24 febrero, 2016

De tierra cobriza

Rumbo a Uruapan la tierra torna cobriza. Está agrietada, el agua ha marcado su paso. Nos rodean plantaciones de aguacate, frambuesas y otras vallas. El verde es brillante. “Allá están los cañaverales”, comenta Antonio.

Aguilillas planean la meseta. Estamos en balcón a Tierra Caliente. A lo lejos, el cerro del Cobrero. Sobreviven pinos aunque predominan árboles de mango y plátano.

En el centro de Uruapan, en un restaurante con techo de troje y balcón con vista al monumento a los Mártires, nos espera don Pacheco. Usa camisa y chaleco. Los meseros lo conocen, tiene la destilería más antigua de la región. Le pregunto por su legado destilero. “Me viene de familia” responde. Su abuelo tuvo una hacienda. Producía café, aguacate criollo y caña de azúcar. Con la caña hacían aguardiente. “El campo daba tanta caña que era difícil caminar por los cañaverales”, recuerda.

Su familia es michoacana. Su abuelo estudió en el seminario en Zamora y fue amigo del General Francisco J. Mújica, “izquierdista más que cardenista”. Aprendió a destilar haciendo mezcal pero en tierra cobriza no habían agaves así que comenzó a crear aguardiente de caña, luego ron. Fue uno de los primeros. Su padre trabajó como ingeniero constructor de los ferrocarriles. Al morir el abuelo heredó la tradición y el negocio. Entonces construyó un segundo piso en la fábrica y se mudó arriba.

Entre 1945 y 1948, la zona de Caracha se tornó violenta. Se mataban como consecuencia de la repartición de las tierras. Todos querían lo que al otro le había tocado. La familia de don Pacheco se mudó a Uruapan y poco a poco enajenaron a la ciudad con su producto.

La urgencia se contagió. De la sierra bajaban a comprarle. Don Pacheco recuerda a José Páramo, un cliente que llegaba en burro. Al principio cargaba dos o tres barrilitos. Los llenaba y llevaba hasta el bajío. Luego llegaba con treinta o hasta cuarenta mulas. Eran los camiones de antes, tampoco había caminos.

José Páramo les regalaba guajolotes. Siempre lo acompañaba un baúl con billetes y naftalina, para que no se los comiera la polilla. Don Pacheco recuerda que el olor se impregnaba por toda la casa. “Oye compadre, ¿nos echamos una?”, le decía Páramo a su padre. La comadre siempre se enojaba. Don Juan Páramo dejó de comprar el día que murió.

Don Pacheco vivió su infancia entre cañaverales, alambiques y medidores de alcohol. Su destilería lleva más de cien años trabajando ininterrumpidamente. Me explica que la caña se entierra horizontal pues cada cañuto tiene una especie de almendrita, es la semilla, el hijo de la caña, se planta en la tierra y empieza a salir. Si florea la caña se seca. La zafra es una vez al año en época de sequía.

Pedimos arrachera y queso Cotija al centro. “El ron se acompaña con carne”, nos dice don Pacheco. Al fondo se escuchan los niños que juegan en la plaza. Por la ventana entran los rayos del sol. “¿Saben qué significa Ziracuaretiro?”, retoma la conversación. Es una palabra Purépecha. Así se llama uno de los pueblos aledaños a Uruapan. “Dónde acaba el frío y comienza el calor”, remata y mastica un trozo de carne.

El piso es el mayor tesoro de la región. La caña tiene un sabor especial. Ha crecido en tierra cobriza, rica en nutrientes. Cada hectárea da cien toneladas de caña. “No hay razón para ponerle nada de nada más por eso no da cruda”, ríe y concluye, “somos privilegiados”. La zona está rodeada de volcanes, minerales y por la altura sobre el nivel del mar la caña retiene más azúcar. Para su producción utilizan agua de manantial del Parque Nacional de Cupatitzio; de la cascada de la rodilla del diablo. El agua define la destilación. La calidad está en la materia prima.

Le pregunto ¿cómo se destila el ron? Primero se fermenta el piloncillo o melaza, el resultado de moler la caña. En el ingenio, al jugo de caña le agregan cal, de esa forma cuaja y no se fermenta. El piloncillo se hacía en las haciendas para guardarlo en tiempo de lluvias que no podían moverse por los cañaverales.

La mayoría de los rones están hechos con melaza. Don Pacheco descubrió que si agregaba un toque de guarapo o jugo de caña el sabor era sorprendente. La melaza es ligeramente amarga comparada con la dulzura del jugo de caña. Si se elabora con puro guarapo el ron sabe ligeramente amargo. La melaza es más olorosa. En su destilería se hace el único ron continental que combina los dos.

La melaza se fermenta en tinas gigantescas de acero inoxidable. La materia prima y el tipo de levadura se refleja en la burbuja de la fermentación. Para destilar utiliza alambiques de columna. Gigantes de acero inoxidable. Entre más altos, el resultado será más puro, limpio, con olores y sabores particulares.

En una servilleta don Pacheco dibuja y me explica cómo funcionan. Antes, su abuelo, usaba alambiques de cobre. Quitaba las cabezas y colas, lo primero y último de la destilación, pues arruinan el olor y sabor. El corazón de la destilación se vuelve a destilar. El resultado es un ron blanco, cristalino, favorito de don Pacheco.

Para añejar utiliza barricas de Bourbon. Durante tres, siete o quince años, el ron descansa. El sabor proviene en parte de la barrica. Entre más añejo, más se distinguen ciertas notas. Con el tiempo su producción ha mejorado pero el secreto viene de familia.

Al terminar de comer salimos a pasear por los portales que rodean la plaza. En un barecito don Pacheco se sienta a tomar aire y pide un ron Aconte blanco. Yo otro pero lo pido solera, reposado. Sabe a mieles, flores y maderas. Mismo perfume en aroma y paladar. A nuestro alrededor cuelgan fotografías de cañaverales y el cerro del Cobrero al amanecer. Un niño nos interrumpe corriendo. Es uno de sus nietos que al saludar brinca sobre él. Don Pacheco ríe, toma el vaso y me desea salud.

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17 marzo, 2015

Vigilia

Nazario era un niño cuando Lázaro Cárdenas repartió las tierras de las haciendas en Michoacán. “Tu te robaste cincuenta metros” y por eso, Julio reventó tres plomazos en la cien de Hermenegildo. Nazario lo vio. También cuando otros dos se balacearon porque a uno le tocó el río y el otro no tenía agua.

En una encurcijada conoció a José Barriga. Se le había escapado una mula y Nazario la enlazó. Barriga notó que el joven era huérfano y fuerte así que lo invitó a unirse en su camino. Compraba aguardiente en tierra colorada, cargaba treinta mulas con barriles y los vendía por tierra caliente y el valle de los lagos.

Los borrachos lo conocían. Al ver llegar sus mulas se organizaban. Prendían fogatas, tocaban música y él les vendía arguardiente. Todo el pueblo asistía. Primero reían y bailaban, luego se peleaban y dormían. Barriga no tomaba, servía trago y cobraba billetes. A lo lejos, Nazario cuidaba de las mulas, los barriles y los baúles llenos de billetes con naftalina para que no se los comiera la polilla. Por el día caminaba y José Barriga descansaba sobre una mula. Por las noches debía estar atento a los ladrones. Casi no dormía.

Una noche, Nazario vió a una muchacha y quedó embrutecido. Iba sola. Dejó las mulas, el cargamento y fue tras ella. Entre las sombras la llamó con un chiflido. Ella se acercó y con un costal le cubrió la cabeza. Gritó. Nazario intentó cerrarle la boca, taparle las narices y al no medir su fuerza le tronó el pescuezo. La música disfrazó el encuentro.

Comenzó a sudar. Sobre los hombros se hechó el cuerpo encostalado de la joven y corrió hacia lo más oscuro. Metió una mano al costal y tocó su rostro. Era suave, algo que nunca había sentido. La llevó hasta las mulas. Barriga no había notado su ausencia y seguía vendiendo bebida.

Un impulso lo guió al río. Casi se topa con una pareja. Sumergió el cuerpo. La corriente hizo que lo perdiera de vista.

Al salir el sol Barriga contaba los billetes recién ganados y guajolotes que le habían intercambiado durante la noche. Con un grito despertó y exigió a Nazario preparar las mulas. Era la primera vez que se quedaba dormido.

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2 diciembre, 2014

De cascarita

“¿Una cascarita?” la invitaron sus primos y Feliciana aceptó. Al medio tiempo se tomó una cerveza para refrescarse del sol del mediodía michoacano. Era la mañana de la noche de muertos. El campo olía a flor de cempazúchil.

En el segundo tiempo Feliciana metió gol. Poco después, en un movimiento brusco, se torció el tobillo. “Eso pasa cuando rebasas los veinte”, pensó y se sentó a beber otra cerveza. Había escuchado los ligamentos tronar. El dolor crecía y el tobillo se hinchaba. Sus primos siguieron jugando. Ella cojeó hacia la cocina por un poco de hielo y en su cuarto reposó con el pie hacia arriba.

Acostada cerró los ojos. A lo lejos escuchaba el partido e imaginaba el campo, el cerro, su cielo y olores. Entre suspiros escuchó el motor de un auto a lo lejos. Imaginó sería algún tío, la familia se reuniría para comer.
Oyó voces desconocidas. Las ignoró. Un disparo le abrió los ojos. Luego otro y otro más. Saltó de la cama impulsada por el tobillo lastimado. En un segundo llegó a la ventana desde donde podía ver el jardín donde sus primos jugaban futbol. Estaban todos, atravesados, tirados. El auto se alejaba.

Días después la hinchazón había desaparecido pero el tobillo era azul oscuro. Su estómago, lleno de ácido. Su odio se había convertido en venganza. El juego la perseguiría hasta el día de su muerte.

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13 marzo, 2014

El tío Lolo

Vendedor de sombreros. Santa Clara del cobre, Michoacán

Al tío Lolo lo conocí en Zacán Michoacán. Crea y vende sombreros. El día que lo retraté los ofrecía por ciento cincuenta pesos.

 

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7 enero, 2014

Santo y seña

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Aquella mañana fuimos cuatro los que abordamos el autobús rumbo a Michoacán de Ocampo pero sólo yo bajé en Sahuayo. Bajo el retrovisor colgaba la imagen de un niño con jeans, camisa blanca, una palma y una cruz en la mano.

Desde la gran ventana de mi habitación la plaza principal era un popurrí. Los hombres con cachuchas y montados en sus pick ups, circulan alrededor y pistean con el volumen a todo lo que la bocina da. Las señoritas, uniformadas con tacón, moños y colores radiantes platican bajo los portales y ríen de los varones que andan como pavorreales creyendo que con decibeles y ruedas, en vez de crines y cola, las pueden entusiasmar. Se escuchan caballos. Niños corren y juegan por los senderos y el quiosco, mientras tratan de subir la estatua de Morelos. Sus padres los observan mientras saborean quesadillas, tostadas, tacos, garbanzos y birria que ofrecen los puestos de alrededor. En las bancas, los más viejos con sombrero, se bolean y platican.

Me despertó la voz del Buki, héroe nacional, probablemente más conocido que Melchor Ocampo en su estado. “Hasta las bocinas despiertan temprano” pensé y renuncié a la almohada. Caí en El Recoveco a desayunar. En las paredes colgaban fotografías del pueblo a finales de los veinte, plena guerra cristera. Panchito, el mesero, describió a la ciudad como alegre, con mucha fiesta y mucho trabajo. Sobreviven pocas casas de un nivel, ventanales grandes, herrería y patios centrales como las que mostraban las fotografías del restaurante. La mayoría tienen doble nivel, mosaicos, canceles dorados, cocheras y patios delanteros; huella de los paisanos que se van al otro lado. En una pared encontré pintada la imagen del niño que colgaba del retrovisor. Eran los restos de la que fue su casa. Su nombre: José Sánchez de Río, el niño mártir que el 28 de marzo de 2013 cumplió cien años de haber nacido.

Me dirigí hacia el gigantesco Cristo de cantera arriba del cerro; santuario a Cristo Rey. Ascender simuló un vía crucis. El sol de Sahuayo agota. La gente se sienta a tomar el fresco con la puerta abierta y no quita ojo de los penitentes que suben cientos de escaleras. En las casas con patio las mujeres fabrican guaraches y sobreros. En el templo estaba la imagen de niño acostado, Joselito, con jeans y descalzo. “Las patrullas” me dice una niña, “mírale las patrullas” y me señala las plantas de los pies, cortadas y sangradas. Detrás, una repisa dorada retacada con cartas, fotos y juguetes de todo tipo: carritos, peluches, muñecas, pulseras, dulces. Hurgué entre las cartas colgadas que describen los milagros atribuidos al niño. “Le hemos tenido que quitar milagros porque ya no caben. La gente llega ¿qué dónde los ponemos? ¿dónde?”, terció Oscar, el sacristán. Le pregunté por el padre; quería saber más sobre el niño.

Intercepté al padre Marco Antonio en el estacionamiento. Al no ser de ahí conocía poco del niño pero me mandó cerro abajo con el padre José Luis. Los sacristanes me describieron cómo llegar a su calle y en qué portón tocar pues los sahuayenses usan más las descripciones que las direcciones.

El padre José Luis me recibió en su sala donde una imagen de Joselito, de casi un metro, rodeada de carritos de juguete es el adorno principal. Me ofreció un vaso de agua y se sentó en el sillón, soltó el cuerpo y comenzó a hablar de la ley Calles que rigió a finales de la década de los veintes y que “quiso hacer como un control de la iglesia.” Tengo que explicarte esto, agregó, para que entiendas el resto.

“Para contrarrestar el poder que en ese tiempo tenía la iglesia, el presidente prohibió las celebraciones eucarísticas en lugares públicos así como exigió a los curas registrarse. Como reacción, los obispos deciden que no habrá misas y los sacerdotes abandonan las iglesias. El cierre de las iglesias no fue por orden de Calles.

“Cuando la gente ve esto comienza a reaccionar. Calles se molesta por la respuesta de los obispos y dicta que el sacerdote que celebre se va a atender a las consecuencias y comienza una persecución religiosa. Calles cerró las obras que involucraban a la iglesia como asistencia en hospitales, escuelas y conventos. La gente se molestó, protestó y comenzaron los enfrentamientos.

“En Sahuayo un grupo pequeño se levantó en armas para defender su fe contra los soldados federales que habían llegado a supervisar la ejecución de la ley. Un hermano de Joselito se unió al grupo. Los jóvenes se despedían con una carta, pocos regresaban con vida. Andaban en la región, entre cuevas y cerros. Joselito quería ir con su hermano pero su mamá no lo dejaba porque tenía trece años y “no podía ni con el rifle.” Junto con un amigo fueron a buscar al general de Cotija y le pidieron formar parte en la lucha. El general los admitió y lo nombró encargado de la bandera y los toques de guerra. Joselito no portaba armas. En un enfrentamiento en Las Moras, por Cotija, al general le mataron su caballo. Joselito le dio el suyo y los federales lo agarraron prisionero. Se lo llevaron a Cotija y al día siguiente a Sahuayo.

“Joselito tenía un padrino de primera comunión que se llamaba Rafael Picaso, era diputado federal y uno de los ricos del pueblo. Todos esperaban que lo liberara. A cambio le pidió a su padre cinco mil pesos de oro. Su padre se fue a Guadalajara a conseguirlos. A Joselito lo aprisionaron en la parroquia del centro, la de Santiago apóstol, dentro de un bautisterio ahora remodelado y transformado. La iglesia se había convertido en el cuartel de los soldados, ahí guardaban los caballos, la pastura y gallos que peleaban. El padrino era muy aficionado a los gallos de pelea y a los buenos caballos. Una noche dejaron que Joselito estuviera suelto pues con la puerta cerrada no podría escapar. Cuando se durmieron los soldados, Joselito agarró los gallos favoritos del padrino y los mató, les dio vuelta y les cortó el pescuezo. Dicen que tenía un caballo fino con el que el padrino se paseaba, dicen que también se lo golpeó y con un tenedor le lastimó los ojos. Eso no consta en la historia pero los gallos si. Enfurecido, el padrino decidió matarlo.

“Los soldados no intervinieron, fue una cosa del pueblo. Picaso tenía un grupo de amigos, les decían La Acordada, era gente de la zona que ejecutaba sus ordenes. Ellos sacaron a Joselito y se lo llevaron lejos de la plaza, evitando a los curiosos, y lo martirizaron. Le cortaron las plantas de los pies y lo hicieron caminar hasta el panteón. Lo picaron con unos cuchillos en las piernas, en la espalda y mientras él gritaba ¡viva Cristo Rey!.

“En el panteón los esperaba el camposantero. Un hombre, al que le decían el zamorano, le dio un balazo en el cráneo y lo echaron a un pozo. El camposantero le contó a un tío de Joselito. Regresaron al pozo, le pusieron una botella con su nombre y lo volvieron a enterrar. Ahí duró de 1928 hasta 1954 que su madre junto con un grupo de amigas rascaron la tierra, lo sacaron y metieron a las catacumbas del sagrado Corazón, otra de las cuatro parroquias del pueblo.

“En la memoria colectiva sobrevivió la historia del niño mártir que nunca renunció a su fe. Un grupo llamado los Caballeros de Colón decidieron juntar testimonios del niño y se los presentaron al obispo. Descubrieron que sí había material para abrir una carta de canonización e inició el tribunal para la beatificación. El caso llegó a Roma donde teólogos, médicos y jueces lo vuelven a revisar. El proceso debe pagarse. Ellos te dicen yo te lo estudio pero ¿tú vas a pagar?.” La figura de Joselito parece observarnos. A lo lejos escucho la voz de las hermanas del padre. Viven en la casa contigua comparten patio. El padre continúa.

“Los Caballeros de Colón pagaron una parte. Debían reunir como doscientos y tantos mil pesos. Una cuñada de Joselito aportó con cincuenta mil pesos, los hijos de la cuñada otros cincuenta mil y el resto lo juntaron entre los pobladores de Sahuayo. Organizaron y rifaron cinco automóviles que financió la Volkswagen de la ciudad. Sacaron para pagar los autos y quedó dinero que utilizaron para adornar la iglesia con flores, contratar un coro y pagar los viáticos del cardenal que llegó de Roma para el día de la beatificación.

“Esta imagen…” señala la de Joselito, “y otra que ahora esta en Tingambato, las mandamos a hacer. La gente lo recibe en gran procesión, lo pasean por cada barrio. Va gente de Uruapan, Morelia y toda la ranchería a verlo. Tiene un pegue muy grande. Yo al principio empecé a hacer estas imágenes, primero salieron carísimas porque había que mandar a hacer el molde, nadie lo conocía, nadie sabía cómo era, nosotros lo tuvimos que inventar. Hay dos fotografías de él. Fui con el artesano y le digo mira quiero a un niño que se parezca a este más o menos dibújamelo, que parezca de trece o catorce años. Pero padre, sale muy caro el molde y luego no se va a vender. Es que te las voy a comprar todas. Por eso no hay imágenes en el mercado porque salen muy caras pero yo creo que a raíz de que se canonice empezará más grande su fe. Ya hay un milagro aprobado por Roma, de una niña de aquí. Por el boulevard hay un restaurante de mariscos, a una nieta del dueño.”

De regreso al hotel atravesé la plaza principal; ombligo de la ciudad. Pensaba en los milagros y la vida que ha adquirido el pasado en ese lugar. Aparte de la música de los coches esa noche habían prendido un altavoz. “Bienvenidos a su tierra, Sahuayo Michoacán” repetía el hombre mientras cientos de personas se sentaban frente a él esperando que algo mágico sucediera. Mi sorpresa fueron pollos vivos pintados de colores para que jugaran los niños, globos, burbujas, rehiletes, loterías y niños disfrazados con carrilleritas de papel y carabinas de madera. Esa historia es parte de su cultura.

La luz brilló a las seis del nuevo día, las campanas de la parroquia repicaron, los pájaros de la plaza afinaron y el cielo se prendió charanda, como la tierra de esa ciénega hasta donde alguna vez llegó el lago de Chapala. El calor volvió a amenazar. De camino al mercado pasé por la parroquia de Santiago, patrón del pueblo. Otra vez me recibieron fotos, juguetitos, pelo de niñas como ofrenda, aretes, dulces, chicles y esclavas alrededor de la imagen del beato. “Es muy taquillero, urge que lo hagan santo”, opina un hombre ante un grupo de turistas. Desde su beatificación cada vez más personas visitan Sahuayo. Entre susurros de rezos un hombre comenzó a entonar un corrido sobre el niño. “Viva cristo rey”, gritaron todos los reunidos al terminar.

Junto al altar principal, en una urna de plata, están sus reliquias. Niños, jóvenes y ancianos pasan, se persignan. “Se le toca tres veces y le dices: escucha lo que yo te pido. Tienes que ser sincera, él escucha y concede” me asegura una mujer que termina de rezar. Salimos juntas de la parroquia. Me pregunta a dónde me dirijo. “Yo también voy al mercado” y me pide que la ayude a cargar un saco lleno de gelatinas. “Ayer no vine, ya me moría, ¡ay ingrata!, aquí me brincaba y botaba (me señala el pecho), era la presión. Y ya le digo, por eso vengo a pedirle. Él me ayuda.”

Salí del mercado y me interceptó un olor a pan. No me pude resistir a pecar y pedí de dos distintos. Detrás de la canasta de los birotes estaba el poster de la fiesta que cada febrero le organizan al niño Joselito. “Vienen cabalgatas desde Cotija, hasta seiscientos caballos llegan. Allá en Cristo Rey, arriba del toldo, como al año de que lo canonizaron, estaban sus piecitos pintados y manitas. Y acá abajo, en la iglesia de Santiago, tenía sus uñitas llenas de tierra. Incluso esa sábana, dicen, la mandaron para Roma porque quedó llena de tierra, es que se salió a jugar con sus carritos,” confiesa la vendedora de pan. Le pagué y se persignó.

En la calle habían policías vigilando la seguridad. Imaginé que algo parecido deben haberse visto los soldados durante la guerra cristera. Caminé la avenida Constitución con dirección al panteón. Una escultura dorada de la misma imagen del niño con jeans recuerda su lugar de defunción. Sobre la calzada principal tropecé con un pocito tapado, casi a la ras del suelo, con el nombre de José Sánchez del Río grabado. “Estaba seco pero después de su beatificación dicen que volvió a brotar el agua, yo llegué aquí después” me informó un trabajador del panteón, testigo de mi caída. “Es un venero, agua, como cualquier otro venero que pasa por aquí. Le construyeron el pocito, le pusieron su tapa. Toda la gente y las peregrinaciones que vienen ya tienen conocimiento del agua. Lo abren, sacan el agua y se bañan. Y como dicen: la fe ya es de cada persona. También se la toman. Yo procuro tenerlo limpio; llega un momento que como no es mucha agua, se va acumulando la tierra y allí la saca uno sucia. No soy muy apegado a cosas que nos platiquen, hay que ser mas realistas pero el agua si tiene un sabor diferente al que sale en las llaves de las casas,” concluyó el trabajador.

La parroquia del Sagrado Corazón estaba en reconstrucción. Esquivé los bloques de mármol nuevo y pregunté a los albañiles por la entrada a las catacumbas. Uno le chifló a un joven que descansaba sobre una banca en el atrio. El niño con guarachitos se acercó. Se presentó como José, tenía catorce años de edad, era monaguillo, franciscano y ese día no había ido a la escuela pues había junta sindical de los maestros.

Las catacumbas son cuartos conectados por túneles. Se construyeron debajo de la iglesia cuando estaba ocupada por los soldados del gobierno federal. Dentro celebraban misas pero nadie dormía por falta de aire. Los túneles, ya clausurados, llegaban al convento (ahora escuela) frente a la parroquia, al asilo, a la casa social, a la parroquia de Santiago en el centro y a algunas casas de gente rica. José conocía el camino y me guió dentro de las catacumbas. Iluminadas y decoradas con nuevas criptas y jarrones las conservan para recordar mártires cristeros y otras figuras religiosas.

“En primer lugar esta la madre Cuca” indicó José al señalar un ataúd con tapa de vidrio y con un esqueleto al interior medio cubierto por una manta. La mujer había sido catequista. Me cuenta que tenía un diablito con uñas largas y al que no sabía las respuestas lo rasguñaba, le daba una coronita de espinas y un latiguito para que los llevara desde su casa hasta el catecismo. Dentro se respira humedad y las sombras son parte de los objetos de colección. En una esquina encuentro una urna de madera rota, la cripta de Joselito por casi cincuenta años después de ser exhumado del panteón. “Un día trajeron un papel que decía que se lo tenían que llevar pero eso ya es problema de padrecitos. De que uno se quiso llevar los restos para acá, otros para allá,” opina José. Junto se encuentran los restos de otros veinte mártires. “Dicen que el día que murieron fue uno de los más tristes de Sahuayo, se oían puros balazos. Después de la matanza calló un tormentón que formó ríos de sangre por las calles del centro y cerca de la parroquia, llevando los cuerpos hasta un árbol de jacaranda dónde se cubrieron de flores y eso conmovió tanto a los espectadores que paró la guerra cristera.”

Al salir del subsuelo le pregunté a José si conocía a la niña del milagro. “No, nomás vi en facebook que los que fueran testigos de un milagro de la intervención de Joselito que mandaran sus datos para que ya lo canonizaran,” respondió y sonrió.

El canijo sol hacía de las suyas así que busqué refresco y refugio. El bar diablos rojos me lo ofreció. Más que cantina parecía reliquia. Los muebles de madera ponen en claro sus más de cien años y sostienen fotografías de santos y antiguos dueños, uno de ellos fue el padrino que mandó matar a Joselito.

Al recepcionista del hotel le pregunté por el restaurante en el boulevard que sirve maricos y cuyo dueño es abuelo de la niña del milagro. La conocía. Me indicó “vive a pocas cuadras.” Sin invitación me atreví a tocar. Rocío, abuela de Lupita, la niña del milagro, respondió. Ni su hija Paulina ni su nieta se encontraban. Esperé en la sala. Platicamos hasta que la puerta se abrió y una niña como de cuatro años entró corriendo y gritando por el pasillo, era Lupita. Me observó y por orden de su abuela me saludó. Paulina entró después y doña Rocío cedió la palabra a su hija. La niña nació en Estados Unidos. A los pocos meses regresaron. Lupita se puso mal y le diagnosticaron neumonía. Pasó un mes hospitalizada en Sahuayo, luego en Aguascalientes. No podía respirar. Le limpiaban el pulmón pero al poco tiempo recaía. A los cinco meses de haber nacido le quitaron un pedazo de pulmón.

“Te vas a impresionar con las fotos” interrumpe doña Rocío que escuchaba atentamente lo que Paulina me platicaba. Paulina va por una laptop mientras Lupita juega con un pizarrón mágico en el suelo. “Mira, aquí estaba malita. ¡Ay, esta chaparra! Pero nunca perdió su sentido, estaba riendo a pesar de que estuviera malita. Entraba a terapia intensiva y le cantaba y le rezaba y le platicaba y ella me apretaba el brazo.” Después de la operación Lupita no mejoró. Una noche convulsionó siete veces. Después le dio un paro respiratorio. Los doctores le dijeron a Paulina que su hija estaba en estado vegetal. Entró a verla y le puse una oración de Joselito en la pared y comenzó a rezar. Paulina es joven, ella sola se ha encargado de Lupita. Cuando la visitaba se arreglaba y maquillaba pues no quería que si despertaba la viera fea. Antes de que la desconectaran le dijo al doctor que le había prometido a su hija estar a su lado en el momento de su muerte. El doctor no quería pero lo convenció. Al desconectarla Lupita despertó, miró a su madre, movió las piernas y balbuceó.

“La desconectaron para que viviera” añade su abuela. Pasó tres días en observación. Nadie podía creerlo. Según estudios anteriores el noventa por ciento de su cerebro estaba muerto, los nuevos resultados demostraban que había recuperado el ochenta por ciento. Lupita seguía jugando junto, parece no sorprenderse con lo que me cuentan. No sabían si sufriría secuelas. Al año comenzó a pronunciar sus primeras palabras y al año dos meses a caminar. Paulina nunca usó carriola, quería cargarla por todo el tiempo que no pudo hacerlo durante su hospitalización. Como consecuencia de la operación del pulmón le quedó un chillido, como cuando rechina una puerta a la que le falta aceite, describió Paulina. Así que agarró una estampa de Joselito y lo retó, “si eres tan milagroso y ya me hiciste mi milagro ¿qué te cuesta hacerme este otro que no es nada? Si eres tan cierto, demuéstramelo y quítale eso que trae.” A la mañana siguiente el chillido había desaparecido.

“No fue coincidencia, fue diosidencia” concluyó doña Rocío. Años después sintieron escalofríos, percibieron olores y sucesos que atribuyeron a Joselito. La historia de Lupita se ha popularizado, la visitan periodistas y peregrinos.

Regresé a El Recoveco donde Panchito me esperaba con un mancha manteles. En la mesa de junto una pareja hablaba sobre una balacera producto del narcotráfico y un cura desaparecido. Volví a observar las fotos del pueblo durante la guerra cristera, a la que ahí llaman revolución. Quise platicar con alguien que había visto el pasado, ese pasado que en los caminos ronda vivo.

Doña Gracia me recibió junto con su hija, su nieta y su bisnieta. Cuatro generaciones de mujeres Sahuayenses, todas sentadas me miraban. Doña Gracia vestida de rosa y con dos trenzas blancas como guirnalda sonríe. Sus oídos la traicionan pero su memoria no. La televisión está prendida, es su fiel compañía. Le pregunto sobre los años de la revolución cristera. “Estaba como esta niña” responde refiriéndose a su bisnieta que corre alrededor e interrumpe para contarnos chistes. Por momentos guarda silencio y recuerda. “Lo poquito que sabe uno porque uno no sabe nada. No sé leer ni nada, nada más al pensamiento.

“En el rancho no habían escuelas, no había nada, me la pasaba jugando allí, nomás los rancheritos que vivíamos ahí. Los cristeros andaban en el cerro y el gobierno en los pueblos. A los cristeros era los que colgaban. Una vez los sacaron de una cueva, andaban mate y mate gobierno, les echaron alrededor de la cueva costales de puya prendidos, murieron como dieciséis. Joselito se fue pues como se observa en la familia chica, con los amigos. Se juntaba la manada a platicar, ¡chicos ¿qué? vámonos! y se iban y a esos los agarraron por chicos.

“Una estaba triste. Ellos en una falda, el gobierno en la otra y uno en medio. Te pasaban balas ring, ring, ring, por donde quiera y tu allí. Luego prendieron el rancho, casas llenas de garbanzo y de maíz. Al rancho le dieron fuego que porque creían que ahí se hacían comiendo los cristeros. Dieron de plazo dos horas para que desocupara la gente. En un rancho tanto miraba uno a una gente de un partido como otro porque llegaban a las tortillas o a comer o a lo que sea. Salían aquellos y entraban otros. Eran cientos de gente que andaban (juntos), les mataban puercos. Tropas y tropas llegaban de donde quiera al pueblo.

“Hay gente que no calla y no toda la gente es buena. El gobierno era de afuera, de pueblos de fuera, llegaban oleadas de gobierno. Colgaban a los cristeros ahí en la plaza y cuando los niños pasaban asustados a la carrera, los pies les pegaban en la cabeza de tanto cristero que colgaban ahí. En un rancho no se usaba como aquí que se arrejuntaban y que vivían juntos, allá puros casaditos, iban padres allá al rancho a casar y se quedaban escondidos en casas separadas por dos, tres días. No había escándalo ni para bautismos ni para nada. Los padres entraban por una puerta y salían por otra, a ellos también los apresaban.

“En el pueblo vivían gobierno como cualquier gente, rentaban sus cuartos para sus familias. Andaban mujeres con sus soldados, se hacían amigas con la gente del pueblo. Nunca anda el gobierno solo.” Doña Gracia volvió a guardar silencio y concluyó, “son tristes y son feas las revoluciones. Mucha gente, bueno de la juventú, dice: yo quisiera ver una revolución. No saben lo que es una revolución. Personas que no se queren, se tienen mala idea, se matan. Es triste y miedosa. Yo si me da miedo la revolución.”

Antes de dejar Sahuayo volví a la plaza principal. La música sonaba, los viejos chismeaban y los niños jugaban. Cerré los ojos e imaginé cómo era esa  plaza cuando olía a muerte. La misma que ahora rebosaba vida.

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