Damián planeaba robarse a Isabel. Ella insistió en que no lo hiciera o sus hermanos se vengarían. Así que un sábado, acompañado por una banda musical, pidió su mano. Tuvo que caminar cinco kilómetros junto a los músicos y sus instrumentos pues en Yaharato, el pueblo de Isabel, nadie sabía tocar.

Todos los vecinos se reunieron a chismear y presenciaron cuando ella pronunció “sí, Damián, me caso contigo”. Él levantó el puño y le besó la mano. Codo con codo, desfilaron por el pueblo. Hermanos, primos y conocidos los acompañaron.  

Caminaron por la calle principal, el mercado de frutas y artesanías, la plaza de la santísima trinidad y el atrio de la iglesia. Después de cruzar un viejo puente de roca cubierto por moho, Damián propuso seguir rumbo al monte, pero Isabel, prefirió regresar a casa y concluir los festejos ahí.

Cuando era niña, su padre bajó del monte corriendo desesperado. Venía ensangrentado, llorando y gritando pues alguien, a machetazos, había asesinado a su madre. Isabel nunca quiso hablar de ese día. Antes de morir, en plena agonía, su padre le pidió perdón. Ella comprendió lo que el monte escondía.

Entonces apareció Damián. Pasaba por el pueblo a visitar a un tío que era carpintero. Al conocer a Isabel se convenció de que la amaba. Meses después se casaron. Él siempre había soñado con tener una familia. Era apicultor y descubrió que en el monte se daban “las flores más lindas”.

Elaboró 40 cajas y les puso abejas. Cada año cosechaba la miel, con eso sobrevivían. Isabel parió cinco hombres. A uno lo perdió. Nació con el cordón umbilical descarnado como lombriz; era un bebé frágil y ese invierno había sido pesado.

Ella lloró y lo enterró en el jardín de su casa. Para Damián fue algo normal, como cuando encontraba a su tío alcoholizado y dormido sobre la calle principal. Cada vez pasaba más tiempo en el monte, observando a sus abejas, descifrando sus bailes. Aseguraba que así, se comunicaban.

Una mañana las encontró volando hambrientas, desesperadas. Un bicho, cuya población se había convertido en plaga, había arrasado con todas las flores. Damián les puso azúcar con agua.

Las cajas se rodearon de cadáveres. Frustrado, Damián comenzó a patear piedras, debajo de una, saltó una serpiente que lo intentó morder. La esquivó y corrió, pero la serpiente no desistió y lo persiguió.

Al llegar a casa Isabel limpiaba la cocina. Le contó que la serpiente, desesperada de no poderlo morder, se había enroscado sobre un nopal y presionando tan fuerte que las espinas la habían atravesado. Ella no le creyó. Él azotó la puerta y partió.  

Horas después despertó sobre la avenida principal. Estaba alcoholizado, meado y con el cabello enredado. Con hambre, regresó a exigirle a Isabel “algo de comer”. “¿Dónde has estado?”, lo confrontó. “Qué te importa…”, respondió. La discusión creció. “Vayan a la fogata que han organizado sus tíos” ordenó Isabel a sus cuatro hijos que miraban atemorizados.

Entre gritos, Isabel le prohibió volver al monte. Enfurecido, Damián tomó un cuchillo y le atravesó el ombligo. Lo repitió siete veces hasta que su hijo, el más grande, abrió la puerta y lo interrumpió.

“¡Mi padre mató a mi mamá!” gritó frente al fuego que reunía a sus tíos y a los vecinos. Todos se apresuraron a la casa. El cuerpo de Isabel ya estaba frío. Damián había desaparecido, se había llevado los pocos tambos de miel que quedaban, los que Isabel atesoraba para “los días sombríos”.