7 enero, 2017

Knockout

“¡Nadie me venda, sé cómo!”, exclamó Omar “dedos, nudillos y muñecas”. Lo hacía bien. Desde chico. “El que no se venda no sabe boxear” le repetía su padre quién sin vendar ni boxear, sólo observaba. Aficionado puro.

Esa tarde, antes de subir al cuadrilátero, lo hizo un kieveño. Omar se quejó. Sentía los nudillos apretados y le faltaba colchón. Lo hizo con señas pues no hablaba ucraniano ni ruso y en Kiev nadie conocía el español.

Omar era mexicano. De la capital. Había crecido entre rastros, vecindades y primos. Entrenaba desde chico y en la adolescencia lo firmaron como boxeador.

box

Ganaba. Esa tarde la victoria se disputaba a las afueras de Kiev, en unas ruinas que le habían descrito como un “centro comercial”. Dionisio, su promotor, masticaba el inglés y se daba a entender con unos cuantos.

No logró corregir el vendaje y, entrenado para resistir, se puso los guantes y mentalizó. Le pegaría duro al “pinche ruso”, su contrincante, como sabía, lo fintaría y cansaría hasta knockear. Quería tirarlo y dejarlo abajo hasta que las campanas del jurado marcaran su derrota.

Lo dibujó tan bien que lo logró. Al ver a su contrincante tirado uno de los jueces subió y comenzó a gritar por el altavoz. Emocionado, pronunció “Omar Arizmendi” de tal forma que ni él entendió que lo declaraba triunfador.

El promotor estaba feliz. Le entregó unos billetes, una medalla dorada y un boleto de regreso en tres días. Lo vería en el aeropuerto. Volarían a Moscú y de ahí a Los Ángeles. Apalabrarían algunos contrincantes gringos y de regreso a México.

Omar tenía tres días de descanso y un cuarto de hotel pagado con la dirección y estación de metro más cercana escrita en un papel. Era joven, con sed de adrenalina y desproporciones.

Dejó las instalaciones. Caminó por la calle entre edificios gigantescos en busca de un bar. Todos eran más altos, más blancos.

Una pareja lo interceptó. Estaban borrachos. Lo habían visto pelear. Imitaban el gancho con que había mandado al otro a la lona. Con unas señas Omar comprendió que lo invitaban por unos tragos y aceptó.

El bar estaba en un sótano. Pidieron cervezas locales y otra especie de aguardiente. Omar probó todo lo que le dieron.  Respondía en español a todo lo que comentaban en ruso.

Desde la barra una mujer lo observaba. Pelo largo, ondulado, peinado y rubio. Ojos verdes y maquillaje, labios rosas. Vestía falda y suéter entallado que cubría una figura delgada y pálida. No mostraba acompañada.

Omar quedó prendado. Ella le sonreía y reía. Jugueteaba. Su mirada lo atravesaba y se acercó. Brindaron. En cuanto se agotaban sus tragos ella pedía más. Se entendían con las pocas palabras de inglés que los dos medio macullaban.

Cuando el cantinero marcó el fin de la noche salieron juntos. Omar no soltó su mano y la besó sobre la banqueta. Quería morderla. Ella detuvo un taxi. Bajaron en un hotel y ella lo guió hasta una habitación. En su bolso guardaba la llave.

En el cuadrilátero del amor. Una lucha de poder sin tiempo ni juez. Dormían y despertaban con hambre. Ella salía y regresaba con comida y más alcohol. Ella confiaba en él. Él la entendía.

El tiempo comenzó a preocuparle. Llevaba horas, días de encierro, quimera y pasión. Había perdido más peso que en la pelea y la idea de separarse lo encabronaba.

Sobre la cama le explicó el plan. Parte en inglés, la mayoría en español, usó señas y dibujos sobre una servilleta. Se irían juntos al aeropuerto. Le pediría a su promotor que le comprara un asiento en el vuelo. Se lo pagaría con las victorias de las siguientes peleas. Le daría un porcentaje mayor de la bolsa si era necesario y le costaba convencerlo.

De usar las influencias del promotor podrían quedarse en Los Ángeles. Ella trabajar en un restaurante o como modelo. Él, seguiría su carrera como boxeador profesional y pondría un gimnasio. Luego comenzar una familia.

Ella aceptó. Quedaban pocas horas para la cita con el promotor. Omar debía recoger sus cosas del cuarto de hotel que no había visitado. La besó y le pidió que empacara pues en poco regresaría por ella y en taxi al aeropuerto.

En la calle buscó el papel con la dirección. A una cuadra se topó con la estación del metro. Abordó el primer vagón. Imaginaba su futuro, lo podía trazar. Al de junto le mostró la dirección. Éste le señaló cuándo bajar y cambiar.

Llegó al hotel, tomó su maleta y regresó al metro. Hizo el cambio de línea y bajó en la estación. No era la misma. No encontró el papel. Luego otra y dos más. No reconocía ninguna. Intentó hacer memoria. Recordar en dónde se equivocó. El golpe que no vio.

Omar corrió desesperado entrando y saliendo del mundo subterráneo hasta que sus piernas y el tiempo lo traicionaron. Derrotado se sentó sobre el piso y recargó su espalda. Debía tomar el siguiente vagón al aeropuerto. Aspiró y exhaló con llanto. Su primer knockout.

Leer completo

13 julio, 2016

Romeo

Nació en cautiverio. Su huevo lo colocaron en un nido y fue empollado bajo la luz de un laboratorio. Un pequeño oasis en medio de la ciudad de concreto con castillos de acero al descubierto fue su hábitat.

Creció rápido y lo mudaron a una jaula más grande. Romeo era un turaco verde, sociable y curioso. Comía verduras y frutas. Como al mole, había que picarle todo en trocitos. Brócoli, lechuga, espinaca, papaya, plátano y manzana.

A la jaula contigua llegó otra turaca. Una especie distinta. Era hembra, más pequeña y con la cabeza blanca. Jamás había puesto un huevo. Romeo se enamoró a primera vista.

El animalero decidió mudarlos a un albergue. Un patio techado con árboles y más plumíferos. Un calao, ave africana de gran pico, un ave del paraíso y un venado chiapaneco eran sus nuevos compañeros.

Romeo, de cresta larga, la cortejaba todo el tiempo. Cantaba, bailaba, le mostraba el plumaje y llevaba regalos al nido.

Cuando entraban visitantes, Romeo, fisonomista y creyente en las primeras impresiones, se acercaba y los inspeccionaba. A los favoritos los seguía pero no permitía que se acercaran a su pareja.

La protegía. Caminaba frente a ella y no se le despegaba. Insistió tanto que lo logró. Ella puso un huevo. Era más grande de lo normal. Luego otro y en el siguiente murió. “Fue una distocia”, concluyó el animalero con lágrimas en los ojos cuando entre sus manos agonizó.

Romeo dejó de comer, bailar, cantar y mostrar su plumaje. Pasaron meses. El calao, de mayor tamaño, lo molestaba. Romeo se enojaba y escondía entre las plantas.

Una mañana se reunieron médicos, estudiantes y fisgones en su albergue. Mientras admiraban al calao, Romeo, entre las plantas, se acicalaba. Con su pico curveado alisaba sus alas puntiagudas y su cola larga y redondeada.

Los observó y cuidadoso se deslizó entre las ramas. Se acercó y movió la puerta con su pico amarillo. “¡Una se escapa!” gritó un fisgón. Romeo extendió las alas, mostró su plumaje de vuelo rojizo, y despegó.

Leer completo

18 enero, 2016

El delirio de Bulmaro

A los once años Concepción descubrió cómo se veía un par de testículos. Perseguía sapos en el rancho de su tío cuando su primo le anunció: “te tengo una sorpresa en las caballerizas”. Lo siguió. En el picadero le dijo asómate y ella pegó el ojo a un orificio en la pared. Estaba Bulmaro, caballerango, desnudo con los testículos colgando. Se bañaba a jicarazos, con el agua y en la tina de los caballos.

Su primo reía. Con los años, Concepción también. Bulmaro los asustaba. Era severo. Con piel recia y oscura, bigote mestizo. Cejas pobladas. Frente surcada y uñas desfiguradas. Contaban que antes de tener aquel oficio había vivido en la cresta de un volcán joven “de los ya silenciados”. Dormía sobre arena y rocas que fueron lava. Bebía agua de lluvia y se alimentaba de maíz y gallinas que robaba de campesinos en pueblos cercanos.

Desde las alturas distinguía un valle. Tierra roja y árboles con follajes brillantes. Le llegaba el eco del gorjeo de las aves. Una vida errante. Frío, soledad, hambre, intranquilidad. Esperaba a que la noche se comiera el día. De pronto enfermó. Las manos y el cuello se le pusieron pintos, sintió mareos, dolores de cabeza y bajó.

En el pueblo del doctor que lo curó buscó trabajo. Nada. El tío de Concepción, un viejo cacique, trabajador y alejado de los chismes, se lo topó afuera de misa mendigando. Al notar la fuerza de sus manos lo puso a prueba con sus caballos.

Bulmaro se curtió como jinete. Cuando Concepción y sus primos querían ir al monte los acompañaba. Trepara a la carreta. Bulmaro la arreaba y Chiclán la jalaba. A los caballos les hablaba con suavidad. De su mano, Concepción conoció el níspero, la changunga y el higo. También que al río, para tomarlo, había que escupirle y contar hasta tres. Si se disolvía viajaba limpio.

Una noche de frío Bulmaro y otro campesino encendieron una fogata. Aflojado por el licor soltó la lengua. La noche del bautizo de su cuarto hijo también ardió madera. Lo hizo en la parcela junto a su casa. Invitó amigos, contrató músicos, bebieron charanda y comieron pozole. Era noche estrellada. Entró a la casa en busca de su esposa. Ella intentaba dormir al niño.

Comenzó una discusión que nunca entendió. Bulmaro tomó un cuchillo y se lo hundió en el estómago. Lo repitió siete veces. La última lo retorció. Ella soltó el último aliento con un gemido. La sangre escurrió hasta formar un pequeño charco sobre el piso de tierra. Vio reflejada su miseria. Su hijo mayor irrumpió. Corrió fuera. El bebé berreaba. A lo lejos lo escuchó.

Bulmaro no paró hasta encontrar el volcán. Caminó días. Quiso esconderse entre las nubes del cráter. Sabía que sus hijos, al encontrarlo, lo vengarían. “Ella se lo buscó” concluyó Bulmaro al campesino, a su madre también la había matado su marido.

Concepción escuchó la confesión. Había escapado de la casa y se escondía entre los matorrales. Guardó silencio y regresó a su cama. No volvió a pedir a Bulmaro que la llevara al monte. Tampoco les contó a sus primos. Agradeció que su madre, días después, le anunciara que dejarían el rancho.

¿Y Bulmaro? preguntó Concepción años después cuando regresó al rancho. Bulmaro había subido al monte. Volvió con la cabeza de una serpiente. Contó que se encontraron. Al no poder morderlo ella se irritó. La serpiente quería ganar así que lo retó. Bajaría el monte más rápido que él. Bulmaro comenzó a correr. Galopó como caballo. Con una piedra perdió un guarache. La serpiente se arrastraba veloz pero Bulmaro la rebasó y ganó.

Enfurecida, la serpiente trepó un nopal y se enredó en su penca. Exprimió tan fuerte que las espinas atravesaron sus escamas. Bulmaro la degolló. Pensó en hacerla un cinturón. Concepción escuchaba con atención la historia que otro caballerango le contaba, “esa tarde, cuando cerró la noche, Bulmaro partió”.

 

Leer completo

11 enero, 2016

El tigre

Al fondo del restaurante un hombre sentado toma un vaso de agua mineral con hielos. Observa el campo de golf que lo rodea y otras mesas con familias. Lo saludan y se quita el sombrero vaquero que combina con la hebilla. En su playera se ve un gato imitando ser DJ, y alrededor otros gatos que levantan el brazo y la garra.

Los meseros lo conocen como El tigre. Nació en septiembre. Sólo come carne cuando se trata de chiles en nogada. Su platillo favorito. Cada cumpleaños su padre lo llevaba a comerlos. Una tarde, al salir del restaurante, le pidió que lo acompañara al hipódromo. Era día de subasta del Cuarto de Milla. El tigre, que apenas había cumplido la mayoría de edad, se acomodó entre rancheros y remolques con placas de todos los estados.

Su padre tenía un rancho. Alucinaba el hipódromo pero le gustaban los cuacos finos. Solo lo visitaba durante las subastas. Esa tarde vestían botas texanas al estilo George Bush y camisa. “¡Arranca en 25,000! lote 74, siete cuatro… ” Indicaba el subastador tan rápido que El tigre apenas entendía. Junto, sobre un cuadrilátero de tierra y estiércol, el caballo subastado se paseaba en círculos desnudo, sin jinete ni montura, tirado de las riendas por un caballerango.

Después de varios golpes de martillo su padre lo guio a los establos que rodeaban la subasta. Un yearling, potro de menos de dos años, retinto y brioso los cautivó. Buscaron al dueño y le ofrecieron arreglarse abajo. Se llamaba Presumido man.

El tigre andaba hasta la madre de estudiar. Agarró un trabajo pero al poco tiempo se arrancó la corbata. No sabía qué hacer. A su padre se le ocurrió que se informara sobre las corridas en el hipódromo. Dos días después era caballista y Presumido man y Rosa, una yegua dosañera, dejaron el rancho de su padre y se internaron en el hipódromo.

Debutó como propietario con Rosa. Ganaron. El tigre pasaba los días en las caballerizas. Era como un pueblito; había puestos de garnachas y en las noches brindaban en las cuadras. Durante los entrenamientos revisaba el libro de condiciones e inscribía a sus animales en las carreras que podía.

Mandó hacer gorras y chamarras con los colores y el nombre de su cuadra. El día que tenía carrera llegaba antes. Se estacionaba cerca de la cuadra. Caminaba con el entrenador, el caballerango y el caballo hasta la báscula y luego al ensilladero. Cuando el cuaco entraba a la pista él se quedaba en las tribunas.

Presumido man había subido de categoría. Era una bestia pesada. Tardaba en agarrar tierra pero cuando menos se lo esperaban no le veían ni el polvo. Lo inscribió en un clásico. Antes de correr lo embarró con una friega de alcohol y hierbas, para que se le calentara el cuerpo y saliera tendido a la pista.

Llegó en segundo lugar. Su suegro le ganó por nariz. El tigre carcajeaba, creía que se volvía loco. Había ganado dólares, ¡miles! El mejor premio de su vida se lo había dado un caballo. Bebió y festejó. Su padre se lo llevó a fuerzas al rancho, “mañana vienes por tu precioso cheque”.

Se compró un auto nuevo, del año, un Ford Cougar y otro caballo Goodbye Alibi. En una carrera Rosa se quebró una pata. El público gritó al verla caer. Se paró como títere. Le inyectaron salsa inglesa, una mezcla de químicos que la dejó fría. Presumido Man amaneció con cólico. El tigre probó todos los remedios que conocía; tés, pomadas, le empujó la panza y le picó el hocico para que vomitara. No reaccionó, era como cortarle el agua a una manguera. Murió entre sus brazos.

Goodbye Alibi continuó ganando veinte carreras más. Lo inscribió en una de reclamación y a un charro le gustó para su hijo. Ganó y lo entregó. Le dolió. Lo quería.

El tigre llama al mesero. Lo conoce desde hace años. Todos los días come en la misma mesa de ese restaurante. Le pide otro vaso de agua mineral con hielos. El mesero desaparece y vuelve con una charola. Le sirve otro vaso con agua mineral y le añade que ya es el tiempo de un chile en nogada.

Leer completo

25 octubre, 2015

Despertar

Casi siempre era igual. La joven Daría cerraba los ojos y dejaba que sus pensamientos se perdieran en la oscuridad. Cuando la lucidez regresaba tenía los ojos abiertos y una palabra a medio pronunciar. Podía terminarla pero no sabía a qué frase pertenecía, lo que había pasado antes ni qué seguía.

Sus padres le prohibieron el chicle. Le encantaba. Si la pescaban mascando plantaban la palma bajo su mentón y debía escupirlo. Su familia vivía en otra ciudad. Un fin de semana sus primos la visitaron. A escondidas, organizaron un concurso de quién armaba la bomba más grande. Con tres piezas Daría creó una goma gigante y elástica. Ganó. Cuando oscureció los llamaron a cenar. No quería perder la goma ganadora así que la escondió en el baño. Después se puso un camisón y lavó los dientes. La preciada goma se había endurecido así que la masticó un poco, se la pegó al paladar, apagó la luz y cerró los ojos pues temía la oscuridad.

“No sé…” respondió Daría unas horas después cuando despertó. La luz ya estaba encendida y alrededor la observaban sus familiares asombrados. Se había embarrado la goma gigante desde el pelo hasta las sábanas pasando por distintos puntos del camisón.

Mientras crecía, Daría aseguraba que debajo de su cama habitaba una sombra de manos largas que por las noches intentaba agarrarla de los pies cuando se levantaba al baño. Para evitarla saltaba lejos de la cama. Otra madrugada despertó sentada, llorando. La luz otra vez encendida. Su madre buscaba debajo de la cama. Daría lloraba tanto que le costaba respirar.

Las acciones nocturnas de Daría continuaron pero ella dejó de despertar.  Por la mañana se enteraba qué había hecho y dónde la habían encontrado. Platicaba con quién se encontrara. Podía hacerlo por minutos. Tuvieron que bajarla de una ventana, Daría aseguraba que estaba en una misión hacia la cima de una montaña. También apareció deambulando en el jardín.

Años después viajó con un grupo de amigos de la escuela. Se hospedaron en un hotel a las afueras de una capital provinciana. Concilió el sueño con un programa en la televisión sobre la cantante Tina Turner. Entre sueños encontró una fiesta dentro de su habitación. Dos amigas la sacaron de la cama y jalaron hacia la puerta. Con un empujón la sacaron y la puerta azotó. Con el ruido abrió los ojos. Estaba en el pasillo del hotel. Como hacía calor vestía camiseta y calzón.

Al pasillo lo decoraban alfombra roja y papel tapiz de flores. Olía a humedad. Daría tocó en las habitaciones de sus compañeros pero nadie respondió. Otra chica dormía con ella pero con el volumen de la televisión no la oyó.  Daría caminaba de puntitas tocando puertas, no quería despertar a la gente equivocada. Todos dormían. Bajó unas escaleras rumbo a la recepción pero nadie la atendía. Regresó al pasillo y en un rincón encontró un teléfono. Marcó a su habitación y su compañera le abrió.

Le dijeron que ser sonámbulo desaparecía con el tiempo. Todas las noches, abrazada por la almohada y el edredón de la cama, Daría se concentraba y repetía “despertarás en tu cama y en ningún otro lugar”. Algunos decían que la oían hablar por las noches. Entre sus peores pesadillas, estaba el juego cruel de despertar.

Leer completo

18 septiembre, 2015

La pirita de Cruz

A los ocho días de que nació Cruz murió su madre. El padre, un periodista bajo de lana, lo dejó en el hospital hasta pasado el entierro. Estaba desolado. Cruz era el menor de seis así que dejó que sus hijos mayores se encargaran de él.

Cruz creció barriendo el patio y recogiendo la mierda de los perros. Hacía los trabajos que sus hermanos no querían. Cuando cumplió siete años su padre le regaló una bicicleta. Sus hermanos se encelaron y le rellenaron con mastique las orejas. Una lavandera vecina lo encontró como loco y salvó llevándolo con un curandero. Su padre ni lo supo.

Todas las mañanas, Cruz imaginaba el día en que se largaría de la casa. No era bueno para la escuela pero creía que algún día le favorecería. Terminó la primaria. En secundaria un día se enfermó. Lo llevaron con un yerbero. Diagnosticó algo raro, no sabía qué era. Estaba en sus últimos días.

A una tía no le gustó la sentencia y buscó una segunda opinión. Lo llevó con un otorrino. Señaló la urgencia de una operación de adenoides.

Tras la recuperación Cruz descubrió que podía respirar profundamente y distinguir olores. Algo que nunca había experimentado. Se fascinó con el olor de las frutas, verduras, especias y condimentos. Siguió con los perfumes. Olía todo lo que iba encontrando. Su nuevo sentido le permitía ver a través del olfato.

Un día lo sorprendió un olor ácido pero dulce, algo que nunca antes había identificado. Venía del ropero de uno de sus hermanos. Era un fajo de billetes y una cruz de oro. Entonces supo que tenía un don especial, podía oler el oro y el dinero desde la distancia.

En la escuela podía reconocer cuánto cargaba cada compañero. Su padre no le daba ni una cuarta parte de lo que le daban a los demás. Entonces comenzó a robar.

Guardó cada peso hasta completar lo suficiente para rentar un cuarto lejos de la casa de su padre. Dejó la escuela, conoció el barrio y perfeccionó su don.

Con El Pirru, otro mañoso de la cuadra, manejaba la ciudad. El Pirru se encargaba del volante mientras Cruz olfateaba. “En esa casa hay un millón y medio de pesos”, decía Cruz. “No manches”. Daban otra vuelta y Cruz volvía a oler. “Si, vas a ver”, le decía, El Pirru se quedaba esperándolo en el auto.

“Mira güey, había un poco más”, le decía Cruz al regresar. Un día escogió la casa equivocada. Era de un político. La policía lo agarró y lo encarcelaron dos años.

En el penal se peleaba por bolillos. En una riña le picaron el brazo y lo encerraron en las celdas de castigo. Su compañero de dormitorio era un narco. Ahí era feliz. Por cincuenta pesos le boleaba los zapatos. Eran zapatos de piel café con hebilla de oro, preciosa, gruesa y fregona. El olor lo embriagaba.

Al salir volvió a robar de casa en casa. Había aprendido a defenderse pero el dueño de una colección de centenarios lo interceptó y atacó con un machete. Cruz vio su mano colgando de un pellejo. La agarró con la otra, envolvió en un suéter y salió corriendo.

Después le reventaron dos balazos. Uno le entró por la nariz. Perdió las muelas y le ocasionó un hoyo que le atravesaba el cachete.

Su olfato se deterioró. Ahora confundía los olores. En un bar conoció a un par de policías. Habían escuchado rumores de él. Lo invitaron a trabajar. Aceptó. Extrañaba el oro y el dinero.

Ellos le daban el pitazo. Le decían en qué casa entrar. Las ganancias las repartían entre tres. En la casa de un expolicía no quisieron darle su parte. Se molestó y amenazó con denunciarlos. Caminó hacia la puerta pero una bala lo atravesó. Murió por la espalda. Su cadáver lo dejaron tirado en la casa, junto con todo lo que habían robado. Indicaron que había opuesto resistencia, otro desconocido más.

 

Leer completo

19 julio, 2015

Revólver

Cuando Marina se enteró que Ricardo, su pareja, le ponía el cuerno, sintió que todo su cuerpo ardía. En un bar en penumbra un conocido de Ricardo los abordó y después de presentarse como Tito agregó “tú debes ser Karina”.

Marina ya había cuestionado a Ricardo si salía con alguien más y él respondió “no, son puras fantasías tuyas”. Aunque lo mandó a la chingada lloró toda la semana. Ni sus amigos lograron consolarla.

En la radio ganó boletos para un concierto de la Orquesta Nacional. Decidió asistir sola. Se puso una falda larga y camisa negra. Como único accesorio un anillo de plata en el dedo medio. Regalo de una prima “para atraer buena suerte”.

Se sentó donde podía observar con detalle las violas y oboes. En el intermedio salió a fumar. Al regresar a su asiento, sintió una mirada. Era un hombre de lentes, camiseta negra, jeans y pelo corto. Más joven que el resto de los asistentes. Marina lo evitó y volteó hacia otro lado. Odiaba sentirse observada.

Al terminar el concierto salió apresurada. En las escaleras sintió como que la llamaban. Ignoró. El hombre la alcanzó.

Se presentó como Tomás y le invitó un café. Marina no supo decir no. Después de todo, había algo encantador en su mirada.

No era feo, tampoco guapo. Parecía tímido pero era atrevido. Pintor. Marina lo observó detenidamente. Una verruga en su cuello le incomodaba. Entendió que encerraba temores en las entrañas. Él admiró su anillo. Ella se lo quitó y se lo dio. Él lo inspeccionó con las manos y se lo regresó.

A los pocos días, Tomás la llamó. También la semana siguiente. Otra tarde se volvieron a reunir. Llevaba algunos ejemplos de su trabajo. Sus grabados encantaron a Marina. Le contó que vendía poco así que intentó conectarlo con una galería pero él no mostró interés.

A Marina le gustaba que Tomás la llamara. Se sentía querida. Una noche, dejó su bolso en un restaurante y perdió el teléfono celular. Su único contacto con Tomás.

Pasaron meses sin saber de él. Ella se preguntaba si estaría bien. Lo extrañaba. Quiso buscarlo pero no sabía por dónde comenzar. Jamás hablaron de gente en común. Sólo sabía que vivía cerca de la plaza Constitución.

Pasaron meses y Marina lo comenzó a olvidar. Una tarde, su amigo Iván toco la puerta. Estaba destrozado. Un amigo de la infancia se había suicidado. Ella lo consoló. En pocos días sería su cumpleaños así que decidieron organizar una fiesta e ignorar la tristeza.

En la fiesta, Marina vio a un hombre parecido a Tomás. Iván los presentó pero Marina venía acompañada y la conversación fue muy corta.

A la mañana siguiente Marina decidió caminar por la plaza Constitución pensando en que igual y encontraba a Tomás. Recordó al muchacho de la noche anterior y sus mejillas palidecieron. Entendió que era su hermano. El muchacho al que habían encontrado colgado era Tomás.

Sus ojos se hundieron entre las grietas del pavimento y sus rodillas se debilitaron. Una voz la interrumpió. Apartó la mirada del suelo y se encontró con dos hombres y un revólver dirigido hacia su estómago. Les entregó su bolso, el teléfono celular y su anillo. Fue su primer asalto. Marina comprendió lo que es caminar con miedo.

Leer completo

31 mayo, 2015

El túnel

Al centro de la funeraria se encuentra un patio con cafetería y tres mesas. Una fuente y pasto decoran. En una mesa dos mujeres conversan. Ninguna viste de negro.

Las dos fuman. Hablan de lo mucho que les gusta el cigarro. Una, delgada con cabello largo y rubio, calcula comenzó hace nueve años. Tiene cuarenta. Usa escote, poco maquillaje y vaqueros entallados. La otra, poco más joven, usa falda larga de colores, cabello negro suelto y alborotado.

Un hombre de ojos azules, traje negro de piel y cabello soldado con gel  les pide un cigarro y se sienta a conversar. Dice ser compositor por lo que el cigarro le “es indispensable, tanto como la necesidad por creer”.

“Creer en algo como el Dalai Lama”, interrumpe la mujer con cabello alborotado. “De acuerdo” afirma el hombre, “algunos no lo entienden, hasta que se ven en el túnel. Hasta que ven la luz”.

Ellas le preguntan si ha visto el túnel. Responde que sí. Hace unos años tuvo una novia. Vivía en un departamento viejo donde el boiler estaba dentro de la casa. El ducto de salida de los gases daba hacia la habitación donde se encontraba sentado trabajando.

Su novia se dio un baño “como de cinco horas”. Al levantarse, dio pocos pasos y calló al suelo intoxicado. Al encontrarlo tirado la novia gritó histérica. Él la veía a lo lejos, desesperada, la rodeaba obscuridad. Ella lo arrastró hasta la ventana. Minutos después volvió en sí.

Las dos mujeres asombradas encendieron otro cigarro. “¿Ya se despidieron o falta alguien de despedirse?”, anuncia casi a gritos un encargado de la funeraria, “la cremación de la sala cuatro está por comenzar”.

Los tres apagaron sus cigarros apresurados y se dirigieron rumbo a la sala. Cantando despidieron al cuerpo. Caminaron detrás del ataúd hasta la sala de cremación. Ellas regresaron en llanto a la sala e inspeccionaron los arreglos. Se llevaron sus flores preferidas, las orquídeas.

Leer completo

10 abril, 2015

Ella

Al adoptar a un perro, Eugenia se dio cuenta de las responsabilidades que adquiría. Debía enseñarle un poco de todo y llevarlo a ejercitarse. Ella era sedentaria. Su lonja y panza lo delataban.

Su perro era pequeño y blanco así que lo nombró Huevo. Cerca de su casa estaba una de las plazas más antiguas de la ciudad. Al centro, tenía una iglesia casi en ruinas con un patio. El resto eran jardines y bancas. En el patio se reunían los perros con sus dueños. Mientras Huevo perseguía a otros perros, ella platicaba con madres de familia, viejitas chismosas y algunos pubertos.

Una mañana, ya de salida, notó que entre unos matorrales se asomaba una cola larga, negra y rugosa. Ella se acercó a ver y Huevo a oler. Al descubrir que era una iguana gigante su primer impulso fue alejar a Huevo quién comenzó a ladrar.

“No le hará nada” dijo una voz y Eugenia volteó. Era un joven que junto a ella descubría a la iguana. Él se acercó e intentó agarrarla de la cola. El animal se movió rápido y se escondió entre los arbustos. Parecía estar lastimado de una pata. “Espera, ahora regreso”, dijo el joven y corrió hasta desaparecer.

La iguana y Huevo se quedaron inmóviles. Eugenia con las mejillas arrebatadas. Observó a su alrededor y agradeció que no habían más perros que molestaran a la iguana escondida. Sentía insectos en el estómago.

Se sentó en la banca más cercana y guardó las manos en los bolsillos del abrigo. Huevo se sentó a su lado. El joven regresó con una caja grande. Ella amarró a Huevo en la banca y acorralaron a la iguana. Con la ayuda de una rama lograron sacarla de los arbustos y meterla dentro de la caja. No fue fácil.

Su mirada necia lo seguía. Lo encontraba encantador. Calculó tenían la misma edad. Notó que se comía las uñas y que probablemente no había lavado sus tenis desde nuevos. ¿Y qué harás con ella?, preguntó Eugenia nerviosa. “Mi vecina es veterinaria, la curaremos y le buscaremos casa” y con caja e iguana entre los brazos dijo adiós y partió.

No podía dejar de pensar en él. A la mañana siguiente, junto con Huevo, regresó a la plaza. No estaba. Se preguntaba dónde viviría. Por un barrendero se enteró de que hace muchos años vivían iguanas en la plaza. Había un mercado de frutas y las iguanas comían los sobrantes. Eran verdes. Al crecer la ciudad el mercado se mudó y las iguanas tuvieron que buscar alimento en las alcantarillas. Entonces se tornaron negras y desaparecieron.

Las siguientes semanas lo buscó sin suerte. Fantaseaba cómo era, qué haría, qué le gustaba y si a él también le temblaba el pecho al pensar en ella. La iguana era otro misterio.

Una mañana la despertaron los ladridos de Huevo. Desde la cama notó que su puerta estaba abierta y la de la terraza también. Pensó que uno de los gatos de la vecina se había saltado a la terraza. Huevo los detestaba. Volvió a cerrar los ojos e ignoró el ruido.

Cuando escuchó los ladridos dentro de la habitación abrió lo ojos. Un globo rojo en forma de corazón flotaba y viajaba dentro. Se desinflaba lentamente. Había entrado por la puerta de la terraza y Huevo le ladraba. Eugenia lo interpretó como una señal y se dirigió al parque.

Se sentó en una banca y lanzó una pelota que Huevo cachó. Entonces lo vió. Caminaba con un perro grande. Al verla se acercó. Los perros se gruñeron y ladraron. Ella preguntó por la iguana. Él, al no escuchar, le hizo señas de que esperara.

Se aproximó. Le había puesto bozal a su perro. La iguana estaba bien, recuperándose. Eugenia sentía que flotaba. Le contó que estudiaba cine. Ella administración. Ofreció prestarle un libro e intercambiaron teléfonos.

Tres días después la llamó. Quedaron de verse esa noche. Él le mandaría un mensaje para fijar el lugar del encuentro. Eugenia se probó todos los vestidos que tenía. Ninguno le escondía la panza. Le habló a un amigo y pidió asesoría. Le escogió uno con el que sentenció “lo harás frenar con motor”. Ella se maquilló y le mandó un mensaje. Él nunca respondió.

 

Leer completo

17 marzo, 2015

Vigilia

Nazario era un niño cuando Lázaro Cárdenas repartió las tierras de las haciendas en Michoacán. “Tu te robaste cincuenta metros” y por eso, Julio reventó tres plomazos en la cien de Hermenegildo. Nazario lo vio. También cuando otros dos se balacearon porque a uno le tocó el río y el otro no tenía agua.

En una encurcijada conoció a José Barriga. Se le había escapado una mula y Nazario la enlazó. Barriga notó que el joven era huérfano y fuerte así que lo invitó a unirse en su camino. Compraba aguardiente en tierra colorada, cargaba treinta mulas con barriles y los vendía por tierra caliente y el valle de los lagos.

Los borrachos lo conocían. Al ver llegar sus mulas se organizaban. Prendían fogatas, tocaban música y él les vendía arguardiente. Todo el pueblo asistía. Primero reían y bailaban, luego se peleaban y dormían. Barriga no tomaba, servía trago y cobraba billetes. A lo lejos, Nazario cuidaba de las mulas, los barriles y los baúles llenos de billetes con naftalina para que no se los comiera la polilla. Por el día caminaba y José Barriga descansaba sobre una mula. Por las noches debía estar atento a los ladrones. Casi no dormía.

Una noche, Nazario vió a una muchacha y quedó embrutecido. Iba sola. Dejó las mulas, el cargamento y fue tras ella. Entre las sombras la llamó con un chiflido. Ella se acercó y con un costal le cubrió la cabeza. Gritó. Nazario intentó cerrarle la boca, taparle las narices y al no medir su fuerza le tronó el pescuezo. La música disfrazó el encuentro.

Comenzó a sudar. Sobre los hombros se hechó el cuerpo encostalado de la joven y corrió hacia lo más oscuro. Metió una mano al costal y tocó su rostro. Era suave, algo que nunca había sentido. La llevó hasta las mulas. Barriga no había notado su ausencia y seguía vendiendo bebida.

Un impulso lo guió al río. Casi se topa con una pareja. Sumergió el cuerpo. La corriente hizo que lo perdiera de vista.

Al salir el sol Barriga contaba los billetes recién ganados y guajolotes que le habían intercambiado durante la noche. Con un grito despertó y exigió a Nazario preparar las mulas. Era la primera vez que se quedaba dormido.

Leer completo