Ibrahima vive en una de las pocas casas con dos pisos en un barrio cerca de la playa más turística de Dakar. Tiene seis hijos pero con él y su esposa solo viven cinco. El sexto, que ya cumplió dieciocho años, se mudó a Río de Janeiro. Trabaja en un supermercado. Se fue a descubrir el horizonte del otro lado del mar.

Al alba, Ibrahima despierta y maneja hasta el aeropuerto a las afueras de la ciudad. Ahí trabaja. Cambia divisas. Su oficina es un pequeño local junto al estacionamiento. Un cubículo con paredes blancas y un sillón medio roto en tonos claros que esconde una caja fuerte. Es el único que conoce la combinación. Ahí guarda fajos de billetes, miles de dólares, euros y la moneda local. La puerta de vidrio está cubierta con recortes de películas senegalesas y la imagen de un imán.

Junto a su oficina, hay otro local que renta un brujo, del otro lado una tienda de recuerdos africanos con cientos de artículos de madera y un hombre que repara teléfonos móviles. Los empleados de Ibrahima trabajan en la calle. Como buitres esperan a los turistas que van llegando. Deben ofrecer el mejor cambio, pues “el visitante se siente robado por los bancos”.

Sus empleados entran y le entregan billetes. Él cuenta uno por uno cuidadosamente. Se dice bueno para los negocios. Sabe vender y cobrar lo que le corresponde. Habla inglés, español, francés, italiano y dos lenguas africanas. Asegura que el Senegal, es caro y barato, “todo depende de cómo sepas negociar”.

Los hijos que viven con él van al colegio. A las 7.50 de la mañana los recoge el autobús. Los cuatro más pequeños regresan a la una. Moussa, el mayor, de once años, regresa a las seis pues ya cursa primero de secundaria. Ha aprendido algunas palabras en castellano. Lo aprendió escuchando a su padre cuando lo visita un amigo que nació en España.

Aunque en su barrio no hay calles y los caminos son de arena y tierra, es un buen barrio. Ibrahima espera poder construir un tercer piso a su casa. Por dentro, la ha decorado con pocos cuadros mal ejecutados, los baños tienen piso y mosaicos, y en la sala, al centro, hay una televisión rodeada por tres sillones verdes de piel.

El cuadro que cuelga en el muro principal de la sala es de una flor, junto hay marco dorado con una fotografía de La Meca. Él es musulmán pero la familia de su esposa son católicos. Ella se convirtió pues Ibrahima se lo exigió. Dos veces a la semana los visita un tutor para que los niños aprendan el Corán.

Moussa identifica dónde se encuentran las principales mezquitas cerca de su casa. Le gusta la pizza y los kebabs aunque pocas veces visita un restaurante. La cerveza le da igual pues en su familia nadie bebe alcohol. Le atrae la shisha, sueña con fumar cuando crezca, como su padre.

Ibrahima fuma tabaco “de marca”, le gustan los Marlboro Light. Todas las mañanas una mujer llega y ayuda con la limpieza de la casa. También a cocinar. Para eso le pagan. Viene de un pueblo cercano a Dakar. Al mediodía cocina arroz frito con trozos de pescado y por la noche Laj; sémola de trigo con leche dulce de cabra que todos comen con las manos. A los niños les encanta y cuando se han terminado la hoya se chupan los dedos. Se les infla tanto el estómago que a la mañana siguiente les cuesta despertar.

Moussa escucha rap, hip hop y música en general. Abrió una cuenta en Facebook pero olvidó la contraseña. En casa no tiene computadora así que se conecta en un cyber que le queda cerca. Desde que su hermano mayor se mudó a Brasil a él lo dejan salir solo pues se convirtió en el mayor. Siempre intenta distintas combinaciones para recuperar su cuenta pero al no lograr nada se mete a YouTube y pone videos de sus canciones favoritas. Busca las versiones para karaoke pues las puede cantar y repetir hasta memorizarlas. Los otros usuarios del cyber se quejan de que hace ruido y lo zapean.

Los fines de semana visita la playa con uno de sus hermanos menores. Salen de la casa de puntitas para que sus hermanas no los escuchen o se les pegan y no los dejan nadar tranquilamente. Moussa sabe nadar bien. Su hermano no. Se meten en calzon. Un amigo de Ibrahima que renta sombrillas en la playa les presta una y un chaleco salvavidas. Compran cacahuates y fruta preparada que ofrece una mujer que camina por la playa.

Tirados sobre la arena ven a unos que entrenan luchas. Otros tocan tambores y cantan. Al fondo de la playa están los turistas blancos. Moussa y su hermano no pueden entrar a esa parte de la playa caminando. Es privada, propiedad de un hotel. Solo puede acceder nadando. Cuando lo hacen acaban jugando con los niños blancos. Organizan partidas de fútbol o reman, pues en ocasiones, les prestan un bote que los turistas suelen rentar por horas y siempre se aburren antes de que acabe su tiempo.

Después caminan de regreso a casa. Deben tener cuidado pues en la playa es fácil lastimarse los pies. Está muy sucia. Los pescadores dejan escamas, espinas y en ocasiones, los anzuelos que ya no utilizan. Aunque conocen bien el barrio se pueden perder entre los callejones. Su madre les exige que regresen antes de que oscurezca pues ahí no hay alumbrado. Moussa se guía por los árboles, la mayoría son baobabs. “Sagrados” los describe, “hay que tener cuidado pues dentro se esconden fantasmas”.

Cerca de su casa pasa un canal del drenajes de Dakar. Desperdicios, mierda que termina en el mar. Si quieren ir a la carretera que los lleva al centro de la ciudad, deben caminar junto al canal durante más de diez minutos. Todos se han acostumbrado al olor. A Moussa le sorprende que las aves deban de esa agua pues es un río muerto, sólo ha visto basura moverse adentro.

Cuando no va a la playa, Moussa visita a su vecina, Ingrid. Ella es mucho mayor que él. Es francesa, tiene un pitbull de nombre Vándalo. Cuando por la ventana ve que ella ha llegado a su departamento corre y le toca la puerta. Si ella no contesta la abre y llama a Vándalo. Entonces se sienta y lo acaricia. Asegura que cuando crezca tendrá uno igual.

Le gustan los idiomas, quisiera aprender más. El latín le llama la atención. Siempre que anda por la calle saluda a los vecinos. A sus hermanos los quiere y los protege. Se queja de los mosquitos aunque a él jamás lo han enfermado. Su mayor sueño es tener una cámara y fotografiar.

En la casa de Ibrahima es raro escuchar silencio pues el televisor de la sala siempre está encendido. Ibrahima, confiado en su destreza para los negocios, decidió comenzar uno nuevo con los turistas a quienes les cambia dinero. “Tengo habitaciones limpias y seguras” ofreció pero a la mañana siguiente todos se quejaron.

Cobraba caro y no daba buenos servicios. Olvidó que a los blancos les gusta el agua caliente y su calentador no funcionaba, tampoco notó que varias de las camas estaban rotas y todos despertaron con la espalda torcida y adolorida. Una mujer gorda, con el cabello teñido de azul y tatuajes de aves, dejó a Moussa sorprendido. Jamás había visto a una mujer que comiera y gritara tanto.

Ibrahima regresa de noche a casa. Hora en que Moussa y sus hermanos casi siempre están dormidos. Cuando ha llegado y están despiertos es porque entre ellos se pelean. Entonces, recurre a la fuerza de su mano y los castiga. Ellos lloran, todos gritan y los manda a dormir en literas.

Cansado, Ibrahima sube a la azotea y fuma. Mezcla marihuana con tabaco. Así le gusta más. En su azotea viven más de quince cabras. Le gusta tenerlas cerca pues le recuerdan su pasado, su pueblo. Cuando va a tener alguna fiesta ahí mismo las mata. Tiene un cuartito en la parte de atrás para que no vean y se asusten.

Mientras fuma escucha los rezos que se transmiten por los altavoces de la ciudad. Disfruta cada calada del cigarro y piensa en su mujer, en que le han vuelto a preguntar si está embarazada pero no lo está. Después del último hijo se le quedó hinchada la panza. Aunque visitó al doctor nadie sabe qué tiene. Él le recomendó masajes y ejercicios que ella prefiere evitar.

Como ella viene de una familia católica no le gusta la costumbre de que su marido pueda tener otras esposas. Así la educaron. Pero él siempre ha sido musulmán y su religión le permite tener hasta cuatro y una viuda. Como lo hizo su padre. Él le ha prometido que solo la tendrá a ella, pero cada noche, cuando sube y enciende su cigarrillo se pregunta si así seguirá.

A la mañana siguiente vuelve a despertar junto a ella y se convence de que es mejor mantener su vida como está: tranquila, pues tener más de una mujer puede significar muchos problemas y le permite ahorrar. Y a Ibrahima le gusta gastar, vestir bien, usar zapatos de piel blancos, lentes de sol y relojes de marca. Así se mantendrá hasta que cuente que entre sus billetes tiene más de un millón. Entonces, las cosas cambiarán.