29 septiembre, 2016

Las dueñas de la noche

En La gondole no venden cerveza. Los que entran son musulmanes. Piden pizza, kebabs, helados y narguile para fumar. Awa entra y en wolof ordena un refresco. El mesero se mueve lento, prefiere ver el partido de futbol. Cerca está el malecón de Dakar. Por la oscuridad no se ve el mar pero se respira su sal.

Awa acaba de salir de su oficina. Trabaja para un canal de televisión del Senegal. Es periodista. Cuando tiene que editar su programa termina tarde. Su familia no es de la ciudad. Ella renta un departamento. Fue difícil convencerlos de que la dejaran estudiar y trabajar lejos.

Días antes nos conocimos sedando a una hiena en una reserva natural a unas horas de Dakar. Ella grababa mientras yo vacunaba el cuerpo atolondrado del animal. Había que revisarle los dientes y tomar muestras de sangre. Aunque inconsciente y con los ojos tapados, la hiena cabeceaba. La anestesia dura pocos minutos y su mandíbula, la más poderosa del reino animal, es capaz de triturar huesos hasta la médula.

Después de liberar al animal nos presentamos. Para mi sorpresa Awa hablaba perfecto español. Lo aprendió gracias a un novio. Él quería todo pero ella le negó su virginidad. Cuando se fue, ella se arrepintió. Enfadada, vistió una falda, caminó a un baile y probó con el primero que se dejó.

En La gondole nos reencontramos. Aunque su familia es musulmana, algunos se han casado con católicos y animistas. Saca el teléfono celular y me pregunta el apellido de un chico, hijo de alemán y senegalesa, que me ayudaba a detener a la hiena. Lo quiere encontrar por Facebook. Aunque tenga novia confía en que “ninguna mujer sabe tratar a un hombre como las senegalesas”.

De verla usando jeans su madre se molestaría. Le pregunto cómo es crecer en una sociedad musulmana. Ríe. Si estuviera casada tendría que estar en casa arreglada, perfumada, esperando a su marido. Calentando agua para masajear sus pies con aceites. Decirle “papá cherie”, luego mimarlo y excitarlo.

Al nacer, su madre la decoró con aretes, pulseras y un collar a la cadera, un bim bim, símbolo de sensualidad. Con pocos meses, el cuerpo de un bebé es moldeable. Todos los días, con aceites y mantequilla de carité, su madre la masajeaba. Reacomodaba sus músculos y grasa para levantarle los glúteos, formar cintura y estirar el cuello.

Luego la bañaban en agua fría. Después de llorar, dormía. A su hermano le frotaban el pene para desarrollar el músculo. “Habla suave, camina lento, sin prisa”, su madre la vigilaba, pasaba todo el día en casa. Si desobedecía o se iba con los chicos le pegaban.

Según la religión el padre debe ser el proveedor. No siempre es así. Asistía al colegio por las mañanas y por las tardes a clases de Corán. Después de que tuvo su primer periodo su madre explicó: si te acercas a un hombre o te toca puedes quedar embarazada. Su tía tendría la labor de explicarle qué hacer durante la noche de bodas.

Adolescente se unió a Facebook y por youtube descubrió que esas palabras eras falsas. Sus amigas decidieron experimentar. Algunas, después de la noche de bodas, fueron rechazadas por sus maridos. “¡Si no sangró no es virgen!” las condenaron. Las madres se avergüenzan. Unas respondieron “fui violada”, otras quedaron envueltas en un matrimonio sin derecho a queja ni palabra.

A las que les dio miedo, después de que se mostrara una toalla manchada públicamente, buscaron amantes. De cacharlas, los esposos pueden enriquecer. Pedir dinero, vacas, casas al amante. De no pagar se vale asesinar.

Los hombres pueden escoger hasta cinco esposas. Cuatro que no se hayan casado y una viuda. No importa la edad. A su abuela la casaron de 13. Vivió en casa de su suegra hasta que cumplió dieciocho.

El hombre observa a la chica y si le gusta la visita. No pueden estar solos “porque el tercero sería el diablo”.  Al tercer día habla con el padre, pide su mano con una ofrenda de frutas y una dote. El mismo día de la pedida los casan en la mezquita.

Después se mata a un chivo y se hace una fiesta. A unas les dan dinero, millones, oro, joyas. Las esposas menos afortunadas comparten casa. Cada una con su habitación y cocina para evitar conflictos. Otras tienen la suya. El hombre pasa la noche con la que se le apetezca. Awa no conoce a los otros hijos de su padre.

Las mujeres encelan y recurren a los marabús y la brujería. Con pociones y filtros de amor pelean por los ojos y la compañía de sus maridos. Los brebajes en comida, bebida, acaban envenenándolos. Awa sí cree en la magia. No se acerca a los baobabs al medio día. Tampoco los toca. Son árboles sagrados favoritos de los espíritus: buenos y malos.

Ella, como la mayoría de sus amigas solteras, sueña con un hombre europeo, rico, católico. Si es diplomático, mejor. Visita los bares de blancos con la ilusión de llevarse alguno. Conoce el poder de la seducción, lo ha aprendido. Es coqueta y usa trajes coloridos. Arracadas y el cabello muy corto, crespo, casi rapado. No es fácil peinarlo, mejor trenzarlo. A veces se pone extensiones.

Por internet, una amiga sedujo a un cónsul. Su tío, brujo, logró que le pagara todo y se casaron. Se fueron a vivir lejos pero cada año debe regresar y rehacer el hechizo. Awa no quiere eso, busca honestidad.

Su teléfono suena y responde en francés, lengua colonizadora. Es un hombre casado. Ha probado con varios. De uno, al conocer a su esposa, dejó de verlo. Insiste en acompañarme hasta mi destino. Cerca la recogerán. Hay poco alumbrado. En vez de asfalto arenal. Los pies se hunden, es difícil caminar.

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19 junio, 2016

El gen de la guerra

Nicolás, cazador, dudaba llevarlos. Insistía en que el simple hecho de estar ahí “le partía el corazón”. La doctora lo convenció y arrancó la pick up. Necesitaba ayuda. Era tierra de brechas, arbustos secos, espinas y baobabs. Un antiguo cementerio griot.

Las jirafas ignoran el motor. Las cebras no. Son más nerviosas. Pueden morir de pavor. Cada baobab oculta un cadáver. Con el paso del tiempo sus troncos descubren cuevas en tinieblas que luego vuelven a cerrar.

A los restos de los griot, cuenta cuentos de África Occidental, junto con sus pertenencias, los guardaban dentro de los troncos huecos. Trabajaban la palabra y no la tierra así que no podían ser enterrados. De hacerlo, la lluvia para y se acaba la agricultura.

Detrás de los árboles se oculta una jaula. Entre sus barrotes se asoma una mano larga y oscura. Nicolás apaga el motor. “Hay que acercarse sin verla a los ojos” advierte para mantenerla tranquila, “es fuerte y agresiva”.

La doctora indica a su aprendiz que no se le separe, deben evitar caminar directamente  hacia ella. Separarse y rodearla puede hacerla sentir agredida. Así se organizan los chimpancés para cazar.

“Muéstrale la parte de arriba de las manos, esconde los dedos, así nos reconocerá” susurra la doctora a su aprendiz.

“Es tan fuerte que a veces pienso que puede arrancar los barrotes”,  agrega Nicolás. Ella lo reconoce rápidamente. “Oh-oh-oh-oh” lo llama. Es celosa. Con sus novias se eriza, les avienta piedras y heces.

Su mirada café observa a todos con atención. El lenguaje corporal puede ser invasor. Sus ojos leen de abajo hacia arriba, primero el cuerpo, luego la mirada. Los de los humanos lo hacen al revés. La doctora no deja de examinarla.

Se acerca y ella le muestra los dientes, la lengua, los labios. Sabe pedir, la han enseñado. Escupe. Tiene muy buena vista y puntería. Puede calcular parábolas.

“Está gorda. Bien alimentada pero pasada”, continúa la doctora. Ha ensuciado parte de la jaula con su excremento. “Estereotipias no muy marcadas” dicta y el aprendiz toma nota en su teléfono celular, “su comportamiento no es tan anormal pero es una respuesta al estrés”.

Con sonidos expresa lo que le gusta y lo que no. Su pelaje del tren posterior es más claro. Más marrón. Una hembra adulta pero no vieja. Los chimpancés crecen lento. Son muy negros hasta que llegan a ser adultos.

“Hay que observar, probar y ver cómo reacciona” repite el aprendiz de lo que ha escrito. A Nicolás lo reconoce pero si se acerca demasiado lo puede lastimar. De jalarlo puede romperle un brazo. Sólo permite que un hombre la toque. Ella lo llama. Está a lo lejos. Es un hombre mayor, wolof.

Se acerca y la acaricia. Es su cuidador desde que la encerraron. La alimenta y da cariño. Los chimpancés se separan de su madre a los dos, tres años. Primero buscan cariño, después alimento.

Ella se mueve dentro de la jaula y muerde una vara que ha alcanzado estirándose entre los barrotes. En libertad, si un macho adulto se aproxima hay que bajar la cabeza, evitar los ojos y hacerse pequeño. Comer hojas y pisotear. Se domina o se es dominado.

Al cuidador le pide y señala con la mano otra vara más larga que no alcanza. Él responde que no. Ella entiende wolof, idioma local. El francés, legua colonizadora, lo ignora.

Se llama Cheetah. El cuidador se aleja pues tiene otras cosas por hacer. Ella lo vuelve a llamar. Su presencia la tranquiliza. Es su figura materna. Cheetah  mide, de pie, un metro y medio.

Hace más de diez años entró de la mano de un hombre a un restaurante. Ella ya podía caminar. Tenía poco más de dos años. Juvenil. El hombre pidió al dueño pasearse y cobrar a los turistas por tomarse fotos con ella y aceptó.

Pasó el tiempo y al dueño dejó de gustarle tener animales en su restaurante. Pidió al hombre que se fuera. Él partió pero dejó a Cheetah. Se quejaba de que le costaba mucho alimentarla. Desde entonces la enjaularon lejos de los ojos de turistas.

Al fondo de la jaula cuelga una llanta. Ella se levanta del piso de concreto y nos muestra su hinchazón genital. En cautividad se pierden comportamientos normales y dejan de reproducirse.

Cheetah siente amor, odio. La doctora también. Se enfada cuando le dicen que no y comienza a aventar cosas. “Se ve como un igual” susurra la doctora, “está humanizada, no podrá sobrevivir en estado salvaje”.

El sol se acerca al horizonte. La doctora regresa a la pick up. El aprendiz la sigue. Nicolás enciende el motor y le pide ayuda. Busca algún centro especializado en chimpancés que pueda cuidarla.

La doctora calla. “Algunos pensaban que los griot estaban locos”, agrega Nicolás, “por eso les hacían un hoyo en el cráneo, para que su espíritu maligno pudiera escapar” y acelera el motor mientras atraviesan el cementerio de regreso. La luna se asoma. Esa noche, acamparán bajo un baobab.

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Hay que escalar. Las aldeas Peul del altiplano de África Occidental se reconocen por sus techos de paja. Kilómetros las separan. Agricultores. En temporada seca prenden fuego a las parcelas para preparar la tierra.

Cuando el gallo canta las avispas dejan sus nidos. Los construyen dentro de las habitaciones circulares con doble pared de adobe. Entre las paredes almacenan granos. A veces  se duerme adentro, depende del calor.

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En Dandé hay menos de quinientos habitantes. La primera clínica, dos habitaciones de tabique y cemento, se inauguró hace pocos meses. Desde entonces menos mujeres mueren como consecuencia del parto. La mayoría sufre anemia.

Hace pocos meses murió un niño albino. La madre estaba de viaje cuando quedó embarazada. Creció en Dandé. Primero murió ella, luego él. Nadie sabe de qué. Tenía doce años. Vivía en casa de sus abuelos. En otros lados los matan, cuentan, entierran sus cabezas pues años después, en el mismo lugar, se cree encontrarán riquezas.

Lo que parece sonido de tambores son mujeres machacando maíz.  Lo hacen con ritmo. También cacahuate. El mafé, uno de los platillos principales, es salsa a base de su pasta que acompañan con arroz hervido. También lo tuestan en una cacerola con arena hasta que se torne achocolatado. Luego se muele hasta quedar como pasta. La mezclan con agua y a hervir. Luego agregan un poco de salsa de tomate, sal y esperan a que cambie de color.

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Al pueblo lo rodean termiteros en forma de champiñón. Millones de seres que viven en tinieblas, detritívoros, culpables de fertilidad en la tierra. También hay grillos. Cantan día y noche. Si uno se acerca se callan. La fauna local prefiere no ser vista.

La tala favorece a los cazadores. El jabalí es preferido.Caminan desde pueblos lejanos en su búsqueda.

En la seca se juega futbol. Organizan partidos donde se enfrentan distintos pueblos. A la final la acompaña música y un locutor. El árbitro utiliza una rama con hojas. Niños, mujeres y artesanos son espectadores.

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Hace un año la lluvia los agarró bailando. Fue la primera del año. Estaban todos reunidos en la escuela. Junto a la clínica, al pozo de agua y el único pararrayos.

Cuando terminan las lluvias llegan las luchas. El enfrentamiento es entre dos. El que cae pierde. El que quede arriba gana. La duración depende. Máximo cuarenta y cinco minutos con tres descansos de cinco. Algunos enfrentamientos duran segundos. Los árbitros deciden.

Cada peleador tiene un entrenador y pertenece a un equipo. Cada equipo tiene un ritmo y baile propio. Pelean dos o tres de cada equipo por encuentro. Muchos son luchadores pues en sus oficios utilizan las manos.

El combate comienza con baile. Cada equipo tiene un marabout, “el que puede ver el camino”. Él aconseja y sabe sobre enmendar suertes. Puede recomendar un sacrificio de cabra, vaca o fruta. Arma a los peleadores con grigrís, amuletos de fuerza y protección, en los brazos y piernas. Antes de pelear les frota un líquido con una liana, una receta del Corán, para protegerlos.

Las peleas tienen categorías. El ganador de cada una se lleva “la bolsa”. Antes era arroz, aceite. Ahora pueden ser miles y hasta millones de billetes. También coches. Cuando les va bien se quieren ir al extranjero. El sueño es llegar a Harlem.

A los monolitos más altos del altiplano les llaman los dientes de Dandé. Debajo hay cuevas; refugios de arañas, avispas, murciélagos y plantas. En temporada de lluvias se vuelven el interior de cascadas.

Dandé significa muchas camas. Danki es singular. El pueblo peul se instaló en el altiplano siguiendo las palabras de un sabio, “llegarás a un sitio de muchas palmeras”.

Pero había un rey de las montañas, el líder guineano Alfa Yaya, que los despreciaba y forzaba a que le pagaran impuestos. Odiaba a las minorías y ellos eran animistas. Los peul eran pastores y el rey les quitaba casi todo. Decidieron huir con grigrís y refugiarse en las cuevas.

Con rafia y bambú construyeron sus camas. Tuvieron hijos y creció la gruta. La arcilla que sacaban con las manos, mezclada con un árbol de la selva y piedra negra volcánica servía como pólvora de fusil. Desde su escondite, la vendían a otros pueblos para luchar e independizarse, primero del rey, luego de los franceses. La gruta era una mina de resistencia.

Volvieron al altiplano y se dedicaron a la agricultura. Al centro del pueblo creció un Baobab. Una vez al año cultivaban mijo. Con éste y el fruto y hojas del baobab cocinaban. Confiaban en el baobab que es su árbol sagrado que puede vivir hasta dos mil años. La corteza se trenza para hacer hamacas.

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Alrededor del baobab se juntan los padres a tomar vino de palma hasta caer la noche. Mientras, los jóvenes se conocen. Si se gustan pasan la noche juntos. Si ella queda embarazada es buena chica y pueden casarse. Entonces, el joven deberá llevar fruta de cola y cuerdas de Baobab como ofrenda a la familia de su nueva esposa.

En algunas casas un hombre vive con cuatro esposas. La suegra descansa y vigila. Cada una tiene su habitación y cocina. Así evita que peleen. En promedio tiene seis hijos con cada una.

Por las noches la luz proviene de velas, estrellas y linternas. Algunos niños juegan y gritan. Los hombres charlan y beben té negro con azúcar. “Las costumbres han cambiado”, opinan. Las antiguas veredas son caminos de piedra. Animistas, católicos y musulmanes conviven.

Ellas se quejan de que ellos descansan. Cuidan a los hijos y trabajan el huerto. Ellos piden más té. Les gusta con espuma. Dicen que el primer trago debe ser amargo como la muerte. El segundo dulce como la vida y el tercero, poco dulce, como el amor.

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Sólo terracería. Al chofer del autobús parece no importarle. Acelera sin límite. Los bultos duplican su altura.

Con el claxon  intimida a todo aquél que quiera cruzar: niños, cabras, gallinas, monos, aves, musañas, jabalíes y vacas. Si aparece el asfalto lo evita. Prefiere la tierra. Es menos riesgosa.

Los termiteros parecen catedrales. Cada uno es un organismo. Arquitectura natural. A los chimpancés les encantan. Con una rama los escarban y degustan las termitas.

La tierra es roja. Las copas de los árboles verdes. Es temporada de secas. El calor y la humedad se concentran. Por las noches sorprenden los rayos de las tormentas que se avecinan.

Las casas en las aldeas se construyen circulares. Las llaman “chuni”. Techos con estructuras de bambú, hierbas secas y paredes de lodo. En algunas parcelas levantan tres, cuatro. Las rodea poco ganado.

Entre los arbustos secos se quedan los plásticos. Llegan volando. Hay teléfono pero no electricidad. Muchos tienen servicio móvil con acceso a internet y Facebook. Por ahí aprenden qué deben querer y comprar. Un bombardeo constante de lo que carecen. La colonización en África es ahora digital.

Lo poco que llega a las aldeas lo adquieren: galletas, refrescos y otros productos que traen de la ciudad. Así pertenecen al mundo occidental.

Conectan los teléfonos a pequeños paneles solares. Los pocos que tienen los comparten. No hay basureros. Los desechos van al suelo y cada vez son más.

Las cabras se persiguen unas a otras. Pelean. Después se las comerán. Los niños juegan con llantas. Las pocas aldeas están dispersas. Asentadas junto a los ríos. Ahí, las mujeres lavan la ropa y se bañan.

Los blancos son sinónimo de poder y dinero. Les gusta regatear. El transporte público no parte hasta que todos los asientos se hayan ocupado. Saben que los blancos siempre tienen prisa. El conductor ofrece salir más rápido si se pagan los asientos vacíos.

Vamos rumbo a la tierra de los chimpancés, al País Bassari. Senegal frontera con Guinea-Bissau. El paso entre las dos naciones está cerrado por enemistades, enfermedades y la amenaza terrorista. Temen que pronto llegarán. Algunos atraviesan la selva y se cruzan en moto o a pie para visitar los mercados, comprar colchones, telas y más.

Nos instalamos en la comunidad de Dindéfelo. Formaremos parte de un programa piloto de acercamiento a las comunidades de chimpancés salvajes del centro de investigación Jane Goodal.

Por los caminos del pueblo encuentro más basura. Dormimos con una familia local. Cenamos arroz y un poco de pollo. Un mayate se estampa, chamusca en un foco que enciende un panel solar, y cae al piso. En segundos es devorado por cientos de hormigas.  La naturaleza no perdona la debilidad ni la enfermedad.

Por la noche se oye llorar a los perros. Salen a buscar comida. Los aldeanos loa tratan mal. Les disgustan, los creen seres maléficos que atacan al ganado. Los patean y entre ellos pelean.

El calor, devastador. Mosquitero para los extranjeros. Hay malaria, alacranes y mambas. Para poder dormir hay que salir de la habitación. Lo hago sobre una mesa de bamboo donde el viento azota. Puedo reconocer Marte rodeado por miles de estrellas. La bóveda estelar es memoria, ideas que perduran.

Cuando los grillos dejan de cantar el sol ilumina un cielo nublado. Samba, el guía, nos espera. Debemos salir a las seis. Para la selva: botas, pantalón largo, agua y mucho filtro solar.

Hay que tener cuidado al pisar. Las serpientes se esconden abajo de las piedras. Las mambas son territoriales y muerden. Por eso conviene usar botas. Su veneno es de los más potentes que hay.

Zumbido de insectos. Las aves cantan. Advierten al resto de los pobladores de la selva sobre nuestra presencia. El camino es tupido. Los árboles también. Algunos parecen de más de cien años. Los rayos del sol no llegan al suelo.

Encontramos rastros: frutas comida, mordida por chimpancés, algunas eses y sus nidos, que son de hojas, madera. Pueden construir uno distinto cada día.

Se mueven constantemente. Caminan por el suelo pero duermen en las copas de los árboles. Se alimentan de fruta. Viven en sociedad y lo aprovechan para cazar. Afilan lanzas. Se organizan, rodean a la presa y la atacan.

Samba nos recuerda que el silencio es imprescindible. Nos rodean los árboles que son sus predilectos. Se trasladan. Siguen la comida, el agua.

Los escuchamos vocalizar. Atención. Están cerca, como nosotros, de la montaña. Desde lo alto los babuinos arrojan fruta. Entramos a su territorio, nos quieren ahuyentar.

Dos días antes estaban en el mismo lugar, junto al río. Ahora unas mujeres con bebés amarrados a la espalda lavan ropa. Samba dice que no les importa, igual se pasean por ahí. Las observan.

Horas después vamos rumbo a un bosque de termitas. “Verlos es cuestión de suerte”, nos recordaron antes de salir a caminar. “Nada” me dice Samba con señas preocupado. Nos  comunicamos con miradas.

Saltamos lianas y cruzamos ríos. Las termitas chillan. Advierten que si te acercas se molestan y muerden. Es difícil abrirse paso entre espinas.

Volvemos a escucharlos. Sentados sobre piedras sabemos que nos rodean.

El universo son olores y sonidos desconocidos. Los chimpancés parecen haber subido a la montaña.

“Hacia acá” vuelve a guiarnos Samba. Entre troncos, lianas, árboles, caminos de agua y piedras descubrimos una cascada.

Cuentan que una tarde, un cazador de Guinea que vivía en la meseta decidió bajar la montaña. Entonces se encontró con un área fértil y repleta de animales.

Regresó por su mujer y la convenció pues ahí encontrarían un mejor futuro.  Junto con otra pareja fundaron el pueblo de Dindéfelo, que significa, al pie de la montaña.

Otra tarde salió a cazar. Le atinó a un jabalí. Éste escapó dejando un rastro de sangre. Lo siguió hasta llegar a la cascada. Entonces, detrás de las lianas, encontró un oasis repleto de fauna y agua.

Entendió que la cascada era sagrada. Agua cristalina, pura, llena de vida. La caída con más de cien metros de altura. Si se mira hacia la cima, se delinea el mapa del cielo como si existiera infierno. El agua escurre sobre un muro de granito vivo por helechos, lianas y musgos que salen de entre las piedras.

Al cumplir dieciocho años, circuncidaban a los hombres cortándoles su prepucio. Bajo el agua se lavaban. Luego, con la pulpa de una fruta se curaban.

Los chimpancés defienden el secreto de su montaña y asustan a los niños. La población crece y amenaza.

“El corazón de África siempre será indomable”, explica Samba, y poco después nado en la poza que al caer forma el agua.

Llegamos a la cima de la montaña. Vamos rumbo a otra aldea. Otra vez los puedo escuchar. Ahí están. Han vuelto a la cascada.

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