“Otro verano desolado…”, le comenté a Mariano. Durante las últimas semanas, la ciudad de Cambridge se mostraba nublada. “Siempre es así”, respondió Mariano, mi hermano. 

Cada año lo visitaba. Algunos días los dedicaba a pasear entre los canales de agua, luego remaba, perseguía patos o pedaleaba. Otros, me perdía entre los pasillos y las bibliotecas de la Universidad. Indagaba qué muertos célebres se escondían entre las capillas.

Ese verano me acompañó una cámara de video que me había regalado mi madre. Quería documentar lo que me rodeaba, entre otras cosas, lo que hacía mi hermano. 

Cuando podía, lo seguía: saliendo de la casa, rumbo a la biblioteca y cuando, con sus compañeros, bebía cerveza. “Está cabrón cómo chingas con tu cámara, ¡ya apágala!” me reclamaba. Aunque se quejaba, sabía que en el fondo se divertía y le gustaba. 

Había logrado capturar algunos buenos momentos: regañándome, huyendo, cuando el perro del vecino le ladraba y hasta a un pequeño erizo escapando entre los matorrales.

Una mañana lo acompañé al departamento de matemáticas, donde tenía una oficina, pues cursaba un doctorado. El edificio era bastante nuevo. Simulaba las olas de un mar picado. Siete pabellones que se conectaban con una cafetería central muy grande. Diseño que un primo describió como “extraordinario”.

“Háblanos de los genios que se esconden aquí…” le pregunté a Mariano de puro chacoteo después de presionar el botón “grabar”. “No jodas”, respondió enfadado, “si quieres pasar a mi oficina tienes que apagar esa cosa”.

Para entrar se necesitaba una tarjeta especial. Entre pabellones, se podía caminar libremente siempre y cuando no fuera muy tarde. “No grabes por favor” insistió, “que la zona está monitoreada y no lo permiten”.

Al tener que apagar la cámara crecieron mis ganas de volver a encenderla. Entre oficinas, los pasillos eran como laberintos. Algunas, como la de Mariano, daban hacia un estacionamiento.

“Ahí estacionan la camioneta con la que traen y se llevan a Stephen Hawking” comenzó a narrar, “viene poco, por épocas, a veces está de viaje, o enfermo, o lo que sea.  Cuando empiezo a escuchar un pip…pip…pip… sé que ahí viene y lo veo por la ventana”.

 

Fotografía: Lwp Kommunikáció. Bajo licencia de Creative Commons.

“Una vez, estacionaron la camioneta un poco más lejos, de tal forma que no la veía. De pronto, solo escuché pip…pip…pip… pensé “ahí viene”, al voltear, ¡venía a toda velocidad en su silla sin que nadie lo empujara! Desapareció y segundos después vi corriendo al enfermero desesperado”.

“¿Estará aquí ahora?” le pregunté mientras preparaba la cámara para grabar el estacionamiento desde la ventana. “No creo” respondió, “pero su oficina está en el piso de arriba”.

Subimos. Para entrar a su pasillo, a diferencia del resto, se necesitaba otra tarjeta especial que abría un candado electrónico. La tarjeta de Mariano lo abría.  Caminamos sigilosamente. “Aquí sí está prohibidísima tu cámara” repitió. “Esa es su oficina” y señaló la puerta de una esquina. Estaba abierta, “casi siempre lo está” confirmó.

“¡Mariano! ” nos sorprendió una voz masculina. Era de un colega que caminaba por ahí y tenía algo pendiente que tratar con mi hermano. Comenzaron a platicar y poco a poco se alejaron.

Sola me acerqué a la puerta. “Pip…pip…pip…” escuché. La máquina que tenía conectada siempre hacía ruidos. No quise inmiscuirme tajantemente así que intenté prender la cámara y espiar por el lente el interior de la oficina. De tanto prenderla y apagarla, la batería se había agotado.  

Decidí asomar la cabeza y luego, con un paso firme, metí todo el cuerpo. Frente a mí, sentado, estaba Stephen Hawking, con el cuerpo encogido y la cara arrugada. Sobre una silla con una pantalla sobre sus rodillas y frente a su cara. No se movió, pero con la mirada, noté que, al verme adentro, se encabronó.

“Good morning Mr. Hawking” le dije sonriendo. Sus pupilas, como flechas con dinamita, me atravesaron. Su enfermera, que no se había percatado de mi presencia, comenzó a gritarme cosas que ni entendí, tampoco le hice mucho caso.

Junto a él, había una segunda silla vacía. A diferencia de las otras oficinas, la suya, por estar en la esquina, tenía doble ventana y entraba más luz. También estaba repleta de tiliches, de todo tipo. Parecían regalos que le habían dado con los años. De lugares que había visitado.

También colgaban fotografías. Él junto a otros famosos como Bill Clinton. “Pip…pip…pip…” seguía sonando. Entendí que los ruidos eran parte de lo que usaba para comunicarse. Su silla estaba equipada con todo lo que necesitaba.

La enfermera continuó preguntándome cosas, respondí que estaba perdida y salí. “¡Teresaa! ¿por qué te metiste?” me interceptó Mariano, “¡no habrás sacado la cámara!”. Le aseguré que no. Que no funcionó.

La enfermera cerró la puerta. Unas fotografías decoraban la puerta de entrada. Era él, flotando, con una sonrisa en la cara. Estaba dentro de una nave espacial sin gravedad. Mariano me propuso que nos dirigiéramos a la cafetería pues era viernes de promoción, vendían cerveza de barril a una libra.

Con una pinta en mano, los matemáticos contaban historias sobre él. Como cuando la Universidad, por su edad, había intentado que se retirara pero él seguía regresando. O cuando inauguraron un busto en su honor y claro, lo representaron arqueado.

O sobre su alma de eterno seductor, pues le gustaba coquetear con las alumnas, tanto que una ex esposa se quejaba y le había exigido el divorcio por mujeriego. O cuando otra ex esposa, antigua enfermera, lo había demandado por maltrato.

Días después descubrí que la cámara sí había grabado un par de segundos. En ellos se observaba la ventana y un cuerno, que, junto a una fotografía, colgaba.

“¿Qué significa Lucasian Professor?” le pregunté a Mariano recordando lo que estaba escrito a lo alto de su puerta. Era el título de posición que le había otorgado la Universidad de Cambridge, el mismo del físico, matemático y astrónomo Sir Issac Newton.