28 agosto, 2017

El palacio vagabundo

Regino caminó durante días entre polvo y bajo los rayos del sol hasta que encontró una llanura verde, con árboles frondosos, perfecta para descansar y protegerse. Se veía sudado, con el pelo mugriento y las uñas cochambrosas. No iba solo, jalaba un carrito donde acomodaba sus chacharitas: pequeños tesoros que había encontrado durante el camino.

Andaba y deliraba. Sabía que llevaba días en lo mismo pero no recordaba de dónde venía, con quién había estado ni si tenía familia. Comía y bebía de lo que escudriñaba. Sólo cuando suplicaba por una moneda, compraba un taco, sus favoritos eran de guisado.

Al toparse con la llanura, Regino se sintió cansado. Un impulso le dijo que era hora de instalarse días, semanas, meses o años. No tenía nada planeado pero debía reponerse, esperar y pensar pues el carrito era pesado y las piernas le temblaban.

Al recostarse sobre el tronco de un árbol soñó que construía algo. Al despertar comenzó por armar una cama con cachos de madera y pliegos de tela de colores que encontró entre los tesoros de su carrito.

Necesitaba protegerse del viento así que levantó cuatro paredes de madera y las cubrió con una lámina. Con los primeros rayos del sol se activaba y observaba su alrededor. Con su carrito, caminaba buscando nuevos materiales de construcción. Poco a poco mejoraba. Todo lo que podía servirle, lo tomaba y guardaba.

Una mañana el carrito se rompió y con un morral y mecates continuó recolectando y cargando. La construcción se hizo más lenta, pesada y ahora le dolía la espalda. Sin importarle, levantó una cocina y un área que llamó “de estar”.

Durante las tardes y noches analizaba sus logros e ingeniaba cómo renovarlos. Quería siempre construir algo nuevo. Crecer. Una tarde, al cruzarse con una mujer de cabello largo y rizado recordó algo de su pasado: a su madre y la que era su película favorita, sobre una niña que al disfrazarse de hombre podía montar a caballo y competir. Lloró.

“Necesito un establo”, se convenció Regino y fabricó uno. Cercó un cacho de tierra y aventó paja para que se viera como el de la película que recordaba: sucio y desordenado. Le faltaban caballos. En otro paseo vio una pequeña silla de montar arrinconada, la tomó y colgó sobre la cerca.

Pasaron meses y la casa de Regino se convirtió en palacio. Tenía jardín de rosas y sala musical equipada con instrumentos de percusión y cuerdas. Tres habitaciones: una para la mañana, otra para la tarde y otra de juegos. También veía ovejas pasearse por el establo pues nunca encontró caballos.

Regino había logrado lo que nunca, ni en sus mayores alucines, había imaginado. Pero no recordaba más de su pasado y eso le angustiaba. Por las tardes, se sentaba sobre una muralla de piedras cerca del palacio y cerraba los ojos. Llevaba sus rodillas hasta el pecho y abrazaba sus piernas. Entonces se creía una roca cuya memoria algún día se activaría.

Una tarde comenzó a chispear. Nunca había visto nubes tan cargadas. Las gotas se hicieron lluvia y luego tormenta. Tan fuerte que no podía distinguir donde terminaba el suelo y empezaba el cielo.

Regino se resguardó en una de las habitaciones pero al poco tiempo el agua lo inundó. Salió al jardín y entre proyectiles de granizo, descubrió su palacio desbaratado. Corrió y trepó a las ramas de un árbol hasta que días después pasó la lluvia.

Cuando el sol despuntó Regino observó las ruinas. Por fin veía con claridad. Los muros eran  botellas apiladas. Las rosas del jardín, ramos rotos y marchitos, envueltos en plástico. Los instrumentos estaban enmohecidos, carcomidos por el olvido. Cientos de cajas de leche y bolsas de comida chatarra lo rodeaban. Las ovejas eran de plástico, pequeñas, sin ojos ni patas.

Caminó a la muralla donde por las tardes se sentaba y volvió a abrazarse. Inerte. Estaba en los jardines de un museo de la ciudad. A lo lejos, lo esperaba un horizonte de edificios, risas y gritos. Regresó a las ruinas, tomó el morral empapado y se lo colgó al hombro. Volvió a caminar sin rumbo, recolectado cualquier objeto que le diera una pista de lo que fue su pasado.

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14 marzo, 2017

II. De orquídeas

El sótano de las golondrinas es un espectáculo sonoro. La migración comienza al alba. En bandadas se desplazan. Miles, millones. Antes del ocaso, las aves aparecen como tormenta y se proyectan hasta el fondo del abismo. De cada una se escucha el canto, vuelo y viveza.

Pueden atravesar el cielo y escapar del suelo. Cada día los plumíferos me sorprenden más y los humanos menos. Mientras se apuntan como misiles, pidieron a los curiosos guardáramos silencio. La mayoría cuchicheaba. Volví a callarlos y me hice de un puñado de enemigos, incluyendo a un niño que gritaba “¡mamá!” atormentado.

Por la Huasteca Potosina los perros vigilan los caminos. Flacos, lastimados, en busca de algún residuo humano, se han convertido en basura viva, raquítica, que camina. Perros. Seres leales que pateamos. Cada segundo son más. Jodidos, hambrientos, violentos, maltratados, ignorados.

Cuando la muerte me desconcierta pienso en la evolución. Entonces la adoro, aunque el impulso dominante sea mal decirla y atacarla. La separación. Una idea que rebota en mi cabeza y vibra mi corazón. Debo aprender a cicatrizar mejor.

Dice mi padre que si hago corajes terminaré con el hígado hecho piedrita. También si me excedo con el agua mineral. Descubrí la Topo Chico de Monterrey y me encantó. He intentado beber menos. Veo las canas y sé que los cuerpos, con el tiempo, requieren más cuidados. Nadie muere de vejez. Nos mata lo que falla y el destino de una vida eterna es la monstruosidad.

“¡Salta!” dijo el guía y una víbora atravesó el agua nadando. El poco impulso que tenía se apagó. Otra vez no salté. En vez, bajé con la ayuda de una cuerda. Poco a poco y observando con cautela si la cabecilla se volvía a acercar. La reencontré sobre el brazo de mi padre.

“No hace nada, si se asusta se enrosca, y si la lastimas, morderá…” explica el guía. El lugar: el puente de Dios. Un río con cascadas, posas y un túnel secreto cuyo fondo brilla; la luz que se refleja sobre su fondo de piedra caliza.

En una tiendita de autoservicios había tres loros. Dos en jaulas y uno suelto, con las alas cortadas, llamada Tania. Pregunté si podía tocarla y me permitieron agarrarla. Trepó por mi brazo hasta el cuello donde descubrió una verruga e intentó arrancarla.

Hablando sobre temblores mi padre me contó que la tía Marta, cuando sentía que el piso se movía, se preguntaba ¿dónde estarán las joyas de la abuela? Luego leyó un cuento de Guy de Maupassant sobre una mujer que pierde un collar prestado, hace todo por recuperarlo y al no encontrarlo compra uno nuevo para descubrir que no era real sino bisutería.

Río tanto que se lo recomendó al tío Abasolo. El tío lo leyó y al terminarlo lloró. “¿Por qué?” le preguntó mi padre. “Porque imaginé que el personaje era Marta desesperada, como la vi durante toda la  infancia”.

En el poblado de Xilitla, Manuel de la ferretería “El ave Fénix” vende cera de Campeche y vainilla. Cada vaina en 10 pesos. La región es zona de orquídeas. Favoritas, junto con la bromelia, de Edward James. Un millonario inglés que sedujo a un yaqui sonorense residente en Cuernavaca y empleado de la oficina de telégrafos.

Lo convenció de que lo llevaría a viajar por todos los lugares donde se emitía un sello postal. Así, Plutarco, conoció el mundo, las artes y se enamoró de la naturaleza. Buscando orquídeas silvestres llegaron a Xilitla. Ahí construyeron un castillo y un jardín infinito.

Entre la oscuridad, junto a la alberca y las murallas enmohecidas del castillo, descifro una sombra. Es mi padre sobre un columpio. Escucho cada movimiento hacia el frente, hacia atrás. Rechina bajito. Su sombra se confunde con la de un niño.

Ya muerto Plutarco hubo que reconstruir la alberca. La construyó profunda pues le gustaba practicar clavados. A media cuadra edificaron una cafetería. La empleada, pareja de un militar, decidió terminar con la relación. Él, rabioso, esperó y una noche, colocó una granada bajo los cimientos. ¡Pum! A los pocos minutos reventó. Nadie sobrevivió. El agua también se perdió.

Dice la nieta de Plutarco “candil de la calle, oscuridad de la casa”. Se refiere a su marido. Ahora le decimos “El canelo” por su parecido al boxeador.

En la plaza de Xilitla, después de varias preguntas y ninguna respuesta descubro que el vendedor de orquídeas es sordo. Manuel, de “El ave fénix”, se enorgullece al contarme que ahí nació. Luego viajó por el mundo pero, como los elefantes, regresó a morir a casa, “porque ellos no olvidan” dice “como nosotros”.

Las vainas de vainilla aromatizan los otros fierros que ofrece en la tienda. Sobre una repisa, Manuel ha pegado un papel, dice que acepta pagos en pesos y otra forma de trueque local. Luego, con sus manos grandes y bigote bien cepillado acomoda otro letrero más. Leo: la cooperación es la ternura de los pueblos. Sonrío. “A mí me gusta aquí”, continúa organizando sus fierros, “nunca volveré a la ciudad. Allá todos temen a la soledad”.

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1 marzo, 2017

I. De sombras

“A que no te atreves…” retó Pablo frente al trampolín más alto del balneario El reino de Atzimba y yo, que había crecido tratando de demostrarle a mi hermano mayor, y su amigo Pablo, de que no era cobarde, salí del agua y caminé rumbo a las escaleras.

Esa mañana salté, sin darme cuenta de que Pablo, tenía pavor a las alturas. Lo descubrí cuando dije “ahora vas tú” y me ignoró. Salté sin pensarlo. Reaccioné cuando mi cuerpo traspasaba el agua. El impacto me desacomodó el traje de baño y revolvió agua de manantial con cloro por cada recoveco. El sentimiento se me impregnó.

Años después, bajo la caída de las cataratas Victoria, trepé una lancha inflable que a los pocos segundos volcó. Fueron segundos desesperantes bajo el agua antes de volver a respirar. Bajamos el río, remando y luchando contra sus aguas blancas, cruzando cañones y algunos cocodrilos nadando contra corriente.

En un área donde el flujo también descansaba, había una piedra de seis metros de altura. “¿Quién saltará?” Preguntó el guía y varios respondimos “yo”. Subimos y esperamos nuestro turno. Cuando mis pies tocaron el borde me congelé. Pensé, dudé y me retracté. Los ya caídos gritaban desde abajo “¡Salta!”. Esperé. Poco a poco regresé hasta tocar el agua sin brincar.

El miedo se quedó. Cuando en la sierra huichola, en el poblado de San Andrés Cohamiata, durante los festejos de semana santa, me ofrecieron peyote, no pude negarme. Era tan poco que juré no detonaría mis sentidos. Pero lo hizo, y entre cantos, cuerdas de violines, rezos y sacrificios animales, el brillo de las estrellas se pintó multicolor.

De regreso en la habitación, una cabaña con varias camas, cerré los ojos para abrirlos en otra dimensión. Una de líneas, colores y movimientos infinitos. Como sentarse sobre una fecha que poco después disparó. Era testigo del movimiento del universo y podía elegir hacia dónde viajar. Un paseo entre luz y oscuridad.

Escoger lo que se quiere ver y cómo verlo. Estaba de regreso sobre aquella piedra del río Zambeze. Veía mis manos, pies, piernas. De cerca, desde el suelo y desde el cielo. Podía caminar hacia atrás para agarrar vuelo y decir “ahora vas”.

Corrí con fuerza, con toda la que tengo, hasta el borde y salté. Mi cuerpo cayó en el agua y al salir a respirar estaba en otro lugar. Fue una noche larga que interrumpieron los primeros rayos del sol. Una de purificación.

 

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