“Por allá, por donde ahora está el museo de la mar” dijo un viejo, casi destartalado, a los que junto a él bebían café en un comedor del otro lado de la playa. El viejo señaló a lo lejos, luego pidió al mesero una cerveza. No le importaba que hasta hace un par de horas todavía era madrugada.

Los hombres que lo escuchaban lo habían visto algunas veces en ese mismo lugar. Siempre igual: sentado, bebiendo, recordando y hablando. “Por allá, pegan olas gigantes”, continuó, “en una ocasión, una rompió y arrojó a un cadáver”.

El viejo aseguraba haberlo visto todo: la ola y el cadáver de una joven de tez blanca, con la ropa rasgada y la piel mordisqueada. Al no saber quién era, por las calles del pueblo se colgaron letreros que invitaban a cualquier interesado a la morgue a identificar el cuerpo.

Los chismes concluyeron que su muerte era por un ataque animal; algo más grande que un tiburón. La obra de un monstruo, un ser malintencionado, salvaje y vengativo. Uno de los tantos que rondaban por lo más profundo. Cazadores, asesinos. Los mismos que destazaban focas y lobos marinos y cuyas entrañas aparecían regadas por las playas.

Los marineros los habían visto. Eran blancos con negro, capaces de someter y devorar a animales mucho más grandes. Con dientes puntiagudos y afilados. Se movían en manada y afinaban un canto terrorífico. A las ballenas más grandes les arrancaban las aletas, la cola, y esperaban a que se desangraran. Luego se comían la lengua y el resto lo dejaban.

No tardó mucho en aparecer un hombre que aseguró ser el padre de la víctima. Sollozando frente al cuerpo de la joven ofreció una recompensa a quien capturara al maldito monstruo que la había matado.

El viejo, que entonces era un joven ambicioso, navegó hacia el horizonte en busca de la recompensa. Fueron días de soledad y sin suerte. De remar y encontrar silencio. Cuando quiso renunciar lo interrumpió un chillido. Luego otro, y otro más. Lo rodeaba una sinfonía escalofriante.

Seis, ocho, diez de esos animales aparecieron como sombras submarinas debajo de su pequeña embarcación de madera, moviendo el agua como un remolino. Aunque su cuerpo sudaba, él respiraba lento y profundo para mantener la calma.

A unos cuantos metros, una ballena jorobada salió a tomar aire. La manada, que estaba a punto de hundir la embarcación, cambió de dirección. Tras un ataque feroz, la comenzaron a devorar.

Los restos del cuerpo de la ballena quedaron flotando. La manada se sumergió sin dejar rastro. Atemorizado, el viejo comenzó a remar con rapidez hasta que su embarcación golpeó con algo. Uno de la manada había regresado.

Tomó el arpón y cuando el animal se acercó, lo lanzó y lo hirió. Ambos jalaron. Batallaron. La herida era tan profunda que el animal no tenía suficiente fuerza para voltear la embarcación y el viejo estaba aferrado. Cuando oscureció el animal estaba tan exhausto que se dejó llevar.

Él remó con fuerza hasta llegar al muelle. “¡Una cerveza para el muchacho!” gritó el capitán de un barco que bebía y lo vio llegar, “¡Hay que festejar! ¡Ha sometido a una de esas ballenas asesinas!”.

Por primera vez todos podían observar a uno de esos seres desde tierra, de cerca. Un cuento terrorífico hecho realidad. Entre varios marinos, delimitaron un área con redes de pescar para acorralarlo y evitar que se pudiera escapar. El animal se mostraba tranquilo, amigable y no batallaba ni un instante.

La noticia de su captura corrió de boca en boca por otros pueblos y en pocas horas eran cientos los curiosos que habían viajado para ver al horripilante monstruo. Entre ellos, estaba el padre de la víctima, que pidió al alcalde permiso para vengar la muerte de su hija y matar al animal.

El alcalde lo permitió pero debía esperar tres días, antes, los científicos lo iban a inspeccionar. Tenerlo cerca, olerlo y escuchar sus vocalizaciones, tuvo un efecto entre los pobladores que nadie imaginó.

Los cocineros preparaban platillos que llevaban al muelle para compartirlos con todos los curiosos. “Algo debe de comer” comentaban los científicos sobre el animal pues cada día se debilitaba más. Decidieron ofrecerle piezas de pollo pues aseguraban sabía similar a la carne humana.

El animal no comió. Al tercer día se decidió que el padre de la víctima no lo mataría. El maléfico animal había cautivado a militares, políticos, marinos, comerciantes y niños. Entre más tiempo pasaban cerca de él, más les gustaba. Su canto los hipnotizaba. Querían curarlo, cuidarlo y que se recuperara. 

Para reanimarlo, un grupo de músicos le tocaban el violín y la armónica. Primero durante el día, luego también de noche. El animal respondía cantando, vocalizando. Como no se comió el pollo, le llevaron carne de res, huesos, pescados y hasta corazones de caballos. No probaba bocado.

El terrible cazador ahora se portaba manso como un perro viejo, tanto que hasta permitía que lo tocaran. Al octavo día, una tormenta eléctrica hizo que todos se refugiaran en casa. Entre ellos, el viejo. Al regresar, encontraron el cuerpo del animal flotando. Por el movimiento de las olas, su trompa golpeaba contra un muro del muelle. Las gaviotas, rápidas y astutas, ya comenzaban a picotearlo, a degustarlo.

“¿Y la recompensa?” preguntó uno de los que escuchaba las palabras del viejo. “Jamás me la dieron” respondió, “un hombre confesó haber matado a la chica y lanzado su cuerpo a la mar”.

El viejo terminó su cerveza. “La gente no aprende de los errores”, concluyó, “una manía se contagió entre los marineros: la de capturar y mostrar. Los miembros de la manada desaparecieron de las profundidades, fueron vistos en acuarios, y su sinfonía se convirtió en una leyenda más”.