1 marzo, 2017

I. De sombras

“A que no te atreves…” retó Pablo frente al trampolín más alto del balneario El reino de Atzimba y yo, que había crecido tratando de demostrarle a mi hermano mayor, y su amigo Pablo, de que no era cobarde, salí del agua y caminé rumbo a las escaleras.

Esa mañana salté, sin darme cuenta de que Pablo, tenía pavor a las alturas. Lo descubrí cuando dije “ahora vas tú” y me ignoró. Salté sin pensarlo. Reaccioné cuando mi cuerpo traspasaba el agua. El impacto me desacomodó el traje de baño y revolvió agua de manantial con cloro por cada recoveco. El sentimiento se me impregnó.

Años después, bajo la caída de las cataratas Victoria, trepé una lancha inflable que a los pocos segundos volcó. Fueron segundos desesperantes bajo el agua antes de volver a respirar. Bajamos el río, remando y luchando contra sus aguas blancas, cruzando cañones y algunos cocodrilos nadando contra corriente.

En un área donde el flujo también descansaba, había una piedra de seis metros de altura. “¿Quién saltará?” Preguntó el guía y varios respondimos “yo”. Subimos y esperamos nuestro turno. Cuando mis pies tocaron el borde me congelé. Pensé, dudé y me retracté. Los ya caídos gritaban desde abajo “¡Salta!”. Esperé. Poco a poco regresé hasta tocar el agua sin brincar.

El miedo se quedó. Cuando en la sierra huichola, en el poblado de San Andrés Cohamiata, durante los festejos de semana santa, me ofrecieron peyote, no pude negarme. Era tan poco que juré no detonaría mis sentidos. Pero lo hizo, y entre cantos, cuerdas de violines, rezos y sacrificios animales, el brillo de las estrellas se pintó multicolor.

De regreso en la habitación, una cabaña con varias camas, cerré los ojos para abrirlos en otra dimensión. Una de líneas, colores y movimientos infinitos. Como sentarse sobre una fecha que poco después disparó. Era testigo del movimiento del universo y podía elegir hacia dónde viajar. Un paseo entre luz y oscuridad.

Escoger lo que se quiere ver y cómo verlo. Estaba de regreso sobre aquella piedra del río Zambeze. Veía mis manos, pies, piernas. De cerca, desde el suelo y desde el cielo. Podía caminar hacia atrás para agarrar vuelo y decir “ahora vas”.

Corrí con fuerza, con toda la que tengo, hasta el borde y salté. Mi cuerpo cayó en el agua y al salir a respirar estaba en otro lugar. Fue una noche larga que interrumpieron los primeros rayos del sol. Una de purificación.

 

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