2 febrero, 2016

De suerte y muerte

Fotografías de Francisco Gómez Díaz

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8 diciembre, 2015

Pasajes

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Mujeres xhosa en Park Station, Johannesburgo, Sudáfrica. Septiembre, 2007.

La compañía Shosholoza Meyl conecta por tren las principales ciudades. Shosholoza, palabra zulu, significa seguir adelante. Nombre de una canción popular entre los obreros de lo que fue Rodesia.

Un policía advierte a los turistas blancos que no deben caminar solos, el barrio es negro: no pasarán desapercibidos ni serán bienvenidos.

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Ciudad del Cabo, Sudáfrica, 2007.

“¡Robó mi cartera!”, gritó un coloured de colmillo dorado y me señaló. “¡Ella!”, con odio, “¡la mexicana!”. Nos habíamos visto minutos antes en una escalera.

Los días de invierno son cortos. El viento acalambra. Perdida en la oscuridad, una mujer me había guiado hasta la estación de trenes. En las escaleras preguntó mi origen. Al responderle, el hombre volteó y sonrió. Cruzamos miradas y vi su incrustación dorada.

“¡Policía!”, comenzó a gritar el hombre. Quedé inmóvil con el boleto en mano que acababa de pagar en taquilla. Intentó agarrarme del brazo. “¡No!” grité y lo alejé con las manos. Los testigos me rodeaban como moscas. Susurraban.

La policía llegó y me sujetó. En la estación más cercana me interrogaron. Mientras, el hombre gritaba desde una sala y me acusaba de haberle robado la cartera. Al no encontrar nada en mí me soltaron.

Corrí de regreso a la estación. Encontré que sólo quedaba un tren con mi destino. Lo abordé. Segundos antes de partir vi al hombre del colmillo dorado. Sonó la bocina. Las puertas cerraron pero él las abrió y tomó el último vagón.

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Kimberly, Sudáfrica, 2007.

“Tenemos un problema con el abastecimiento de energía” advirtió el maquinista por el altavoz después de que el tren llevaba más de una hora detenido. Afuera, una parte del desierto del Kalahari. El maquinista sacó una silla y la acomodó sobre la arena. El resto de su equipo hizo lo mismo. Los pasajeros, abandonaron sus localidades y también. En el vagón del restaurante se acabó la comida, el agua. El tren arrancó horas después. Llegó a su destino con casi catorce horas de retraso.

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Estación de Gaborone, Botsuana, 2008.

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Pajes. Maun, Botsuana, 2008.

No siempre hay transporte público. “Párate a la orilla del camino. Cruza los brazos frente al pecho y los autos particulares y tráilers que pasen sabrán que eres pasaje”, me instruyó un local y poco tiempo después de hacer la seña una mujer se detuvo y preguntó “¿a dónde te diriges?”.

“¿Nunca has visto a un elefante en la carretera?” me preguntó la mujer con cara incrédula mientras manejaba. “No” respondí y a los pocos minutos había visto cientos.

“Es fácil chocar con ellos”, dijo riendo, le pagué unas pulas por el trayecto recorrido y me dejó en una encrucijada. Ella seguiría hacia otro rumbo. Para mi objetivo faltaban más de dos horas. Debajo de un árbol, recargada sobre la maleta esperé. Después de una hora apareció un coche a lo lejos. Hice la seña y se detuvo.

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Maun, Botsuana, 2008.

Viajaban dos hombres con el parabrisas estrellado. Habían chocado pocas horas antes contra un burro. Llevaban más de dos días de travesía. El conductor se dirigía a su boda. Sería la próxima semana. Ante su invitación, asistí.

El día del festejo rentó dos camionetas del transporte público de Maun. Hay pocos coches en el área. A los invitados los transportaron a las afueras de la ciudad. Junto a una escultura gigante de un oso hormiguero se retrataron. Después regresamos al pueblo. Las mujeres guiaron la ceremonia. Se mató a un cabrito, lo asaron y compartieron. Luego fiesta. Todos bebieron y bailaron.

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Okavango, Botsuana, 2008.

“Tomará más de un día”, dijo el dueño de la embarcación sobre alcanzar mi destino. Recomendó llevar una botella de agua, una taza, una bolsa con arroz, latas de comida y algo para protegerme del sol. Para adentrarse en el delta que forma el río Okavango hay que remar.

La tierra es fértil y el agua atrae a miles de animales. El sol, devastador. La embarcación es estrecha, un movimiento brusco puede significar caída. Tuvimos que parar y acampar para continuar por la madrugada.

Caminamos hasta llegar a un área limpia de árboles y arbustos, cerca del agua pero suficientemente lejos de los cocodrilos. El hombre armó una fogata, “debe mantenerse encendida”. Cargaba un cuchillo pequeño. El humo advierte a los animales de que hay peligro. Sólo las hienas se acercan, mamíferos curiosos y canijos capaces de cazar leones moribundos.

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Okavango, Botsuana, 2008.

Me explica. Los elefantes son territoriales. Para acercarse hay que leer el trazo del viento. Si viaja de ti hacia el animal sabrá que estás ahí. Probablemente quiera embestir. Si lo hace hay que quitarse la ropa y correr. En ella saciará su furia.

Las leonas pueden ser inofensivas. Se mueven en manada. El león es huevón. Si aparecen en el camino hay que mantenerse inerte. No ven colores. Un movimiento te convierte en presa. Son curiosas, se acercarán, “jugarán contigo” y mientras no te muevas, desaparecerán.

Zafarse de un cocodrilo es más difícil. Hay que morderle los dedos. Pero el leopardo, felino solitario, ágil y amo de las ramas de los árboles, pasa desapercibido. Sorprende. Si su mirada encuentra la tuya “no parará hasta cazarte”.

Por la noche, el silencio del día se convirtió en escándalo. Las criaturas de la selva avivan. El fuego prendido me mantenía tranquila. Comenzó a llover y el humo desapareció. Alrededor de mi campamento se escucharon pasos. A lo lejos, risas. Intenté dormir. Regresar al agua no era opción y la construcción más cercana era una colonia de termitas.

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Estación de Maseru, Lesoto, 2007.

“Saldrá a las once” aseguró el conductor. Cuatro horas después el autobús seguía estacionado. No partiría hasta que el último asiento quedara ocupado.

Lesotho es un reino entre montañas. Los caminos, curvas. Al anochecer el autobús se detuvo en un pueblo y anunció no seguir más. No había hoteles ni cuartos de hospedaje. Un policía se acercó y me ofreció su casa. Acepté.

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Policía, Lesoto. 2007.

Su casa era un cuarto con una cama, cobertor imitación piel de vaca, un quinqué, una estufa conectada a un pequeño tanque de gas y un cartón lleno de huevos. No tenía baño. Una letrina fuera del cuarto. Por la noche el viento frío se filtra por debajo de la puerta. Cenamos cervezas y pollo frito. Me dio sus llaves. Él durmió en casa de un amigo.

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Ferry, río Zambeze. Kuazungula, Zambia, 2007.

Frontera entre Namibia, Botsuana, Zambia y Zimbabue. El ferry cruza el río durante el día. Transporta pasajeros, automóviles y animales.

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Taxi bicicleta, Zambia, 2008.

A pocas horas de Lusaka, capital de Zambia, en una aldea construyeron una fábrica de bicicletas. Desde que abrió es el único transporte que se utiliza en el pueblo. Niños y viejos se acercan rodando. Por unas monedas mueven bultos, maletas y personas. Cuando la bicicleta y canasta parecen insuficientes, el conductor coloca los bultos sobre su cabeza y pedalea.

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Conductor y copiloto. Lilongwe, Malawi, 2008.

Uno conduce, el otro cobra y busca más pasaje. Se asoman por la ventana y gritan el destino de su vehículo. Pelean contra otros conductores por los clientes. Donde caben seis apachurran diez. Los bebés no pagan pues viajan amarrados a las espaldas de sus madres. La música, su religión. Casi todas las bocinas están dañadas. Parece no importarles. El volumen siempre está al máximo.

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Parabrisas. Paradero de Lilongwe, Malawi. 2008.

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Paradero de Blantyre, Malawi, 2008.

La mayoría de los caminos son brechas y terracería. En temporada de lluvias por el lodo los vehículos se atascan. “No más” grita la gente desde adentro de la camioneta pues el conductor quiere subir a una persona y ya no cabe. Al chofer no le importa. “Hablan mucho, se quejan mucho” dice a los que protestan.

Los pasajeros nuevos suben con llantas, láminas y material de construcción. Las llantas de la camioneta están ponchadas. El conductor arranca y las gira durante quince minutos antes de detenerse en una estación de gasolina. A una le pone aire, la otra la cambia. Horas después, a medio camino, la puerta se zafó y cayó. Tras escuchar el golpe el conductor se detuvo. La amarró con un alambre y continuó. El límite de velocidad no importa.

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Ferry. Bahía de Makata, lago Malawi, 2008.

Por las noches, sobre el lago Malawi, la tranquilidad permite que se refleje el cielo. Un ferry viaja lento entre la oscuridad. Llega a las islas al amanecer. Hace calor. Hay poco viento. Los pasajeros extienden una tela o un petate sobre la cubierta y descansan.

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Pescador. Isla Likoma, Malawi, 2008.

Las costas del lago Malawi o Niassa, pertenecen a Malawi, Mozambique y Tanzania. Para cruzar de las islas, propiedad de Malawi, hacia Mozambique hay que pagar a los pescadores. No hay más navíos. Durante el trayecto pescan. “He sacado poco, asustas a los peces”, me dijo uno, culpando a mi piel.

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Lago Niassa, Mozambique. 2008.

“¡Ciérralo o perderá sus propiedades!” exclamó Mr. Bondo después de que tomé Tipo tinto, un ron local, y no le puse la tapa.

Mr. Bondo me permitió acampar debajo de un techo de palmeras afuera de su casa. Enfrente jugaban los niños en el lago. En esa aldea pasaba una camioneta cada dos o tres días. Era la única salida. “Mantente cerca de los caminos” me recordaba Mr. Bondo pues todavía quedaban algunas minas sin detonar del FRELIMO.

Mr. James Bondo estaba convencido de que a los blancos no les gusta la música. Tampoco el ruido. A los pocos que había conocido siempre pedían “que le bajara al sonido”. En su aldea no había electricidad. En su cuarto tenía un pequeño estéreo que conectaba a una batería de automóvil. Entre sus vecinos, no subirle al volumen es una falta de respeto, “¿cómo tener música y no querer compartirla?”.

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Lichinga, Mozambique, 2008.

Al norte de Mozambique lo conocen como El fin del mundo. Ahí, las camionetas que conectan las ciudades salen entre las dos y cuatro de la mañana. El camino son baches, topes y zanjas. Solo hay uno. “¡Otra!” gritaban al conductor los pasajeros que, por la hora, estaban borrachos. Seguían bebiendo y pidiendo canciones. Entre los pasajeros comparten trago, galletas, plátanos y huevos duros con sal. Las canciones más populares las cantan todos.

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Revisión de policía. Mozambique, 2008.

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Mozambique, 2008.

El autobús se detuvo pues se había quedado sin combustible. El chofer mandó al copiloto a comprar un litro en la aldea más cercana. Regresó corriendo con un tambo y gasolina. Poco después una mujer exigió su parada.

Bultos, cajas, gallinas, niños y más. El autobús viajaba repleto. La mujer baja y se escuchan gritos. Entre sus pertenecías viajaba un cabrito. Al no caber adentro, el copiloto lo amarró del techo. El cabrito se había caído.

La mujer a gritos reclamó al chofer y amenazó con golpear al copiloto. Ofrecieron pagarle el valor del cabrito. Ella se rehusó. Era para el festín familiar. El dinero no le conseguiría otro y faltaban pocas horas para la cena.

 

 

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28 marzo, 2015

David Carmona

David Carmona en el gimnasio de boxeo Eduardo Molina. Anoche, 27 de marzo de 2015, Carmona ganó por decisión unánime a David Lozano el Título Mosca Latino de la OMB en Florida, EEUU.

Puedes ver la pelea en http://https://www.youtube.com/watch?v=CGhXdJZni0o&feature=youtu.be

En Abril de 2013 Nexos publicó sobre él ¡Duro, Carmona!

Ahora va por el título mundial.

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8 noviembre, 2014

Riot

 

Riot

Riot.

Italia, 2002.

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21 agosto, 2014

Tibor

Teresa Zeron buscando a tibor

Traducción: buscando a Tibor.

Puente Noby Most, Bratislava, 2014.

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Fotografías de Daniela Mikel y mías.

Creer para vivir y vivir para creer

            Cuando viví en Ziracuaretiro, nos encerrábamos en la casa pues un hombre, disfrazado de Judas y montado a caballo rondaba el pueblo y “¡ay de ti si te encuentra!”. Nunca supe exactamente qué mal hacía, pues siempre logré esconderme, pero la imaginación me aturdía. Una ocasión, me escondí entre las plantas y lo vi pasar. Recuerdo vagamente cómo era, solo una sombra puedo dibujar en mi mente, pero siento esos escalofríos que al verlo dominaron mi cuerpo. Al escuchar ese caballo galopar me petrifiqué y decidí que nunca quería volver a pasar una semana santa en ese lugar. Casi diez años después, mis abuelos, fieles católicos, me invitaron a conocer la semana santa en Sevilla. Eran días de celebración y devoción, vigilia y libertinaje. Los coches ceden el paso a los piadosos que vestidos de nazarenos acarrean sus penitencias por toda la ciudad levantando cruces e imágenes de la cofradía de su elección. Vírgenes, cristos y miles de fieles cantan saetas y se entregan a una devoción que aparte de diversión atrae a cientos de turistas de todo el mundo. Los fieles de ocasión compran escapularios, rosas o rosarios y los guardan para recordar que un día acompañaron y formaron parte de esa manifestación popular. Entusiasmada por el poder de la imaginación y la entrega de un pueblo a una pasión mi siguiente destino fue la semana santa cora, después la purépecha y luego la huichol; pues decidí que quería seguir observando lo que la luna llena le hace al humano en su tercera aparición de cada nuevo año.

“Queremos hacer un documental sobre el Cristo de Ixtapalapa” me dijo Daniela Mikel, “ayúdame con la investigación histórica” y accedí. La historia de mañana se escribe hoy y me dirigí al pueblo de Ixtapalapa, diferente a la delegación que se escribe Iztapalapa, pues aunque una forma parte de la otra no son lo mismo. Caminé por las calles de sus ocho barrios, la iglesia en la explanada donde se encuentra la delegación y trepé al cerro de la Estrella. Desde abajo parece todo menos Estrella. Rodeado por construcciones grises y holgadas avenidas, el cerro parece un montículo seco y arenoso en el que remolinos de polvo y basura rompen contra las tres cruces de la cima. Una malla ciclónica atraviesa el olvidado y desolado lugar. Algunas casas lo rodean y uno que otro perro callejero lo acompaña. Desde arriba, a lo lejos, pude observar la ciudad, mi ciudad, la de los rascacielos. Bajé el cerro y Mikel me dirigió a la casa de ensayos dónde Jesús, en el papel de su homónimo, practicaba cargando una cruz de casi setenta kilos, “durante la procesión, el peso será mayor” me confirmó Lulú Cano encargada de la casa e hija de uno de los hombres que más ha promovido la representación en Ixtapalapa. “Alcáncenlo, el es el presidente del comité, el que se va yendo” señaló Lulú mientras limpiaba pintura fresca del cuerpo de su sobrino.

Salimos tras él pero lo vimos con prisa doblar en una calle a la derecha. “¿qué necesitan? yo les ayudo, soy vocal del comité organizador”. Un hombre alto y de ojos grandes se presentó como Joaquín. “Esto se va a poner de locos, vienen millones de personas. Si quieren ver lo que pasa en los distintos puntos necesitan un pase de prensa pues la multitud no los va a dejar pasar de un lugar a otro”. Nos pasó su contacto y conseguimos aquel pase directo que nos abría paso a deambular fuera y dentro de las procesiones de la pasión.

Llegó la mañana del Jueves y desbordé el metro en la estación Iztapalapa. Las calles que recordaba se habían transformado. La feria acaparaba la vista y bloqueaba la circulación de autos, la fiesta había comenzado. Compré galletas de puerquitos de jengibre y piloncillo, atravesé la vendimia de tazas, pan, algodones de azúcar, elotes y esquites con patas de pollo. Sobre la explanada posaban dos escenarios; en uno predominaba el verde con incrustaciones de leones y columnas doradas, en otro, el más pequeño, el azul en varias de sus vibraciones. Me apuré a la casa de ensayos pues sabía que desde ahí comenzaría la procesión. En el trayecto me encontré con cientos de nazarenos en túnicas moradas y hombres disfrazados de soldados romanos. En Sevilla, los niños gritan: “malos, malos, los romanos”. Mientras los nazarenos se alistaban para comenzar su procesión de penitencia, los soldados reían y tomaban fotos de sus perros que decorados con cascabeles en las patas y chalecos dorados también desfilan al lado de sus dueños. La casa de ensayos se había convertido en una ciudad nazarena. Cientos de actores lucían sus vestuarios caminando por el patio. Las vírgenes que reían desde el balcón saludaban a sus amigos que emocionados las fotografiaban desde la calle. La pasión había comenzado pues el pueblo se había transformado de ser un espacio ordinario a uno enajenante.

Las puertas de la estancia principal se abrieron y los cientos de actores que esperaban guardaron silencio. Cristo, el arcángel Gabriel, los apóstoles, María, la virgen de la soledad y Judas, entre otros, salieron y tras el estandarte del comité organizador la procesión comenzó. El elenco principal lo conforman casi ciento cincuenta personajes que deben ser pobladores de alguno de los ocho barrios. Cada quien escoge, consigue y paga su vestuario, por eso cada año son diferentes y los decoran con el permiso de cada imaginación. Entre los nazarenos y la guardia romana también escogen sus vestidos; cascos con estambres y pelos de escoba, el parámetro de lo permitido y no parece estar regido por lo que han visto en otros años.

“Mamacitas recojan a sus bebés y salgan de las calles” aclamaba una joven del comité. La gente abría los ojos y el paso ante los cientos de participantes en la procesión: primero el estandarte del comité seguido por los clarines, después el ángel que acompaña a Jesús en todo momento, Jesús, los apóstoles, María, las mujeres penitentes vestidas de vírgenes, los soldados y la guardia montada a caballo. Los casi dos mil nazarenos, casi todos descalzos, rodean a éstos personajes y los separan del resto de la multitud. Una banda de música acompaña y marca el paso. Desde adentro observaba a la gente que emocionada regalaba bolsas de agua y naranjas a todos pues después de más de cuatro horas de procesión, el sol es el mayor traidor. Nazarenos de todas las edades y orígenes caminan, por tradición o por orgullo, siguen a Cristo por cada una de las iglesias de los ocho barrios. Los más pequeños, acompañados y en brazos de sus padres, se quejan pero la satisfacción de formar parte los impulsa.

Cuando Jesús camina la gente comienza a murmurar. “¿Ya lo viste? Es diosito” le dicen las madres a sus hijos. Un niño grita: Tío Chucho, voltea, ¡tío! no quiere voltear pero vi que sonrió, tal vez me reconoció. La gente sale a las calles y aplaude a sus familiares, hermanos y héroes del barrio que esos días se convierten en alguien más. “Su pelo (sobre Jesús) es hermoso su pelo”. Algunos saben quién es, otros lo intentan reconocer pero la peluca y las túnicas han hecho de ese joven Jesús el hombre que todos quieren ver. Señoras le entregan su bebé para que lo cargue y bendiga en lo que puede llegar a ser.

Junto a los cientos de seres reencarnados de la liturgia hay otros actores que rodean la procesión; policías y granaderos parecen igual de emocionados que el resto de la población. Cientos de celulares, tabletas y computadoras documentan los pasos. Desde un poste, un hombre trepado detenía una computadora para que sus hijas desde Oklahoma fueran parte de la celebración. Cuando aparece la virgen la gente grita “¡Es la virgen! Bendita María, estamos todos contigo” se asombran por su físico “¿cómo la maquillaron?” y algunos lloran al pensar que están frente de “la mamá de diosito”.

Los caballos, prestados por la policía, de esos que están bien alimentados, asustan al público y lo mantienen separado de la procesión y sobre las banquetas. Afuera de algunas casas los familiares sacan fotos de sus muertos para que rodeados de flores y sobre un altar también puedan observar. Cuando el cielo se nubló, los del comité sacaron bolsas y cubrieron las pelucas y las alas del ángel pues una vez que comienza, ni una turba, ni rayos, ni un temblor pueden parar la procesión.

En una esquina se abrieron las puertas de una casa y un hombre con la cara maquillada en grises, cuernos de chivo, uñas largas, negras y puntiagudas y vistiendo una capa blanca interrumpió. La gente comenzó a gritar asustada, lo tocaban y corrían, algunos niños lo maldecían pues la presencia del diablo en esa procesión no era bienvenida. Al observarlo detenidamente descubrí que algunas facciones ya me eran conocidas. Me miró y vi a Joaquín, que salía de su casa y a lo lejos, sobre el patio, pude percibir una cruz, su cruz, y entendí que a ella alguna vez la cargó pues años antes él encabezó esa procesión y terminó colgado, sobre el cerro de la Estrella, y al siguiente día resucitó.

Al llegar a la explanada los actores subieron a los escenarios y brotaron los diálogos. Arriba, Judas vende a Jesús, los apóstoles rezan en la última cena y Jesús lava los pies de sus apóstoles. Abajo, los nazarenos descansan, sus familiares les llevan pollo, tortillas y refrescos y el servicio médico escudriña los pies de los lesionados para sacar vidrios, corcholatas y otras basuras urbanas. Entre quejas se preparan para retomar fuerzas pues el siguiente destino es la culminación de la traición de Judas en el cerro de la Estrella.

Sobre el cerro, los altavoces rompen el silencio con O fortuna de Carmina Burna, y el diablo, Joaquín vuelve a aparecer sin capa, con todo el cuerpo maquillado, chaleco de acero y antorchas de fuego. El cielo se pintó de rojo y la cara de cientos de niños, mujeres y hombres brillaron asombradas, infectadas por el delirio de la fe, al ver la aprehensión de Jesús por los soldados romanos.

La fatiga del jueves se tradujo en retraso la mañana del viernes. Corría entre los pasillos que unen a la línea doce y la ocho del metro cuando me rebasó un nazareno apresurado también. Con una mirada entendimos que habíamos sucumbido ante el cansancio pero él más allá del tiempo, ante una promesa y una tradición. Apresurados salimos del metro y en la calle Hombres Ilustres desapareció. En la explana, Mikel ansiosa me esperaba pues “ya casi termina la procesión de los nazarenos que cargan su cruz al cerro”. La gente por número formaba un tumulto y los nazarenos, descalzos desde el día anterior, arrastraban cada uno su cruz, tan grande como la de Jesús, entre las calles del pueblo y rumbo al cerro. Algunos sudaban bajo una corona, algunas con flores y otras de pura espina, pues cada quién sabe de qué y hasta dónde cumple su manda, su promesa de ser y hacer pues aparte del aceite quemado de las frituras, los raspados y la carne de caballo enchilada, las calles huelen a penitencia planeada.

La presencia de policías se duplicó. El luto del sábado se disfrazó de solemnidad. El sol quemaba y el asfalto hervía las suelas y las culpas de los nazarenos. En la explanada, al ras del escenario, mientras Judas se arrepiente el servicio médico continúa atendiendo a los lastimados.

Jesús, custodiado por el ángel y sus alas de diez kilos, son rodeados por una nueva turba: la marabunta mediática de reporteros más agresivos que los soldados romanos. Las cámaras interceptan a Judas quien confiesa “lo peor es cuando lo vendo”. Han pasado muchos años y aún no me gusta sentir la presencia de Judas.

¿Cómo vas? Me paraliza Joaquín. Ahora en su papel de vocal del comité organizador que desde un discreto coordina a los actores. Todavía le quedan rastros de maquillaje en la cara y esmalte en las uñas, “llevo horas rascándomela y no se quita” bromea. Comienzan los azotes a Jesús, la gente guarda silencio y recuerdo las palabras de una mujer afuera de la iglesia “las leyendas son falsas, la sangre es maquillaje pero la pasión no”. Un soldado le pone la corona de espinas, la banda comienza a sonar, Jesús levanta su cruz y arranca el vía crucis. “¡Corre! a la primera caída, antes de que llegue Jesús”.

La multitud se amotina. Los codazos se duplican y entre miles de fieles logramos abrirnos paso. Escabullirse no es fácil pero llegamos al pie de la tarima donde sucede la primera caída. “Por nada se vayan detrás de los caballos, tienen que entrar al cerro antes si quieren subir pues los avientan a la gente y siempre hay lastimados. Si se quedan fuera aléjense de la procesión, váyanse porque los granaderos detienen, la banda se enoja y se arman los guamazos” nos advierte un fotógrafo. Se escucha acercar a la banda “¡ahí viene!”. Abren paso unos primeros caballos, la gente grita y nos aplastan contra la base de la tarima. A lo lejos puedo percibir la punta de la cruz del Cristo, las mujeres lloran, nos rodean nazarenos, camarógrafos, granaderos y espectadores tanto en la tierra como en los balcones. Cristo sube a la tarima, la gente se emociona, las mujeres no paran de llorar. Se siente la pasión de miles de fieles que creen más en su representación que en lo que les dijo su religión. Jesús cae y asciende el silencio, ese maldito silencio que anuncia un futuro perturbador. Jesús se levanta, la banda irrumpe y la procesión aprieta con todo lo que hay en su andar. Pierdo a Mikel, me empujan y caigo. Los caballos se acercan pues, me doy cuenta, que me he quedado atrás donde no debería estar. Salgo del camino y entro a una nueva horda que fluye a la par de la procesión. Cada vez son más los caballos y jinetes que desfilan. Dejo esa calle en busca de otra por la que pueda cortar camino hacia el cerro. Es complicado caminar. Debo interceptar la procesión antes de que suba al cerro. Según mis cálculos todavía faltan dos caídas y la tercera dura más pues al Cristo hay que bajarle la temperatura corporal para después poderlo colgar. Me apuro pero caminar es difícil, serpenteo y llego hasta los granaderos que ya no dejan a nadie entrar al cerro. Sus escudos nos empujan a todos. Saco mi pase de prensa, mi escudo defensor, pero me dicen que no puedo pasar. La gente que me rodea comienza a gritar pues también quiere entrar. Cientos de voces se unen para exclamar a los granaderos “traidores, ustedes son el mal de esta sociedad”.

Los gritos los enoja aún más y vuelven a confirmar que nadie puede pasar. Logro movilizarme a otro punto pero tampoco funciona. A lo lejos se escucha la procesión, me pongo nerviosa pues comienzo a dudar de si lograré entrar pues por más que me acerco me escupen fuera. Le pregunto a una señora por un atajo, un recoveco por dónde me pueda colar y me recomienda que corra a otra calle, atraviese un mercado y que les pida a los de la farmacia de la esquina que me dejen pasar. Intento correr pero no puedo, la gente no deja pasar. No he llegado a la farmacia cuando veo pasar la procesión, ya terminó la tercera caída y el Cristo se dirige al cerro. Sigo estancada entre las masas y fuera de procesión y los caballos ya llegaron a mi mismo lugar.

Los gritos no cesan pero ahora no halagan al Cristo sino condenan a los granaderos, la gente quiere que abran paso y los dejen caminar. La procesión ha terminado de pasar y los granaderos permiten que la gente atraviese la calle pero cierran el camino hacia el cerro. Me dirijo a uno y otra vez me niegan pasar. “Por favor, lo voy a escribir, si no veo lo que sucede arriba no lo puedo contar”. No sé si fueron las palabras o que un par de tetas jalan más que dos carretas pero un hombre del comité da órdenes a un granadero de que me deje entrar.

Atravieso la barrera de granaderos y ante mi se abre un camino que sube al cerro. El camino esta vacío, solo escudos y sus respectivos granaderos lo rodean, detrás miles de personas gritan y empujan para pasar. Sigo subiendo hacia el cerro y logro alcanzar a los últimos caballos. Uno, luego dos y más resbalan pues con las herraduras no pueden trepar. Los caballos se niegan, tiemblan, reparan, algunos caen. Los jinetes los jalotean. La fuerza que revelaban abajo se ha convertido arriba en fragilidad. La gente grita para que los dejen en paz. Sigo subiendo, me abro paso entre las piernas de los que sí han logrado subir, siento miedo y recuerdo aquel caballo del Judas que me ponía a temblar. También agitados, se mueven agresivamente, y los esquivo detrás de los granaderos. Se me quita el miedo pues si quiero subir debo seguir.

Llego a las faldas del cerro donde están los nazarenos y sus cientos de cruces. Los caballos que pueden siguen subiendo. Se abre una brecha y junto a un caballo logro salir de la calle y entrar a la parte del cerro que parece montículo, cada vez estoy más cerca de las tres cruces. Aquel montículo seco y arenoso en el que vivía un remolino de polvo es ahora el soporte de un huracán monstruoso con millones de ojos que observan hacia el mismo lugar. Lo desolado ha cobrado vida y la malla ciclónica detiene a la multitud que grita porque Judas se acaba de colgar.

Resbalo con el polvo, es difícil respirar, pero logro llegar hasta las tres cruces. Son pocos los que hasta ahí pueden pasar, pero Mikel fue una de las que también lo consiguió. La multitud mediática también llegó hasta allá. Junto a mi una mujer reza en silencio mientras la niña que carga en brazos juega con sus labios. Es la madre de Jesús, del muchacho que esa tarde representa al hombre por el cual lo bautizó; el alabado que acapara las miradas, el personaje principal que después tendrá que volver a poner los pies en la tierra, dejar los reflectores atrás y regresar a su monótona realidad. Aquel cerro que alguna vez sentí descorazonado se convirtió en un santuario donde convergen el delirio, el sufrimiento, el cariño. Las ganas de creer se contagian pues la pasión no se ve, se siente; surge un apetito ardiente por pertenecer a algo más grande que uno mismo, por ver cómo unos se levantan de las caídas del vía crucis del día a día. Así como abajo hule a penitencia arriba huele a promesa.

El sábado santo me volví a encontrar con Joaquín. Le pregunté ¿qué sintió cuando personificó a Jesús y lo subieron en la cruz?. “No lo he comentado y no lo quiero hacer. Cada quién tiene sus motivos para estar”. Así como de pequeña fantaseaba con Judas y me ponía a temblar, somos millones de personas las que dejamos nuestra imaginación volar, pues querer creer es una forma de vivir y la imaginación es motor de la creación y la pasión.

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21 marzo, 2014

A su merced

a su merced

 

A su merced, Ciudad de México.

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13 marzo, 2014

El tío Lolo

Vendedor de sombreros. Santa Clara del cobre, Michoacán

Al tío Lolo lo conocí en Zacán Michoacán. Crea y vende sombreros. El día que lo retraté los ofrecía por ciento cincuenta pesos.

 

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