28 agosto, 2017

El palacio vagabundo

Regino caminó durante días entre polvo y bajo los rayos del sol hasta que encontró una llanura verde, con árboles frondosos, perfecta para descansar y protegerse. Se veía sudado, con el pelo mugriento y las uñas cochambrosas. No iba solo, jalaba un carrito donde acomodaba sus chacharitas: pequeños tesoros que había encontrado durante el camino.

Andaba y deliraba. Sabía que llevaba días en lo mismo pero no recordaba de dónde venía, con quién había estado ni si tenía familia. Comía y bebía de lo que escudriñaba. Sólo cuando suplicaba por una moneda, compraba un taco, sus favoritos eran de guisado.

Al toparse con la llanura, Regino se sintió cansado. Un impulso le dijo que era hora de instalarse días, semanas, meses o años. No tenía nada planeado pero debía reponerse, esperar y pensar pues el carrito era pesado y las piernas le temblaban.

Al recostarse sobre el tronco de un árbol soñó que construía algo. Al despertar comenzó por armar una cama con cachos de madera y pliegos de tela de colores que encontró entre los tesoros de su carrito.

Necesitaba protegerse del viento así que levantó cuatro paredes de madera y las cubrió con una lámina. Con los primeros rayos del sol se activaba y observaba su alrededor. Con su carrito, caminaba buscando nuevos materiales de construcción. Poco a poco mejoraba. Todo lo que podía servirle, lo tomaba y guardaba.

Una mañana el carrito se rompió y con un morral y mecates continuó recolectando y cargando. La construcción se hizo más lenta, pesada y ahora le dolía la espalda. Sin importarle, levantó una cocina y un área que llamó “de estar”.

Durante las tardes y noches analizaba sus logros e ingeniaba cómo renovarlos. Quería siempre construir algo nuevo. Crecer. Una tarde, al cruzarse con una mujer de cabello largo y rizado recordó algo de su pasado: a su madre y la que era su película favorita, sobre una niña que al disfrazarse de hombre podía montar a caballo y competir. Lloró.

“Necesito un establo”, se convenció Regino y fabricó uno. Cercó un cacho de tierra y aventó paja para que se viera como el de la película que recordaba: sucio y desordenado. Le faltaban caballos. En otro paseo vio una pequeña silla de montar arrinconada, la tomó y colgó sobre la cerca.

Pasaron meses y la casa de Regino se convirtió en palacio. Tenía jardín de rosas y sala musical equipada con instrumentos de percusión y cuerdas. Tres habitaciones: una para la mañana, otra para la tarde y otra de juegos. También veía ovejas pasearse por el establo pues nunca encontró caballos.

Regino había logrado lo que nunca, ni en sus mayores alucines, había imaginado. Pero no recordaba más de su pasado y eso le angustiaba. Por las tardes, se sentaba sobre una muralla de piedras cerca del palacio y cerraba los ojos. Llevaba sus rodillas hasta el pecho y abrazaba sus piernas. Entonces se creía una roca cuya memoria algún día se activaría.

Una tarde comenzó a chispear. Nunca había visto nubes tan cargadas. Las gotas se hicieron lluvia y luego tormenta. Tan fuerte que no podía distinguir donde terminaba el suelo y empezaba el cielo.

Regino se resguardó en una de las habitaciones pero al poco tiempo el agua lo inundó. Salió al jardín y entre proyectiles de granizo, descubrió su palacio desbaratado. Corrió y trepó a las ramas de un árbol hasta que días después pasó la lluvia.

Cuando el sol despuntó Regino observó las ruinas. Por fin veía con claridad. Los muros eran  botellas apiladas. Las rosas del jardín, ramos rotos y marchitos, envueltos en plástico. Los instrumentos estaban enmohecidos, carcomidos por el olvido. Cientos de cajas de leche y bolsas de comida chatarra lo rodeaban. Las ovejas eran de plástico, pequeñas, sin ojos ni patas.

Caminó a la muralla donde por las tardes se sentaba y volvió a abrazarse. Inerte. Estaba en los jardines de un museo de la ciudad. A lo lejos, lo esperaba un horizonte de edificios, risas y gritos. Regresó a las ruinas, tomó el morral empapado y se lo colgó al hombro. Volvió a caminar sin rumbo, recolectado cualquier objeto que le diera una pista de lo que fue su pasado.

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1 marzo, 2017

I. De sombras

“A que no te atreves…” retó Pablo frente al trampolín más alto del balneario El reino de Atzimba y yo, que había crecido tratando de demostrarle a mi hermano mayor, y su amigo Pablo, de que no era cobarde, salí del agua y caminé rumbo a las escaleras.

Esa mañana salté, sin darme cuenta de que Pablo, tenía pavor a las alturas. Lo descubrí cuando dije “ahora vas tú” y me ignoró. Salté sin pensarlo. Reaccioné cuando mi cuerpo traspasaba el agua. El impacto me desacomodó el traje de baño y revolvió agua de manantial con cloro por cada recoveco. El sentimiento se me impregnó.

Años después, bajo la caída de las cataratas Victoria, trepé una lancha inflable que a los pocos segundos volcó. Fueron segundos desesperantes bajo el agua antes de volver a respirar. Bajamos el río, remando y luchando contra sus aguas blancas, cruzando cañones y algunos cocodrilos nadando contra corriente.

En un área donde el flujo también descansaba, había una piedra de seis metros de altura. “¿Quién saltará?” Preguntó el guía y varios respondimos “yo”. Subimos y esperamos nuestro turno. Cuando mis pies tocaron el borde me congelé. Pensé, dudé y me retracté. Los ya caídos gritaban desde abajo “¡Salta!”. Esperé. Poco a poco regresé hasta tocar el agua sin brincar.

El miedo se quedó. Cuando en la sierra huichola, en el poblado de San Andrés Cohamiata, durante los festejos de semana santa, me ofrecieron peyote, no pude negarme. Era tan poco que juré no detonaría mis sentidos. Pero lo hizo, y entre cantos, cuerdas de violines, rezos y sacrificios animales, el brillo de las estrellas se pintó multicolor.

De regreso en la habitación, una cabaña con varias camas, cerré los ojos para abrirlos en otra dimensión. Una de líneas, colores y movimientos infinitos. Como sentarse sobre una fecha que poco después disparó. Era testigo del movimiento del universo y podía elegir hacia dónde viajar. Un paseo entre luz y oscuridad.

Escoger lo que se quiere ver y cómo verlo. Estaba de regreso sobre aquella piedra del río Zambeze. Veía mis manos, pies, piernas. De cerca, desde el suelo y desde el cielo. Podía caminar hacia atrás para agarrar vuelo y decir “ahora vas”.

Corrí con fuerza, con toda la que tengo, hasta el borde y salté. Mi cuerpo cayó en el agua y al salir a respirar estaba en otro lugar. Fue una noche larga que interrumpieron los primeros rayos del sol. Una de purificación.

 

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7 enero, 2017

Knockout

“¡Nadie me venda, sé cómo!”, exclamó Omar “dedos, nudillos y muñecas”. Lo hacía bien. Desde chico. “El que no se venda no sabe boxear” le repetía su padre quién sin vendar ni boxear, sólo observaba. Aficionado puro.

Esa tarde, antes de subir al cuadrilátero, lo hizo un kieveño. Omar se quejó. Sentía los nudillos apretados y le faltaba colchón. Lo hizo con señas pues no hablaba ucraniano ni ruso y en Kiev nadie conocía el español.

Omar era mexicano. De la capital. Había crecido entre rastros, vecindades y primos. Entrenaba desde chico y en la adolescencia lo firmaron como boxeador.

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Ganaba. Esa tarde la victoria se disputaba a las afueras de Kiev, en unas ruinas que le habían descrito como un “centro comercial”. Dionisio, su promotor, masticaba el inglés y se daba a entender con unos cuantos.

No logró corregir el vendaje y, entrenado para resistir, se puso los guantes y mentalizó. Le pegaría duro al “pinche ruso”, su contrincante, como sabía, lo fintaría y cansaría hasta knockear. Quería tirarlo y dejarlo abajo hasta que las campanas del jurado marcaran su derrota.

Lo dibujó tan bien que lo logró. Al ver a su contrincante tirado uno de los jueces subió y comenzó a gritar por el altavoz. Emocionado, pronunció “Omar Arizmendi” de tal forma que ni él entendió que lo declaraba triunfador.

El promotor estaba feliz. Le entregó unos billetes, una medalla dorada y un boleto de regreso en tres días. Lo vería en el aeropuerto. Volarían a Moscú y de ahí a Los Ángeles. Apalabrarían algunos contrincantes gringos y de regreso a México.

Omar tenía tres días de descanso y un cuarto de hotel pagado con la dirección y estación de metro más cercana escrita en un papel. Era joven, con sed de adrenalina y desproporciones.

Dejó las instalaciones. Caminó por la calle entre edificios gigantescos en busca de un bar. Todos eran más altos, más blancos.

Una pareja lo interceptó. Estaban borrachos. Lo habían visto pelear. Imitaban el gancho con que había mandado al otro a la lona. Con unas señas Omar comprendió que lo invitaban por unos tragos y aceptó.

El bar estaba en un sótano. Pidieron cervezas locales y otra especie de aguardiente. Omar probó todo lo que le dieron.  Respondía en español a todo lo que comentaban en ruso.

Desde la barra una mujer lo observaba. Pelo largo, ondulado, peinado y rubio. Ojos verdes y maquillaje, labios rosas. Vestía falda y suéter entallado que cubría una figura delgada y pálida. No mostraba acompañada.

Omar quedó prendado. Ella le sonreía y reía. Jugueteaba. Su mirada lo atravesaba y se acercó. Brindaron. En cuanto se agotaban sus tragos ella pedía más. Se entendían con las pocas palabras de inglés que los dos medio macullaban.

Cuando el cantinero marcó el fin de la noche salieron juntos. Omar no soltó su mano y la besó sobre la banqueta. Quería morderla. Ella detuvo un taxi. Bajaron en un hotel y ella lo guió hasta una habitación. En su bolso guardaba la llave.

En el cuadrilátero del amor. Una lucha de poder sin tiempo ni juez. Dormían y despertaban con hambre. Ella salía y regresaba con comida y más alcohol. Ella confiaba en él. Él la entendía.

El tiempo comenzó a preocuparle. Llevaba horas, días de encierro, quimera y pasión. Había perdido más peso que en la pelea y la idea de separarse lo encabronaba.

Sobre la cama le explicó el plan. Parte en inglés, la mayoría en español, usó señas y dibujos sobre una servilleta. Se irían juntos al aeropuerto. Le pediría a su promotor que le comprara un asiento en el vuelo. Se lo pagaría con las victorias de las siguientes peleas. Le daría un porcentaje mayor de la bolsa si era necesario y le costaba convencerlo.

De usar las influencias del promotor podrían quedarse en Los Ángeles. Ella trabajar en un restaurante o como modelo. Él, seguiría su carrera como boxeador profesional y pondría un gimnasio. Luego comenzar una familia.

Ella aceptó. Quedaban pocas horas para la cita con el promotor. Omar debía recoger sus cosas del cuarto de hotel que no había visitado. La besó y le pidió que empacara pues en poco regresaría por ella y en taxi al aeropuerto.

En la calle buscó el papel con la dirección. A una cuadra se topó con la estación del metro. Abordó el primer vagón. Imaginaba su futuro, lo podía trazar. Al de junto le mostró la dirección. Éste le señaló cuándo bajar y cambiar.

Llegó al hotel, tomó su maleta y regresó al metro. Hizo el cambio de línea y bajó en la estación. No era la misma. No encontró el papel. Luego otra y dos más. No reconocía ninguna. Intentó hacer memoria. Recordar en dónde se equivocó. El golpe que no vio.

Omar corrió desesperado entrando y saliendo del mundo subterráneo hasta que sus piernas y el tiempo lo traicionaron. Derrotado se sentó sobre el piso y recargó su espalda. Debía tomar el siguiente vagón al aeropuerto. Aspiró y exhaló con llanto. Su primer knockout.

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18 enero, 2016

El delirio de Bulmaro

A los once años Concepción descubrió cómo se veía un par de testículos. Perseguía sapos en el rancho de su tío cuando su primo le anunció: “te tengo una sorpresa en las caballerizas”. Lo siguió. En el picadero le dijo asómate y ella pegó el ojo a un orificio en la pared. Estaba Bulmaro, caballerango, desnudo con los testículos colgando. Se bañaba a jicarazos, con el agua y en la tina de los caballos.

Su primo reía. Con los años, Concepción también. Bulmaro los asustaba. Era severo. Con piel recia y oscura, bigote mestizo. Cejas pobladas. Frente surcada y uñas desfiguradas. Contaban que antes de tener aquel oficio había vivido en la cresta de un volcán joven “de los ya silenciados”. Dormía sobre arena y rocas que fueron lava. Bebía agua de lluvia y se alimentaba de maíz y gallinas que robaba de campesinos en pueblos cercanos.

Desde las alturas distinguía un valle. Tierra roja y árboles con follajes brillantes. Le llegaba el eco del gorjeo de las aves. Una vida errante. Frío, soledad, hambre, intranquilidad. Esperaba a que la noche se comiera el día. De pronto enfermó. Las manos y el cuello se le pusieron pintos, sintió mareos, dolores de cabeza y bajó.

En el pueblo del doctor que lo curó buscó trabajo. Nada. El tío de Concepción, un viejo cacique, trabajador y alejado de los chismes, se lo topó afuera de misa mendigando. Al notar la fuerza de sus manos lo puso a prueba con sus caballos.

Bulmaro se curtió como jinete. Cuando Concepción y sus primos querían ir al monte los acompañaba. Trepara a la carreta. Bulmaro la arreaba y Chiclán la jalaba. A los caballos les hablaba con suavidad. De su mano, Concepción conoció el níspero, la changunga y el higo. También que al río, para tomarlo, había que escupirle y contar hasta tres. Si se disolvía viajaba limpio.

Una noche de frío Bulmaro y otro campesino encendieron una fogata. Aflojado por el licor soltó la lengua. La noche del bautizo de su cuarto hijo también ardió madera. Lo hizo en la parcela junto a su casa. Invitó amigos, contrató músicos, bebieron charanda y comieron pozole. Era noche estrellada. Entró a la casa en busca de su esposa. Ella intentaba dormir al niño.

Comenzó una discusión que nunca entendió. Bulmaro tomó un cuchillo y se lo hundió en el estómago. Lo repitió siete veces. La última lo retorció. Ella soltó el último aliento con un gemido. La sangre escurrió hasta formar un pequeño charco sobre el piso de tierra. Vio reflejada su miseria. Su hijo mayor irrumpió. Corrió fuera. El bebé berreaba. A lo lejos lo escuchó.

Bulmaro no paró hasta encontrar el volcán. Caminó días. Quiso esconderse entre las nubes del cráter. Sabía que sus hijos, al encontrarlo, lo vengarían. “Ella se lo buscó” concluyó Bulmaro al campesino, a su madre también la había matado su marido.

Concepción escuchó la confesión. Había escapado de la casa y se escondía entre los matorrales. Guardó silencio y regresó a su cama. No volvió a pedir a Bulmaro que la llevara al monte. Tampoco les contó a sus primos. Agradeció que su madre, días después, le anunciara que dejarían el rancho.

¿Y Bulmaro? preguntó Concepción años después cuando regresó al rancho. Bulmaro había subido al monte. Volvió con la cabeza de una serpiente. Contó que se encontraron. Al no poder morderlo ella se irritó. La serpiente quería ganar así que lo retó. Bajaría el monte más rápido que él. Bulmaro comenzó a correr. Galopó como caballo. Con una piedra perdió un guarache. La serpiente se arrastraba veloz pero Bulmaro la rebasó y ganó.

Enfurecida, la serpiente trepó un nopal y se enredó en su penca. Exprimió tan fuerte que las espinas atravesaron sus escamas. Bulmaro la degolló. Pensó en hacerla un cinturón. Concepción escuchaba con atención la historia que otro caballerango le contaba, “esa tarde, cuando cerró la noche, Bulmaro partió”.

 

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11 enero, 2016

El tigre

Al fondo del restaurante un hombre sentado toma un vaso de agua mineral con hielos. Observa el campo de golf que lo rodea y otras mesas con familias. Lo saludan y se quita el sombrero vaquero que combina con la hebilla. En su playera se ve un gato imitando ser DJ, y alrededor otros gatos que levantan el brazo y la garra.

Los meseros lo conocen como El tigre. Nació en septiembre. Sólo come carne cuando se trata de chiles en nogada. Su platillo favorito. Cada cumpleaños su padre lo llevaba a comerlos. Una tarde, al salir del restaurante, le pidió que lo acompañara al hipódromo. Era día de subasta del Cuarto de Milla. El tigre, que apenas había cumplido la mayoría de edad, se acomodó entre rancheros y remolques con placas de todos los estados.

Su padre tenía un rancho. Alucinaba el hipódromo pero le gustaban los cuacos finos. Solo lo visitaba durante las subastas. Esa tarde vestían botas texanas al estilo George Bush y camisa. “¡Arranca en 25,000! lote 74, siete cuatro… ” Indicaba el subastador tan rápido que El tigre apenas entendía. Junto, sobre un cuadrilátero de tierra y estiércol, el caballo subastado se paseaba en círculos desnudo, sin jinete ni montura, tirado de las riendas por un caballerango.

Después de varios golpes de martillo su padre lo guio a los establos que rodeaban la subasta. Un yearling, potro de menos de dos años, retinto y brioso los cautivó. Buscaron al dueño y le ofrecieron arreglarse abajo. Se llamaba Presumido man.

El tigre andaba hasta la madre de estudiar. Agarró un trabajo pero al poco tiempo se arrancó la corbata. No sabía qué hacer. A su padre se le ocurrió que se informara sobre las corridas en el hipódromo. Dos días después era caballista y Presumido man y Rosa, una yegua dosañera, dejaron el rancho de su padre y se internaron en el hipódromo.

Debutó como propietario con Rosa. Ganaron. El tigre pasaba los días en las caballerizas. Era como un pueblito; había puestos de garnachas y en las noches brindaban en las cuadras. Durante los entrenamientos revisaba el libro de condiciones e inscribía a sus animales en las carreras que podía.

Mandó hacer gorras y chamarras con los colores y el nombre de su cuadra. El día que tenía carrera llegaba antes. Se estacionaba cerca de la cuadra. Caminaba con el entrenador, el caballerango y el caballo hasta la báscula y luego al ensilladero. Cuando el cuaco entraba a la pista él se quedaba en las tribunas.

Presumido man había subido de categoría. Era una bestia pesada. Tardaba en agarrar tierra pero cuando menos se lo esperaban no le veían ni el polvo. Lo inscribió en un clásico. Antes de correr lo embarró con una friega de alcohol y hierbas, para que se le calentara el cuerpo y saliera tendido a la pista.

Llegó en segundo lugar. Su suegro le ganó por nariz. El tigre carcajeaba, creía que se volvía loco. Había ganado dólares, ¡miles! El mejor premio de su vida se lo había dado un caballo. Bebió y festejó. Su padre se lo llevó a fuerzas al rancho, “mañana vienes por tu precioso cheque”.

Se compró un auto nuevo, del año, un Ford Cougar y otro caballo Goodbye Alibi. En una carrera Rosa se quebró una pata. El público gritó al verla caer. Se paró como títere. Le inyectaron salsa inglesa, una mezcla de químicos que la dejó fría. Presumido Man amaneció con cólico. El tigre probó todos los remedios que conocía; tés, pomadas, le empujó la panza y le picó el hocico para que vomitara. No reaccionó, era como cortarle el agua a una manguera. Murió entre sus brazos.

Goodbye Alibi continuó ganando veinte carreras más. Lo inscribió en una de reclamación y a un charro le gustó para su hijo. Ganó y lo entregó. Le dolió. Lo quería.

El tigre llama al mesero. Lo conoce desde hace años. Todos los días come en la misma mesa de ese restaurante. Le pide otro vaso de agua mineral con hielos. El mesero desaparece y vuelve con una charola. Le sirve otro vaso con agua mineral y le añade que ya es el tiempo de un chile en nogada.

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4 junio, 2015

La Libertad

La Libertad está en el ombligo del barrio de Tepito. Es una calle angosta, silenciosa y perpendicular al camino de puestos. Quedan algunos zapateros.  De las ventanas cuelgan suelas y pieles multicolores. Se oye trabajar máquinas viejas.

Entre dos carcachas veo a un joven tirado. Mugriento. Hace poco se inyectó, seguirá inmóvil por un rato. Entre murales de graffiti está la entrada a una privada. Como moscas, un grupo de jóvenes la custodian. Junto, una tiendita.

Hace años, Rubén se sentaba en esa tiendita y bebía cerveza. En la privada vivía su amigo El Jalo. La mota nunca le gustó, la coca tampoco aunque ahí, con El Jalo, la probó. Él la vendía. En unos escalones escondía ladrillos de mercancía. Afuera vendía al menudeo. Adentro al mayoreo.  Luego comenzaba su rondín en el Teatro Blanquita, de ahí a otros teatros. Dice que uno de sus clientes era Paco Stanley.

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Camino con Rubén hacia la puerta de acceso a la privada. El grupo de jóvenes busca intimidar con la mirada. Están armados. Uno deja ver que carga una metra. Decimos que vamos con Fitos y abren paso. Saben que es nativo, vecino, vive en la privada y eso lo respetan. Al del gas también le permiten el paso.

Un Chihuahua nos ladra. Tocamos una puerta. “Aquí no vive”, responde una mujer y da un portazo. “¿Qué pasó o qué?” Responde Fitos. Apenas despierta de una siesta. Es sábado, día que descansa de entrenar jóvenes boxeadores en el deportivo Guelatao.

Su gimnasio es el “Rodolfo, El Chango, Casanova”. Hace años lo conoció. En una esquina de la casa cuelga la foto enmarcada. Salen los dos. El Chango en traje afuera de la Coliseo. Se conocieron en el ambiente del Jalowai. Se topaban en cantinas.  “¿Qué pasó?” le decía Fitos. El Chango respondía pero había que invitarle una bebida.

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El Chango acabó teporocho, “ya ni el alcohol le hacía daño”. Lo levantaban de Garibaldi, lo bañaban y le ponían un traje. Era sencillo, amable. Nada más con que subiera al ring, todos le aventaban dinero. La gente se lo daba, era un ídolo. Al día siguiente no tenía un quinto y lo metían a La Castañeda. Un día le dio un derrame y cayó muerto. Acabó en el panteón de los olvidados.

Nos sentamos en la sala. Entre las cientos de fotos de boxeo que cuelgan en la pared también está Kid Azteca. El Chango se dio el lujo de ganarle siendo pluma y el otro walter. También a Zurita y a otros campeones. Junto con Carlos Montés, uña y carne de Kid Azteca, eran los invitados de honor a las funciones del Guelatao. Vivían en una vecindad en Garibaldi. Fitos se pregunta si Carlos seguirá vivo. La última vez que se toparon usaba pants blancos. Ya no veía. Los años no perdonan.

Fitos nació en Tepito. Ahí se casaron sus padres y vive toda su familia. A Rubén lo conoció en el deportivo Guelatao. Hace casi veinte años trabajaron juntos, cuando todavía había cantidad de boxeadores y tenían suerte con las chavas.

“Hoy, cualquiera es entrenador”, se queja Fitos en su silla. Rubén le pide café. Fitos bromea que de ese no vende. En la cocina encuentra un poco en una jarra, lo sirve en una taza y lo mete al microondas. Es de estatura baja, moreno, espalda ancha y barre las palabras.

Donde termina la calle Libertad está una estación de policía. En una ocasión entraron a la vecindad. Eran cientos, todos armados. Entraron a las primeras casas. A tiro cantado le preguntaron a Fitos “¿quién vende droga aquí?”. Respondió tranquilo: “de las sesenta casas, sesenta y cinto venden”. Se fueron.

La puerta se abre. Es Marta, esposa de Fitos, que llega acalorada y cargando una maleta. Regresa de Mazatlán. Fitos saca el café del microondas. “¿Cómo se te ocurre darle café en esa tasa?”, exclama Marta, “¿qué pasó en mi ausencia?”.

Había leído un encabezado de “Muerte en Tepito”. En la cuadra contigua mataron a dos y agarraron a varios, incluido el que lavaba los carros, explica Fitos. Ella enciende un Marlboro Light, no nos ofrece pues dice somos deportistas.

Fitos sube a su recámara y baja un suplemento de periódico. Tiene un baúl repleto de notas sobre los que se le han ido, con los que convivió. Nos muestra una fotografía de Casanova trabajando en un taller mecánico. “Dinero, fama y perdición” dice el encabezado. Se ve flaco, sucio, arrugado.

En la nota Casanova reclama no ganar nada por la película Campeón sin corona. En los treinta, sus mejores años como boxeador, ganó millones de pesos de hoy. ¿Ahorita qué es para ti el boxeo?  Pregunta Fitos a Rubén. “Donde ganan los promotores”. Un negocio puro. De joven, Fitos llegaba dos horas antes a la final del torneo Guantes de Oro, se atascaba. Eran peleas, más parejas y eliminatorias directas.

El otro día, le llevaron la convocatoria para ver a cuántos del gimnasio inscribía. Fitos andaba entregando su reporte mensual así que se la dejaron en el gimnasio. Cuando la leyó quedó sorprendido. Peso mosca estaba entre 51kg y 54kg. “Tres kilos de ventaja”. Cuando su hermano boxeaba eran muy estrictos. Tenía que llegar a los 51 exactos. Si no daba el peso se ponía a sudarlo en la Coliseo. Los más difíciles eran los últimos 200-300gramos. Ya estaba seco. Se tenía que ir a una caldera que tenían por ahí con una cobija y a escupir chicle.

Rubén pregunta por un boxeador que usaba guantes amarillos y tenía una cocina con su suegra. Ahora es el taquero del barrio. Le va mejor. Marta ha preparado jícamas y zanahorias con limón y chile. Todos les entramos. Fitos recuerda a un entrenador del gimnasio que llegaba tan borracho que mejor le daban una lana para que la siguiera. Se metía a dormir al vapor. Pudo morir dentro. Lo corrieron y quitaron el vapor.

Han tirado los deportivos. Al Guelatao lo arreglaron pues se usó como locación de una película. Durante ese tiempo no dejaron entrar a nadie. Cambiaron lámparas. Sigue cuarteado por temblores. A unos les da miedo. Clausuran actividades y prestaciones.

En otro deportivo donde trabaja Rubén cobran estacionamiento, cuatro pesos por usar el baño y la zona de box está alquilada. No barren, hasta el presupuesto de limpieza se lo roban. Si ayudan es porque ven dinero.

Rubén hizo a un chavo, lo entrenó desde los siete años. Comenzó a destacar y entonces sí le vieron interés. Hasta la familia. Si el chamaco es duro hay que darle tiempo. Si no es duro saben que no ganará. Ahora tiene veinte, tiempo clave. La última pelea ya no lo entrenó Rubén, dijo “quédenselo”. Le hablaron bonito, le dieron una feria y se lo robaron. Si no tiene éxito, lo joden. La mente de los promotores cambia hacia el peleador, lo sueltan, dejan de cuidarlo. No hay más.

Debemos irnos así que Fitos nos acompaña hacia la calle. Cruzamos un rottweiler con suéter y al grupo de jóvenes. En la esquina de Chavita el peluquero dejamos la calle Libertad. La noche en que Chávez se despidió de la Plaza de Toros, Chavita le dijo a Fitos “¿no quieres venir?” y se lanzó. La eliminatoria anterior fue mejor pelea. ¡Pum! Sonaba cuando Neto Carmona conectaba un golpe a Miguel Ángel, El Mago, González. Madriza. Le rompió una costilla. A Neto le abrió la espalda. No pararon la pelea. Se la dieron a El Mago, creen que le dieron chochos. La de Chávez dejó de verla en el cuarto round.

Al abordar el Metro en la estación Tepito vuelvo a observar su ilustración: un guante de box. Recuerdo a Casanova, Kid Azteca y a los hijos de la revolución. Cuando no tener cicatrices era una vergüenza. Ni quien se acuerde.

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31 mayo, 2015

El túnel

Al centro de la funeraria se encuentra un patio con cafetería y tres mesas. Una fuente y pasto decoran. En una mesa dos mujeres conversan. Ninguna viste de negro.

Las dos fuman. Hablan de lo mucho que les gusta el cigarro. Una, delgada con cabello largo y rubio, calcula comenzó hace nueve años. Tiene cuarenta. Usa escote, poco maquillaje y vaqueros entallados. La otra, poco más joven, usa falda larga de colores, cabello negro suelto y alborotado.

Un hombre de ojos azules, traje negro de piel y cabello soldado con gel  les pide un cigarro y se sienta a conversar. Dice ser compositor por lo que el cigarro le “es indispensable, tanto como la necesidad por creer”.

“Creer en algo como el Dalai Lama”, interrumpe la mujer con cabello alborotado. “De acuerdo” afirma el hombre, “algunos no lo entienden, hasta que se ven en el túnel. Hasta que ven la luz”.

Ellas le preguntan si ha visto el túnel. Responde que sí. Hace unos años tuvo una novia. Vivía en un departamento viejo donde el boiler estaba dentro de la casa. El ducto de salida de los gases daba hacia la habitación donde se encontraba sentado trabajando.

Su novia se dio un baño “como de cinco horas”. Al levantarse, dio pocos pasos y calló al suelo intoxicado. Al encontrarlo tirado la novia gritó histérica. Él la veía a lo lejos, desesperada, la rodeaba obscuridad. Ella lo arrastró hasta la ventana. Minutos después volvió en sí.

Las dos mujeres asombradas encendieron otro cigarro. “¿Ya se despidieron o falta alguien de despedirse?”, anuncia casi a gritos un encargado de la funeraria, “la cremación de la sala cuatro está por comenzar”.

Los tres apagaron sus cigarros apresurados y se dirigieron rumbo a la sala. Cantando despidieron al cuerpo. Caminaron detrás del ataúd hasta la sala de cremación. Ellas regresaron en llanto a la sala e inspeccionaron los arreglos. Se llevaron sus flores preferidas, las orquídeas.

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12 mayo, 2015

Adiós, Pinocho

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Caminamos por el laberinto del mercado del barrio de Tepito hasta llegar al deportivo. Frente a la iglesia de san Francisco de Asís, en el estadio Maracaná, se ha armado la cascarita. El gimnasio de boxeo está cerrado. Rubén toca la puerta con fuerza. Un hombre aparece. Le pregunta por Pinocho. Hace mucho que no lo ve por ahí.

Nos deja entrar. Costales y peras inmóviles. Silencio. Rubén me señala las fotografías que adornan. Rodolfo, El Chango, Casanova, José Medel, Rubén, El Púas, Olivares, Rafael Herrera y Octavio, El Famoso,Gómez. El cuadrilátero está vacío.

 Rafael Herrera

Rafael Herrera

Junto a un puesto que vende calzones de hombre importados de China entramos a una vecindad. Rubén toca una puerta metálica del segundo piso. Una mujer de estatura baja, encorvada, pelo blanco, escoba en mano y mandil abre. Pinocho se está bañando.

–         Dígale que vino Rubén.

–         Le diré que vino una chava o se le va a olvidar.

Rubén ríe, “regresamos como en una hora”. La mujer nos despide con un “ándale pues”. Es Lolita, su esposa.

Nos dirigimos a un depósito de cerveza. Parece estar desatendido. Uno entra y toma las latas que quiera. Al fondo una letrina. Dos borrachos en silencio. La música viene de afuera. El consumo se paga a la señora que atiende el puesto de mallones de enfrente. Diez, doce pesos la lata. También vende cigarros sueltos.

 

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Regresamos a la vecindad. En vez de “buenos días” Lolita nos recibe con “buenas tardes”. En la misma habitación conviven una cama matrimonial, un sillón, cocineta, una mesa y varias sillas. Cientos de fotografías y diplomas. Unos colgados, otros recargados. Casi todos de boxeo. “Sienténse, siéntense”, insiste Lolita, cargando una silla.

El cuerpo delgado y moreno de Pinocho se hunde entre el colchón y las almohadas de la cama. Pide ayuda a su esposa para levantarse. Lolita, aunque encorvada, es ágil y lo sienta.

Gerardo, Pinocho, Gutiérrez tiene más de ochenta años. Comenzó como árbitro de futbol pero rápido lo sedujo el boxeo. Más de cincuenta años los dedicó a entrenar jóvenes en el gimnasio de Tepito. Uno fue el campeón gallo Jorge Ramírez. Ahí lo conoció Rubén. En los ochenta, le robó algunos peleadores.

Habla bajito. En la radio acaba un cha cha chá y comienza Perfume de gardenias. Rubén le pregunta si conoce a algún familiar de Rodolfo, El Chango, Casanova. Cree que pueden estar en La Lagunilla.

Pinocho comienza a recordar. Dice haber conocido a todos los viejos campeones pues se curtían en su gimnasio. Lo llamaban para trabajar fuera pero se negaba, prefería quedarse y atenderlo solo. Jamás abandonó Tepito donde lo apodaron así “por mentiroso”.

No recuerda a ningún familiar de El Chango. Nos recomienda buscar en la asociación pero “ya no es lo mismo, se ha vuelto un desmadre”.

“Tepito ha caído” opina Pinocho mientras acaricia el cobertor de la cama. “Tengo la dicha de ser uno de los fundadores de su gimnasio pero ya se cayó”. Hace unos años, cuando todavía podía caminar, Lolita lo ayudaba a bajar las escaleras y él se iba solo hasta las dos de la tarde a ver los entrenamientos.

“Y diga que ya está pintado el gimnasio parecía, haz de cuenta, un cementerio”, interrumpe Lolita, “todavía el señor Sulaimán le hizo un reportaje, aunque ahí ya andaba en silla de ruedas”.

Siguiendo al box, Pinocho conoció el mundo. A Francia llevó nueve veces al mismo peleador. Su gimnasio se coronó cuarenta y nueve años campeón. Todos querían pelear y hacerse en Tepito. Por las mañanas llegaban entre cincuenta y sesenta niños.

“Ahora faltan buenos entrenadores”, agrega, “la gente está un tiempo pero se va”. Unos días antes pidió regresar al gimnasio. Lo encontró vacío. Había tres, cuatro, cinco niños y salió llorando. Sintió tristeza al recordar cuántos entrenaban junto a él.

Nos recomienda buscar a un periodista que “sabe de todo”. Solo él podrá decirnos dónde están y si hay descendientes de Casanova. “Ahorita lo voy a llevar en silla de ruedas a la misa de su compadre”, comenta Lolita, “la nota de su muerte salió en el periódico y los vecinos llegaron a avisar”.

Pinocho se acomoda con las manos y se levanta. Ella acerca la silla de ruedas. “Después de que él correteaba a las chavas, ahora las chavas lo corretean a él. Va adelante y yo atrás de él ¿no?” y nos señala una fotografía de cuando eran jóvenes. Han pasado cincuenta años desde que se casaron, ella es menor. “Él ya no puede correr, yo lo alcanzo rápido” y Lolita comienza a empujar.

 

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3 mayo, 2015

Cuando la tierra cruje

Poco después de que salió el sol, Daphne y yo caminamos hasta el cráter de un volcán ardiente. Era nuestro último día en Antigua, Guatemala, así que por la noche salimos a brindar por sus calles empedradas.

Unas copas después, Daphne decidió regresar al hostal. Yo, seguí bebiendo con mis nuevos amigos hasta que la mesera anunció la última ronda. “La fiesta sigue en casa”, dijo uno y los acompañé.

Cuando la noche cambió a madrugada me despedí. No había taxis. “No puedes irte sola”, dijo un muchacho y sacó una pistola del pantalón que recargó sobre la mesa, “en la calle puedes encontrarte con un marero”. Rechacé la pistola y me acompañó hasta la puerta del hostal.

Daphne despertó quejándose. En el dormitorio había una pareja de israelíes que no controló la hormona y no la había dejado dormir. “Es hora de irnos”, dictó y me entregó un vaso con agua y vitamina C efervecente para amortiguar el cansancio y la cruda.

Mochila al hombro abordamos un autobús destino ciudad de Guatemala. La parada fue en un centro comercial. A otro viajero le preguntamos de dónde salíamos rumbo a San Salvador. “Dríjanse al Pollo Campero” y nos explico cómo llegar.

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Afuera de una sucursal del Pollo Campero cientos suben y bajaban de autobúses. Llegan cargados con bolsas, verduras, cajas, maletas y animales. Los choferes gritan su próximo destino. La música de fondo es ensordecedora.

Ubicamos cuál abordar. Nos abrimos paso entre vendedores de fruta, dulces, galletas y refrescos. Restos de pollo y basura decoran el suelo. “Estaremos en la frontera en menos de tres horas” me confirma un joven moreno de ojos verdes apopado El gringo, asistente del chofer.

El bus viene lleno. El gringo coloca nuestras mochilas junto con otros bultos al fondo. Acomoda dos cojines sobre una bocina al lado del conductor y los señala como nuestros asientos. Anuncia la partida.

Me pregunta de dónde soy y por cuánto tiempo he viajado. Al responder abre los ojos emocionado. Es la segunda vez que viaja con extranjeros. Los otros fueron canadienses. Me cuenta que escucha música mexicana aunque prefiere la bachata. Le enseño un disco pirata que acabo de comprar. Señala Cien mujeres de Los Vikings como su favorita.

Debo hablar fuerte o no me escucha. La bocina está encendida y a todo lo que da. El bus vibra, con los baches se sacude. Vamos parando en distintos pueblos. Se desocupan lugares y me mudo junto a una ventana. Veo que Daphne comienza a leer y cedo al sueño.

Al despertar, casi todos han bajado. Daphne se ha dormido también. Han pasado más de tres horas. Le pregunto a El gringo ¿cuánto falta?. “Vamos muy retrasados”.

Dos horas después eran casi las cinco de la tarde. Por la ventana observo pueblos con militares y policías empuñando altos calibres. El gringo se sienta en el asiento de junto. “¿Sabes que estamos en territorio marero?”. Respondo que no. Ríe cándidamente y continúa, “como en una hora llegaremos a la frontera. Llegando nos regresamos. Tienen que tomar hacia Santa Ana y luego otro bus a San Salvador”.

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Mientras me habla veo como el sol se acerca al horizonte. La noche nos sorprenderá en el camino. “Me caíste bien,” continúa, “hay una señora que cruza todas las semanas, va para Santa Ana, es predicadora, síganla para que no se pierdan”. La señala. Viaja adelante. No veo el rostro pero sí su camisa.

Seguimos cruzando pueblos y vegetación abundante. Ya no veo policías ni militares. El gringo avisa que hemos llegado y nos pasa las mochilas apurado. La mujer que debemos seguir ha bajado con prisa.

La alcanzamos corriendo. “¡Ahí vienen los mareros!” exclama sin detenerse, “el sol y el último bus a Santa Ana están por desaparecer”. Todos se mueven rápido. Veo preocupación en los ojos de Daphne. “No se detengan, ¡sígame!”, insiste refiriéndose a una chica con uniforme que llama con insistencia.

Nos detiene y pide el pasaporte. Los demás caminan apurados sin mostrar documento. Somos las únicas enmochiladas. El pueblo es gris. Las fronteras son imaginarias. Nos guía hasta una pequeña caseta. Esta sola. “¿Qué hacen aquí?” pregunta desconcertada. Sella nuestros pasaportes y advierte que debemos refugiarnos pues pronto el pueblo se llenará de mareros.

Es joven, delgada, el uniforme de migración le queda grande. Tiene un ojo virolo. Dice que podemos escoger entre dormir del lado de Guatemala o de El Salvador. Ella recomienda que alquilemos una habitación en casa de una mujer que conoce y sabe es de los pocos lugares seguros.

“Vamos rápido que aquí sobran ojos”. La seguimos. Hay hombres sentados en las banquetas. Nos observan en silencio. Algunos susurran. El suelo es una mezcla de asfalto quebrado, tierra y basura. Poco alumbrado. Las casas son de una planta, las rodean paredes de tabicón y alambres de púas, ventanas con barrotes y puertas de metal.

La mujer del autobús nos intercepta. El último transporte ha partido y deberá esperar hasta la mañana. Nos pide dormir juntas. Tocamos una puerta. La joven de migración sugiere mentir y decir que nos conocemos desde hace mucho o la dueña no nos dejarán entrar.

Abre una mujer mayor. Nos examina y pasa a una sala decorada con foquitos navideños e imágenes religiosas. Junto a mi, un pitbull de nombre Bestia olfatea mi pantalón. Tiene una habitación que puede rentarnos por un dólar. Está al fondo de la casa, tiene tres camas, puerta metálica y candado. Un retrete y un tubo como regadera. No hay ventanas.

La casera advierte que si queremos cenar algo debemos comprarlo pronto. En quince minutos la puerta se cerrará y nadie podrá salir ni entrar. De la ventana abarrotada de la casa de junto compramos un jugo y unas galletas.

En la habitación, la predicadora se presenta como Apilina. Acomoda sus bultos junto a la cama. Le pregunto por los mareros. Me cuenta que están por todos lados. Es difícil reconocerlos, cada vez se tatúan menos. Durante el día duermen, salen por las noches. Unos asaltan autobuses. A las mujeres las violan y a los hombres los golpean. Daphne intenta tomar una ducha.

A su hija que vive en San Salvador le han robado de todo. En las calles suele verlos muertos por riñas entre clicas. En su pueblo, el presidente municipal harto, enfrentó a dos cabecillas sobre un cuadrilátero en la plaza principal. Todos vieron. La pelea terminó cuando uno le arrancó el ojo a otro.

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El sonido de un balazo interrumpe nuestra conversación. Le siguen gritos. “Seguro que agarraron a uno” comenta Apilina mientras se quita los zapatos y camiseta para sobarse la panza y limpiarse el sudor con un trapo. “Luego corren y se suben por los techos”, concluye Aplina acostándose en la cama.

Daphne terminó su ducha más relajada. No dije nada y puse el candado en la puerta. Al apagar la luz mis sentidos se alertaron atentos a cualquier crujido o vibración. Imaginaba qué podría hacer si aparecían. El silencio y aislamiento eran pesadilla. Apilina despertó varias veces al baño. “Ando cursosa”, se quejó.

Cuando enfrió supe que llegaba el día. Apilina acomodó sus bultos y partió. Daphne y yo esperamos un poco más. Tomamos una camioneta que nos dejó en Santa Ana y de ahí un bus a San Salvador. En el camino veía grafittis. Eran rastro de mareros.

En la ciudad, los de a pie les temen. En los condominios, los autos y centros comerciales no. Visitamos otro volcán. Un cráter extinto convertido en lago silencioso rodeado de vida. Recordé el cráter de fuego, el sentimiento de temor frente a la tierra agrietada que cruje, ruge y cuya violencia devora.

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10 abril, 2015

Ella

Al adoptar a un perro, Eugenia se dio cuenta de las responsabilidades que adquiría. Debía enseñarle un poco de todo y llevarlo a ejercitarse. Ella era sedentaria. Su lonja y panza lo delataban.

Su perro era pequeño y blanco así que lo nombró Huevo. Cerca de su casa estaba una de las plazas más antiguas de la ciudad. Al centro, tenía una iglesia casi en ruinas con un patio. El resto eran jardines y bancas. En el patio se reunían los perros con sus dueños. Mientras Huevo perseguía a otros perros, ella platicaba con madres de familia, viejitas chismosas y algunos pubertos.

Una mañana, ya de salida, notó que entre unos matorrales se asomaba una cola larga, negra y rugosa. Ella se acercó a ver y Huevo a oler. Al descubrir que era una iguana gigante su primer impulso fue alejar a Huevo quién comenzó a ladrar.

“No le hará nada” dijo una voz y Eugenia volteó. Era un joven que junto a ella descubría a la iguana. Él se acercó e intentó agarrarla de la cola. El animal se movió rápido y se escondió entre los arbustos. Parecía estar lastimado de una pata. “Espera, ahora regreso”, dijo el joven y corrió hasta desaparecer.

La iguana y Huevo se quedaron inmóviles. Eugenia con las mejillas arrebatadas. Observó a su alrededor y agradeció que no habían más perros que molestaran a la iguana escondida. Sentía insectos en el estómago.

Se sentó en la banca más cercana y guardó las manos en los bolsillos del abrigo. Huevo se sentó a su lado. El joven regresó con una caja grande. Ella amarró a Huevo en la banca y acorralaron a la iguana. Con la ayuda de una rama lograron sacarla de los arbustos y meterla dentro de la caja. No fue fácil.

Su mirada necia lo seguía. Lo encontraba encantador. Calculó tenían la misma edad. Notó que se comía las uñas y que probablemente no había lavado sus tenis desde nuevos. ¿Y qué harás con ella?, preguntó Eugenia nerviosa. “Mi vecina es veterinaria, la curaremos y le buscaremos casa” y con caja e iguana entre los brazos dijo adiós y partió.

No podía dejar de pensar en él. A la mañana siguiente, junto con Huevo, regresó a la plaza. No estaba. Se preguntaba dónde viviría. Por un barrendero se enteró de que hace muchos años vivían iguanas en la plaza. Había un mercado de frutas y las iguanas comían los sobrantes. Eran verdes. Al crecer la ciudad el mercado se mudó y las iguanas tuvieron que buscar alimento en las alcantarillas. Entonces se tornaron negras y desaparecieron.

Las siguientes semanas lo buscó sin suerte. Fantaseaba cómo era, qué haría, qué le gustaba y si a él también le temblaba el pecho al pensar en ella. La iguana era otro misterio.

Una mañana la despertaron los ladridos de Huevo. Desde la cama notó que su puerta estaba abierta y la de la terraza también. Pensó que uno de los gatos de la vecina se había saltado a la terraza. Huevo los detestaba. Volvió a cerrar los ojos e ignoró el ruido.

Cuando escuchó los ladridos dentro de la habitación abrió lo ojos. Un globo rojo en forma de corazón flotaba y viajaba dentro. Se desinflaba lentamente. Había entrado por la puerta de la terraza y Huevo le ladraba. Eugenia lo interpretó como una señal y se dirigió al parque.

Se sentó en una banca y lanzó una pelota que Huevo cachó. Entonces lo vió. Caminaba con un perro grande. Al verla se acercó. Los perros se gruñeron y ladraron. Ella preguntó por la iguana. Él, al no escuchar, le hizo señas de que esperara.

Se aproximó. Le había puesto bozal a su perro. La iguana estaba bien, recuperándose. Eugenia sentía que flotaba. Le contó que estudiaba cine. Ella administración. Ofreció prestarle un libro e intercambiaron teléfonos.

Tres días después la llamó. Quedaron de verse esa noche. Él le mandaría un mensaje para fijar el lugar del encuentro. Eugenia se probó todos los vestidos que tenía. Ninguno le escondía la panza. Le habló a un amigo y pidió asesoría. Le escogió uno con el que sentenció “lo harás frenar con motor”. Ella se maquilló y le mandó un mensaje. Él nunca respondió.

 

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