“¡Un horror!”, gritó Spoink al encontrarme en el aeropuerto de Johannesburgo, “ayer una mujer comenzó a convulsionar en el hostal. Dice el encargado, que una vez que oscurece, no se puede salir a la calle, que es demasiado peligroso”.

Spoink se sentía aterrado. Había aterrizado dos días antes. Era su primera impresión de Sudáfrica. Yo lo alcanzaba pues pasaríamos el siguiente año estudiando en la Universidad de Ciudad del Cabo. Planeábamos viajar durante un mes y medio antes de comenzar clases, conocer la costa salvaje, pero nos recibió un clima distinto al que habíamos imaginado. Viento, frío.  “Mejor vamos a ver animales”, insistió Spoink.

Ya tenía en mente una empresa de safaris. “Vamos al Kruger”, continuó y me mostró un folleto que ofrecía cinco días de excursión con paseo nocturno y la visita a un santuario de chimpancés. Me convenció, aunque el costo era casi la mitad de nuestro presupuesto para todo el mes.

A la mañana siguiente, una camioneta de la empresa que organizaba el safari nos recogió en el hostal para instalarnos en una casa de campaña en medio del parque nacional Kruger; región casi del tamaño de Israel.

Durante el día nos movíamos y aprendíamos que a los elefantes les gusta emborracharse con las frutas del árbol marula, que la mayoría de las aves ven a color, por esos sus plumajes, y que los hipopótamos son muy territoriales, tanto, que presenciamos a un macho enorme pelear hasta matar a otro más pequeño. Su cuerpo se quedó flotando sobre un estanque.

“Por la noche sale la malaria” declaraba Spoink mientras rociaba todo con repelente. Brazos, tobillos, cara y ropa. El paseo nocturno era en vehículo, hora de cacería para las leonas. Mientras buscábamos con linternas el reflejo de sus ojos, tanto repelente comenzó a marear a Spoink. “¡Alto!” pidió al conductor y vomitó todo el costado del auto.

Al verlo, otra mujer comenzó a vomitar. El guía exigió que se bajaran. Otro, armado, los acompañó. Mientras, el resto del grupo continuaba buscando el reflejo de ojos extraños. Alguna leona astuta con su manada.

Terminamos el safari sin nuevo plan. Queríamos clima calientito. Una mujer nos recomendó la costa de Mozambique, “el Brasil de África”, lo describió. Abordamos el servicio de transporte público de la región: una camioneta con la llanta ponchada que nos dejó en la frontera.

En Maputo, capital mozambicana, abordamos un pequeño autobús rumbo a las playas del norte. Unas de agua azul celeste y arena fina donde, según las leyendas locales, se originaron las sirenas.

El mar eran peces de todas las especies y tiburón ballena. Unos caminos de piedra atravesaban la playa hasta perderse. “¿Muelles?” pregunté a un local que vendía huevos duros con sal. Por ahí desfilaban los miles de esclavos que los portugueses vendían por otros lados.

“Sigan norte” nos recomendaron y continuamos. Atravesamos “El fin del mundo”, un área remota y conectada por brechas, hasta llegar al lago Malawi. Eran viajes largos sobre ríos y terracerías que debían hacerse en pick up, entre llantas, gallinas, mochilas, bultos y los ojos de cientos de niños.

Sobre un barco navegamos las pacíficas aguas del lago. “Ngun-gus”, llamaban a los millones de mosquitos que, como remolinos, volaban sobre el agua hasta quedar atrapados entre las telarañas de las playas.  

El mes y medio pasó rápido, era tiempo de regresar rumbo a Ciudad del Cabo. “Un bus los puede llevar directo a Johanesburgo” recomendó una española en un hostal de Blatyre, segunda ciudad más importante de Malawi. Ella también lo abordaría.

El autobús debía cruzar una parte de Mozambique y luego Zimbabue. Ambos países requerían visa para poder transitarlos. “¿Cuánto?” preguntamos el precio. El conductor del autobús respondió que los que más pagaban era los norteamericanos, “35 dólares”, aseguró que nosotros pagaríamos menos.

Contamos los billetes. Apenas nos alcanzaba y durante las 27 horas de viaje no encontraríamos ningún cajero automático. Nos preparamos. En una tienda compramos un paquete de galletas, un litro de jugo de naranja de concentrado y una botella de ginebra, anunciada como “Malawi’s number one”, con la imagen de un pulgar apuntando hacia el cielo. Era lo único que vendían.

La ginebra nos entretuvo durante las primeras horas del viaje. Junto con la espoñala, reíamos. El resto de los pasajeros, silenciosos, observaban. Cruzando Mozambique terminamos la botella.

Al llegar a la frontera con Zimbabue, una mujer robusta y detrás de un mostrador de madera, exigió “You must pay visa, 50 euro”. Asombrados y con la mirada saltarina descubrimos que no nos alcanzaba.

Spoink le señaló el muro de la oficina, una cabaña mal construida. Ahí colgaba una hoja que mostraba el costo de las visas por país. Confirmaba que los estadounidenses pagaban “30 dólares”. Aunque México no estaba incluido, era claro que todos los otros países pagaban menos.

Insistimos, no teníamos esa cantidad. La mujer tomó nuestros pasaportes y pidió que esperáramos a un lado. Con calma continuó atendiendo al resto de los pasajeros que pagaban menos de dos dólares. Todos eran africanos. A la española le cobró 30 dólares. El conductor, preocupado por nosotros, también se quejó.

Cuando la oficina se había quedado vacía, con el dedo, señaló que nos acercáramos. Dos guardias armados nos custodiaban. “Now, you must pay 50 euro”, repitió. Le explicamos que no teníamos tanto.

Enfurecida, abrió nuestros pasaportes y con fuerza los selló y firmó. “Now, not even if you pay you can pass, now you know the government of Zimbabwe”. Rogamos, le mostramos que casi completábamos la cantidad, que nos esperara unos minutos y pedíamos prestado. Pero se puso de pie, los guardias nos sacaron fuera y cerró la puerta.

“Get your things!” demandaron el par de policías que nos habían custodiado fuera. El autobús estaba por arrancar, debía apurarse pues el sol desaparecía poco a poco. La frontera había cerrado.

El chofer, con velocidad, encontró nuestras maletas entre cientos de bultos y las aventó fuera, sobre la espesa vegetación que nos rodeaba. Los pasajeros, todos opinando en lenguajes que no comprendíamos, intentaban jalarnos hacia adentro. “Come! get in! we will hide you!” pronunciaba uno.

Pero nuestros pasaportes habían quedado sentenciados: si entrábamos y nos agarraba un policía debíamos ir a la cárcel. El motor arrancó y el autobús desapareció. Los policías de Zimbabue también. La única construcción era la cabaña que fungía como oficina y no volvería a abrir puertas hasta el siguiente día.

Silencio, oscuridad. No había pistas de una población cercana. Sólo vegetación. Caminamos de regreso rumbo a Mozambique. Sus oficinas de cruce fronterizo estaban a poco más de un kilómetro. Una luz brillaba. Quedaba un policía. Nos reconoció. Le explicamos y canceló el sello de salida para no tener que volver a pagar otra visa de entrada a su país.  

La cabeza nos dolía. El policía nos guio hasta una casa pequeña. Una mujer nos recibió. Tenía una habitación con dos catres y una lámpara de aceite que podíamos rentar. No teníamos meticales, la moneda local, tampoco aceptaba dólares.

“Pagan mañana” la convenció el policía. La mujer aceptó y nos dio una cerveza. Ahí se hospedaban los conductores de tráileres que no habían logrado cruzar.

El sol despuntó y despertamos. Sobre el camino de terracería había chicos jugando futbol. En sus bolsillos guardaban fajos de billetes, eran las casas de cambio. Les dimos diez dólares, no aceptaban euros, no sabían cuánto valía.

Pagamos la habitación y la cerveza del día anterior y seguimos caminando. Nos recomendaron esperar en una intersección a pocos kilómetros por donde circulaban más tráileres. Ahí, tendríamos más suerte de que alguien cruzara y nos diera aventón. Después de cas cuatro horas de espera, un tráiler, con una cabra amarrada al techo, nos recogió. En su cabina, a todo volumen, sonaba redemption song.

Meses después conocimos a unos alemanes que habían atravesado Zimbabue. “¿Cómo les fue?”, les preguntamos. Nos describieron a una nación dolida, abusada, con poco arroz y mucha tripa vacía. Donde los billetes sirven para raspar la mugre de las manos y brazos y los autobuses cancelan los viajes pues les conviene más vender la gasolina que cobrar el pasaje.