4 junio, 2015

La Libertad

La Libertad está en el ombligo del barrio de Tepito. Es una calle angosta, silenciosa y perpendicular al camino de puestos. Quedan algunos zapateros.  De las ventanas cuelgan suelas y pieles multicolores. Se oye trabajar máquinas viejas.

Entre dos carcachas veo a un joven tirado. Mugriento. Hace poco se inyectó, seguirá inmóvil por un rato. Entre murales de graffiti está la entrada a una privada. Como moscas, un grupo de jóvenes la custodian. Junto, una tiendita.

Hace años, Rubén se sentaba en esa tiendita y bebía cerveza. En la privada vivía su amigo El Jalo. La mota nunca le gustó, la coca tampoco aunque ahí, con El Jalo, la probó. Él la vendía. En unos escalones escondía ladrillos de mercancía. Afuera vendía al menudeo. Adentro al mayoreo.  Luego comenzaba su rondín en el Teatro Blanquita, de ahí a otros teatros. Dice que uno de sus clientes era Paco Stanley.

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Camino con Rubén hacia la puerta de acceso a la privada. El grupo de jóvenes busca intimidar con la mirada. Están armados. Uno deja ver que carga una metra. Decimos que vamos con Fitos y abren paso. Saben que es nativo, vecino, vive en la privada y eso lo respetan. Al del gas también le permiten el paso.

Un Chihuahua nos ladra. Tocamos una puerta. “Aquí no vive”, responde una mujer y da un portazo. “¿Qué pasó o qué?” Responde Fitos. Apenas despierta de una siesta. Es sábado, día que descansa de entrenar jóvenes boxeadores en el deportivo Guelatao.

Su gimnasio es el “Rodolfo, El Chango, Casanova”. Hace años lo conoció. En una esquina de la casa cuelga la foto enmarcada. Salen los dos. El Chango en traje afuera de la Coliseo. Se conocieron en el ambiente del Jalowai. Se topaban en cantinas.  “¿Qué pasó?” le decía Fitos. El Chango respondía pero había que invitarle una bebida.

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El Chango acabó teporocho, “ya ni el alcohol le hacía daño”. Lo levantaban de Garibaldi, lo bañaban y le ponían un traje. Era sencillo, amable. Nada más con que subiera al ring, todos le aventaban dinero. La gente se lo daba, era un ídolo. Al día siguiente no tenía un quinto y lo metían a La Castañeda. Un día le dio un derrame y cayó muerto. Acabó en el panteón de los olvidados.

Nos sentamos en la sala. Entre las cientos de fotos de boxeo que cuelgan en la pared también está Kid Azteca. El Chango se dio el lujo de ganarle siendo pluma y el otro walter. También a Zurita y a otros campeones. Junto con Carlos Montés, uña y carne de Kid Azteca, eran los invitados de honor a las funciones del Guelatao. Vivían en una vecindad en Garibaldi. Fitos se pregunta si Carlos seguirá vivo. La última vez que se toparon usaba pants blancos. Ya no veía. Los años no perdonan.

Fitos nació en Tepito. Ahí se casaron sus padres y vive toda su familia. A Rubén lo conoció en el deportivo Guelatao. Hace casi veinte años trabajaron juntos, cuando todavía había cantidad de boxeadores y tenían suerte con las chavas.

“Hoy, cualquiera es entrenador”, se queja Fitos en su silla. Rubén le pide café. Fitos bromea que de ese no vende. En la cocina encuentra un poco en una jarra, lo sirve en una taza y lo mete al microondas. Es de estatura baja, moreno, espalda ancha y barre las palabras.

Donde termina la calle Libertad está una estación de policía. En una ocasión entraron a la vecindad. Eran cientos, todos armados. Entraron a las primeras casas. A tiro cantado le preguntaron a Fitos “¿quién vende droga aquí?”. Respondió tranquilo: “de las sesenta casas, sesenta y cinto venden”. Se fueron.

La puerta se abre. Es Marta, esposa de Fitos, que llega acalorada y cargando una maleta. Regresa de Mazatlán. Fitos saca el café del microondas. “¿Cómo se te ocurre darle café en esa tasa?”, exclama Marta, “¿qué pasó en mi ausencia?”.

Había leído un encabezado de “Muerte en Tepito”. En la cuadra contigua mataron a dos y agarraron a varios, incluido el que lavaba los carros, explica Fitos. Ella enciende un Marlboro Light, no nos ofrece pues dice somos deportistas.

Fitos sube a su recámara y baja un suplemento de periódico. Tiene un baúl repleto de notas sobre los que se le han ido, con los que convivió. Nos muestra una fotografía de Casanova trabajando en un taller mecánico. “Dinero, fama y perdición” dice el encabezado. Se ve flaco, sucio, arrugado.

En la nota Casanova reclama no ganar nada por la película Campeón sin corona. En los treinta, sus mejores años como boxeador, ganó millones de pesos de hoy. ¿Ahorita qué es para ti el boxeo?  Pregunta Fitos a Rubén. “Donde ganan los promotores”. Un negocio puro. De joven, Fitos llegaba dos horas antes a la final del torneo Guantes de Oro, se atascaba. Eran peleas, más parejas y eliminatorias directas.

El otro día, le llevaron la convocatoria para ver a cuántos del gimnasio inscribía. Fitos andaba entregando su reporte mensual así que se la dejaron en el gimnasio. Cuando la leyó quedó sorprendido. Peso mosca estaba entre 51kg y 54kg. “Tres kilos de ventaja”. Cuando su hermano boxeaba eran muy estrictos. Tenía que llegar a los 51 exactos. Si no daba el peso se ponía a sudarlo en la Coliseo. Los más difíciles eran los últimos 200-300gramos. Ya estaba seco. Se tenía que ir a una caldera que tenían por ahí con una cobija y a escupir chicle.

Rubén pregunta por un boxeador que usaba guantes amarillos y tenía una cocina con su suegra. Ahora es el taquero del barrio. Le va mejor. Marta ha preparado jícamas y zanahorias con limón y chile. Todos les entramos. Fitos recuerda a un entrenador del gimnasio que llegaba tan borracho que mejor le daban una lana para que la siguiera. Se metía a dormir al vapor. Pudo morir dentro. Lo corrieron y quitaron el vapor.

Han tirado los deportivos. Al Guelatao lo arreglaron pues se usó como locación de una película. Durante ese tiempo no dejaron entrar a nadie. Cambiaron lámparas. Sigue cuarteado por temblores. A unos les da miedo. Clausuran actividades y prestaciones.

En otro deportivo donde trabaja Rubén cobran estacionamiento, cuatro pesos por usar el baño y la zona de box está alquilada. No barren, hasta el presupuesto de limpieza se lo roban. Si ayudan es porque ven dinero.

Rubén hizo a un chavo, lo entrenó desde los siete años. Comenzó a destacar y entonces sí le vieron interés. Hasta la familia. Si el chamaco es duro hay que darle tiempo. Si no es duro saben que no ganará. Ahora tiene veinte, tiempo clave. La última pelea ya no lo entrenó Rubén, dijo “quédenselo”. Le hablaron bonito, le dieron una feria y se lo robaron. Si no tiene éxito, lo joden. La mente de los promotores cambia hacia el peleador, lo sueltan, dejan de cuidarlo. No hay más.

Debemos irnos así que Fitos nos acompaña hacia la calle. Cruzamos un rottweiler con suéter y al grupo de jóvenes. En la esquina de Chavita el peluquero dejamos la calle Libertad. La noche en que Chávez se despidió de la Plaza de Toros, Chavita le dijo a Fitos “¿no quieres venir?” y se lanzó. La eliminatoria anterior fue mejor pelea. ¡Pum! Sonaba cuando Neto Carmona conectaba un golpe a Miguel Ángel, El Mago, González. Madriza. Le rompió una costilla. A Neto le abrió la espalda. No pararon la pelea. Se la dieron a El Mago, creen que le dieron chochos. La de Chávez dejó de verla en el cuarto round.

Al abordar el Metro en la estación Tepito vuelvo a observar su ilustración: un guante de box. Recuerdo a Casanova, Kid Azteca y a los hijos de la revolución. Cuando no tener cicatrices era una vergüenza. Ni quien se acuerde.

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12 mayo, 2015

Adiós, Pinocho

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Caminamos por el laberinto del mercado del barrio de Tepito hasta llegar al deportivo. Frente a la iglesia de san Francisco de Asís, en el estadio Maracaná, se ha armado la cascarita. El gimnasio de boxeo está cerrado. Rubén toca la puerta con fuerza. Un hombre aparece. Le pregunta por Pinocho. Hace mucho que no lo ve por ahí.

Nos deja entrar. Costales y peras inmóviles. Silencio. Rubén me señala las fotografías que adornan. Rodolfo, El Chango, Casanova, José Medel, Rubén, El Púas, Olivares, Rafael Herrera y Octavio, El Famoso,Gómez. El cuadrilátero está vacío.

 Rafael Herrera

Rafael Herrera

Junto a un puesto que vende calzones de hombre importados de China entramos a una vecindad. Rubén toca una puerta metálica del segundo piso. Una mujer de estatura baja, encorvada, pelo blanco, escoba en mano y mandil abre. Pinocho se está bañando.

–         Dígale que vino Rubén.

–         Le diré que vino una chava o se le va a olvidar.

Rubén ríe, “regresamos como en una hora”. La mujer nos despide con un “ándale pues”. Es Lolita, su esposa.

Nos dirigimos a un depósito de cerveza. Parece estar desatendido. Uno entra y toma las latas que quiera. Al fondo una letrina. Dos borrachos en silencio. La música viene de afuera. El consumo se paga a la señora que atiende el puesto de mallones de enfrente. Diez, doce pesos la lata. También vende cigarros sueltos.

 

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Regresamos a la vecindad. En vez de “buenos días” Lolita nos recibe con “buenas tardes”. En la misma habitación conviven una cama matrimonial, un sillón, cocineta, una mesa y varias sillas. Cientos de fotografías y diplomas. Unos colgados, otros recargados. Casi todos de boxeo. “Sienténse, siéntense”, insiste Lolita, cargando una silla.

El cuerpo delgado y moreno de Pinocho se hunde entre el colchón y las almohadas de la cama. Pide ayuda a su esposa para levantarse. Lolita, aunque encorvada, es ágil y lo sienta.

Gerardo, Pinocho, Gutiérrez tiene más de ochenta años. Comenzó como árbitro de futbol pero rápido lo sedujo el boxeo. Más de cincuenta años los dedicó a entrenar jóvenes en el gimnasio de Tepito. Uno fue el campeón gallo Jorge Ramírez. Ahí lo conoció Rubén. En los ochenta, le robó algunos peleadores.

Habla bajito. En la radio acaba un cha cha chá y comienza Perfume de gardenias. Rubén le pregunta si conoce a algún familiar de Rodolfo, El Chango, Casanova. Cree que pueden estar en La Lagunilla.

Pinocho comienza a recordar. Dice haber conocido a todos los viejos campeones pues se curtían en su gimnasio. Lo llamaban para trabajar fuera pero se negaba, prefería quedarse y atenderlo solo. Jamás abandonó Tepito donde lo apodaron así “por mentiroso”.

No recuerda a ningún familiar de El Chango. Nos recomienda buscar en la asociación pero “ya no es lo mismo, se ha vuelto un desmadre”.

“Tepito ha caído” opina Pinocho mientras acaricia el cobertor de la cama. “Tengo la dicha de ser uno de los fundadores de su gimnasio pero ya se cayó”. Hace unos años, cuando todavía podía caminar, Lolita lo ayudaba a bajar las escaleras y él se iba solo hasta las dos de la tarde a ver los entrenamientos.

“Y diga que ya está pintado el gimnasio parecía, haz de cuenta, un cementerio”, interrumpe Lolita, “todavía el señor Sulaimán le hizo un reportaje, aunque ahí ya andaba en silla de ruedas”.

Siguiendo al box, Pinocho conoció el mundo. A Francia llevó nueve veces al mismo peleador. Su gimnasio se coronó cuarenta y nueve años campeón. Todos querían pelear y hacerse en Tepito. Por las mañanas llegaban entre cincuenta y sesenta niños.

“Ahora faltan buenos entrenadores”, agrega, “la gente está un tiempo pero se va”. Unos días antes pidió regresar al gimnasio. Lo encontró vacío. Había tres, cuatro, cinco niños y salió llorando. Sintió tristeza al recordar cuántos entrenaban junto a él.

Nos recomienda buscar a un periodista que “sabe de todo”. Solo él podrá decirnos dónde están y si hay descendientes de Casanova. “Ahorita lo voy a llevar en silla de ruedas a la misa de su compadre”, comenta Lolita, “la nota de su muerte salió en el periódico y los vecinos llegaron a avisar”.

Pinocho se acomoda con las manos y se levanta. Ella acerca la silla de ruedas. “Después de que él correteaba a las chavas, ahora las chavas lo corretean a él. Va adelante y yo atrás de él ¿no?” y nos señala una fotografía de cuando eran jóvenes. Han pasado cincuenta años desde que se casaron, ella es menor. “Él ya no puede correr, yo lo alcanzo rápido” y Lolita comienza a empujar.

 

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28 marzo, 2015

David Carmona

David Carmona en el gimnasio de boxeo Eduardo Molina. Anoche, 27 de marzo de 2015, Carmona ganó por decisión unánime a David Lozano el Título Mosca Latino de la OMB en Florida, EEUU.

Puedes ver la pelea en http://https://www.youtube.com/watch?v=CGhXdJZni0o&feature=youtu.be

En Abril de 2013 Nexos publicó sobre él ¡Duro, Carmona!

Ahora va por el título mundial.

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15 enero, 2015

El box para llegar a Dios

En la azotea del gimnasio Nuevo Jordán, Charden se presenta. Me dice ser de Francia pero nació en el Congo. Tenis, shorts, sudor. Acaba de entrenar. Se seca con una toalla. Es el único negro que he visto entrenando en ese gimnasio. Su complexión y altura sobresalen.

Charden comenzó a boxear como profesional en Francia. Luego en Inglaterra y en Las Vegas. A México llegó a visitar a una amiga, Melinda Cooper,  también boxeadora profesional y campeona mundial a los diecinueve años. Ella tenía programada una pelea pero su rival se echó para atrás. Charden creyó que la arreglarían para otra fecha y decidió esperar. La pelea nunca sucedió. A Las Vegas ya no podía regresar. Su manager no checó bien las reglas y una vez fuera del país no podía regresar.

No tenía otra opción. Comenzó a entrenar en el Nuevo Jordán. Quería pelear pero ningún entrenador le conseguía peleas. Buscó suerte en otros cuadriláteros. Nada. Regresó con el primer entrenador quien, por segunda ocasión, juró conseguirle una buena pelea. Decía “ahora sí, te tengo una promoción”. Charden decidió volver a rifársela con él.

Lleva un año y medio en México. Conoce bien el español pues lo estudió en Francia pero es difícil entender su pronunciación. Parece que el aire se le escapa entre cada palabra. Es cristiano. Trabaja en un colegio bíblico con niños en la iglesia Bautista Monte Sión de Iztapalapa. Uno va por algo y al final no es eso, me dice.

Charden abrió un ministerio en la iglesia para enseñar boxeo a niños y jóvenes. Su idea es utilizar el box como medio, “un gancho”, ríe, “para traer a los jóvenes a la iglesia y que escuchen la palabra de Dios”.

Desde joven su pasión es el boxeo. Dejó de estudiar y se fue a España pero no le resultó bien pues no es un país “muy de box.” Cambió de dirección y se fue a Londres. Comenzó bien. Peleaba e iba invicto pero los promotores no querían trabajar con él “porque era extranjero” y los ingleses preferían a los locales. Se fue a Las Vegas.

Su primer pelea la ganó en el segundo round por knock out. ¿Qué edad tienes? le pregunto. Ya tengo treinta y cuatro, me responde. Su padre fue boxeador. Junto con su hermano, desde pequeño, los llevó a entrenar.  A su hermano no le gustó pero a Charden sí le pegó, quiso boxear y desde entonces es su vida. Su carrera ha sido complicada. De joven, como amateur, fue campeón mundial. Iba a ir a las olimpiadas de Sídeney pero el presidente de su club no estaba de acuerdo con que se fuera con la selección francesa, “nada de mundiales ni olimpiadas”. Sólo le quedaba echarle ganas con la cabeza en alto.

“Lo malo es que un boxeador depende del promotor y otros”. El boxeador es un boxeador y necesita una oportunidad de los demás para darse a conocer. “Con un título mundial la cosa es diferente”, me explica. “Teniendo un título la gente te tiene que pelear. El promotor es el jefe, si quiere darte la pelea sí, si no, no. Pero aún así le tiene amor a ese deporte. Sólo Dios sabe, yo confío en Él”.

Días después abordé el Metro rumbo a la estación Consitución de 1917. Ahí quedé de ver a Charden para concer al grupo de jóvenes que entrena. El vagón del Metro se estancó y Charden no pudo esperarme. Seguí sus instrucciones. Abordé el pesero indicado. El conductor notó que no era de la zona. Le describí a donde iba “dos cuadras después del puente”. El chofer me preguntó por qué me dirigía ahí. Le expliqué. Él también es boxeador, del gimnasio Pancho Rosales. En dos semanas pelearía en Tijuana.

La ruta del pesero, por esa tarde, cambió y me llevó a una cuadra de la iglesia Bautista. Me explicó que debía caminar por una calle, a la vista, solitaria. La rodeaban multifamiliares con ventanas rotas. Algunos graffitis y ropa colgada desde las ventanas. La iglesia estaba vacía. Un hombre me guió monte arriba hacia una plaza donde los jóvenes estaban por comenzar a entrenar.

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La mayoría eran niños. Algunas niñas. Uno, llegaba de la mano de su hermana mayor. Su gancho, era un muñón. Charden lo vendó y le puso los guantes. Entonces, su debilidad se convirtió en fortaleza. Era tan capaz o mejor que los demás. Entrenaban en un viejo teatro. Junto, un quisco donde me senté a observarlos. Un hombre, con boina y chaleco se sentó junto a mi.

“El boxeo es para defenderse, no para agredir”, me dice, “por eso el box es bueno”. Su teléfono suena. A lo lejos escucho las instrucciones de Charden. “Es un deporte completo”, retoma la conversación, “ejercicio, técnica, sacar la adrenalina, saberte defender. Muchos entran box por hambre. La base principal es tener punch, tener pegada, la técnica se aprende”.

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Iván es hijo de boxeador. Él prefiere el tango, otro baile. Me pregunta por Charden, no lo conoce. Cree que los latinoamericanos tenemos coraje. Unos le dan y se van sobre ellos. Le gusta ver las peleas en la tele. Recuerda los años cuando dejaron de transmitir boxeo. Cuando su padre boxeaba y lo transmitían a él, lo ilusionaba. Unos años quiso ser boxeador, sabía que tenía punch. Pero su padre no lo dejó. “En esos años era amor a la camiseta, ahora es negocio”. Recordé que mi bisabuelo solo veía la televisión si había box. La veía mediante un espejo pues no sabían que daños podía causar.

Su padre, disputando el campeonato, lo más que ganó fueron sesenta mil pesos. Sólo entrenaba, a eso se dedicaba. Era de Sinaloa, Enrique Esqueda. No se bautizó con un apodo. Le cuanto cómo comencé a entrenar boxeo. Insiste en que debo pelear. Me falta punch, me defiendo. La campana de la basura nos interrumpe. Dice que no tengo cara de boxeadora. Hablamos de mujeres boxeadoras vs. mujeres fajadoras, “las que se dan sin técnica, pegan cómo caiga y dónde caiga”. Las otras “pintan el golpe”.

Me recomienda visitar otro quiosco en Iztapalapa donde entrenan boxeo mujeres y jóvenes. Iván cree que falta le  difusión. La actividad saca lo que traen, es parte del sistema, concluye. “Arriba del ring, se agrede, abajo, si usas los puños eres tu propia víctima”. La pena es dura. Los puños son armas. Me recomienda una ruta más rápida para regresar a casa desde Iztapalapa.

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El entrenamiento terminó y la clase de tango de Iván comienzó. Los chicos se quitaron los guantes pero el juego no paró. Caminé monte abajo rumbo a la parada del pesero que Iván recomendó. Gente cargando madera, arreglando maquinaria. Perros dueños de calles. Desde un puente peatonal admiré la ciudad gris que me rodea. Su arquitectura dispareja y los tinacos que, como cruces, diferencian un hogar de otro. Unos chicos, graffiteros, hacen burla de cómo bajo las escaleras. Primero que me tiren un balazo antes de dejar de boxear, me dijo Charlen en el Nuevo Jordán. Esa noche, regresé al gimasio, y volví a entrenar.

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21 octubre, 2014

El Pitufo azul

“Traigo Campeón sin corona”, le dije a Zaratustra después de que abrió la puerta. ¿De qué me hablas, Zerón?

Zaratustra bromeaba. Sabía a qué me refería. Los últimos meses, junto a Raúl, ex boxeador, había deambulado por Tepito, la Guerrero y La Lagunilla en busca de recuerdos vivos sobre el boxeador Rodolfo Casanova. Quería descifrar la sombra que lo consumió. La película Campeón sin corona se inspiró en su rivalidad contra Joe Conde.

“Michelada, porrito y peliculita, ¡me encanta!” dijo Zaratustra al ponerse el sombrero. Compramos un six y la función comenzó. En menos de media hora interrumpió mi teléfono. Era Raúl. Jamás marcaba al medio día. ¿Qué pasó? pregunté. No sé qué hacer, respondió, mi amigo está muerto.

Raúl quería dejar de tomar. Le encantaba. “Es la adicción a la adrenalina, cuando le bajas a los golpes le subes a la bebida”, me decía. La noche anterior comenzó por unas chelas y se siguió. En la mañana cambió por jugo de naranja con jerez. No quería llegar a casa y ver a su mujer enojada así que pasó a casa del Pitufo, un amigo medio teporocho, con quien platicaba, bebía y jugaba cartas.

“Está frente a mí, en el suelo, sobre su silla, también tirada. Hay botellas de cervezas, supongo que habían otros, se les murió y se pelaron. Lo dejaron solo…” Algunas palabras las barría, en otras se quebraba. Por mis ojos, Zaratustra comprendió que debía parar la película.

Raúl había entrado a casa del Pitufo; un pequeño cuarto con cocina en un barrio donde en vez de puertas usan sábanas. Lo encontró tirado. Estaba frío y se veía azul. La boca semi abierta. Una mosca. Se sentó junto al cadáver y lo observó. Pensó en llamar a la policía pero se retractó, eran capaces de culparlo. Era su amigo. Le cerró los ojos. Tomó un mantel, le cubrió el rostro y salió de la casa. “Nos vemos mañana”, concluyó y colgamos.

La película se amargó. A la mañana siguiente vi a Raúl para entrenar box junto al monumento a los Niños Héroes. ¿Cómo te sientes?, le pregunté. Sus pupilas temblaron y se ocultaron. Pasaron unos segundos y me miró. En menos de diez, su cuerpo se compuso y resurgió. Para Raúl no hay knock out. Sabe que son diez segundos los que hacen de un guerrero, campeón.

Menos de un año después el teléfono de Raúl sonó. Era yo. Había encontrado a Zaratustra sentado, frío. En el cuarto solo quedaba su último aliento. Un olor que jamás olvidaré.

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13 febrero, 2014

El Charrito

 

El Charrito

Mauricio me pasó el teléfono de Joyce. Con una mano marqué los ocho dígitos. Con la otra, crucé los dedos. Hace más de un año asisto a Mauricio en una investigación que culminará con la publicación de un libro sobre la vida del boxeador Rodolfo, El Chango, Casanova. Ídolo. Conquistó al público de la década de los treinta y defraudó al de los cuarenta. Dejó el cuadrilátero para perderse entre las cantinas. La afición lo castigó concediéndole el olvido.

El abuelo de Joyce fue El Charrito Espinoza. Comenzó como boxeador. Después se convirtió en promotor y finalmente fotógrafo profesional de boxeadores. Su archivo fotográfico cuenta con nueve mil negativos de diferentes formatos. Joyce contestó. Le pregunté si entre los negativos existían imágenes de Casanova. Si los hay, y acordamos un encuentro para revisar el material en casa de su tía en Chimalhuacán, donde resguardan el trabajo de su abuelo.

Sábado, diez de la mañana. Cité a Mauricio en Metro Insurgentes. La fatiga del viernes no me abandonaba. Bostezos frecuentes. Transbordamos a la línea 2 del Metrobús. A Joyce la encontraríamos en la estación Leyes de Reforma, vestiría de rosa. Me describí como mujer de cejas gruesas “casi azotadores” y a Mauricio como hombre joven de barba escandalosa. Rápidamente nos identificamos.

Joyce nunca conoció a su abuelo. Murió poco antes de que ella naciera, pero oyó sus historias, conoce su trabajo y de niña visitaba el que había sido su estudio fotográfico pues otros familiares lo mantenían activo. El Charrito comenzó su carrera de boxeador profesional en la década de los veinte. Peleó varios años antes de dedicarse por completo a su otra gran pasión: la fotografía. En su estudio fotográfico se encontraba con los boxeadores del momento. Eran sus amigos. Entrenaban cerca así que saliendo le hacían una visita, los fotografiaba y platicaban.

Al morir, el estudio y el archivo del Charrito los heredaron sus hijos. Joyce recuerda su infancia entre cámaras y retratos de boxeadores. También le apasiona el boxeo, lo heredó. Llegamos a Chimalhuacán y mi estómago gruñó. Pasamos por la panificadora. Chimalhuacán tiene atmósfera pueblerina aunque forma parte de la telaraña urbana.

Joyce nos guió por un callejón. Tocamos la puerta del fondo. Detrás se asomaban árboles de todos tamaños. “De chica recogíamos las ciruelas que caían”. Doña Cristina abre. Hace frío, se refugia bajo un gorrito y dos suéteres. Yo, tengo el pelo mojado y los labios morados.  El sol de otoño es caprichoso, solo calienta lo que toca.

En medio de la sala se encuentra una cámara fotográfica sobre una base de madera. Es análoga. El mundo digital no ha llegado a ese lugar. “Así era la de mi padre, esta es una reproducción” afirma doña Cristina. La cámara funciona y ella mantiene la tradición. Todavía pasan vecinos y ella los retrata.

El primer estudio fotográfico de su padre estaba en la calle de La Palma, después lo mudó a Bolivar, Centro Histórico. Doña Cristina pasaba todo el tiempo ahí. Creció entre boxeadores. Cuando lo cerraron, ella se quedó con equipo y archivo. La última vez que caminó por Bolivar, lloró. Lo que fue el estudio es ahora una tienda de instrumentos musicales.

Después de casarse se mudó a Chimalhuacán. Lleva casi cuarenta y cinco años viviendo en esa casa rodeada de árboles frutales. Debajo de un cerrito cercano, nos cuenta, hay una pirámide. Cuando llegó, los niños jugaban allí. Ahora cobran la entrada. Su esposo murió. Sus hijos y nietos son vecinos. En una esquina de la casa guarda su retrato con una veladora encendida. Nos invita a sentamos. Entre los cuadros hay un diploma con la foto de su padre emitido por la Comisión Nacional de Box. También cuelgan otros retratos familiares. “Son miles de negativos, ¿a qué boxeador quieren ver? Aquí están todos” y abandona la habitación.

Doña Cristina regresa a la sala sonriendo. Carga una cajita de cartón y un fajo de hojas envueltas en plástico. Es el índice del archivo con los nombres de cientos de boxeadores cuya existencia se encuentra congelada en celulosa, aquellos que con sus puños y sueños cimentaron la historia del boxeo mexicano. Mueve suavemente una silla y se acomoda frente a nosotros. Vuelve a pararse, jala una lámpara y la conecta junto a Mauricio. “Con ésta podremos ver mejor los negativos”, y de la caja saca varios de medio formato.

“Aquí está Casanova.” Mauricio y yo acercamos los negativos a la luz. Nos acerca una lupa. Reconozco sus ojos rasgados, facciones fuertes, sonrisa sincera y cabello rizado; medio despeinado. Por primera vez veo a Casanova en el gimnasio, entrenado, con su promotor Jimmy Fitten, subiendo al cuadrilátero, peleando y bebiendo en una cantina una cerveza Carta Blanca, levantándola como si fuese su trofeo. Ese maldito vicio, su peor delirio, origen del derrumbe del ídolo.

Nos pide que revisemos la lista para que busque los negativos. Todos están etiquetados en puño y letra del Charrito. Las cajas de cartón que los guardan se desarticulan. Algunos negativos se están echando a perder pero ni los años pueden contra la resistencia de esos boxeadores. Doña Cristina entra y sale cargando las cajas. Cada una resguarda la memoria de una vida.

“No quiero que andes de novia con ningún boxeador” le decía su padre a doña Cristina pues sabía de casos en que boxeadores habían golpeado a sus esposas. “También porque algunos terminan muy borrachos”, recuerda y ríe. Mantequilla era muy amigo de su padre. Siempre bebían. “¿Qué haces con mantequilla?”, preguntaba la joven Cristina, “Me está diciendo cómo dicen los números en Cuba” respondía pero ella sabía lo que hacían.

Mientras vemos más imágenes hablamos sobre los boxeadores y sus adicciones. Su gusto por la botella. Vicio en el que muchos caen y del que pocos salen ilesos. También de “los amigos”, los interesados que llegan con la gloria y se van con el fracaso. La afición traicionera que un día ama a uno y el otro día al otro. Rubén, mi entrenador de boxeo, decía que los pugilistas desarrollan una adicción a la adrenalina, a estar arriba. Cuando desaparece, la reponen con la bebida. Fray Nano, mítico cronista de boxeo para La Afición, decía que el defecto de los boxeadores es que su cabeza, que aguanta golpes, no puede aguantar el éxito. Doña Cristina concluye: “aquél que no ha tenido nada, cuando lo tiene todo, se vuelve loco.”

A algunos negativos los acompañan sus positivas: fotografías impresas. Aparte del boxeo, El Charrito fotografió luchadores libres. Lo hizo durante los veinte y treinta. Ese archivo lo vendieron hace algunos años a un aficionado. El Charrito publicaba imágenes en varios de los periódicos más destacados de esos años pero su legado, como el de muchos de sus fotografiados, han quedado ignorados.

En un retrato, un campeón carga su moño, antiguo cinturón de victoria. “Primero les daban moños, luego ya les hacían unas placas” interrumpe doña Cristina. Detengo la foto. Los cuatro la observamos. “Los de pesos gallo tenían un gallo, los de pluma una pluma. A mi me ponían a limpiarlos y sacarles brillo antes de tomarles la foto, no eran de oro…”

La puerta se abre y entra uno de sus hijos con muletas y el tobillo enyesado. Prende un cigarro. Joyce y doña Cristina lo acompañan con otro. Su hijo hace trabajos de albañilería pero se lastimó jugando futbol después de agarrar la fiesta. Su otro hijo fue atleta. En un pasillo lucen los trofeos, hay más de una decena.

“¿Les alcanza el tiempo?” pregunta doña Cristina que sale y regresa cargando un álbum de apariencia muy vieja. Era el registro personal de su padre donde documentó con fotografías y recortes su vida como boxeador. En las páginas está su vida con fechas exactas, lugares y peleadores a quién se enfrentó. Era joven, con 46 kilos ganó a Ignacio Flores por decisión dividida, escribió y anexó la imagen del combate. Entonces, entrar a la una pelea costaba 25 centavos. El Charrito se enfrentó en más de veinte peleas como profesional. “Se retiró cuando todavía no estaba loco”, bromea doña Cristina. Continuamos hojeando el álbum. Es difícil pues algunas hojas se están separando y rompiendo. Era un enamorado del boxeo y los instantes.

Doña Cristina señala los ojos de su padre en una imagen. Le encantaban sus ojos. Una amiga suya, de pequeñas, cada vez que veía un retrato de su padre que estaba junto a la chimenea, suspiraba y le decía, ay, ¿por qué ya no hacen hombres como tu papá?. Era muy divertido, recuerda. En el velorio de Kid Rapidez encontró unos trozos de coco. Comenzó por probar uno y luego otro. Una chica se le acercó, “oiga señor Espinoza, se está comiendo la ofrenda de la virgen de la caridad.” Y su padre se puso rojo. A doña Cristina le divierte mucho esa historia.

Vivió rodeada de peleadores y sus historias que en pocas palabras nos intenta comunicar. Ahora ya casi no ve las peleas pues “antes boxeaban, ahora, suben a hacerse patos.” Del álbum cae una hoja gruesa blanca. Una invitación, “para la ceremonia donde dan los campanazos por los boxeadores que han muerto”. Diez campanas, knock out. Y cerramos el álbum.

Al salir cruzamos por sus plantas suculentas. Una dentro de una hoya gigante me gustó. Su cuñada hace tacos de guisado, la hoya se quemó y se la regaló. Nos paseó entre los arboles frutales. El limón estaba repleto y del suelo llenó una bolsa. Dulces, jugosos, sin semillas. Nos los regaló. Su casa es un rincón dónde héroes que creíamos muertos siguen vivos.

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10 septiembre, 2013

Piensa más, pega menos

Marco Antonio Peribán

 

Bajo los reflectores del Four Points Sheraton Hotel de San Diego, California, dos pugilistas suben al cuadrilátero para enfrentarse en lo que expertos pronostican como una pelea difícil. En la esquina azul, con pantaloncillos negros con blanco, acompañado por Roger Mayweather, con un peso de 168 libras, récord perfecto de diez victorias y seis ganadas por knock out, el entonces invicto Dion Savage Jr de Flint, Michigan, se quita la capa e imagina su victoria. Su contrincante en la esquina roja, vestido con la bandera de México, verde, blanco y rojo, con 169 libras, record perfecto de diez victorias y siete ganadas por knock out es el mexicano Marco Antonio Peribán. El réferi los llama al centro del cuadrilátero para el ritual de costumbre, los pugilistas chocan guantes y el combate pactado a ocho asaltos se empieza a cocinar. En el segundo treinta y tres del primer asalto Peribán lanza un severo derechazo a la mandíbula de Savage Jr; éste cae, se levanta esmirriado, furioso, el réferi empieza a contar, busca su mirada, le pide dar un paso adelante pero no percibe respuesta. Diez segundos después, por la vía del knock out, Peribán había vuelto a despojar a otro contrincante del adjetivo invicto.

Peribán es un buen ejemplo de que “la técnica hace al maestro” me dijo un entrenador de boxeo cuando me quejaba de repetir los mismos movimientos una y otra vez, “en el sparring lo agradecerás pues cuando te enfrentas a un rival, el que tenga la mejor escuela, será el mejor”. Peribán, como a Savage Jr., ha noqueado a otros tres boxeadores durante el primer asalto. Platicando sobre la forma de boxear del primero mencionó que entrena en el Nuevo Jordán; lo voy a buscar, pensé. Me lo describieron como alto de ojos verdes y en mi siguiente visita lo investigué, lo confundí con otro güero. “No es viejo, tiene veinte y pico años”, con esa información seguí buscando. Los chismes del gimnasio reseñaron que es hermano de Guadalupe Peribán, campeona del Guantes de Oro y seleccionada del Comité Olímpico, con ella empezó a boxear. A los trece años fue campeón de una Olimpiada Nacional, formó parte del equipo A del comité Olímpico por ocho años y participó en cuatro mundiales, tres panamericanos y dos centroamericanos. Sostuvo ciento cincuenta peleas como amateur, de ésas sólo treinta fueron en México. Hoy pelea tanto en territorio azteca como en el gabacho y es considerado uno de los favoritos entre su categoría a nivel mundial.

Llegó el viernes y decidí, acto insólito, ir a entrenar por la noche. Entré al Nuevo Jordán y lo encontré vacío. El único entrenador presente, al ver mi sorpresa, sin decir una palabra me indicó que lo siguiera hasta la azotea donde me encontré con una parvada de boxeadores que festejaban. Vi a Giovanni, El Ruso, Caro y le pregunté por Peribán. Es él, respondió y me lo presentó. Su altura me intimidó y pensé éste no puede ser pues no parece peleador, le falta la nariz achatada de boxeador, parecería que nunca lo han golpeado.

Una semanas después nos volvimos a encontrar en un centro comercial. Nos sentamos en un restaurante, él pidió una conga y yo una michelada. Platicamos un rato, no pude evitar preguntarle sobre su encuentro con Savage Jr. “…en esa pelea lo que me sacó fue llegar y verlo con esa prepotencia que me estaba mostrando, que me hacía menos. Se me quedaba viendo diciendo así como: este güey ¿qué? ¿Viene a aprender box conmigo?

“Llegaron al pesaje en limusina, de traje, se quiso lucir. Sólo le dije: te veo en el ring. La pelea acabó tan rápido que ni él se la creía. Después me estaba pidiendo revancha y le dije: okey vamos a hacer la revancha pero aquí en México, si yo te gano tú me das todo tu sueldo y si tú me ganas yo te doy todo mi sueldo ¿te parece la idea? ¿hacemos la pelea? Jamás respondió.”

Ha invertido años en entrenamiento, sacrificado tiempo con su familia, pagado gimnasios, equipo, transportes, vitaminas, dietas y preparadores físicos. Primero como amateur y luego como profesional son pocos los que logran una carrera con tan buena escuela y sin tener que dedicarse a algo más. “El boxeo te absorbe, es una onda muy padre. La gente se imagina que es ir a tirar golpes a lo loco pero es aprender a pelear. No saben que es una disciplina muy grande que abarca todos los demás aspectos de tu vida”. En el mundial de 2007 conoció a Shelly Finkel, manager de Mike Tyson, Víctor Ortiz, Manny Pacquiao y Evander Holyfield, entre otros. A Shelly le gustó su forma de pelear y lo firmó por cinco años con Golden Boy la promotora de Oscar de la Hoya. Unos meses después hizo su debut como profesional noqueando a su adversario en el tercer asalto.

Es un peleador con escuela, hace lo que se debe hacer: piensa y ejecuta. Desde joven trabaja sus fortalezas: velocidad y pegada. La mayoría de los peleadores en su peso son lentos y trabajan más la fuerza; él combina la mente, la movilidad y la velocidad con explosividad. Así como algunos peleadores se impulsan desde el coraje, otros lo hacen desde la razón. Los ganadores son quienes saben combinar un poco de los dos.

La técnica, me platica, es también aprender a separar y resolver los problemas de arriba y abajo del cuadrilátero. Durante una pelea en el Oasis Hotel en Cancún, Quintana Roo, Marco Antonio tubo un conflicto antes de empezar la contienda. Lo tumbaron durante el primer asalto pues “golpeaba con coraje y acordándome de esa onda.” Durante el descanso alejó sus problemas del trabajo y los bajó del cuadrilátero, se concentró en boxear y en el siguiente asalto noqueó a su contrincante. “Muchos dicen que te enojas y sacas más coraje, al contrario, te enojas y te trabas y ya no haces nada bien.

“Antes de salir a pelear en el vestidor a solas, pongo música, un poco de hip hop y me mentalizo con el rival enfrente, cómo es su físico y su forma de cómo va a pelear. Viendo más o menos que combinaciones voy a trabajar, hago una estrategia mental para no llegar a ciegas con el rival, no ser un blanco total sino estar manteniéndome, enfocándome como va a pelear y qué es lo que puedo hacer para contrarrestarlo, moverme y hacerlo de lado. De ahí en adelante lo acoplo con lo que voy sintiendo del rival. Me concentro y  me encomiendo a Dios, que me cuide y yo hago lo demás. Tratar de ponerme una paz mental y subir bien, concentrado a la pelea.”

Terminamos las bebidas y cada quién siguió su camino. Fue un encuentro corto, suertudo e ilustrativo. Recordé la importancia de perseverar y trabajar por un objetivo particular. Pensé en los peleadores que sin escuela suben al ring y golpean. En boxeo, como en otras muchas profesiones hay buitres que buscan sangre fresca, promotores y entrenadores que crean pugilistas de la nada, a los que pagan poco y de los que sacan mucho. Peleadores sin escuela que no saben lo que es defenderse y tirar buenas combinaciones, que se lastiman, guerreros aguerridos que ganan a base de fuerza y rudeza, de pantalones bien puestos. Eso funciona cuando las peleas son a cuatro, seis u ocho rounds pero cuando el enfrentamiento llega a las grandes ligas de diez y doce el púgil debe saber pensar, tener disciplina, técnica y ejecutarla en todos los aspectos de su vida pues arriba, cuando se quiere llegar a la cima, casi siempre gana el que conoce y se conoce mejor, el que domina la técnica, el que entrena y mentalmente dibuja su contienda. Pues no aventaja ni vence el más enojado sino el mejor controlado.

 

 

 

 

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20 junio, 2013

Érase un reino unido

Pintura de Jem Ward
Pintura de Jem Ward de la pelea entre Thomas Sayers y John C. Heenan en 1860.

En los parques, cientos de pieles pálidas se asoleaban y jugueteaban tratando de seducir los pocos rayos de sol que al año la visitan. Esos días la ciudad de Cambridge se había tornado cálida, floreada y asoleada; situación inusual. El clima evocaba actividad y se me antojó entrenar box. “Seguro que en esta ciudad lo practican, si es la nación que le fijó las reglas.” Seguro, me respondió Mariano, no sé dónde pero pregunta en el gimnasio de la universidad. Monté su bici, me recordó que pusiera atención en circular del lado izquierdo. Luego de tres señalizaciones, que me llevarían por el camino adecuado, comencé a rodar.

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