14 marzo, 2017

II. De orquídeas

El sótano de las golondrinas es un espectáculo sonoro. La migración comienza al alba. En bandadas se desplazan. Miles, millones. Antes del ocaso, las aves aparecen como tormenta y se proyectan hasta el fondo del abismo. De cada una se escucha el canto, vuelo y viveza.

Pueden atravesar el cielo y escapar del suelo. Cada día los plumíferos me sorprenden más y los humanos menos. Mientras se apuntan como misiles, pidieron a los curiosos guardáramos silencio. La mayoría cuchicheaba. Volví a callarlos y me hice de un puñado de enemigos, incluyendo a un niño que gritaba “¡mamá!” atormentado.

Por la Huasteca Potosina los perros vigilan los caminos. Flacos, lastimados, en busca de algún residuo humano, se han convertido en basura viva, raquítica, que camina. Perros. Seres leales que pateamos. Cada segundo son más. Jodidos, hambrientos, violentos, maltratados, ignorados.

Cuando la muerte me desconcierta pienso en la evolución. Entonces la adoro, aunque el impulso dominante sea mal decirla y atacarla. La separación. Una idea que rebota en mi cabeza y vibra mi corazón. Debo aprender a cicatrizar mejor.

Dice mi padre que si hago corajes terminaré con el hígado hecho piedrita. También si me excedo con el agua mineral. Descubrí la Topo Chico de Monterrey y me encantó. He intentado beber menos. Veo las canas y sé que los cuerpos, con el tiempo, requieren más cuidados. Nadie muere de vejez. Nos mata lo que falla y el destino de una vida eterna es la monstruosidad.

“¡Salta!” dijo el guía y una víbora atravesó el agua nadando. El poco impulso que tenía se apagó. Otra vez no salté. En vez, bajé con la ayuda de una cuerda. Poco a poco y observando con cautela si la cabecilla se volvía a acercar. La reencontré sobre el brazo de mi padre.

“No hace nada, si se asusta se enrosca, y si la lastimas, morderá…” explica el guía. El lugar: el puente de Dios. Un río con cascadas, posas y un túnel secreto cuyo fondo brilla; la luz que se refleja sobre su fondo de piedra caliza.

En una tiendita de autoservicios había tres loros. Dos en jaulas y uno suelto, con las alas cortadas, llamada Tania. Pregunté si podía tocarla y me permitieron agarrarla. Trepó por mi brazo hasta el cuello donde descubrió una verruga e intentó arrancarla.

Hablando sobre temblores mi padre me contó que la tía Marta, cuando sentía que el piso se movía, se preguntaba ¿dónde estarán las joyas de la abuela? Luego leyó un cuento de Guy de Maupassant sobre una mujer que pierde un collar prestado, hace todo por recuperarlo y al no encontrarlo compra uno nuevo para descubrir que no era real sino bisutería.

Río tanto que se lo recomendó al tío Abasolo. El tío lo leyó y al terminarlo lloró. “¿Por qué?” le preguntó mi padre. “Porque imaginé que el personaje era Marta desesperada, como la vi durante toda la  infancia”.

En el poblado de Xilitla, Manuel de la ferretería “El ave Fénix” vende cera de Campeche y vainilla. Cada vaina en 10 pesos. La región es zona de orquídeas. Favoritas, junto con la bromelia, de Edward James. Un millonario inglés que sedujo a un yaqui sonorense residente en Cuernavaca y empleado de la oficina de telégrafos.

Lo convenció de que lo llevaría a viajar por todos los lugares donde se emitía un sello postal. Así, Plutarco, conoció el mundo, las artes y se enamoró de la naturaleza. Buscando orquídeas silvestres llegaron a Xilitla. Ahí construyeron un castillo y un jardín infinito.

Entre la oscuridad, junto a la alberca y las murallas enmohecidas del castillo, descifro una sombra. Es mi padre sobre un columpio. Escucho cada movimiento hacia el frente, hacia atrás. Rechina bajito. Su sombra se confunde con la de un niño.

Ya muerto Plutarco hubo que reconstruir la alberca. La construyó profunda pues le gustaba practicar clavados. A media cuadra edificaron una cafetería. La empleada, pareja de un militar, decidió terminar con la relación. Él, rabioso, esperó y una noche, colocó una granada bajo los cimientos. ¡Pum! A los pocos minutos reventó. Nadie sobrevivió. El agua también se perdió.

Dice la nieta de Plutarco “candil de la calle, oscuridad de la casa”. Se refiere a su marido. Ahora le decimos “El canelo” por su parecido al boxeador.

En la plaza de Xilitla, después de varias preguntas y ninguna respuesta descubro que el vendedor de orquídeas es sordo. Manuel, de “El ave fénix”, se enorgullece al contarme que ahí nació. Luego viajó por el mundo pero, como los elefantes, regresó a morir a casa, “porque ellos no olvidan” dice “como nosotros”.

Las vainas de vainilla aromatizan los otros fierros que ofrece en la tienda. Sobre una repisa, Manuel ha pegado un papel, dice que acepta pagos en pesos y otra forma de trueque local. Luego, con sus manos grandes y bigote bien cepillado acomoda otro letrero más. Leo: la cooperación es la ternura de los pueblos. Sonrío. “A mí me gusta aquí”, continúa organizando sus fierros, “nunca volveré a la ciudad. Allá todos temen a la soledad”.

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