18 noviembre, 2016

Otro cantar

“Daba todo por su público, por eso se lo llevó el corazón”, dice don Moi, sobre Juan Gabriel, junto a la ventana embarrotada del gimnasio Pancho Rosales. Lo iluminan los últimos rayos del sol. Su sombra se debilita. Sus pupilos comienzan a llegar.

Su pasión por los golpes nació hace más de sesenta y cinco años. Junto a su hermano, don Moi escapaba al gimnasio Gloria, “algo que se te mete, como un virus que ya no puede salir”.

Era cantante charro y boxeador. Después manager. Así viajó por el mundo. En la inauguración de un teatro conoció a Capulina, “te voy a dar un consejo” le dijo “para ser artista hay que ser un sinvergüenza, que no le dé pena a uno nada y siempre andar bien arreglado, con una joyita en la mano, un buen reloj y un traje presentable porque como te ven te tratan”.

Siguió su ejemplo. Nunca le gustaron las modas extranjeras, prefiere el estilo nacional. Elegante. Aunque no traiga un peso, aparentar. A sus viajes llevaba sombreros charros chiquitos que regalaba. No entiende por qué los managers de hoy son tan descuidados, mal vestidos y sin personalidad.

Don Moi recuerda a Rodolfo Casanova, Baby Arizmendi, Ratón Macías, Joe Conde y Kid Azteca. “Unos gentleman de corbata y zapatos brillosos. Puños que desde abajo forjaron la época de oro del boxeo mexicano. Pobres, callejeros, hijos de la Revolución. Cuando no tener cicatrices era una vergüenza.

Casanova lo tuvo todo y perdió. Por Tacubaya había una cantina, Las glorias de Casanova. “¡Sírvanme! traiga tragos hasta que se acabe todo” pedía al entrar después de cobrar sus peleas en la Coliseo y la Arena México.

Joe Conde, su mítico rival, siempre portaba traje y sombrero. Rodeaba el cuadrilátero con chaleco y un mono trepado al hombro. Casanova se paseaba con un gran danés. Al enfrentarse, Casanova desesperaba al no entender a Conde que le hablaba en inglés. De boxeador, se hacía un fajador indisciplinado que golpeaba hasta perderse entre frustración y enojo.

“¿Y por qué ya no hay boxeadores don Moi?” le preguntan. “Lo que faltan son entrenadores” responde. “En México, si vas caminando y pateas una piedra te sale un campeón del mundo con cinturón y con los puños listos tirando golpes” solía decir José Sulaimán.

Sus pupilos se acercan y piden que los vende. Son pesos pesados y el golpe es duro. En Buenos Aires, un caballero le enseñó las cualidades de la mano. Entonces se utilizaba manta o popelina que cortaban. Gimnasios de abolengo como el Margarita y el Jordán son ahora oficinas y multifamiliares. Entre los pocos sobrevivientes se advierte extinción.

Los nuevos managers lo sorprenden. Llegan con tenis y shorts y hacen vendajes del asco. Por $800 pesos les venden licencias de la Comisión. Pelean a sus muchachos sin distancia ni disciplina; sin cintura ni piernas. Sin conocimiento. Se lastiman y fracturan las manos. Cuando ha levantado la voz le responden “no digas nada”. “Pero si amas al deporte debes hacerlo legal”.

Dos de sus pupilos se abren paso entre las cuerdas y entran al cuadrilátero. Don Moi, con reloj en mano y zapatos bien boleados, canta el fin del primer round. Bombas de sudor y sangre joven escurren. “La derrota es una batalla perdida” concluye don Moi recordando a Napoleón, “cada día estamos más atrás, sin escuela, y los nuevos que cruzan la puerta se van”.

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