Anoche llovió tanto que desperté y me asomé por la ventana. No se veía nada del otro lado de la calle, solo la luz de una sinfonía de truenos que encendía el cielo de la capital catalana.

Eran tantos que iluminaban la recámara, luego, cuando las nubes se tranquilizaban, volvía la oscuridad. Uno, otro y otro más. Cada trueno era fuerte, profundo, como un rugido desconsolado.

Ilustración: José María Martínez

Totopo, mi perro tuerto, roncaba plácidamente sobre su cama y almohada hasta que un estruendo lo despertó. Sigilosamente, escuché su caminar hacia mí que ya había vuelto a la cama e intentaba retomar el sueño.

Se sentó junto así que bajé la mano para acariciarlo. Cuando la tormenta se tranquilizó, se apartó y caminó. Es fácil reconocer sus pasos sobre el piso; sus uñas son largas y escandalosas.  

Cuando su sombra se acercó a mis pies se detuvo y subió las patitas delanteras al colchón. «Ahora va a saltar» pensé con la cabeza sobre la almohada y esperé.

Silencio. Moví las piernas y confirmé que no había saltado a la cama. Por la tormenta, el clima cálido del verano catalán había enfriado así que estiré la mano para cubrirme. «¿La sábana?» me pregunté al no encontrarla y doblé la espalda hasta sentarme para buscarla.

Un último trueno retumbó por los cielos e iluminó la habitación. Totopo se había sentado a unos metros de la cama, al centro de la habitación. Inerte, viéndome de frente. Había robado la sábana, enroscado y cubierto con ella. Su sombra simulaba la de un fantasma.