«¿Y El loco? ¿Dónde está?» preguntó Rubén a un joven delgado, con las cejas depiladas, delineadas y con tatuajes en ambos brazos. Vendía ropa deportiva en uno de los miles de puestos ambulantes que se han apoderado de las calles del barrio bravo. 

«Por allá», el joven señaló hacia el fondo de la calle, «pasando el gimnasio y la cancha de fútbol». El loco comenzó con un puesto de calcetas y rodilleras, ahora, cuarenta años más tarde, era dueño de un pequeño imperio que vendía y controlaba en el barrio todo lo necesario en torno al deporte y la adrenalina.

Atravesamos la cancha por las gradas. Silencio. El pasto largo, descuidado. Habían pasado semanas sin que nadie lo pisara. «Los boxeadores profesionales tienen prohibido jugar fútbol», dice Rubén pausado, cada uno de sus pasos es como un golpe bien aterrizado, «porque los muchachos siempre salen lastimados.»

Aunque ya mayor, Rubén fue boxeador, su espalda lo delata. De joven conoció a El loco, a él le había comprado sus primeros guantes. Encontrarlo significaba descubrir un poco más sobre Rodolfo, El Chango, Casanova, un boxeador de los años treinta cuya historia habíamos pasado un año indagando. Un Ídolo olvidado de la época de oro del boxeo mexicano.

Casanova había deambulado las calles de ese barrio. Primero como un desconocido, luego como un héroe, más tarde, cuando había perdido la fuerza, la cordura y la destreza, como un mendigo. Sus últimos días se le vio borracho, pepenando aplausos en los cuadriláteros y pidiendo monedas para comprar unos tragos. En el gimnasio que habían bautizado en su honor lo recordaban y aseguraban que El loco había sido su amigo.

«En esa vecindad encuentran a El Loco» aseguró una mujer que tenía un puesto en el que vendía huevos que sazonaba con limón y sal; los recomendaba para el corazón, el amor, la presión y la buena digestión.

«¿Qué buscas amigo?» dijo uno de los tres hombres que custodiaban la puerta de la vecindad al notar que Rubén y yo caminábamos directamente hacia él, «tengo coca, niñas de catorce y dieciséis» continuó susurrando a Rubén al oído. 

«Estoy buscando a El loco» respondió Rubén, «soy su amigo». Los tres lo miraron malcarados. Luego a mí desconfiados. Era claro que debajo de la ropa estaban armados, pues mantenían ambas manos cerca de los costados.

«¿Quién eres?» habló uno que hasta el momento guardaba silencio, tenía ojos verdes, rasgados, como los gatos. «Soy Rubén, lo conozco desde hace años», continuó pausado pues la labia lo traicionaba, rastro de los miles de golpes que había recibido en la cara.

«Díganle que aquí afuera lo espero» continuó, sabía que esos hombres no eran de fiar, que debíamos mantenernos alejados, «estaré ahí» y señaló un la entrada a un local; un depósito de cervezas.

Dentro del depósito, Rubén tomó dos cervezas de uno de los refrigeradores. Había que pagarlas a una mujer que atendía un puesto de juguetes afuera en la calle. No había mesas, solo una banca, decenas de cajas de cerveza apiladas (unas llenas, otras vacías), una cortina que escondía una letrina y el olor condensado de la orina. En una esquina, un viejo también bebía. Daba la impresión de que a eso había dedicado toda su vida.

Rubén cambió la cerveza por caguama. El loco no aparecía así que me indicó que lo esperara adentro. Pocos pasos después lo interceptó una voz, «¿A dónde crees que vas?». Era el hombre con los ojos de gato. A su alrededor, otros cinco, lo acompañaban. Todos armados, cada uno, acompañado de una motocicleta.  

«¿Qué quieren?» gritó el de los ojos de gato, «¿quién los mandó?». Rubén, entrenado para ocultar el pánico, respondió calmado. «Nadie, queremos preguntarle a El loco sobre un boxeador al que conoció, Rodolfo Casanova».

Era claro que no nos creían. Tampoco sabían qué responder. «Si no me creen pueden preguntarle a Quiros. También venimos a hablar con él» inventó Rubén y los jóvenes bajaron la guardia y las armas. 

«Vamos», indicó el ojos de gato y nos custodiaron hasta la entrada de otra vecindad donde vivía Quiros. Un nuevo grupo de jóvenes armados interrumpió, «¿qué quieren? ¿Con quién vienen?». El hombre de los ojos de gato nos soltó y entregó. «Buscamos a Quiros» respondimos y abrieron el paso.

Con el puño, Rubén golpeó la puerta de la casa de Quiros, un viejo amigo y compañero de boxeo. Chocó tan fuerte que aparecieron los vecinos. Nada. Esperamos. No podíamos volver a la calle, no sin él. Minutos después percibimos unos pasos.

Quiros despertaba, terminaba su siesta diaria. Era entrenador en el gimnasio junto a la chacha de fútbol, un viejo lobo conocido por todo el barrio. «Esperen aquí hasta que se enfríen las cosas» pronunció y nos sentamos en su sala. Rubén destapó otra cerveza, luego otra más. A Quiros, el alcohol ya le hacía daño.

«Hace unas semanas mataron a un sobrino en la entrada», nos contó, «de las cuarenta casas que hay en la vecindad, cuarenta y cinco, venden droga. La policía hace redadas pero dice que nunca encuentra nada».

Quiros caminó con nosotros hasta la calle. Se había hecho tarde, todos los jóvenes armados habían desaparecido, «ya se han de estar drogando» concluyó. Cruzamos la cancha de fútbol abandonada, «nadie viene a entrenar» continuó, «la maña se ha apoderado de las calles, de las ilusiones de los jóvenes. Solo ejercitan los ojos buscando dinero fácil. La adrenalina vine de extorsionar y de amedrentar».

Lo despedimos afuera del Metro. Rubén, que había bebido algunas cervezas de más resbaló. Del vagón salió un joven apresurado, con audífonos, cadenas y los bolsillos abultados. Calculé tendría la misma edad de cuando Rodolfo, El Chango, Casanova, entrenaba para convertirse en campeón. Un héroe bravo más que el barrio ha olvidado.