9 mayo, 2017

Voces del Romanza

Una escalera guía a la entrada del gimnasio Romanza. Entre costales, un hombre me pregunta qué necesito. Me confirma que don Nacho Beristain no se encuentra. Son más de la cinco de la tarde.

Dentro de una oficina, atiborrada por fotografías, medallas, reconocimientos y más recuerdos, el hombre escribe un teléfono en un pedazo de papel. Debo llamar a la mañana siguiente si quiero encontrar al señor Beristain.

“A ver dígame”, dice la voz pacífica de don Nacho al teléfono. Lo rodea una atmósfera de golpes. Veloces jabs, rectos y jadeos de los que entrenan a su alrededor.

Don Nacho Beristain visita el Romanza por las mañanas. Se considera un trabajador del boxeo. Los jóvenes llegan, lo buscan. Suben las escaleras y se abren paso entre los costales.

A partir de las siete y media y hasta las diez de la mañana entrenan los más apasionados; los que sueñan con llegar a profesionales. Conocieron el gimnasio por rumores, internet, programas de televisión o por la historia de alguno de los 23 capeones del mundo que ahí se levantaron.

“El boxeo profesional es un espectáculo caro y ejercerlo es difícil, traumático y a veces hasta cruel” continúa don Nacho, “pero es un vehículo por el cual se puede ganar mucho dinero en una sola pelea”.

Esa mañana, a su alrededor, se preparan veinticinco “chamacos”. Un inglés, un argentino, dos japoneses y un marroquí, codo a codo con mexicanos. Han viajado para ilustrarse en el gimnasio.

El japonés, aparte de su carrera como boxeador, estudia psicología. El argentino ya es profesional pero también quiere abrirse paso como actor. Le emociona pensar en que pronto, igual y le dan un papel en una telenovela como boxeador.

El marroquí está de visita un mes. Vive en Francia. Después de terminar la universidad allí regresará a México para empezar una nueva carrera como peleador.

Beristain organiza los combates. Se mantiene cercano a otros promotores del mundo. Constantemente los contacta. Las peleas se pactan por muchas razones. Unas por influencia. La mayoría por amistades.

Como manager, su labor es preparar a los pugilistas, “conducirlos de buena manera, para que lleguen lo más alto posible, que ganen mucho dinero y se retiren”.

Ha entrenado deportistas capaces de conquistar las mejores bolsas así como cirujanos, ingenieros y abogados. “En México, el boxeo es popular por las continuas crisis en las que nos han sumido los genios de la política” continúa.

Don Nacho usa anteojos. Los años han derrotado su vista. Pero por oído puede reconocer un golpe bien atravesado. No es el único entrenador en el Romanza. Con todos se lleva bien. Unos nuevos vienen, luego se van pero no está permitido regresar.

Los boxeadores jóvenes comienzan ganando sueldos miserables. Pagados por sus promotores.  Cada vez, el presupuesto que le sacan a las televisoras es menor y a los peleadores de cuatro rounds, con suerte, les dan $4,000 por pelea.

Los que se enfrenten seis, ocho rounds o más, en pelea estelar en México, ganan cincuenta o sesenta mil pesos. Cantidades que apenas alivian económicamente sus necesidades, de casa, de su familia.

En el extranjero pagan más. Diez mil, quince mil dólares por pelea. Las grandes estrellas, en ocasiones, millones de dólares.

Beristain ha entrenado cientos. La mayoría, después de tocar lo más alto, fracasan. “Gastan todo. Los familiares les ayudan a gastar lo que con tanto trabajo ganaron” asegura calmoso, “son la minoría los que logran amasar su fortuna e invertir bien”.

A lo lejos una voz lo llama, debe colgar, el round ha terminado.

 

 

 

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14 marzo, 2017

II. De orquídeas

El sótano de las golondrinas es un espectáculo sonoro. La migración comienza al alba. En bandadas se desplazan. Miles, millones. Antes del ocaso, las aves aparecen como tormenta y se proyectan hasta el fondo del abismo. De cada una se escucha el canto, vuelo y viveza.

Pueden atravesar el cielo y escapar del suelo. Cada día los plumíferos me sorprenden más y los humanos menos. Mientras se apuntan como misiles, pidieron a los curiosos guardáramos silencio. La mayoría cuchicheaba. Volví a callarlos y me hice de un puñado de enemigos, incluyendo a un niño que gritaba “¡mamá!” atormentado.

Por la Huasteca Potosina los perros vigilan los caminos. Flacos, lastimados, en busca de algún residuo humano, se han convertido en basura viva, raquítica, que camina. Perros. Seres leales que pateamos. Cada segundo son más. Jodidos, hambrientos, violentos, maltratados, ignorados.

Cuando la muerte me desconcierta pienso en la evolución. Entonces la adoro, aunque el impulso dominante sea mal decirla y atacarla. La separación. Una idea que rebota en mi cabeza y vibra mi corazón. Debo aprender a cicatrizar mejor.

Dice mi padre que si hago corajes terminaré con el hígado hecho piedrita. También si me excedo con el agua mineral. Descubrí la Topo Chico de Monterrey y me encantó. He intentado beber menos. Veo las canas y sé que los cuerpos, con el tiempo, requieren más cuidados. Nadie muere de vejez. Nos mata lo que falla y el destino de una vida eterna es la monstruosidad.

“¡Salta!” dijo el guía y una víbora atravesó el agua nadando. El poco impulso que tenía se apagó. Otra vez no salté. En vez, bajé con la ayuda de una cuerda. Poco a poco y observando con cautela si la cabecilla se volvía a acercar. La reencontré sobre el brazo de mi padre.

“No hace nada, si se asusta se enrosca, y si la lastimas, morderá…” explica el guía. El lugar: el puente de Dios. Un río con cascadas, posas y un túnel secreto cuyo fondo brilla; la luz que se refleja sobre su fondo de piedra caliza.

En una tiendita de autoservicios había tres loros. Dos en jaulas y uno suelto, con las alas cortadas, llamada Tania. Pregunté si podía tocarla y me permitieron agarrarla. Trepó por mi brazo hasta el cuello donde descubrió una verruga e intentó arrancarla.

Hablando sobre temblores mi padre me contó que la tía Marta, cuando sentía que el piso se movía, se preguntaba ¿dónde estarán las joyas de la abuela? Luego leyó un cuento de Guy de Maupassant sobre una mujer que pierde un collar prestado, hace todo por recuperarlo y al no encontrarlo compra uno nuevo para descubrir que no era real sino bisutería.

Río tanto que se lo recomendó al tío Abasolo. El tío lo leyó y al terminarlo lloró. “¿Por qué?” le preguntó mi padre. “Porque imaginé que el personaje era Marta desesperada, como la vi durante toda la  infancia”.

En el poblado de Xilitla, Manuel de la ferretería “El ave Fénix” vende cera de Campeche y vainilla. Cada vaina en 10 pesos. La región es zona de orquídeas. Favoritas, junto con la bromelia, de Edward James. Un millonario inglés que sedujo a un yaqui sonorense residente en Cuernavaca y empleado de la oficina de telégrafos.

Lo convenció de que lo llevaría a viajar por todos los lugares donde se emitía un sello postal. Así, Plutarco, conoció el mundo, las artes y se enamoró de la naturaleza. Buscando orquídeas silvestres llegaron a Xilitla. Ahí construyeron un castillo y un jardín infinito.

Entre la oscuridad, junto a la alberca y las murallas enmohecidas del castillo, descifro una sombra. Es mi padre sobre un columpio. Escucho cada movimiento hacia el frente, hacia atrás. Rechina bajito. Su sombra se confunde con la de un niño.

Ya muerto Plutarco hubo que reconstruir la alberca. La construyó profunda pues le gustaba practicar clavados. A media cuadra edificaron una cafetería. La empleada, pareja de un militar, decidió terminar con la relación. Él, rabioso, esperó y una noche, colocó una granada bajo los cimientos. ¡Pum! A los pocos minutos reventó. Nadie sobrevivió. El agua también se perdió.

Dice la nieta de Plutarco “candil de la calle, oscuridad de la casa”. Se refiere a su marido. Ahora le decimos “El canelo” por su parecido al boxeador.

En la plaza de Xilitla, después de varias preguntas y ninguna respuesta descubro que el vendedor de orquídeas es sordo. Manuel, de “El ave fénix”, se enorgullece al contarme que ahí nació. Luego viajó por el mundo pero, como los elefantes, regresó a morir a casa, “porque ellos no olvidan” dice “como nosotros”.

Las vainas de vainilla aromatizan los otros fierros que ofrece en la tienda. Sobre una repisa, Manuel ha pegado un papel, dice que acepta pagos en pesos y otra forma de trueque local. Luego, con sus manos grandes y bigote bien cepillado acomoda otro letrero más. Leo: la cooperación es la ternura de los pueblos. Sonrío. “A mí me gusta aquí”, continúa organizando sus fierros, “nunca volveré a la ciudad. Allá todos temen a la soledad”.

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1 marzo, 2017

I. De sombras

“A que no te atreves…” retó Pablo frente al trampolín más alto del balneario El reino de Atzimba y yo, que había crecido tratando de demostrarle a mi hermano mayor, y su amigo Pablo, de que no era cobarde, salí del agua y caminé rumbo a las escaleras.

Esa mañana salté, sin darme cuenta de que Pablo, tenía pavor a las alturas. Lo descubrí cuando dije “ahora vas tú” y me ignoró. Salté sin pensarlo. Reaccioné cuando mi cuerpo traspasaba el agua. El impacto me desacomodó el traje de baño y revolvió agua de manantial con cloro por cada recoveco. El sentimiento se me impregnó.

Años después, bajo la caída de las cataratas Victoria, trepé una lancha inflable que a los pocos segundos volcó. Fueron segundos desesperantes bajo el agua antes de volver a respirar. Bajamos el río, remando y luchando contra sus aguas blancas, cruzando cañones y algunos cocodrilos nadando contra corriente.

En un área donde el flujo también descansaba, había una piedra de seis metros de altura. “¿Quién saltará?” Preguntó el guía y varios respondimos “yo”. Subimos y esperamos nuestro turno. Cuando mis pies tocaron el borde me congelé. Pensé, dudé y me retracté. Los ya caídos gritaban desde abajo “¡Salta!”. Esperé. Poco a poco regresé hasta tocar el agua sin brincar.

El miedo se quedó. Cuando en la sierra huichola, en el poblado de San Andrés Cohamiata, durante los festejos de semana santa, me ofrecieron peyote, no pude negarme. Era tan poco que juré no detonaría mis sentidos. Pero lo hizo, y entre cantos, cuerdas de violines, rezos y sacrificios animales, el brillo de las estrellas se pintó multicolor.

De regreso en la habitación, una cabaña con varias camas, cerré los ojos para abrirlos en otra dimensión. Una de líneas, colores y movimientos infinitos. Como sentarse sobre una fecha que poco después disparó. Era testigo del movimiento del universo y podía elegir hacia dónde viajar. Un paseo entre luz y oscuridad.

Escoger lo que se quiere ver y cómo verlo. Estaba de regreso sobre aquella piedra del río Zambeze. Veía mis manos, pies, piernas. De cerca, desde el suelo y desde el cielo. Podía caminar hacia atrás para agarrar vuelo y decir “ahora vas”.

Corrí con fuerza, con toda la que tengo, hasta el borde y salté. Mi cuerpo cayó en el agua y al salir a respirar estaba en otro lugar. Fue una noche larga que interrumpieron los primeros rayos del sol. Una de purificación.

 

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27 marzo, 2016

La hora del perro

A Julia la cruzó un perro con las patas traseras rotas. Con ayuda de las delanteras se arrastraba hasta llegar a una jardinera. Entre sus setos y arbustos desapareció. Por la cuadra de Julia siempre había perros rondando. La mayoría con dueño. El resto callejeros.

Desde temprano, un viejo camina con su manada. A cuatro los amarra en pareja. Parecen estopa vieja. Uno anda suelto. El sexto, de pocos meses, anda a su lado con correa. “Es un pilluelo”, dice el viejo con bigotes de aguacero. Ya le comió los sillones de la sala y se pelea con los más veteranos.

Después de caminar se detienen en una banca y el viejo lee el periódico. Pasea con gorro. No es de dandy, tampoco de vagabundo. Es malhumorado. Se queja, provoca a los automovilistas y al eco de sus gritos le gusta ser público.

Mateo y su dueño también pasean dos vueltas a la cuadra todas las mañanas. Ambos robustos, cara ancha. Mateo es un Bulldog. Vecino y archienemigo de Pinto, uno de los perros de Julia. Cada vez que pasa junto a su puerta la mea.

El dueño de Mateo usa lentes de armazón grueso. Cuando ve a Julia caminar con sus perros y a él lo acompaña Mateo se esconden entre los matorrales y salen corriendo. De encontrarse, los perros jalonean fuerte, ladran, se erizan de la cola al cuello y es imprescindible cambiar de ruta.

En una ocasión Pinto mordió a Mateo. Julia no recordaba pero el dueño de Mateo sí. En una plática, sin perros, sobre la banqueta se lo recordó.

A media cuadra de Julia y arriba del restaurante Buen día vivía Danzón. Era pequeño, negro y sordo. A Trapo, el otro perro de Julia, no le caía bien. Se ladraban. Danzón dejó de ser visto paseando la cuadra pero a su dueña no. La teoría del paseador es que la desesperó y lo regaló.

Julia se acercó a la jardinera. No podía ver nada. Matorrales tupidos. Algo sorprendente en invierno. En un rincón descubrió un balde con agua y una bolsa de croquetas.

“Hace un rato andaba vagando del otro lado de la calle” sentenció el viejo lavacoches mientras tallaba con fuerza y sacaba espuma a los tapetes de un Ford. El único auto estacionado en la cuadra, “sólo sale cuando riegan la jardinera o busca comida”.

Julia siguió buscando con la mirada. Un cachito de pelo se asomó fuera de la jardinera. Ahí estaba. Se acercó pero seguía estando lejos. Era tamaño mediano. Criollo. Pelo corto, color almendrado. Moteado en blanco, negro y gris.

La calle vacía. Las mujeres de oficina con tacón y la burocracia de corbata del diario estaban de vacaciones. Era un barrio de tránsito. Con edificios. Calles rotas. Prostitución. Al sentir la presencia de Julia el perro se escondió más.

A la mañana siguiente el silencio regía el barrio. Un lujo en la ciudad. Algo de neblina y un poco de humo. Julia desde su ventana observaba la jardinera. Sólo la distraía el silbido de la pava que anunciaba que el agua hervía. A Julia le gustaba el té. Compró una pava pues creció segura de que si la veía, el agua nunca herviría.

La rutina diaria comenzó. Primero el viejo con su manada. Luego Mateo con su dueño y otros más. Al pasar la jardinera todos los perros gruñían y ladraban. Los humanos ni lo notaban.

Con una bolsa de croquetas Julia se acercó a la jardinera. Se había propuesto agarrarlo. Los vecinos estaban fuera así que podría tenerlo en su patio durante un tiempo en lo que sanaba. Luego le buscaría otro hogar.

Ahí estaba. Agazapado. La veía a los ojos. Acomodó más croquetas junto a las que ya estaban. Se las había puesto el viejo lavacoches. Todavía le quedaban unas cuantas.

Un joven, acompañado de una mezcla criolla y peluda, se acercó. Su perro metió la cabeza a la jardinera y  gruñó más fuerte que los demás.  Luego atacó. El dueño logró controlarlo y el lastimado se arrastró lejos, hacia la calle.

Lo vio partir. Estaba asustado. Parecía que lo habían atropellado. Julia sacó a sus perros y caminó la manzana. Pinto, de origen callejero, era el más agresivo. En una riña con el más pequeño le atravesó el ojo con su colmillo. Era grande y el pequeño se sentía gigante. Ambos dominantes. El pequeño quedó tuerto, con la córnea desprendida y retina de gelatina color nebulosa.

Por la cuadra solo encontró ratas. Habían dejado su madriguera en busca de alimento. Al verse sorprendidas corren y se esconden en hoyos. Entradas diminutas a mundos subterráneos.

Julia leía Farabeuf y tomaba té mientras espiaba los movimientos del perro que había vuelto a la jardinera. Lo veía levantarse y comer. Se camuflajeaba. El viejo lavacoches era el único trabajando. Flaco de pocas canas. Algo de barba. Callejero. Directo. Brusco. Observador. Se agacha y con un cepillo talla cada tapete del coche. El primero en llegar. Siempre en colores oscuros. El perro lo observa. Lleva cuatro días.

Julia compró alimento y le preguntó a un veterinario. Dictaminó que de haber sufrido daños internos ya estaría muerto. Una llanta les revienta todo por dentro. Creía ser algo óseo. Por eso seguía vivo. Pero sin poder apoyar bien casi tres patas no seguiría por mucho.

El veterinario ofreció conseguir una caja para atraparlo. Ponerle una carnada y cerrar la puerta con una cuerda desde lejos. Le hablaría a un amigo y luego se comunicaría con Julia.

Notaba que no se acababa las croquetas pero si el agua. Sus perros ladraban hacia la ventana, al pasillo, a la nada. Otros, a lo lejos, acompañaban. El veterinario no consiguió la caja y Julia llamó a rescate animal.

Reportó al perro, su condición y ubicación. Aclaró su interés por quedárselo. El telefonista, extrañado, respondió ser la primera llamada que atendía en la que el denunciante quería al denunciado. Prometió reportarlo e insistir pues la mayoría de las llamadas, al saber que alguien ya estaba alimentando al animal, terminaban desatendidas.

Julia se puso a barrer y levantar trastes. Cocinó. Los perros corrían alrededor de la mesa y levantaban polvo. También tiraban pelos. Volvió a barrer.

Sonó el teléfono cerca de las diez treinta de la noche. Era rescate animal. Una patrulla se estacionaba frente a su domicilio y cerca de la jardinera. Bajaron dos policías más altos y briosos que el promedio que deambula la calle. Armados, con chaleco.

“¿Cómo no traen jaula o dardos adormecedores?” enfrentó Julia, “el animal no se deja agarrar, hay que capturarlo”. No llevaban sedantes. Solo una vara de control: un palo con correa. Y una cobija café. Pidieron a Julia les señalara al perro.

El más alto sostenía la vara de control. Frente a la jardinera se agachó y sacó una linterna con luz blanca. La luz reflejó en las pupilas del perro y en segundos se levantó y arrastró fuera.

El par de policías se gritaron entre sí y comenzaron a perseguirlo. Uno aventaba la cobija mientras que el otro intentaba agarrarlo del cuello con el palo. El animal, asustado, se impulsó con el último aliento hasta escapar.

Julia observó preocupada. No quería que volviera a ser atropellado. Había poca luz y ningún coche lo notaría.

Los policías decidieron interceptarlo desde otra ruta. Confrontarlo de frente. Un hombre que esperaba bajo la sombra del farol abordó a Julia. La esquina era su oficina nocturna. Rafa. Pantalones entallados, tenis y sudadera abierta mostrando pelo en pecho y pectorales firmes.

No había llegado su clientela. Mayor en temporada de calor. Al ver la reacción precaria de los policías se preocupó. El perro podía salir más dañado. Corrió para alcanzarlos. El perro escapó.

Los policías intentaron convencer a Julia de que era mejor dejarlo ir. Confirmaron era hembra. Dijeron que lo mejor era que muriera. Era su naturaleza. Vida libre, de calle, sin ataduras. Un ambiente diferente podría ser contraproducente. Podría ponerse agresiva y atacar.

Rafa realizó dos llamadas y escribió en un papel su número telefónico. Se lo entregó a Julia, “un amigo me pasará el contacto de un vendedor de dardos con somníferos, llámame mañana”. Se despidió de beso y abordó un auto que lo esperaba con las luces prendidas en la esquina.

Pasó la noche, otra mañana, y otra tarde más. Julia seguía observando desde la ventana. Las croquetas, un hueso y el agua se mantenían intactas. “No ha vuelto” le dijo el viejo lavacoches, “puede ser que ya se regresó a la que sea su casa pues en las mañanas lo primero que hacía era probar sus patas. Las apoyaba y sentía”.

 

 

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9 marzo, 2016

Desde la esquina

La banqueta caliente. Las nubes cubren las montañas que rodean a la ciudad de San José. Se acerca la lluvia. Larry habla tico. Usa las manos para expresarse. Cejas delineadas y dedos delgados. Noto que en el iris izquierdo tiene una mancha negra. Sus ojos son cafés.

“Usaban una motoguaraña” responde sobre la mancha y actúa como si moviera una máquina para cortar pasto. “Estaba viendo y le pegó a una piedra que rebotó y me pegó en el ojo”. Aunque lo lastimó siguió viendo igual.

Larry es de la Carpio. De Costa Rica. Creció entre casas de lata con pisos de tierra. La gente llegaba y se las adueñaba. Jugaba a pelotazos de lodo. También a robar mangos. Era el más delgado y ágil así que le tocaba subir al palo, agarrar los mangos y aventarlos. Mientras, otro vigilaba que no llegara el dueño. El resto de los cómplices conseguía el chile, los limones, unas tazas y sal. Los pelaban y almorzaban en la calle.

A los cinco años vio El Chavo del Ocho. Cuando don Ramón le puso los guantes a El Chavo pidió a su padre que le tocara el brazo y prometió ser campeón mundial. Su padre rio. También le pidió un par de guantes pero no se los podía comprar. Ingenió unos con toallas. Se las amarraba en las manos y se agarraba contra su hermano mayor.

El hermano no era muy afectivo. Larry buscaba cariño. Se hizo de calle. Encontraba amigos, la pasaba bien una tarde pero al día siguiente se enteraba que hablaban mal de él. “Siempre le he tenido temor a Dios”, agrega moviendo las manos. Habla contra el viento. Me cuesta escucharlo y entender su acento.

Su madre era ama de casa. Su padre andaba en la agricultura. Su casa estaba enfrente de la esquina.  No le gustaba perder. Una tarde jugó muralla China con unos maes. Se ponían en fila agarrados de las manos. Otros encima. Los de abajo se mueven. El que cae pierde.

Larry se movió y un mae cayó. Argumentó que no se había caído así que Larry le pidió se quitara de encima y no lo hizo. Le pegó un codazo y lo batió. Comenzó el agarrón. Su padre pasó. Era cristiano. No le gustaban las riñas callejeras. Lo regañó enfrente de todos.

Desde la esquina, otro mae observaba “los pichazos. El perro. Sabía quién era Larry pues conocía a su hermano que ya era pandillero. Le cuadró su estilo. Lo buscó y se hicieron amigos.

Era diferente. En El perro descubrió confianza. Era más grande. Si alguien le pegaba él respondía. Un hermano de calle. Lo despabiló y respetó.

Otros amigos le decían que era “una loca”, “un pollito” pues Larry no quería robar. El perro sentenciaba “dejen al mae en paz”. Caminaba con su pelota, su gente. Era un líder. Los fines de semana se encontraban en la esquina.

Un sábado de loquera fueron a un bar. Larry se escapó de su casa. Fue la primera vez que se emborrachó. Sus amigos estaban inhalando cocaína. Los miró y les pidió. Quería entender por qué la probaban a cada rato. Sintió una adrenalina que no era la suya, fuera de sus cabales.

Esa noche El perro fue gorreado. Que agarran a uno y vengan cinco. Todos le pegaron. Larry buscó “al mae que lo barrió”. Le pidió que se “mandara taco a taco” con él. En la calle, dos pandillas. Uno sale de una y otro de otra. Esos dos se pueden reventar. Nadie más se mete. Sólo los dos. Uno a uno.

Quería vengar a El perro. Lo golpeó con coraje. Lo dejó reventado, con el ojo morado. Al mirarlo sintió satisfacción, se había desquitado.

A El perro se lo llevaron los pacos, la policía.Cuandosalió llamó a un montón de amigos para buscar a los que le habían hecho daño. Larry se asustó al mirar tanta pelota. “Ya fui y saqué jacha por vos, no quiero problemas con pandillas” le dijo y regresó a casa. El perro lo comprendió. La noche cerró con puñaladas.

Otra tarde fueron a uno de los lugares más peligrosos de la Carpio. Junto a El perro,sentía protección. Llegaron todas las pandillas del barrio y se agarraron a balazos. Quedaron en medio. Por todos lados ¡pum! detonaciones. Larry salió corriendo y se escondió en unas gradas. Era una iglesia. Rezó. Pidió ayuda. Salir de ahí. A cambio prometió no seguir de vago.

Cuando terminó de orar pararon los balazos. Dio graciasy se fue para su casa. A El perro le dijo “mae ya no vuelvo a ir allí, ya no más”. Ese año lo expulsaron siete veces del colegio. Tenía quince años.

Le hería que en su casa no le demostraran afecto. En el colegio veía a los padres que felicitaban y besaban a sus hijos. Se sentía mal y triste. Luego se desquitaba con los demás. Los jodía, molestaba y hacía quedar mal enfrente de sus novias.

Cambió de conducta y pasó el año. Se quitó los aretes. Profesores del colegio lo ayudaron. Le regalalaron lo necesario para graduarse pues no tenía dinero.

Me muestra sus tatuajes. Es peso mosca. Cuerpo delgado y apretado. “God die and rose again now lives in my life” leo en su brazo. Está en inglés porque no es algo frecuente. Se los hace un amigo que conoció en el colegio. “No siempre se gana pero tampoco siempre se pierde”, 5/6/2012 (fecha importante con su novia), la ilustración de un pergamino, una pluma y los cuatro nombres de su familia: padre, madre, hermano y sobrino decoran su piel.

Sobre el corazón se ha tatuado Olivas y una golondrina. El apellido de su padre legal. Al biológico lo conoció a los nueve años. Se lo hizo por desprecio. “¿Qué viniste a hacer a mi vida? Ya no necesito amor de padre, ya tengo un padre” lo enfrentó al conocerlo. Creció con su padrastro a quien llama papá.

Rocky Balboa es una de sus películas favoritas. Cuando pisó el gimnasio de box por primera vez pasó minutos viendo los guantes. Se enamoró. Le prestaron unos. Le gustaron tanto que se los quería llevar. Luego le regalaron unos. Eran blancos. Entrenó hasta dañarlos. Ahora los usa rojos.

En las mañanas desayuna tinto como cualquier tico. Arroz y frijoles revueltos. Café, huevo, queso, plátanos maduros. Pasa un rato en casa. Intenta leer algún texto. Leyó “Cómo enriquecerse sin dinero”. Incrementó su fe. Fue parte del cambio. Pensó en ser escritor. Sentía que escribiendo lo que veía perdía el tiempo en algo bueno y no andaba de vago en la calle. Escribía “tonteras, estupideces” que a él le gustaban.

Durante la semana entrena. Toma dos buses para llegar al gimnasio. Uno de cuarenta minutos, otro de media hora. Aunque le da pereza, por las prisas, el desmadre, los cambios de bus y que todos van muy llenos, le gana el sueño del deseo, de ser campeón de boxeo.

Cuando agarra el saco siente adrenalina linda. Ha aprendido disciplina, humildad, a entregar y aprender. “¡Vamos Larry!” escucha mientras pelea, “acuérdese que cuando mande un pichazo no se tiene que acordar solo de usted, se tiene que acordar de El perro, de Chambamba, los manes que han muerto, de todo el mundo porque usted es un mae de calle, hijo de puta, y tiene que salir adelante para cuando usted sea grande no se olvide que salió de la calle y que la calle manda”.

Todos los días Larry atraviesa la esquina. Intenta no salir para evitar. Tratar de cambiar. Pero no se puede alejar de los amigos que siempre están ahí. El perro llega por las noches y los fines de semana. Se buscan y conversan.

Cuando pronunciaron que Larry, La Gacela, Olivas había quedado Campeón Nacional Amateur sintió lindo pues era por primera vez campeón. Pero se fue. No pudo entender por qué. Dejó el gimnasio con el equipo puesto. Como si no le hubiese interesado. Salió con vendas, zapatos. Cuando llegó a la Carpio le preguntaban “mae ¿cómo quedó?” “Gané gracias a Dios” respondía y lo abrazaban. Pero siguió partiendo. No se sentía lleno.

“¿Me entiende?”, termina la frase, “como que deseo algo más”. Entonces apareció El perro. Lo abrazó y le pidió que lo disculpara por no haber llegado. Todo el mundo había amanecido muy drogado, muy alcoholizado y se les pasó el tiempo. “Tranquilo mae, no se preocupen, estuvieron los que tenían que estar”.

Larry viste camiseta y gorra azul. La mayoría del tiempo sale con reloj. No sabe por qué pues “legalmente el tiempo no importa”. Le parece interesante. Suena su teléfono móvil. Es su padre, le pregunta “¿cómo está?”.  Se despide con”te amo”.

Hace un año dos amigos se agarraron en la esquina. Uno apuñaló al otro. Larry lo llevó al hospital en moto. Murió en sus brazos. Vuelve a recordar a la Carpio y guarda silencio. La esquina, su hogar. Le parece el lugar más lindo que hay en el mundo. Sus amigos y ese montón de drogadictos que cada vez que los topa se siente en familia.

“Como mi papá siempre anda con reloj y todos mis amigos también, por eso la ganga del reloj” retoma y lo observa sobre su muñeca izquierda. Carátula negra, redondo y de acero inoxidable hasta las manecillas. “Si quiero ver la hora la puedo ver aquí”, sobre la otra mano me muestra su teléfono móvil, “de hecho, ni le entiendo a este reloj”.

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24 febrero, 2016

De tierra cobriza

Rumbo a Uruapan la tierra torna cobriza. Está agrietada, el agua ha marcado su paso. Nos rodean plantaciones de aguacate, frambuesas y otras vallas. El verde es brillante. “Allá están los cañaverales”, comenta Antonio.

Aguilillas planean la meseta. Estamos en balcón a Tierra Caliente. A lo lejos, el cerro del Cobrero. Sobreviven pinos aunque predominan árboles de mango y plátano.

En el centro de Uruapan, en un restaurante con techo de troje y balcón con vista al monumento a los Mártires, nos espera don Pacheco. Usa camisa y chaleco. Los meseros lo conocen, tiene la destilería más antigua de la región. Le pregunto por su legado destilero. “Me viene de familia” responde. Su abuelo tuvo una hacienda. Producía café, aguacate criollo y caña de azúcar. Con la caña hacían aguardiente. “El campo daba tanta caña que era difícil caminar por los cañaverales”, recuerda.

Su familia es michoacana. Su abuelo estudió en el seminario en Zamora y fue amigo del General Francisco J. Mújica, “izquierdista más que cardenista”. Aprendió a destilar haciendo mezcal pero en tierra cobriza no habían agaves así que comenzó a crear aguardiente de caña, luego ron. Fue uno de los primeros. Su padre trabajó como ingeniero constructor de los ferrocarriles. Al morir el abuelo heredó la tradición y el negocio. Entonces construyó un segundo piso en la fábrica y se mudó arriba.

Entre 1945 y 1948, la zona de Caracha se tornó violenta. Se mataban como consecuencia de la repartición de las tierras. Todos querían lo que al otro le había tocado. La familia de don Pacheco se mudó a Uruapan y poco a poco enajenaron a la ciudad con su producto.

La urgencia se contagió. De la sierra bajaban a comprarle. Don Pacheco recuerda a José Páramo, un cliente que llegaba en burro. Al principio cargaba dos o tres barrilitos. Los llenaba y llevaba hasta el bajío. Luego llegaba con treinta o hasta cuarenta mulas. Eran los camiones de antes, tampoco había caminos.

José Páramo les regalaba guajolotes. Siempre lo acompañaba un baúl con billetes y naftalina, para que no se los comiera la polilla. Don Pacheco recuerda que el olor se impregnaba por toda la casa. “Oye compadre, ¿nos echamos una?”, le decía Páramo a su padre. La comadre siempre se enojaba. Don Juan Páramo dejó de comprar el día que murió.

Don Pacheco vivió su infancia entre cañaverales, alambiques y medidores de alcohol. Su destilería lleva más de cien años trabajando ininterrumpidamente. Me explica que la caña se entierra horizontal pues cada cañuto tiene una especie de almendrita, es la semilla, el hijo de la caña, se planta en la tierra y empieza a salir. Si florea la caña se seca. La zafra es una vez al año en época de sequía.

Pedimos arrachera y queso Cotija al centro. “El ron se acompaña con carne”, nos dice don Pacheco. Al fondo se escuchan los niños que juegan en la plaza. Por la ventana entran los rayos del sol. “¿Saben qué significa Ziracuaretiro?”, retoma la conversación. Es una palabra Purépecha. Así se llama uno de los pueblos aledaños a Uruapan. “Dónde acaba el frío y comienza el calor”, remata y mastica un trozo de carne.

El piso es el mayor tesoro de la región. La caña tiene un sabor especial. Ha crecido en tierra cobriza, rica en nutrientes. Cada hectárea da cien toneladas de caña. “No hay razón para ponerle nada de nada más por eso no da cruda”, ríe y concluye, “somos privilegiados”. La zona está rodeada de volcanes, minerales y por la altura sobre el nivel del mar la caña retiene más azúcar. Para su producción utilizan agua de manantial del Parque Nacional de Cupatitzio; de la cascada de la rodilla del diablo. El agua define la destilación. La calidad está en la materia prima.

Le pregunto ¿cómo se destila el ron? Primero se fermenta el piloncillo o melaza, el resultado de moler la caña. En el ingenio, al jugo de caña le agregan cal, de esa forma cuaja y no se fermenta. El piloncillo se hacía en las haciendas para guardarlo en tiempo de lluvias que no podían moverse por los cañaverales.

La mayoría de los rones están hechos con melaza. Don Pacheco descubrió que si agregaba un toque de guarapo o jugo de caña el sabor era sorprendente. La melaza es ligeramente amarga comparada con la dulzura del jugo de caña. Si se elabora con puro guarapo el ron sabe ligeramente amargo. La melaza es más olorosa. En su destilería se hace el único ron continental que combina los dos.

La melaza se fermenta en tinas gigantescas de acero inoxidable. La materia prima y el tipo de levadura se refleja en la burbuja de la fermentación. Para destilar utiliza alambiques de columna. Gigantes de acero inoxidable. Entre más altos, el resultado será más puro, limpio, con olores y sabores particulares.

En una servilleta don Pacheco dibuja y me explica cómo funcionan. Antes, su abuelo, usaba alambiques de cobre. Quitaba las cabezas y colas, lo primero y último de la destilación, pues arruinan el olor y sabor. El corazón de la destilación se vuelve a destilar. El resultado es un ron blanco, cristalino, favorito de don Pacheco.

Para añejar utiliza barricas de Bourbon. Durante tres, siete o quince años, el ron descansa. El sabor proviene en parte de la barrica. Entre más añejo, más se distinguen ciertas notas. Con el tiempo su producción ha mejorado pero el secreto viene de familia.

Al terminar de comer salimos a pasear por los portales que rodean la plaza. En un barecito don Pacheco se sienta a tomar aire y pide un ron Aconte blanco. Yo otro pero lo pido solera, reposado. Sabe a mieles, flores y maderas. Mismo perfume en aroma y paladar. A nuestro alrededor cuelgan fotografías de cañaverales y el cerro del Cobrero al amanecer. Un niño nos interrumpe corriendo. Es uno de sus nietos que al saludar brinca sobre él. Don Pacheco ríe, toma el vaso y me desea salud.

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9 agosto, 2015

Adiós lavadora

Detuve en la calle a una camioneta pick up. Por altavoz, advertía: “algo de fierro viejo que vendan”. Al escuchar mi oferta los tripulantes se mostraron interesados. Uno, joven, que viajaba en la caja trasera saltó a la calle y me acompañó para evaluar el producto y apalabrar cuánto podría ofrecerme.

En el camino, el joven me cuenta que a la grabación del altavoz le dicen “la niña chillona”. Él la consiguió por internet. A las cinco de la mañana se trepa y ronda la ciudad buscando fierros. Luego los revende.

Le enseño la lavadora. Está en un rincón del baño. Silenciosa. Junto la ventana. Es blanca. Alrededor del panel de control tiene detalles azul celeste. Era de Zaratustra. Ahí lavaba la mugre de sus días. Fue lo último que vio. Al quedar huérfana su padre me la regaló.

El joven comienza a inspeccionarla. Agua gris estancada. Óxido. Con la mano hurga el fondo. Hace girar el tambor. Me pregunta si funciona. Le respondo que desde que llegó, hace más de un año, no la hemos podido echar a andar. Vino un plomero. No encontró la causa mecánica. Daño irreparable, diagnosticó.

Después de pensar unos segundos en silencio el joven concluye que es de plástico y no me dará nada por ella. Si se la regalo se la llevará. Acepto y sale en busca de un par de manos que le ayuden a cargar.

Cinco minutos después regresa acompañado. Desde el baño, con dificultad, la arrastran hasta la entrada. Un hilo de agua ha dejado rastro sobre el piso de barro. En una parte, las patas lo dañaron. Al llegar a la puerta se detienen. El joven se seca el sudor de la frente y comenta lo pesada que está. Cambian de posición.

“Un, dos, tres” dice y al unísono la levantan. Como cascada, de la parte inferior el agua turbia comienza a escapar. Encuentra camino por las escaleras y baja. Minutos después la lavadora está abajo. Rápido la suben a la camioneta.

Los del restaurante de la planta de abajo me llaman molestos. El agua se ha encharcado en la entrada. Tenía jabón. Una clienta resbaló. Traía falda y plataformas de tacón. Les gritó furiosa.

Me tomó quince minutos mudar el agua turbia hacia la banqueta y coladera con un recogedor. Salpiqué a dos o tres. “Eres un pequeño gran caos” solía decirme Zaratustra, “adorable, pero un caos”. Lo recordé metiendo y sacando ropa. Oliéndola y doblándola. Escuchando mis historias y aconsejando con otras. Me falta aprender a dejar de extrañar.

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11 noviembre, 2014

Otro paseo

Monto la bicicleta con rumbo a Paseo de la Reforma. La calle está llena. Ni un auto. Miles caminan. Pedaleo entre humo de inciensos, pancartas, tambores, coros, antorchas. El sol cae, México despierta. La piel se pone de gallina.

Atravieso el Ángel de la Independencia. Miles de voces exigen: vivos se los llevaron, vivos los queremos. Uno se ha pintado una lágrima de sangre. Algunos visten de negro. Aparecen más trompetas y personas. La música siempre es aliada. Una banda toca fanfarrias, parece fiesta taurina. Otros, desde las banquetas, observan y documentan con sus teléfonos.

En el suelo se lee: Estado asesino. Lo han graffiteado también. Dejo la bici. Es difícil caminar entra la multitud y letreros que dicen: terroristas. Me alejo del flujo de gente que seguirá hasta su meta: el zócalo. A la distancia, el silencio puede ser aterrador. Llego al 109 de Reforma. Parece estar abandonado. Dos hombres con traje negro custodian la entrada graffiteada.

Entro. Una luz neón azul rompe con la obscuridad. Estrobos. Han llegado pocos invitados, la manifestación no permite el paso a los que vienen en auto. El negro predomina en la vestimenta, sacos, tacones, camisas y minifaldas. Por dentro también parece abandonado. Muros desnudos. Dos niveles. Al centro: una habitación de doble altura. Cruza una pasarela. Sombras. Mujeres de piernas largas, shorts. Quiero ser modelo dice una, ¿cuántos años tienes? responde su amiga. Veinticuatro. Para ese mercado, eres fruta mayugada.

En el baño las mujeres se maquillan y observan al espejo. Una grita que le falta papel de baño. Su amiga se lo rola por debajo de la puerta. En un pasillo regalan agua importada. Yo prefiero alcohol. Vaya al segundo piso, me recomienda un edecán de ojos claros y acento extranjero. Adentro, moda y apariencias. Afuera, manifestación de dolor. Dos voces que gritan.

Las luces ciegan. La obscuridad gana. Siluetas. Nadie refleja por fuera lo que es por dentro. Me confundo de pasillo y entro a la zona de maquillaje. Mujeres en transformación. El truco es aparentar perfección.

La luz negra resalta las manchas blancas de las paredes. Algunos letreros de prohibido el paso, de plástico amarillo, como usa la policía. En el segundo piso encuentro una subasta. Algunos diseñadores mexicanos. Otros objetos de Marc Jacobs y Oscar de la Renta. Hay vestidos, bolsas, joyería, junto a cada objeto una mujer espera. También subastan un viaje, visita y lunch en el estudio de Zac Posen en Nueva York.

Los invitados caminan alrededor de los objetos en subasta. Observan el precio de salida y comentan. Música house y otros géneros electrónicos de fondo. Salen las chelas. Todos quieren. No importa el traje, la bebida es la mejor compañía.

También hay tequila y champaña. La pasarela no arrancará hasta que algunos invitados especiales logren atravesar la manifestación. Los que han llegado piden un trago. Hay que adaptarse, comenta uno sobre entrar al desfile después de ver a la gente en la manifestación. México es como un camaleón, cambia todo de un segundo a otro, concluye.

En el baño, las mujeres comentan la magnitud de la manifestación. Algunas creen que ya se acabó. Hay mucha gente, la causa es buena, se sentía una vibra buena, comentan otras mientras se despiden en el baño.

Todos los invitados han llegado. La gente se sienta alrededor de la pasarela y el desfile de Mancandy comienza. El espacio que la oscuridad escondía ahora brilla. Mujeres, hombres, hermosos y esbeltos. En una mano detengo una copa de champaña, en la otra, un tequila doble y una chela. Los modelos caminando al ritmo de la música. La moda expresa y los ojos de todos observan de abajo hacia arriba cada atuendo, cada cuerpo.

Al terminar la pasarela los invitados desaparecen rápidamente. Al salir, la ciudad se siente vacía. Algunas sombras, basura y letreros rotos. Junto a Jimmy camino por la bicicleta. Un edificio resalta entre los demás por sus luces rosa. El senado parece putero, le comento a Jimmy. En una de sus rejas alguien había amarrado un sostén.

A la mañana siguiente la cruda era insoportable. Dos aspirinas. Me puse el mandil y fui a trabajar a la pizzería. En una mesa, un hombre me preguntó cuál era mi especialidad en la cocina. Ninguna, respondí, soy escritora. Me vio con lástima. En la cuenta dejó el doble de propina.

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21 octubre, 2014

El Pitufo azul

“Traigo Campeón sin corona”, le dije a Zaratustra después de que abrió la puerta. ¿De qué me hablas, Zerón?

Zaratustra bromeaba. Sabía a qué me refería. Los últimos meses, junto a Raúl, ex boxeador, había deambulado por Tepito, la Guerrero y La Lagunilla en busca de recuerdos vivos sobre el boxeador Rodolfo Casanova. Quería descifrar la sombra que lo consumió. La película Campeón sin corona se inspiró en su rivalidad contra Joe Conde.

“Michelada, porrito y peliculita, ¡me encanta!” dijo Zaratustra al ponerse el sombrero. Compramos un six y la función comenzó. En menos de media hora interrumpió mi teléfono. Era Raúl. Jamás marcaba al medio día. ¿Qué pasó? pregunté. No sé qué hacer, respondió, mi amigo está muerto.

Raúl quería dejar de tomar. Le encantaba. “Es la adicción a la adrenalina, cuando le bajas a los golpes le subes a la bebida”, me decía. La noche anterior comenzó por unas chelas y se siguió. En la mañana cambió por jugo de naranja con jerez. No quería llegar a casa y ver a su mujer enojada así que pasó a casa del Pitufo, un amigo medio teporocho, con quien platicaba, bebía y jugaba cartas.

“Está frente a mí, en el suelo, sobre su silla, también tirada. Hay botellas de cervezas, supongo que habían otros, se les murió y se pelaron. Lo dejaron solo…” Algunas palabras las barría, en otras se quebraba. Por mis ojos, Zaratustra comprendió que debía parar la película.

Raúl había entrado a casa del Pitufo; un pequeño cuarto con cocina en un barrio donde en vez de puertas usan sábanas. Lo encontró tirado. Estaba frío y se veía azul. La boca semi abierta. Una mosca. Se sentó junto al cadáver y lo observó. Pensó en llamar a la policía pero se retractó, eran capaces de culparlo. Era su amigo. Le cerró los ojos. Tomó un mantel, le cubrió el rostro y salió de la casa. “Nos vemos mañana”, concluyó y colgamos.

La película se amargó. A la mañana siguiente vi a Raúl para entrenar box junto al monumento a los Niños Héroes. ¿Cómo te sientes?, le pregunté. Sus pupilas temblaron y se ocultaron. Pasaron unos segundos y me miró. En menos de diez, su cuerpo se compuso y resurgió. Para Raúl no hay knock out. Sabe que son diez segundos los que hacen de un guerrero, campeón.

Menos de un año después el teléfono de Raúl sonó. Era yo. Había encontrado a Zaratustra sentado, frío. En el cuarto solo quedaba su último aliento. Un olor que jamás olvidaré.

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29 septiembre, 2014

El Papi

“Lo que sea, ¿me entiendes? Lo que sea, pregunta por mi en la plaza Santo Domingo y te lo consigo.” Dijo el muchacho con cejas depiladas, pantalones vaqueros, playera entallada, tez morena y una cicatriz cerca de la comisura de los labrios. ¿Por quién pregunto? remató Merlina. Pues por El Papi, así na´más, así me dicen. Merlina puso en duda si sus palabras serían ley.

A los pocos días tocaron violentamente la puerta de la oficina de Merlina. Era Mario, su amigo, desesperado. La noche anterior se había ido de fiesta. Había tomado cerveza, vino, whiski, vodka y rematado con unos “raquetazos” de cocaína. Cuando sintió que perdía el estilo dejó el bar y abordó el primer taxi que cruzó. En un alto, el taxista sacó una caja y le mostró a Mario el contenido. “Es original, una jandicam, Sony, de las buenas, me la regalaron pero mi hijo está enfermo y necesito la lana”.

Mario, que soñó ser director de cine, creyó ver una oportunidad. El taxista le dejaba la cámara “bara, bara” pero Mario no cargaba tanto dinero. Pararon en un cajero y el taxista le descontó el pago del servicio del viaje.

A la mañana siguiente la cruda era insoportable. Mario caminó al supermercado e intentó comprar un suero con tarjeta. No pasó. Entonces recordó que había vaciado su cuenta a cambio de una cámara. Regresó a casa y la inspeccionó. Era pirata.

Al terminar de cortar la historia, Mario mostró la cámara a Merlina. “Busquemos al Papi” dijo Merlina y se dirigieron a Santo Domingo. Nadie supo responder dónde estaba El Papi. Desilusionados, regresaron a la oficina. La cámara era más pirata de lo que creían. Sería difícil venderla. Otra vez, tocaron a la puerta. Era El Papi. Alguien los escuchó y le pasó el pitazo.

“Haremos una rifa entre la banda de Santo Domingo,” resolvió El Papi. Se quedaría con la cámara y la mostraría para vender los boletos. Sería precavido de que nadie se acercara mucho o la tocara para evitar cualquier “malentendido” sobre la originalidad del producto. “Pues si tú la viste,” respondería El Papi ante cualquier reclamo.

A la semana siguiente El Papi volvió a aparecer con una lista de los compradores. Había vendido la mitad de los boletos y la rifa sucedería hasta la próxima semana. El Guffy, el Fideo, el Pepino, el Pinocho y la Ximena, eran algunos de los nombres en la lista. El Papi se quedaría con una cuarta parte de las ganancias, Mario la mitad y el resto, “de propina pa mi fuguita”, su compañero que “cuidadosamente ayudó a engrapar la lista de los boletos vendidos”.

Quedaron de verse el siguiente miércoles en la oficina de Merlina para hacer la entrega del dinero. El Papi no llegó. Pasaron semanas. Lo buscaron en la plaza pero nadie sabía nada. Al mes apareció con un ojo golpeado y las manos vacías. ¿Qué pasó? Preguntó Merlina.

La rifa la había ganado El Batidor, un impresor de la plaza. La cámara ya estaba en su posesión y la usaba toda la familia. Después de anunciar al ganador, El Papi se dirigió a su casa pues planeaba arreglarse y salir por la noche a festejar. Su suegra lo esperaba junto con su esposa y su hijo. No lo dejaron entrar y le aventaron una silla por la ventana. Furioso, El Papi, trepó por la ventana y rompió el vidrio. Su sangre escurrió por la pared. Ellas llamaron a la policía y lo metieron a Santa Martita Acatitla. El dinero lo había usado para salir del bote. Juró pagarlo de regreso, lo trabajaría “bien, sin mañas ni robos” pero primero necesitaba que liberaran su oficina, la plaza Santo Domingo, que desde hace una semana era sede de un festival de reciclaje y “así no podemos trabajar”.

Mario no recupero la cámara ni el dinero. Esa noche, para olvidar, volvió a salir al mismo bar. Bebió como de costumbre y cuando pensó que empezaba a perder el estilo se fue. En vez de abordar un taxi prefirió caminar. En el camino recordó lo que le sucedió y pensó en escribirlo. No seré cineasta, pensó, igual y me convierto en escritor.

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