24 noviembre, 2018

Barrio bravo

«¿Y El loco? ¿Dónde está?» preguntó Rubén a un joven delgado, con las cejas depiladas, delineadas y con tatuajes en ambos brazos. Vendía ropa deportiva en uno de los miles de puestos ambulantes que se han apoderado de las calles del barrio bravo. 

«Por allá», el joven señaló hacia el fondo de la calle, «pasando el gimnasio y la cancha de fútbol». El loco comenzó con un puesto de calcetas y rodilleras, ahora, cuarenta años más tarde, era dueño de un pequeño imperio que vendía y controlaba en el barrio todo lo necesario en torno al deporte y la adrenalina.

Atravesamos la cancha por las gradas. Silencio. El pasto largo, descuidado. Habían pasado semanas sin que nadie lo pisara. «Los boxeadores profesionales tienen prohibido jugar fútbol», dice Rubén pausado, cada uno de sus pasos es como un golpe bien aterrizado, «porque los muchachos siempre salen lastimados.»

Aunque ya mayor, Rubén fue boxeador, su espalda lo delata. De joven conoció a El loco, a él le había comprado sus primeros guantes. Encontrarlo significaba descubrir un poco más sobre Rodolfo, El Chango, Casanova, un boxeador de los años treinta cuya historia habíamos pasado un año indagando. Un Ídolo olvidado de la época de oro del boxeo mexicano.

Casanova había deambulado las calles de ese barrio. Primero como un desconocido, luego como un héroe, más tarde, cuando había perdido la fuerza, la cordura y la destreza, como un mendigo. Sus últimos días se le vio borracho, pepenando aplausos en los cuadriláteros y pidiendo monedas para comprar unos tragos. En el gimnasio que habían bautizado en su honor lo recordaban y aseguraban que El loco había sido su amigo.

«En esa vecindad encuentran a El Loco» aseguró una mujer que tenía un puesto en el que vendía huevos que sazonaba con limón y sal; los recomendaba para el corazón, el amor, la presión y la buena digestión.

«¿Qué buscas amigo?» dijo uno de los tres hombres que custodiaban la puerta de la vecindad al notar que Rubén y yo caminábamos directamente hacia él, «tengo coca, niñas de catorce y dieciséis» continuó susurrando a Rubén al oído. 

«Estoy buscando a El loco» respondió Rubén, «soy su amigo». Los tres lo miraron malcarados. Luego a mí desconfiados. Era claro que debajo de la ropa estaban armados, pues mantenían ambas manos cerca de los costados.

«¿Quién eres?» habló uno que hasta el momento guardaba silencio, tenía ojos verdes, rasgados, como los gatos. «Soy Rubén, lo conozco desde hace años», continuó pausado pues la labia lo traicionaba, rastro de los miles de golpes que había recibido en la cara.

«Díganle que aquí afuera lo espero» continuó, sabía que esos hombres no eran de fiar, que debíamos mantenernos alejados, «estaré ahí» y señaló un la entrada a un local; un depósito de cervezas.

Dentro del depósito, Rubén tomó dos cervezas de uno de los refrigeradores. Había que pagarlas a una mujer que atendía un puesto de juguetes afuera en la calle. No había mesas, solo una banca, decenas de cajas de cerveza apiladas (unas llenas, otras vacías), una cortina que escondía una letrina y el olor condensado de la orina. En una esquina, un viejo también bebía. Daba la impresión de que a eso había dedicado toda su vida.

Rubén cambió la cerveza por caguama. El loco no aparecía así que me indicó que lo esperara adentro. Pocos pasos después lo interceptó una voz, «¿A dónde crees que vas?». Era el hombre con los ojos de gato. A su alrededor, otros cinco, lo acompañaban. Todos armados, cada uno, acompañado de una motocicleta.  

«¿Qué quieren?» gritó el de los ojos de gato, «¿quién los mandó?». Rubén, entrenado para ocultar el pánico, respondió calmado. «Nadie, queremos preguntarle a El loco sobre un boxeador al que conoció, Rodolfo Casanova».

Era claro que no nos creían. Tampoco sabían qué responder. «Si no me creen pueden preguntarle a Quiros. También venimos a hablar con él» inventó Rubén y los jóvenes bajaron la guardia y las armas. 

«Vamos», indicó el ojos de gato y nos custodiaron hasta la entrada de otra vecindad donde vivía Quiros. Un nuevo grupo de jóvenes armados interrumpió, «¿qué quieren? ¿Con quién vienen?». El hombre de los ojos de gato nos soltó y entregó. «Buscamos a Quiros» respondimos y abrieron el paso.

Con el puño, Rubén golpeó la puerta de la casa de Quiros, un viejo amigo y compañero de boxeo. Chocó tan fuerte que aparecieron los vecinos. Nada. Esperamos. No podíamos volver a la calle, no sin él. Minutos después percibimos unos pasos.

Quiros despertaba, terminaba su siesta diaria. Era entrenador en el gimnasio junto a la chacha de fútbol, un viejo lobo conocido por todo el barrio. «Esperen aquí hasta que se enfríen las cosas» pronunció y nos sentamos en su sala. Rubén destapó otra cerveza, luego otra más. A Quiros, el alcohol ya le hacía daño.

«Hace unas semanas mataron a un sobrino en la entrada», nos contó, «de las cuarenta casas que hay en la vecindad, cuarenta y cinco, venden droga. La policía hace redadas pero dice que nunca encuentra nada».

Quiros caminó con nosotros hasta la calle. Se había hecho tarde, todos los jóvenes armados habían desaparecido, «ya se han de estar drogando» concluyó. Cruzamos la cancha de fútbol abandonada, «nadie viene a entrenar» continuó, «la maña se ha apoderado de las calles, de las ilusiones de los jóvenes. Solo ejercitan los ojos buscando dinero fácil. La adrenalina vine de extorsionar y de amedrentar».

Lo despedimos afuera del Metro. Rubén, que había bebido algunas cervezas de más resbaló. Del vagón salió un joven apresurado, con audífonos, cadenas y los bolsillos abultados. Calculé tendría la misma edad de cuando Rodolfo, El Chango, Casanova, entrenaba para convertirse en campeón. Un héroe bravo más que el barrio ha olvidado. 

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11 noviembre, 2018

Un millón para Ibrahima

Ibrahima vive en una de las pocas casas con dos pisos en un barrio cerca de la playa más turística de Dakar. Tiene seis hijos pero con él y su esposa solo viven cinco. El sexto, que ya cumplió dieciocho años, se mudó a Río de Janeiro. Trabaja en un supermercado. Se fue a descubrir el horizonte del otro lado del mar.

Al alba, Ibrahima despierta y maneja hasta el aeropuerto a las afueras de la ciudad. Ahí trabaja. Cambia divisas. Su oficina es un pequeño local junto al estacionamiento. Un cubículo con paredes blancas y un sillón medio roto en tonos claros que esconde una caja fuerte. Es el único que conoce la combinación. Ahí guarda fajos de billetes, miles de dólares, euros y la moneda local. La puerta de vidrio está cubierta con recortes de películas senegalesas y la imagen de un imán.

Junto a su oficina, hay otro local que renta un brujo, del otro lado una tienda de recuerdos africanos con cientos de artículos de madera y un hombre que repara teléfonos móviles. Los empleados de Ibrahima trabajan en la calle. Como buitres esperan a los turistas que van llegando. Deben ofrecer el mejor cambio, pues “el visitante se siente robado por los bancos”.

Sus empleados entran y le entregan billetes. Él cuenta uno por uno cuidadosamente. Se dice bueno para los negocios. Sabe vender y cobrar lo que le corresponde. Habla inglés, español, francés, italiano y dos lenguas africanas. Asegura que el Senegal, es caro y barato, “todo depende de cómo sepas negociar”.

Los hijos que viven con él van al colegio. A las 7.50 de la mañana los recoge el autobús. Los cuatro más pequeños regresan a la una. Moussa, el mayor, de once años, regresa a las seis pues ya cursa primero de secundaria. Ha aprendido algunas palabras en castellano. Lo aprendió escuchando a su padre cuando lo visita un amigo que nació en España.

Aunque en su barrio no hay calles y los caminos son de arena y tierra, es un buen barrio. Ibrahima espera poder construir un tercer piso a su casa. Por dentro, la ha decorado con pocos cuadros mal ejecutados, los baños tienen piso y mosaicos, y en la sala, al centro, hay una televisión rodeada por tres sillones verdes de piel.

El cuadro que cuelga en el muro principal de la sala es de una flor, junto hay marco dorado con una fotografía de La Meca. Él es musulmán pero la familia de su esposa son católicos. Ella se convirtió pues Ibrahima se lo exigió. Dos veces a la semana los visita un tutor para que los niños aprendan el Corán.

Moussa identifica dónde se encuentran las principales mezquitas cerca de su casa. Le gusta la pizza y los kebabs aunque pocas veces visita un restaurante. La cerveza le da igual pues en su familia nadie bebe alcohol. Le atrae la shisha, sueña con fumar cuando crezca, como su padre.

Ibrahima fuma tabaco “de marca”, le gustan los Marlboro Light. Todas las mañanas una mujer llega y ayuda con la limpieza de la casa. También a cocinar. Para eso le pagan. Viene de un pueblo cercano a Dakar. Al mediodía cocina arroz frito con trozos de pescado y por la noche Laj; sémola de trigo con leche dulce de cabra que todos comen con las manos. A los niños les encanta y cuando se han terminado la hoya se chupan los dedos. Se les infla tanto el estómago que a la mañana siguiente les cuesta despertar.

Moussa escucha rap, hip hop y música en general. Abrió una cuenta en Facebook pero olvidó la contraseña. En casa no tiene computadora así que se conecta en un cyber que le queda cerca. Desde que su hermano mayor se mudó a Brasil a él lo dejan salir solo pues se convirtió en el mayor. Siempre intenta distintas combinaciones para recuperar su cuenta pero al no lograr nada se mete a YouTube y pone videos de sus canciones favoritas. Busca las versiones para karaoke pues las puede cantar y repetir hasta memorizarlas. Los otros usuarios del cyber se quejan de que hace ruido y lo zapean.

Los fines de semana visita la playa con uno de sus hermanos menores. Salen de la casa de puntitas para que sus hermanas no los escuchen o se les pegan y no los dejan nadar tranquilamente. Moussa sabe nadar bien. Su hermano no. Se meten en calzon. Un amigo de Ibrahima que renta sombrillas en la playa les presta una y un chaleco salvavidas. Compran cacahuates y fruta preparada que ofrece una mujer que camina por la playa.

Tirados sobre la arena ven a unos que entrenan luchas. Otros tocan tambores y cantan. Al fondo de la playa están los turistas blancos. Moussa y su hermano no pueden entrar a esa parte de la playa caminando. Es privada, propiedad de un hotel. Solo puede acceder nadando. Cuando lo hacen acaban jugando con los niños blancos. Organizan partidas de fútbol o reman, pues en ocasiones, les prestan un bote que los turistas suelen rentar por horas y siempre se aburren antes de que acabe su tiempo.

Después caminan de regreso a casa. Deben tener cuidado pues en la playa es fácil lastimarse los pies. Está muy sucia. Los pescadores dejan escamas, espinas y en ocasiones, los anzuelos que ya no utilizan. Aunque conocen bien el barrio se pueden perder entre los callejones. Su madre les exige que regresen antes de que oscurezca pues ahí no hay alumbrado. Moussa se guía por los árboles, la mayoría son baobabs. “Sagrados” los describe, “hay que tener cuidado pues dentro se esconden fantasmas”.

Cerca de su casa pasa un canal del drenajes de Dakar. Desperdicios, mierda que termina en el mar. Si quieren ir a la carretera que los lleva al centro de la ciudad, deben caminar junto al canal durante más de diez minutos. Todos se han acostumbrado al olor. A Moussa le sorprende que las aves deban de esa agua pues es un río muerto, sólo ha visto basura moverse adentro.

Cuando no va a la playa, Moussa visita a su vecina, Ingrid. Ella es mucho mayor que él. Es francesa, tiene un pitbull de nombre Vándalo. Cuando por la ventana ve que ella ha llegado a su departamento corre y le toca la puerta. Si ella no contesta la abre y llama a Vándalo. Entonces se sienta y lo acaricia. Asegura que cuando crezca tendrá uno igual.

Le gustan los idiomas, quisiera aprender más. El latín le llama la atención. Siempre que anda por la calle saluda a los vecinos. A sus hermanos los quiere y los protege. Se queja de los mosquitos aunque a él jamás lo han enfermado. Su mayor sueño es tener una cámara y fotografiar.

En la casa de Ibrahima es raro escuchar silencio pues el televisor de la sala siempre está encendido. Ibrahima, confiado en su destreza para los negocios, decidió comenzar uno nuevo con los turistas a quienes les cambia dinero. “Tengo habitaciones limpias y seguras” ofreció pero a la mañana siguiente todos se quejaron.

Cobraba caro y no daba buenos servicios. Olvidó que a los blancos les gusta el agua caliente y su calentador no funcionaba, tampoco notó que varias de las camas estaban rotas y todos despertaron con la espalda torcida y adolorida. Una mujer gorda, con el cabello teñido de azul y tatuajes de aves, dejó a Moussa sorprendido. Jamás había visto a una mujer que comiera y gritara tanto.

Ibrahima regresa de noche a casa. Hora en que Moussa y sus hermanos casi siempre están dormidos. Cuando ha llegado y están despiertos es porque entre ellos se pelean. Entonces, recurre a la fuerza de su mano y los castiga. Ellos lloran, todos gritan y los manda a dormir en literas.

Cansado, Ibrahima sube a la azotea y fuma. Mezcla marihuana con tabaco. Así le gusta más. En su azotea viven más de quince cabras. Le gusta tenerlas cerca pues le recuerdan su pasado, su pueblo. Cuando va a tener alguna fiesta ahí mismo las mata. Tiene un cuartito en la parte de atrás para que no vean y se asusten.

Mientras fuma escucha los rezos que se transmiten por los altavoces de la ciudad. Disfruta cada calada del cigarro y piensa en su mujer, en que le han vuelto a preguntar si está embarazada pero no lo está. Después del último hijo se le quedó hinchada la panza. Aunque visitó al doctor nadie sabe qué tiene. Él le recomendó masajes y ejercicios que ella prefiere evitar.

Como ella viene de una familia católica no le gusta la costumbre de que su marido pueda tener otras esposas. Así la educaron. Pero él siempre ha sido musulmán y su religión le permite tener hasta cuatro y una viuda. Como lo hizo su padre. Él le ha prometido que solo la tendrá a ella, pero cada noche, cuando sube y enciende su cigarrillo se pregunta si así seguirá.

A la mañana siguiente vuelve a despertar junto a ella y se convence de que es mejor mantener su vida como está: tranquila, pues tener más de una mujer puede significar muchos problemas y le permite ahorrar. Y a Ibrahima le gusta gastar, vestir bien, usar zapatos de piel blancos, lentes de sol y relojes de marca. Así se mantendrá hasta que cuente que entre sus billetes tiene más de un millón. Entonces, las cosas cambiarán.

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17 octubre, 2018

Una sombra con cola

Anoche llovió tanto que desperté y me asomé por la ventana. No se veía nada del otro lado de la calle, solo la luz de una sinfonía de truenos que encendía el cielo de la capital catalana.

Eran tantos que iluminaban la recámara, luego, cuando las nubes se tranquilizaban, volvía la oscuridad. Uno, otro y otro más. Cada trueno era fuerte, profundo, como un rugido desconsolado.

Ilustración: José María Martínez

Totopo, mi perro tuerto, roncaba plácidamente sobre su cama y almohada hasta que un estruendo lo despertó. Sigilosamente, escuché su caminar hacia mí que ya había vuelto a la cama e intentaba retomar el sueño.

Se sentó junto así que bajé la mano para acariciarlo. Cuando la tormenta se tranquilizó, se apartó y caminó. Es fácil reconocer sus pasos sobre el piso; sus uñas son largas y escandalosas.  

Cuando su sombra se acercó a mis pies se detuvo y subió las patitas delanteras al colchón. «Ahora va a saltar» pensé con la cabeza sobre la almohada y esperé.

Silencio. Moví las piernas y confirmé que no había saltado a la cama. Por la tormenta, el clima cálido del verano catalán había enfriado así que estiré la mano para cubrirme. «¿La sábana?» me pregunté al no encontrarla y doblé la espalda hasta sentarme para buscarla.

Un último trueno retumbó por los cielos e iluminó la habitación. Totopo se había sentado a unos metros de la cama, al centro de la habitación. Inerte, viéndome de frente. Había robado la sábana, enroscado y cubierto con ella. Su sombra simulaba la de un fantasma.

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16 julio, 2018

Una sinfonía de la mar

“Por allá, por donde ahora está el museo de la mar” dijo un viejo, casi destartalado, a los que junto a él bebían café en un comedor del otro lado de la playa. El viejo señaló a lo lejos, luego pidió al mesero una cerveza. No le importaba que hasta hace un par de horas todavía era madrugada.

Los hombres que lo escuchaban lo habían visto algunas veces en ese mismo lugar. Siempre igual: sentado, bebiendo, recordando y hablando. “Por allá, pegan olas gigantes”, continuó, “en una ocasión, una rompió y arrojó a un cadáver”.

El viejo aseguraba haberlo visto todo: la ola y el cadáver de una joven de tez blanca, con la ropa rasgada y la piel mordisqueada. Al no saber quién era, por las calles del pueblo se colgaron letreros que invitaban a cualquier interesado a la morgue a identificar el cuerpo.

Los chismes concluyeron que su muerte era por un ataque animal; algo más grande que un tiburón. La obra de un monstruo, un ser malintencionado, salvaje y vengativo. Uno de los tantos que rondaban por lo más profundo. Cazadores, asesinos. Los mismos que destazaban focas y lobos marinos y cuyas entrañas aparecían regadas por las playas.

Los marineros los habían visto. Eran blancos con negro, capaces de someter y devorar a animales mucho más grandes. Con dientes puntiagudos y afilados. Se movían en manada y afinaban un canto terrorífico. A las ballenas más grandes les arrancaban las aletas, la cola, y esperaban a que se desangraran. Luego se comían la lengua y el resto lo dejaban.

No tardó mucho en aparecer un hombre que aseguró ser el padre de la víctima. Sollozando frente al cuerpo de la joven ofreció una recompensa a quien capturara al maldito monstruo que la había matado.

El viejo, que entonces era un joven ambicioso, navegó hacia el horizonte en busca de la recompensa. Fueron días de soledad y sin suerte. De remar y encontrar silencio. Cuando quiso renunciar lo interrumpió un chillido. Luego otro, y otro más. Lo rodeaba una sinfonía escalofriante.

Seis, ocho, diez de esos animales aparecieron como sombras submarinas debajo de su pequeña embarcación de madera, moviendo el agua como un remolino. Aunque su cuerpo sudaba, él respiraba lento y profundo para mantener la calma.

A unos cuantos metros, una ballena jorobada salió a tomar aire. La manada, que estaba a punto de hundir la embarcación, cambió de dirección. Tras un ataque feroz, la comenzaron a devorar.

Los restos del cuerpo de la ballena quedaron flotando. La manada se sumergió sin dejar rastro. Atemorizado, el viejo comenzó a remar con rapidez hasta que su embarcación golpeó con algo. Uno de la manada había regresado.

Tomó el arpón y cuando el animal se acercó, lo lanzó y lo hirió. Ambos jalaron. Batallaron. La herida era tan profunda que el animal no tenía suficiente fuerza para voltear la embarcación y el viejo estaba aferrado. Cuando oscureció el animal estaba tan exhausto que se dejó llevar.

Él remó con fuerza hasta llegar al muelle. “¡Una cerveza para el muchacho!” gritó el capitán de un barco que bebía y lo vio llegar, “¡Hay que festejar! ¡Ha sometido a una de esas ballenas asesinas!”.

Por primera vez todos podían observar a uno de esos seres desde tierra, de cerca. Un cuento terrorífico hecho realidad. Entre varios marinos, delimitaron un área con redes de pescar para acorralarlo y evitar que se pudiera escapar. El animal se mostraba tranquilo, amigable y no batallaba ni un instante.

La noticia de su captura corrió de boca en boca por otros pueblos y en pocas horas eran cientos los curiosos que habían viajado para ver al horripilante monstruo. Entre ellos, estaba el padre de la víctima, que pidió al alcalde permiso para vengar la muerte de su hija y matar al animal.

El alcalde lo permitió pero debía esperar tres días, antes, los científicos lo iban a inspeccionar. Tenerlo cerca, olerlo y escuchar sus vocalizaciones, tuvo un efecto entre los pobladores que nadie imaginó.

Los cocineros preparaban platillos que llevaban al muelle para compartirlos con todos los curiosos. “Algo debe de comer” comentaban los científicos sobre el animal pues cada día se debilitaba más. Decidieron ofrecerle piezas de pollo pues aseguraban sabía similar a la carne humana.

El animal no comió. Al tercer día se decidió que el padre de la víctima no lo mataría. El maléfico animal había cautivado a militares, políticos, marinos, comerciantes y niños. Entre más tiempo pasaban cerca de él, más les gustaba. Su canto los hipnotizaba. Querían curarlo, cuidarlo y que se recuperara. 

Para reanimarlo, un grupo de músicos le tocaban el violín y la armónica. Primero durante el día, luego también de noche. El animal respondía cantando, vocalizando. Como no se comió el pollo, le llevaron carne de res, huesos, pescados y hasta corazones de caballos. No probaba bocado.

El terrible cazador ahora se portaba manso como un perro viejo, tanto que hasta permitía que lo tocaran. Al octavo día, una tormenta eléctrica hizo que todos se refugiaran en casa. Entre ellos, el viejo. Al regresar, encontraron el cuerpo del animal flotando. Por el movimiento de las olas, su trompa golpeaba contra un muro del muelle. Las gaviotas, rápidas y astutas, ya comenzaban a picotearlo, a degustarlo.

“¿Y la recompensa?” preguntó uno de los que escuchaba las palabras del viejo. “Jamás me la dieron” respondió, “un hombre confesó haber matado a la chica y lanzado su cuerpo a la mar”.

El viejo terminó su cerveza. “La gente no aprende de los errores”, concluyó, “una manía se contagió entre los marineros: la de capturar y mostrar. Los miembros de la manada desaparecieron de las profundidades, fueron vistos en acuarios, y su sinfonía se convirtió en una leyenda más”.

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Se puso un gorro, unos guantes y un abrigo. Debía enfrentar al invierno, sus vientos y su vacío. Caminar entre los callejones de los barrios viejos de la capital catalana, los más meados, escondite de borrachos, ladrones y vagos.

De no apurarse, la oficina de extranjería se atiborraría. Así que no abordó el autobús y detuvo a un taxi. «La idea de independencia nos trae a todos nerviosos» le dijo el conductor, «a los más viejos, nos recuerda lo que vivimos antes, cuando estaba Franco».

Sin saber qué responder ella asintió, era joven, sin memoria de ese pasado. «España no derrota, España aplasta» concluyó el taxista que por asistir a las urnas y votar lo habían golpeado.

Al llegar a la oficina de extranjería se quitó los guantes y tocó con fuerza una puerta de vidrio. «¿Si?» respondió un policía. Era viejo, escurrido, con los pómulos salidos. Se notaba fastidiado de hacer siempre lo mismo.

«Vengo a recoger documentos» explicó quitándose el gorro. «Pase, debe esperar». El policía la guió hasta una sala al fondo de un pasillo donde había dos escritorios. Detrás de cada uno una mujer que atendía a alguien distinto.

Ella se sentó a esperar. La sala estaba calientita. Deliciosa. Se quitó el abrigo y recargó la cabeza sobre el muro. El cansancio recorrió su cuerpo y cerró los ojos.

«España» repitió en su mente. Antes de llegar, España era la tierra que visitaba su abuelo Pepe; gran aficionado de las fiestas taurinas. Asistía a cada corrida como a misa: extasiado.  

Aparte de los toros había algo más que lo atraía: el tío Fernando. «Ven a decirle hola al tío Fernando», le decían durante algunas cenas navideñas y a ella, que todavía veía el mundo con los ojos de una niña, le sorprendía que hablara diferente al resto de la familia.

El tío Fernando aparecía en México de vez en cuando. Cuando su abuelo, Pepe, lo traía. Había llegado por primera vez a México a los seis años, pues sus padres, durante la guerra civil española, lo habían subido a un barco junto con otros cientos de niños.

El viaje había sido largo, difícil. Fernando era un niño al que habían engañado con irse de vacaciones. Había crecido en un pueblo pequeño, jugando a las canicas y apedreando monjas y santos afuera de las iglesias. Robaba frutas en los mercados y uno que otro pan. Así se divertía. Lo hacía por tener algo que hacer, por bromear, por no pensar.

Entonces, la guerra civil estalló y en el pueblo se cortaban cabezas sin importar que fueran las de hermanos. Fernando quedó rodeado de sangre y abordó aquel barco que lo dejó en un puerto mexicano.

Después lo trasladaron a Morelia. Él notaba que la vegetación había cambiado. También que la gente hablaba raro. Estaba solo. Había dejado a sus padres y hermanos del otro lado del océano. Cada noche se preguntaba si seguirían vivos y luchando.

Una familia lo acogió, la del abuelo Pepe. Fernando se mudó con Pepe, sus nueve hermanos y su madre Sara. Vivían en una casa en el centro de Morelia en la que Sara mandaba. Era una mujer culta, fuerte, que había viajado. También una aficionada a la música. Su familia, conservadora y acaudalada, la había mandado a estudiar a Francia.

Por las tardes, aparte de tocar el piano de cola que adornaba la sala, se paseaba por una plaza cerca de la casa. Luego se acostaba sobre su cama y leía. Siempre la acompañaban dos perros: uno grande y uno pequeño. El más grande roncaba, el pequeño, rechinaba.

Fernando, acostumbrado a la vida de campo, la observaba y se sorprendía de cómo era la vida de la burguesía mexicana. Con Pepe jugaba. Conforme fueron creciendo los juegos cambiaron. Estuvo a su lado cuando intentó ser torero, también cuando lo cornearon.

Con Pancho, el menor de los hermanos, descubrió la dulzura y el calor que se concentra entre dos muslos femeninos. También la juerga. Visitaban bares en donde Pancho invitaba una copa a todos los comensales.

Una noche, a Pancho se lo llevó la policía. «Avísale a mi hermano Fernando» indicó a un conocido que vio cuando lo esposaban. «Saca de mi escritorio todo el dinero que encuentres» indicó a Fernando cuando lo alcanzó en la estación de policía.

Fernando obedeció. Al regresar, Pancho había decidido pagar la fianza de todos los borrachos que, junto con él, estaban arrestados. Al salir, Pancho le pidió prestados los pocos pesos que Fernando ahorraba y contrató a una banda de músicos para continuar la fiesta en la sala de su casa.

Al entrar a la sala, los perros de Sara ladraron y la despertaron. Enfurecida salió de su habitación. Al ver que eran Fernando y Pancho regresó y cerró la puerta con llave. A la mañana siguiente no regañó, ni reclamó.

Cuando Fernando cumplió veinte años sintió que era momento de regresar a España. De buscar a sus padres y a sus hermanos, de abrazarlos. De saber que estaban bien, que seguían vivos. Eran años de imaginarlos, de pensarlos preocupados, hambrientos, lastimados.

No tenía dinero para comprar un pasaje a España así que formuló la manera más sencilla de llegar: ser deportado. Armó una maleta, besó a Sara y le agradeció sus cuidados y cariño. Después se despidió de cada uno de los hermanos y partió rumbo al norte del país, a la frontera con los Estados Unidos.

Cruzaría de forma ilegal. Así lo agarrarían y al descubrir sus documentos españoles lo regresarían a su tierra. Con dificultad y cansancio cruzó pero no lo descubrieron. Lo repitió hasta que lo agarraron y deportaron. Fernando, casi catorce años después, había vuelto a España.

En Madrid buscó un tren que lo llevara al pueblo donde había crecido. Tocó la puerta de la que era su casa y tras unos segundos de silencio la abrieron. Era su madre. Todavía vivía junto con su padre y una hermana. Se veían viejos, arrugados, medio decrépitos.

«Te fuiste a hacer las Américas» le dijo su padre al reconocerlo, «¿qué nos trajiste?». Fernando no entendió, ¿qué no le alegraba verlo? ¿por qué le hablaba con tono de desprecio?

«Nada» respondió Fernando, «solo que regresé vivo». Su padre lo echó de la casa. Su madre y su hermana no se opusieron. No parecía importarles el pasado ni lo que vendría para Fernando.

Pasó la noche deambulado. En una camioneta que transportaba pastura regresó a Madrid. No podía regresar a México. El nuevo gobierno no autorizaba la entrada de españoles refugiados. Otra vez, se encontraba solo, perdido, en un territorio que por años le había sido conocido.

Por las noches, se acurrucaba y dormía junto a un puesto de periódicos. Durante el día, caminaba, pensaba, recordaba. Cuando la dueña del puesto lo descubrió, en vez de correrlo, le ofreció un empleo. Le daría lo suficiente para que pudiera pagar un cuarto y comer diario.

Fernando aceptó. Se compró ropa nueva y no faltaba a trabajar ni un día. La mujer, que cada día envejecía más, vivía sola. Fernando notó que se tropezaba con facilidad y que siempre se equivocaba al entregar el cambio. No era por despistada sino que cada día su vista empeoraba.

Una mañana casi la atropellan y Fernando decidió dejar el cuarto que rentaba y mudarse con ella. Cuidarla. Cuando leía noticias sobre México sus ojos se humedecían. Buscó un teléfono y llamó a Sara y a la que ahora entendía se había convertido en su verdadera familia. Los extrañaba. «¿Dónde estás? ¿cómo estás?» exclamó Sara emocionada al reconocerlo en la bocina. 

Semanas después, Sara estaba de visita en España. Quería llevarlo de regreso con ella pero Fernando no quería dejar sola a la mujer que ahora cuidaba y que se encontraba completamente ciega. Sara lo entendió y decidió que viajaría cada año a visitarlo. Lo hizo hasta que la enterraron.

Igual pasó con Pepe, Pancho y los otros hermanos. Por eso las visitas a España. «Pase», indicó una de las mujeres detrás de uno de los escritorios. Ella tomó su abrigo y se sentó enfrente. «Su trámite ha sido denegado» explicó al revisar su caso.

Decepcionada, se puso los guantes y caminó de regreso a casa. «Siempre hay valientes» escuchó a una gitana comentar. La observó. Se movía lento, pausado, temblando, como las gaviotas viejas que han perdido la vista por sumergir el pico entre tanta sal del mar. 

 

 

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15 marzo, 2018

Good morning, Mr. Hawking

“Otro verano desolado…”, le comenté a Mariano. Durante las últimas semanas, la ciudad de Cambridge se mostraba nublada. “Siempre es así”, respondió Mariano, mi hermano. 

Cada año lo visitaba. Algunos días los dedicaba a pasear entre los canales de agua, luego remaba, perseguía patos o pedaleaba. Otros, me perdía entre los pasillos y las bibliotecas de la Universidad. Indagaba qué muertos célebres se escondían entre las capillas.

Ese verano me acompañó una cámara de video que me había regalado mi madre. Quería documentar lo que me rodeaba, entre otras cosas, lo que hacía mi hermano. 

Cuando podía, lo seguía: saliendo de la casa, rumbo a la biblioteca y cuando, con sus compañeros, bebía cerveza. “Está cabrón cómo chingas con tu cámara, ¡ya apágala!” me reclamaba. Aunque se quejaba, sabía que en el fondo se divertía y le gustaba. 

Había logrado capturar algunos buenos momentos: regañándome, huyendo, cuando el perro del vecino le ladraba y hasta a un pequeño erizo escapando entre los matorrales.

Una mañana lo acompañé al departamento de matemáticas, donde tenía una oficina, pues cursaba un doctorado. El edificio era bastante nuevo. Simulaba las olas de un mar picado. Siete pabellones que se conectaban con una cafetería central muy grande. Diseño que un primo describió como “extraordinario”.

“Háblanos de los genios que se esconden aquí…” le pregunté a Mariano de puro chacoteo después de presionar el botón “grabar”. “No jodas”, respondió enfadado, “si quieres pasar a mi oficina tienes que apagar esa cosa”.

Para entrar se necesitaba una tarjeta especial. Entre pabellones, se podía caminar libremente siempre y cuando no fuera muy tarde. “No grabes por favor” insistió, “que la zona está monitoreada y no lo permiten”.

Al tener que apagar la cámara crecieron mis ganas de volver a encenderla. Entre oficinas, los pasillos eran como laberintos. Algunas, como la de Mariano, daban hacia un estacionamiento.

“Ahí estacionan la camioneta con la que traen y se llevan a Stephen Hawking” comenzó a narrar, “viene poco, por épocas, a veces está de viaje, o enfermo, o lo que sea.  Cuando empiezo a escuchar un pip…pip…pip… sé que ahí viene y lo veo por la ventana”.

 

Fotografía: Lwp Kommunikáció. Bajo licencia de Creative Commons.

“Una vez, estacionaron la camioneta un poco más lejos, de tal forma que no la veía. De pronto, solo escuché pip…pip…pip… pensé “ahí viene”, al voltear, ¡venía a toda velocidad en su silla sin que nadie lo empujara! Desapareció y segundos después vi corriendo al enfermero desesperado”.

“¿Estará aquí ahora?” le pregunté mientras preparaba la cámara para grabar el estacionamiento desde la ventana. “No creo” respondió, “pero su oficina está en el piso de arriba”.

Subimos. Para entrar a su pasillo, a diferencia del resto, se necesitaba otra tarjeta especial que abría un candado electrónico. La tarjeta de Mariano lo abría.  Caminamos sigilosamente. “Aquí sí está prohibidísima tu cámara” repitió. “Esa es su oficina” y señaló la puerta de una esquina. Estaba abierta, “casi siempre lo está” confirmó.

“¡Mariano! ” nos sorprendió una voz masculina. Era de un colega que caminaba por ahí y tenía algo pendiente que tratar con mi hermano. Comenzaron a platicar y poco a poco se alejaron.

Sola me acerqué a la puerta. “Pip…pip…pip…” escuché. La máquina que tenía conectada siempre hacía ruidos. No quise inmiscuirme tajantemente así que intenté prender la cámara y espiar por el lente el interior de la oficina. De tanto prenderla y apagarla, la batería se había agotado.  

Decidí asomar la cabeza y luego, con un paso firme, metí todo el cuerpo. Frente a mí, sentado, estaba Stephen Hawking, con el cuerpo encogido y la cara arrugada. Sobre una silla con una pantalla sobre sus rodillas y frente a su cara. No se movió, pero con la mirada, noté que, al verme adentro, se encabronó.

“Good morning Mr. Hawking” le dije sonriendo. Sus pupilas, como flechas con dinamita, me atravesaron. Su enfermera, que no se había percatado de mi presencia, comenzó a gritarme cosas que ni entendí, tampoco le hice mucho caso.

Junto a él, había una segunda silla vacía. A diferencia de las otras oficinas, la suya, por estar en la esquina, tenía doble ventana y entraba más luz. También estaba repleta de tiliches, de todo tipo. Parecían regalos que le habían dado con los años. De lugares que había visitado.

También colgaban fotografías. Él junto a otros famosos como Bill Clinton. “Pip…pip…pip…” seguía sonando. Entendí que los ruidos eran parte de lo que usaba para comunicarse. Su silla estaba equipada con todo lo que necesitaba.

La enfermera continuó preguntándome cosas, respondí que estaba perdida y salí. “¡Teresaa! ¿por qué te metiste?” me interceptó Mariano, “¡no habrás sacado la cámara!”. Le aseguré que no. Que no funcionó.

La enfermera cerró la puerta. Unas fotografías decoraban la puerta de entrada. Era él, flotando, con una sonrisa en la cara. Estaba dentro de una nave espacial sin gravedad. Mariano me propuso que nos dirigiéramos a la cafetería pues era viernes de promoción, vendían cerveza de barril a una libra.

Con una pinta en mano, los matemáticos contaban historias sobre él. Como cuando la Universidad, por su edad, había intentado que se retirara pero él seguía regresando. O cuando inauguraron un busto en su honor y claro, lo representaron arqueado.

O sobre su alma de eterno seductor, pues le gustaba coquetear con las alumnas, tanto que una ex esposa se quejaba y le había exigido el divorcio por mujeriego. O cuando otra ex esposa, antigua enfermera, lo había demandado por maltrato.

Días después descubrí que la cámara sí había grabado un par de segundos. En ellos se observaba la ventana y un cuerno, que, junto a una fotografía, colgaba.

“¿Qué significa Lucasian Professor?” le pregunté a Mariano recordando lo que estaba escrito a lo alto de su puerta. Era el título de posición que le había otorgado la Universidad de Cambridge, el mismo del físico, matemático y astrónomo Sir Issac Newton.

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4 marzo, 2018

El crímen de Yaharato

Damián planeaba robarse a Isabel. Ella insistió en que no lo hiciera o sus hermanos se vengarían. Así que un sábado, acompañado por una banda musical, pidió su mano. Tuvo que caminar cinco kilómetros junto a los músicos y sus instrumentos pues en Yaharato, el pueblo de Isabel, nadie sabía tocar.

Todos los vecinos se reunieron a chismear y presenciaron cuando ella pronunció “sí, Damián, me caso contigo”. Él levantó el puño y le besó la mano. Codo con codo, desfilaron por el pueblo. Hermanos, primos y conocidos los acompañaron.  

Caminaron por la calle principal, el mercado de frutas y artesanías, la plaza de la santísima trinidad y el atrio de la iglesia. Después de cruzar un viejo puente de roca cubierto por moho, Damián propuso seguir rumbo al monte, pero Isabel, prefirió regresar a casa y concluir los festejos ahí.

Cuando era niña, su padre bajó del monte corriendo desesperado. Venía ensangrentado, llorando y gritando pues alguien, a machetazos, había asesinado a su madre. Isabel nunca quiso hablar de ese día. Antes de morir, en plena agonía, su padre le pidió perdón. Ella comprendió lo que el monte escondía.

Entonces apareció Damián. Pasaba por el pueblo a visitar a un tío que era carpintero. Al conocer a Isabel se convenció de que la amaba. Meses después se casaron. Él siempre había soñado con tener una familia. Era apicultor y descubrió que en el monte se daban “las flores más lindas”.

Elaboró 40 cajas y les puso abejas. Cada año cosechaba la miel, con eso sobrevivían. Isabel parió cinco hombres. A uno lo perdió. Nació con el cordón umbilical descarnado como lombriz; era un bebé frágil y ese invierno había sido pesado.

Ella lloró y lo enterró en el jardín de su casa. Para Damián fue algo normal, como cuando encontraba a su tío alcoholizado y dormido sobre la calle principal. Cada vez pasaba más tiempo en el monte, observando a sus abejas, descifrando sus bailes. Aseguraba que así, se comunicaban.

Una mañana las encontró volando hambrientas, desesperadas. Un bicho, cuya población se había convertido en plaga, había arrasado con todas las flores. Damián les puso azúcar con agua.

Las cajas se rodearon de cadáveres. Frustrado, Damián comenzó a patear piedras, debajo de una, saltó una serpiente que lo intentó morder. La esquivó y corrió, pero la serpiente no desistió y lo persiguió.

Al llegar a casa Isabel limpiaba la cocina. Le contó que la serpiente, desesperada de no poderlo morder, se había enroscado sobre un nopal y presionando tan fuerte que las espinas la habían atravesado. Ella no le creyó. Él azotó la puerta y partió.  

Horas después despertó sobre la avenida principal. Estaba alcoholizado, meado y con el cabello enredado. Con hambre, regresó a exigirle a Isabel “algo de comer”. “¿Dónde has estado?”, lo confrontó. “Qué te importa…”, respondió. La discusión creció. “Vayan a la fogata que han organizado sus tíos” ordenó Isabel a sus cuatro hijos que miraban atemorizados.

Entre gritos, Isabel le prohibió volver al monte. Enfurecido, Damián tomó un cuchillo y le atravesó el ombligo. Lo repitió siete veces hasta que su hijo, el más grande, abrió la puerta y lo interrumpió.

“¡Mi padre mató a mi mamá!” gritó frente al fuego que reunía a sus tíos y a los vecinos. Todos se apresuraron a la casa. El cuerpo de Isabel ya estaba frío. Damián había desaparecido, se había llevado los pocos tambos de miel que quedaban, los que Isabel atesoraba para “los días sombríos”.

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23 febrero, 2018

Amor en el callejón

Por las calles de la vieja Barcelona el día enciende azul, pero al caer la noche, el cielo se torna rojo. El viento corre y levanta abrigos, arranca sombreros. Gitanos, árabes y africanos fisgonean entre muebles viejos, letrinas rotas y otras chácharas que han abandonado los vecinos.

Afuera de los bares, los hombres fuman. No importa la hora, sus puertas siempre están abiertas. Algunos son chulos, proxenetas, otros solo quieren beber. Mezclan licores con jugos embotellados de sabores. Como incienso, la mariguana quemada perfuma los alrededores. 

A pie, en patineta, con bastón, maleta o en moto, la gente transita. Tosen. La nueva epidemia se llama gripa. Las musulmanas cubren sus piernas y cabeza. En un callejón, las mujeres que venden su carne presumen los muslos, su cabellera larga y el busto. Su sombra las hace verse más largas y esbeltas.

También estornudan. Varias se han quedado en cama, en la suya, no en la que pagan por usar como oficina. Una rumana pálida y tierna besa a un hombre barbón, mayor. Se nota que le da grima. En una esquina, una nigeriana con plataformas altas y vestido de lentejuelas grita, pelea por teléfono, está acostumbrada a la riña.

Como cicatrices los tacones han marcado el piso. Moviéndolos se calientan. Unas, en pareja, platican. Hablan rápido en sus idiomas. El castellano apenas lo mastican, se ayudan con las manos. Las más aburridas observan a los transeúntes comiendo pepitas. Las cáscaras que escupen se acumulan entre meados de perros y gatos. 

“¡Es una puta!”, grita una mujer a su esposo al descubrir que ha respondido el mensaje de una exnovia. “Hola preciosa…”, otro hombre aborda a la nigeriana que cansada de pelear se ha sentado sobre dos tambos de plástico.

Una mujer con cabello alborotado y estatura baja entra al callejón con la barbilla en alto y la mirada fija. Se detiene frente a la entrada de un bar y espera. Ella no viste prendas negras, ni lentejuelas, ni tacones. Camina erguida. Usa chamarra blanca pues, asegura, no quiere perderse en la penumbra.

La luz que escapa del bar le ilumina el rostro. “Daisy”, responde cuando le preguntan “¿cómo te llamas?”. Es muy delgada, siempre ha sido así, aunque le gustaría estar “más gordita, más llenita”, pues su novio le pide “más carnita”.

Cuando intenta engordar no puede. Su ropa le sigue quedando guanga. “Hija de mami”, le decían de pequeña en Ecuador, su tierra natal. Ahí conoció al hombre con el que se casó a los diecinueve años.

Pusieron un negocio, algo pequeño, que al poco tiempo quebró. Entonces su suegra decidió que debían buscar un nuevo horizonte. Nadie creía que Daisy podría despegarse de su madre y su familia. Para demostrarles que sí, abordó un vuelo sin retorno que aterrizó en España.  

Se instalaron en Madrid. Daisy quería ser escritora, publicar una novela, escribirla, con su puño y letra, vivirla, alimentarla con historias reales, personales, que vinieran de su carne, de sus emociones, frustraciones y ambiciones.

“Jamás”, le decía su marido, “mejor ponte a trabajar”, y consiguió que le pagaran por cuidar a una mujer anciana, casi momia, que no podía caminar.

Fantaseaba la mayor parte del día. Luego concluía que quería vivir más, que le hacía falta. La anciana murió y empezó a cuidar a dos niñas. En sus ratos libres escribía. Plasmaba todo lo que veía y aprendía.

Su esposo y su suegra decidieron dejar Madrid y mudarse a un pueblo cerca de Barcelona. Él había conseguido trabajo en una construcción, uno en el que no requería de formalidades ni papeles. Daisy dejó de trabajar y entre semana, junto con su suegra, caminaban las calles de Barcelona.

“Nunca he estado con otro hombre”, le confesó, y ella le propuso visitar el callejón. Le explicó dónde debía pararse y cómo atender a quien la abordara. Ella la observaría desde el interior de un bar.  

Daisy esperó hasta que llegó un hombre. Juntos caminaron hasta un edificio donde él pagó por un cuarto con cama. Ella se desnudó temerosa, como si fuera su primera vez. Todo sucedió lento. Le pagó casi cincuenta euros en las ya desaparecidas pesetas.

 Las siguientes cinco noches no durmió. Estaba arrepentida. Escribía y se culpaba por haberle cobrado a un hombre por su intimidad y compañía. Cuando su esposo se enteró, gritó enfurecido. Pero su suegra intervino y lo tranquilizó.

Aquel primer cliente la volvió a buscar. “Quiero verte siempre”, le confesó otra noche. Ella regresaba al callejón, él cada vez le pagaba más. Al compartir las ganancias, su esposo se dejó de quejar.

Una noche, unos policías le pidieron sus documentos y al no tener qué mostrar la encarcelaron por unos días. En el fondo, quería que le pasaran esas cosas, eran más historias que podía escribir.

“¡Maldito hijo de puta!”, grita una muchacha mientras persigue a un hombre que escapa por el callejón. Le ha robado la cartera. Daisy ignora a los ladroncillos. A veces hasta se mueve para dejarlos pasar. Sabe que viven de las turistas que embriagan y son descuidadas.  

Su esposo comenzó a insistir en que tuvieran hijos. “No puedo ser mujer, no mientras venda mi cuerpo”, se repetía en la intimidad. Ante su negación, en un arranque de furia y frustración, le destruyó todo lo que había escrito. Daisy lo dejó y regresó al callejón; encontró consuelo entre los brazos de sus clientes. 

Un muchacho la hacía sonreír más que los otros. Al poco tiempo descubrió que estaba embarazada. Intentó comenzar una vida con él. Era apuesto pero demasiado mujeriego. Duraron pocos meses, él se fue con otra y Daisy parió en una sala de emergencias con dolor y tristeza.

Cada noche son muchos los que abordan a Daisy. Ya no siente miedo ni pena. Ha aprendido a contestar, a distinguir cuáles les van a pagar y cuáles solo la quieren molestar.

“Treinta euros por veinte minutos más cama”, responde a los que no la conocen. La mayoría de sus clientes regresan, tienen su número privado y agendan una cita desde días antes. Jamás se sube a un auto. Pide a todos que se bajen y los guía hasta la puerta del edificio donde paga cinco o diez euros por cama.

“Siempre con goma”, les recuerda y especifica: “oral y normal”. Si no aceptan, entonces no. Nada por el ano ni otras fantasías, “ni que fuera travesti”; es tan pequeña que se puede lastimar. Muchos, ante su negación, le ofrecen más, hasta trescientos euros. Las que escuchan alrededor se lanzan como buitres. Que se lo lleven, piensa Daisy, otro llegará.

Cada día son más las chicas que esperan en el callejón. Vienen de todos lados. Unas aceptan desde diez, veinte euros, y Daisy regresa a casa con las manos frías y vacías. Siente pesar, pues como empleada doméstica podría haber sacado más.

Entonces viaja a Italia. Allá no puede rentar cama. Alquila una habitación que le cuesta trescientos euros a la semana. También invierte en poner un anuncio en los periódicos. La paga es mejor, consigue hasta quinientos euros por día. Cuando regresa, se da unos días para descansar.

Durante el verano, los turistas saturan las calles de Barcelona. En los días de sol le dan hasta doscientos euros. Asiáticos, europeos, latinoamericanos y africanos, aparte de visitar el callejón, esperan enfilados afuera de las casas de citas que están por todos los barrios. Aunque sus puertas siempre aparentan estar cerradas, el olor a incienso las delata.

 Adentro, muchos se enamoran, pierden el suelo y el sueldo. Confunden amor con dolor. Ellas, por sus carteras, ofrecen todo. Algunos días no les cobran. Los seducen con caricias, drogas y complicidad. Pasan días encerrados, idealizando. “Deja a tus clientes”, les imploran, pues los celos los consumen sin razón.  

Daisy prefiere quedarse en el callejón, en el mismo lugar, pues durante el invierno solo las ratas intentan cruzar la puerta de las casas de citas. “Vuelve conmigo”, le ha rogado su exmarido. Aunque lo estima ya no lo ve con ojos de amor.

“Anda, vente a comer empanadas”, la invita su exsuegra. Ella acepta y los visita. Su exesposo, otra vez soltero, tuvo dos hijas. A Daisy esas cosas no le importan. Ha perdido el miedo a todo.

Hace unos meses, en la calle, conoció a un chico y se hicieron novios. Él cuida a su hijo de cuatro años mientras ella trabaja; lo lleva por golosinas, un vaso de leche o por un hot dog. Cuando le pide que ya no vuelva al callejón, se escapa.

“Los hombres son un ingreso, nunca me enamoro de ellos, menos de un cliente”. Solo quiere sus euros. “El verdadero amor lo descubrí el día que tuve a mi hijo”.

Mientras espera, Daisy observa un bar a lo lejos en el que cuentan se reunían a brindar con absenta Picasso y Hemingway. Ahora, cuando intenta escribir siente que se le dobla la pluma y no puede continuar.

Un hombre alto, con gabardina oscura y paraguas, se acerca. Daisy lo saluda con un beso en cada mejilla; la ha llamado antes. Ella lo guía hasta perderse por una puerta.

En la plaza más cercana, una italiana se queja de la película porno que acaba de ver. Frente a ella, un gitano acomoda un cartón en el que pide ayuda pues tiene dos hijos y está muy enfermo. Encorvado, sostiene un acordeón. La melodía que toca es desgraciada como él.

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13 diciembre, 2017

Pasaje por Zimbabue

“¡Un horror!”, gritó Spoink al encontrarme en el aeropuerto de Johannesburgo, “ayer una mujer comenzó a convulsionar en el hostal. Dice el encargado, que una vez que oscurece, no se puede salir a la calle, que es demasiado peligroso”.

Spoink se sentía aterrado. Había aterrizado dos días antes. Era su primera impresión de Sudáfrica. Yo lo alcanzaba pues pasaríamos el siguiente año estudiando en la Universidad de Ciudad del Cabo. Planeábamos viajar durante un mes y medio antes de comenzar clases, conocer la costa salvaje, pero nos recibió un clima distinto al que habíamos imaginado. Viento, frío.  “Mejor vamos a ver animales”, insistió Spoink.

Ya tenía en mente una empresa de safaris. “Vamos al Kruger”, continuó y me mostró un folleto que ofrecía cinco días de excursión con paseo nocturno y la visita a un santuario de chimpancés. Me convenció, aunque el costo era casi la mitad de nuestro presupuesto para todo el mes.

A la mañana siguiente, una camioneta de la empresa que organizaba el safari nos recogió en el hostal para instalarnos en una casa de campaña en medio del parque nacional Kruger; región casi del tamaño de Israel.

Durante el día nos movíamos y aprendíamos que a los elefantes les gusta emborracharse con las frutas del árbol marula, que la mayoría de las aves ven a color, por esos sus plumajes, y que los hipopótamos son muy territoriales, tanto, que presenciamos a un macho enorme pelear hasta matar a otro más pequeño. Su cuerpo se quedó flotando sobre un estanque.

“Por la noche sale la malaria” declaraba Spoink mientras rociaba todo con repelente. Brazos, tobillos, cara y ropa. El paseo nocturno era en vehículo, hora de cacería para las leonas. Mientras buscábamos con linternas el reflejo de sus ojos, tanto repelente comenzó a marear a Spoink. “¡Alto!” pidió al conductor y vomitó todo el costado del auto.

Al verlo, otra mujer comenzó a vomitar. El guía exigió que se bajaran. Otro, armado, los acompañó. Mientras, el resto del grupo continuaba buscando el reflejo de ojos extraños. Alguna leona astuta con su manada.

Terminamos el safari sin nuevo plan. Queríamos clima calientito. Una mujer nos recomendó la costa de Mozambique, “el Brasil de África”, lo describió. Abordamos el servicio de transporte público de la región: una camioneta con la llanta ponchada que nos dejó en la frontera.

En Maputo, capital mozambicana, abordamos un pequeño autobús rumbo a las playas del norte. Unas de agua azul celeste y arena fina donde, según las leyendas locales, se originaron las sirenas.

El mar eran peces de todas las especies y tiburón ballena. Unos caminos de piedra atravesaban la playa hasta perderse. “¿Muelles?” pregunté a un local que vendía huevos duros con sal. Por ahí desfilaban los miles de esclavos que los portugueses vendían por otros lados.

“Sigan norte” nos recomendaron y continuamos. Atravesamos “El fin del mundo”, un área remota y conectada por brechas, hasta llegar al lago Malawi. Eran viajes largos sobre ríos y terracerías que debían hacerse en pick up, entre llantas, gallinas, mochilas, bultos y los ojos de cientos de niños.

Sobre un barco navegamos las pacíficas aguas del lago. “Ngun-gus”, llamaban a los millones de mosquitos que, como remolinos, volaban sobre el agua hasta quedar atrapados entre las telarañas de las playas.  

El mes y medio pasó rápido, era tiempo de regresar rumbo a Ciudad del Cabo. “Un bus los puede llevar directo a Johanesburgo” recomendó una española en un hostal de Blatyre, segunda ciudad más importante de Malawi. Ella también lo abordaría.

El autobús debía cruzar una parte de Mozambique y luego Zimbabue. Ambos países requerían visa para poder transitarlos. “¿Cuánto?” preguntamos el precio. El conductor del autobús respondió que los que más pagaban era los norteamericanos, “35 dólares”, aseguró que nosotros pagaríamos menos.

Contamos los billetes. Apenas nos alcanzaba y durante las 27 horas de viaje no encontraríamos ningún cajero automático. Nos preparamos. En una tienda compramos un paquete de galletas, un litro de jugo de naranja de concentrado y una botella de ginebra, anunciada como “Malawi’s number one”, con la imagen de un pulgar apuntando hacia el cielo. Era lo único que vendían.

La ginebra nos entretuvo durante las primeras horas del viaje. Junto con la espoñala, reíamos. El resto de los pasajeros, silenciosos, observaban. Cruzando Mozambique terminamos la botella.

Al llegar a la frontera con Zimbabue, una mujer robusta y detrás de un mostrador de madera, exigió “You must pay visa, 50 euro”. Asombrados y con la mirada saltarina descubrimos que no nos alcanzaba.

Spoink le señaló el muro de la oficina, una cabaña mal construida. Ahí colgaba una hoja que mostraba el costo de las visas por país. Confirmaba que los estadounidenses pagaban “30 dólares”. Aunque México no estaba incluido, era claro que todos los otros países pagaban menos.

Insistimos, no teníamos esa cantidad. La mujer tomó nuestros pasaportes y pidió que esperáramos a un lado. Con calma continuó atendiendo al resto de los pasajeros que pagaban menos de dos dólares. Todos eran africanos. A la española le cobró 30 dólares. El conductor, preocupado por nosotros, también se quejó.

Cuando la oficina se había quedado vacía, con el dedo, señaló que nos acercáramos. Dos guardias armados nos custodiaban. “Now, you must pay 50 euro”, repitió. Le explicamos que no teníamos tanto.

Enfurecida, abrió nuestros pasaportes y con fuerza los selló y firmó. “Now, not even if you pay you can pass, now you know the government of Zimbabwe”. Rogamos, le mostramos que casi completábamos la cantidad, que nos esperara unos minutos y pedíamos prestado. Pero se puso de pie, los guardias nos sacaron fuera y cerró la puerta.

“Get your things!” demandaron el par de policías que nos habían custodiado fuera. El autobús estaba por arrancar, debía apurarse pues el sol desaparecía poco a poco. La frontera había cerrado.

El chofer, con velocidad, encontró nuestras maletas entre cientos de bultos y las aventó fuera, sobre la espesa vegetación que nos rodeaba. Los pasajeros, todos opinando en lenguajes que no comprendíamos, intentaban jalarnos hacia adentro. “Come! get in! we will hide you!” pronunciaba uno.

Pero nuestros pasaportes habían quedado sentenciados: si entrábamos y nos agarraba un policía debíamos ir a la cárcel. El motor arrancó y el autobús desapareció. Los policías de Zimbabue también. La única construcción era la cabaña que fungía como oficina y no volvería a abrir puertas hasta el siguiente día.

Silencio, oscuridad. No había pistas de una población cercana. Sólo vegetación. Caminamos de regreso rumbo a Mozambique. Sus oficinas de cruce fronterizo estaban a poco más de un kilómetro. Una luz brillaba. Quedaba un policía. Nos reconoció. Le explicamos y canceló el sello de salida para no tener que volver a pagar otra visa de entrada a su país.  

La cabeza nos dolía. El policía nos guio hasta una casa pequeña. Una mujer nos recibió. Tenía una habitación con dos catres y una lámpara de aceite que podíamos rentar. No teníamos meticales, la moneda local, tampoco aceptaba dólares.

“Pagan mañana” la convenció el policía. La mujer aceptó y nos dio una cerveza. Ahí se hospedaban los conductores de tráileres que no habían logrado cruzar.

El sol despuntó y despertamos. Sobre el camino de terracería había chicos jugando futbol. En sus bolsillos guardaban fajos de billetes, eran las casas de cambio. Les dimos diez dólares, no aceptaban euros, no sabían cuánto valía.

Pagamos la habitación y la cerveza del día anterior y seguimos caminando. Nos recomendaron esperar en una intersección a pocos kilómetros por donde circulaban más tráileres. Ahí, tendríamos más suerte de que alguien cruzara y nos diera aventón. Después de cas cuatro horas de espera, un tráiler, con una cabra amarrada al techo, nos recogió. En su cabina, a todo volumen, sonaba redemption song.

Meses después conocimos a unos alemanes que habían atravesado Zimbabue. “¿Cómo les fue?”, les preguntamos. Nos describieron a una nación dolida, abusada, con poco arroz y mucha tripa vacía. Donde los billetes sirven para raspar la mugre de las manos y brazos y los autobuses cancelan los viajes pues les conviene más vender la gasolina que cobrar el pasaje.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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1 diciembre, 2017

Entrar a la ciudad

La vibración del automóvil arrulla. Nos rodea campo. Parte de la tierra está cosechada. Algunas casas y restaurantes. Al fondo del camino un cielo cenizo. La ciudad se acerca.

Jorge maneja. Usa corbata café y bigote. Es medio atrabancado, le gusta “pisarle”. Un pesero con la imagen de la virgen de Guadalupe nos rebasa, dice llamarse D’Ramirez. Viene de Jorobas, poblado que pronto será parte del tejido urbano. Camiones, autos y camionetas se deslizan a nuestro lado. Una selva sobre ruedas. Pasamos la caseta de Tepozotlán. Aparecen nuevas construcciones: bodegas de empresas y restaurantes de cadenas extranjeras que ofrecen menús especiales para viajeros hambrientos.

Al verde lo suplen el concreto y la lámina. Torres de transmisión eléctrica viajan junto; la electricidad tiene prisa por llegar. Más bodegas de gigantes multinacionales como Wall Mart y Bic. Casas grises con paredes pintadas que anuncian próximos conciertos y ferias. En los techos está el decorado: antenas, tendederos coloridos y tinacos negros. Un parque vacío. La mala hierba parece aprovechar y reclamar lo suyo. Algunos terrenos baldíos, delimitados y con autos viejos, casi carcachas, estacionados. En las banquetas hay basura y maleza.

Una señalización indica que vamos por el km 40. Jorge acelera entre camiones. Ellos vienen “tendidos”. El edificio más alto pertenece a la cadena de hoteles Fiesta Inn. Jorge señala la discoteca Delicias, “ahí seguro hay diversión”. Nos adentramos en el cielo gris.  Cables y puentes atraviesan el camino. Más naves industriales de empresas, una tras otra, todas acompañadas de estacionamientos multitudinarios.

Vamos a la altura de Cuautitlán Izcalli. A mi lado izquierdo sobresale un reloj gigante de lámina galvanizada y pintada en blanco y gris. Pertenece a la fábrica de Ford. Del derecho, un multifamiliar de tabique. Lo construyó la SEDENA poco después del temblor del ochenta y cinco, era para miembros del ejército pero ya casi no viven militares. Hace treinta años, la única industria era la fábrica de Ford. “Cuando los del sindicato se ponían pesados cerraban la carretera”. En esa fábrica elaboraron el Mustang y el Maverick.

En los paraderos esperan hombres con casco y niños con mochila. Todos uniformados. “Antes, en vez de empresas había sembradíos de maíz, globos de agua y ríos.” A Jorge le gusta recordar. Los ríos han sido entubados. Atravesamos un sobreviviente, arrastra líquido turbio. Había un letrero que decía aquí se rompe la barrera del smog. Ahora, los espectaculares anuncian brassiers y  “naves industriales en renta desde 15,000 metros cuadrados”.

Un anuncio que dice La auténtica Cuba atrae mi mirada. El diseño del edificio sobresale del entorno. Es la fábrica de Bacardí, del arquitecto de la Bauhaus Ludwing Mies van der Rohe. 

Seguimos. Nos rodean columnas que sostienen un segundo piso de carretera. El cielo se vuelve techo. Vamos por abajo. Vehículos de todos pesos transitan por diferentes niveles. Vamos a la misma ciudad pero en diferente dirección. Pocos árboles, unos espolvoreados con gris. Cientos de changarros ofrecen refacciones para todo tipo de transporte y servicios de mecánica. Otros, alimentación. Cruzamos el puente de Lechería, una termoeléctrica y una fábrica de Resistol cuyas tuberías salen por un lado y entran por otro. La arquitectura hecha ciencia ficción.

En las calles aledañas aparecen personas y edificios habitacionales. El terreno va cambiando, nuevos cerros avasallados por casas de tabicón. Vamos subiendo. El paisaje es mono tono y monótono. Sobresalen chacuacos de antiguas fábricas. Unos tanques y helicópteros estacionados me sorprenden. Están en el estacionamiento de un centro comercial. Es una plaza construida por el Estado de México en honor al Ejército.

El camino engorda de cuatro a ocho carriles.  A esa parte curveada se le llama La quebrada. Por segundos parece que la urbe se retira. No es campo, tampoco ciudad. Al camino lo bifurca una escultura mal pintada, una reliquia del programa de desarrollo Solidaridad. Un espectacular en forma de corcholata advierte “todo con medida”. Detrás, se esconde un relleno sanitario. Las aplanadoras trabajan a lo lejos. El terreno es desolado, parece arenal. Del otro lado, otra fábrica oxidada, un titán derrocado. Las señalizaciones están graffiteada pero distinguimos la salida rumbo a Calzada Vallejo. Por ahí continuamos.

Vamos rápido. En la dirección contraria están parados. La ciudad chupa, no devuelve. Más casas de tabicón con castillos desnudos, engreídos. La vegetación urbana es salvaje, los camellones desatendidos. Jorge me muestra la aceitera La Maravilla, también existe desde que es joven. Tiene cincuenta y poco años. Vemos una cruz gigantesca, parece edificio. La rodean cerros. Es del panteón Jardines del tiempo. La gente usa los puentes peatonales. Cruzar a pie es suicida. Un bache nos expulsa a otro carril. Justifico la sobrepoblación de vulcanizadoras.

Llegamos a Tlalneplanta. “Ofrecemos alineación y balanceado” anuncian changarros. Otro también vende cachorros raza Chihuahua. Hay seis carrilles, todos deteriorados. Una maya ciclónica separa la avenida del área residencial. El giro comercial se mantiene igual: servicios mecánicos de todo tipo. Abro la ventanilla. Vuelvo a cerrarla. El aire es espeso. Huele a escape de camión. Aparecen los primeros semáforos y vendedores de cacahuates y agua y un letrero de “Bienvenido a la ciudad de México”.

El verde escasea, el cableado y los espectaculares abundan. Vamos por calzada Vallejo. El camellón es del ancho de los troncos. Más multifamiliares. La ciudad se amontona. Viajamos junto a la línea del Metrobús. Otra fábrica roja con gris, una panificadora, enfrente está lo que fue la fábrica de Olivetti. Misceláneas, restaurantes y centros de empeño. “Ahí estaba el famoso atorón de policías para los que venían de Querétaro,” Jorge se refiere a una cuchilla con un puesto de comida, El vaquero, y las oficinas de Alcohólicos Anónimos.

El Hotel Moderno ofrece habitación sencilla por $250. El Costa Brava, es la edificación más alta. Un letrero nos indica que estamos a un kilómetro del monumento a La Raza. Jorge apunta “el triangulito” a lo lejos. Pasamos el hospital del IMSS, ahí se realizó el primer trasplante de corazón en México. Lo rodean video bares, lobby bares y más moteles.

Por avenida de los Insurgentes atravesamos Nonoalco-Tlatelolco. Nuestro Mario Pani en los sesenta. Percibo más gente. La ciudad es embrujo y acción. Noto las vías del tren. Llegamos a la estación Buenavista. Recuerdo abordar el tren rumbo a Michoacán. Cuando entraba a la ciudad la gente corría a las vías a saludar. En coche no pasa igual. Más tráfico, claxonazos y gritos. Edificios cuarteados y despintados. Estamos por la colonia Santa María La Ribera, por el restaurante SEP’s y la heladería La Especial de París, exquisita, única por hacer nieve sabor tabaco.

Paseo de la Reforma, aorta de la ciudad. Los edificios se estiran, reflejan el cielo, lo quieren tocar. Construcciones monstruosas. Gente con faldas, sacos, mocasines y tacones. Los policías silban. Todos luchan por encontrar su lugar. Jorge frena ante un semáforo en rojo. Admiro el Ángel de la Independencia, La Diana Cazadora y el Castillo de Chapultepec. Lejos del mar, cerca del cielo, está la ciudad de México; un valle de promesas y castigos donde el pasado y el futuro son uno mismo.

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