La vibración del automóvil arrulla. Nos rodea campo. Parte de la tierra está cosechada. Algunas casas y restaurantes. Al fondo del camino un cielo cenizo. La ciudad se acerca.

Jorge maneja. Usa corbata café y bigote. Es medio atrabancado, le gusta “pisarle”. Un pesero con la imagen de la virgen de Guadalupe nos rebasa, dice llamarse D’Ramirez. Viene de Jorobas, poblado que pronto será parte del tejido urbano. Camiones, autos y camionetas se deslizan a nuestro lado. Una selva sobre ruedas. Pasamos la caseta de Tepozotlán. Aparecen nuevas construcciones: bodegas de empresas y restaurantes de cadenas extranjeras que ofrecen menús especiales para viajeros hambrientos.

Al verde lo suplen el concreto y la lámina. Torres de transmisión eléctrica viajan junto; la electricidad tiene prisa por llegar. Más bodegas de gigantes multinacionales como Wall Mart y Bic. Casas grises con paredes pintadas que anuncian próximos conciertos y ferias. En los techos está el decorado: antenas, tendederos coloridos y tinacos negros. Un parque vacío. La mala hierba parece aprovechar y reclamar lo suyo. Algunos terrenos baldíos, delimitados y con autos viejos, casi carcachas, estacionados. En las banquetas hay basura y maleza.

Una señalización indica que vamos por el km 40. Jorge acelera entre camiones. Ellos vienen “tendidos”. El edificio más alto pertenece a la cadena de hoteles Fiesta Inn. Jorge señala la discoteca Delicias, “ahí seguro hay diversión”. Nos adentramos en el cielo gris.  Cables y puentes atraviesan el camino. Más naves industriales de empresas, una tras otra, todas acompañadas de estacionamientos multitudinarios.

Vamos a la altura de Cuautitlán Izcalli. A mi lado izquierdo sobresale un reloj gigante de lámina galvanizada y pintada en blanco y gris. Pertenece a la fábrica de Ford. Del derecho, un multifamiliar de tabique. Lo construyó la SEDENA poco después del temblor del ochenta y cinco, era para miembros del ejército pero ya casi no viven militares. Hace treinta años, la única industria era la fábrica de Ford. “Cuando los del sindicato se ponían pesados cerraban la carretera”. En esa fábrica elaboraron el Mustang y el Maverick.

En los paraderos esperan hombres con casco y niños con mochila. Todos uniformados. “Antes, en vez de empresas había sembradíos de maíz, globos de agua y ríos.” A Jorge le gusta recordar. Los ríos han sido entubados. Atravesamos un sobreviviente, arrastra líquido turbio. Había un letrero que decía aquí se rompe la barrera del smog. Ahora, los espectaculares anuncian brassiers y  “naves industriales en renta desde 15,000 metros cuadrados”.

Un anuncio que dice La auténtica Cuba atrae mi mirada. El diseño del edificio sobresale del entorno. Es la fábrica de Bacardí, del arquitecto de la Bauhaus Ludwing Mies van der Rohe. 

Seguimos. Nos rodean columnas que sostienen un segundo piso de carretera. El cielo se vuelve techo. Vamos por abajo. Vehículos de todos pesos transitan por diferentes niveles. Vamos a la misma ciudad pero en diferente dirección. Pocos árboles, unos espolvoreados con gris. Cientos de changarros ofrecen refacciones para todo tipo de transporte y servicios de mecánica. Otros, alimentación. Cruzamos el puente de Lechería, una termoeléctrica y una fábrica de Resistol cuyas tuberías salen por un lado y entran por otro. La arquitectura hecha ciencia ficción.

En las calles aledañas aparecen personas y edificios habitacionales. El terreno va cambiando, nuevos cerros avasallados por casas de tabicón. Vamos subiendo. El paisaje es mono tono y monótono. Sobresalen chacuacos de antiguas fábricas. Unos tanques y helicópteros estacionados me sorprenden. Están en el estacionamiento de un centro comercial. Es una plaza construida por el Estado de México en honor al Ejército.

El camino engorda de cuatro a ocho carriles.  A esa parte curveada se le llama La quebrada. Por segundos parece que la urbe se retira. No es campo, tampoco ciudad. Al camino lo bifurca una escultura mal pintada, una reliquia del programa de desarrollo Solidaridad. Un espectacular en forma de corcholata advierte “todo con medida”. Detrás, se esconde un relleno sanitario. Las aplanadoras trabajan a lo lejos. El terreno es desolado, parece arenal. Del otro lado, otra fábrica oxidada, un titán derrocado. Las señalizaciones están graffiteada pero distinguimos la salida rumbo a Calzada Vallejo. Por ahí continuamos.

Vamos rápido. En la dirección contraria están parados. La ciudad chupa, no devuelve. Más casas de tabicón con castillos desnudos, engreídos. La vegetación urbana es salvaje, los camellones desatendidos. Jorge me muestra la aceitera La Maravilla, también existe desde que es joven. Tiene cincuenta y poco años. Vemos una cruz gigantesca, parece edificio. La rodean cerros. Es del panteón Jardines del tiempo. La gente usa los puentes peatonales. Cruzar a pie es suicida. Un bache nos expulsa a otro carril. Justifico la sobrepoblación de vulcanizadoras.

Llegamos a Tlalneplanta. “Ofrecemos alineación y balanceado” anuncian changarros. Otro también vende cachorros raza Chihuahua. Hay seis carrilles, todos deteriorados. Una maya ciclónica separa la avenida del área residencial. El giro comercial se mantiene igual: servicios mecánicos de todo tipo. Abro la ventanilla. Vuelvo a cerrarla. El aire es espeso. Huele a escape de camión. Aparecen los primeros semáforos y vendedores de cacahuates y agua y un letrero de “Bienvenido a la ciudad de México”.

El verde escasea, el cableado y los espectaculares abundan. Vamos por calzada Vallejo. El camellón es del ancho de los troncos. Más multifamiliares. La ciudad se amontona. Viajamos junto a la línea del Metrobús. Otra fábrica roja con gris, una panificadora, enfrente está lo que fue la fábrica de Olivetti. Misceláneas, restaurantes y centros de empeño. “Ahí estaba el famoso atorón de policías para los que venían de Querétaro,” Jorge se refiere a una cuchilla con un puesto de comida, El vaquero, y las oficinas de Alcohólicos Anónimos.

El Hotel Moderno ofrece habitación sencilla por $250. El Costa Brava, es la edificación más alta. Un letrero nos indica que estamos a un kilómetro del monumento a La Raza. Jorge apunta “el triangulito” a lo lejos. Pasamos el hospital del IMSS, ahí se realizó el primer trasplante de corazón en México. Lo rodean video bares, lobby bares y más moteles.

Por avenida de los Insurgentes atravesamos Nonoalco-Tlatelolco. Nuestro Mario Pani en los sesenta. Percibo más gente. La ciudad es embrujo y acción. Noto las vías del tren. Llegamos a la estación Buenavista. Recuerdo abordar el tren rumbo a Michoacán. Cuando entraba a la ciudad la gente corría a las vías a saludar. En coche no pasa igual. Más tráfico, claxonazos y gritos. Edificios cuarteados y despintados. Estamos por la colonia Santa María La Ribera, por el restaurante SEP’s y la heladería La Especial de París, exquisita, única por hacer nieve sabor tabaco.

Paseo de la Reforma, aorta de la ciudad. Los edificios se estiran, reflejan el cielo, lo quieren tocar. Construcciones monstruosas. Gente con faldas, sacos, mocasines y tacones. Los policías silban. Todos luchan por encontrar su lugar. Jorge frena ante un semáforo en rojo. Admiro el Ángel de la Independencia, La Diana Cazadora y el Castillo de Chapultepec. Lejos del mar, cerca del cielo, está la ciudad de México; un valle de promesas y castigos donde el pasado y el futuro son uno mismo.