del mar. 

 

 

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