9 mayo, 2017

Voces del Romanza

Una escalera guía a la entrada del gimnasio Romanza. Entre costales, un hombre me pregunta qué necesito. Me confirma que don Nacho Beristain no se encuentra. Son más de la cinco de la tarde.

Dentro de una oficina, atiborrada por fotografías, medallas, reconocimientos y más recuerdos, el hombre escribe un teléfono en un pedazo de papel. Debo llamar a la mañana siguiente si quiero encontrar al señor Beristain.

“A ver dígame”, dice la voz pacífica de don Nacho al teléfono. Lo rodea una atmósfera de golpes. Veloces jabs, rectos y jadeos de los que entrenan a su alrededor.

Don Nacho Beristain visita el Romanza por las mañanas. Se considera un trabajador del boxeo. Los jóvenes llegan, lo buscan. Suben las escaleras y se abren paso entre los costales.

A partir de las siete y media y hasta las diez de la mañana entrenan los más apasionados; los que sueñan con llegar a profesionales. Conocieron el gimnasio por rumores, internet, programas de televisión o por la historia de alguno de los 23 capeones del mundo que ahí se levantaron.

“El boxeo profesional es un espectáculo caro y ejercerlo es difícil, traumático y a veces hasta cruel” continúa don Nacho, “pero es un vehículo por el cual se puede ganar mucho dinero en una sola pelea”.

Esa mañana, a su alrededor, se preparan veinticinco “chamacos”. Un inglés, un argentino, dos japoneses y un marroquí, codo a codo con mexicanos. Han viajado para ilustrarse en el gimnasio.

El japonés, aparte de su carrera como boxeador, estudia psicología. El argentino ya es profesional pero también quiere abrirse paso como actor. Le emociona pensar en que pronto, igual y le dan un papel en una telenovela como boxeador.

El marroquí está de visita un mes. Vive en Francia. Después de terminar la universidad allí regresará a México para empezar una nueva carrera como peleador.

Beristain organiza los combates. Se mantiene cercano a otros promotores del mundo. Constantemente los contacta. Las peleas se pactan por muchas razones. Unas por influencia. La mayoría por amistades.

Como manager, su labor es preparar a los pugilistas, “conducirlos de buena manera, para que lleguen lo más alto posible, que ganen mucho dinero y se retiren”.

Ha entrenado deportistas capaces de conquistar las mejores bolsas así como cirujanos, ingenieros y abogados. “En México, el boxeo es popular por las continuas crisis en las que nos han sumido los genios de la política” continúa.

Don Nacho usa anteojos. Los años han derrotado su vista. Pero por oído puede reconocer un golpe bien atravesado. No es el único entrenador en el Romanza. Con todos se lleva bien. Unos nuevos vienen, luego se van pero no está permitido regresar.

Los boxeadores jóvenes comienzan ganando sueldos miserables. Pagados por sus promotores.  Cada vez, el presupuesto que le sacan a las televisoras es menor y a los peleadores de cuatro rounds, con suerte, les dan $4,000 por pelea.

Los que se enfrenten seis, ocho rounds o más, en pelea estelar en México, ganan cincuenta o sesenta mil pesos. Cantidades que apenas alivian económicamente sus necesidades, de casa, de su familia.

En el extranjero pagan más. Diez mil, quince mil dólares por pelea. Las grandes estrellas, en ocasiones, millones de dólares.

Beristain ha entrenado cientos. La mayoría, después de tocar lo más alto, fracasan. “Gastan todo. Los familiares les ayudan a gastar lo que con tanto trabajo ganaron” asegura calmoso, “son la minoría los que logran amasar su fortuna e invertir bien”.

A lo lejos una voz lo llama, debe colgar, el round ha terminado.

 

 

 

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18 noviembre, 2016

Otro cantar

“Daba todo por su público, por eso se lo llevó el corazón”, dice don Moi, sobre Juan Gabriel, junto a la ventana embarrotada del gimnasio Pancho Rosales. Lo iluminan los últimos rayos del sol. Su sombra se debilita. Sus pupilos comienzan a llegar.

Su pasión por los golpes nació hace más de sesenta y cinco años. Junto a su hermano, don Moi escapaba al gimnasio Gloria, “algo que se te mete, como un virus que ya no puede salir”.

Era cantante charro y boxeador. Después manager. Así viajó por el mundo. En la inauguración de un teatro conoció a Capulina, “te voy a dar un consejo” le dijo “para ser artista hay que ser un sinvergüenza, que no le dé pena a uno nada y siempre andar bien arreglado, con una joyita en la mano, un buen reloj y un traje presentable porque como te ven te tratan”.

Siguió su ejemplo. Nunca le gustaron las modas extranjeras, prefiere el estilo nacional. Elegante. Aunque no traiga un peso, aparentar. A sus viajes llevaba sombreros charros chiquitos que regalaba. No entiende por qué los managers de hoy son tan descuidados, mal vestidos y sin personalidad.

Don Moi recuerda a Rodolfo Casanova, Baby Arizmendi, Ratón Macías, Joe Conde y Kid Azteca. “Unos gentleman de corbata y zapatos brillosos. Puños que desde abajo forjaron la época de oro del boxeo mexicano. Pobres, callejeros, hijos de la Revolución. Cuando no tener cicatrices era una vergüenza.

Casanova lo tuvo todo y perdió. Por Tacubaya había una cantina, Las glorias de Casanova. “¡Sírvanme! traiga tragos hasta que se acabe todo” pedía al entrar después de cobrar sus peleas en la Coliseo y la Arena México.

Joe Conde, su mítico rival, siempre portaba traje y sombrero. Rodeaba el cuadrilátero con chaleco y un mono trepado al hombro. Casanova se paseaba con un gran danés. Al enfrentarse, Casanova desesperaba al no entender a Conde que le hablaba en inglés. De boxeador, se hacía un fajador indisciplinado que golpeaba hasta perderse entre frustración y enojo.

“¿Y por qué ya no hay boxeadores don Moi?” le preguntan. “Lo que faltan son entrenadores” responde. “En México, si vas caminando y pateas una piedra te sale un campeón del mundo con cinturón y con los puños listos tirando golpes” solía decir José Sulaimán.

Sus pupilos se acercan y piden que los vende. Son pesos pesados y el golpe es duro. En Buenos Aires, un caballero le enseñó las cualidades de la mano. Entonces se utilizaba manta o popelina que cortaban. Gimnasios de abolengo como el Margarita y el Jordán son ahora oficinas y multifamiliares. Entre los pocos sobrevivientes se advierte extinción.

Los nuevos managers lo sorprenden. Llegan con tenis y shorts y hacen vendajes del asco. Por $800 pesos les venden licencias de la Comisión. Pelean a sus muchachos sin distancia ni disciplina; sin cintura ni piernas. Sin conocimiento. Se lastiman y fracturan las manos. Cuando ha levantado la voz le responden “no digas nada”. “Pero si amas al deporte debes hacerlo legal”.

Dos de sus pupilos se abren paso entre las cuerdas y entran al cuadrilátero. Don Moi, con reloj en mano y zapatos bien boleados, canta el fin del primer round. Bombas de sudor y sangre joven escurren. “La derrota es una batalla perdida” concluye don Moi recordando a Napoleón, “cada día estamos más atrás, sin escuela, y los nuevos que cruzan la puerta se van”.

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12 mayo, 2015

Adiós, Pinocho

Tepito texto

Caminamos por el laberinto del mercado del barrio de Tepito hasta llegar al deportivo. Frente a la iglesia de san Francisco de Asís, en el estadio Maracaná, se ha armado la cascarita. El gimnasio de boxeo está cerrado. Rubén toca la puerta con fuerza. Un hombre aparece. Le pregunta por Pinocho. Hace mucho que no lo ve por ahí.

Nos deja entrar. Costales y peras inmóviles. Silencio. Rubén me señala las fotografías que adornan. Rodolfo, El Chango, Casanova, José Medel, Rubén, El Púas, Olivares, Rafael Herrera y Octavio, El Famoso,Gómez. El cuadrilátero está vacío.

 Rafael Herrera

Rafael Herrera

Junto a un puesto que vende calzones de hombre importados de China entramos a una vecindad. Rubén toca una puerta metálica del segundo piso. Una mujer de estatura baja, encorvada, pelo blanco, escoba en mano y mandil abre. Pinocho se está bañando.

-         Dígale que vino Rubén.

-         Le diré que vino una chava o se le va a olvidar.

Rubén ríe, “regresamos como en una hora”. La mujer nos despide con un “ándale pues”. Es Lolita, su esposa.

Nos dirigimos a un depósito de cerveza. Parece estar desatendido. Uno entra y toma las latas que quiera. Al fondo una letrina. Dos borrachos en silencio. La música viene de afuera. El consumo se paga a la señora que atiende el puesto de mallones de enfrente. Diez, doce pesos la lata. También vende cigarros sueltos.

 

Tepito texto 2

Regresamos a la vecindad. En vez de “buenos días” Lolita nos recibe con “buenas tardes”. En la misma habitación conviven una cama matrimonial, un sillón, cocineta, una mesa y varias sillas. Cientos de fotografías y diplomas. Unos colgados, otros recargados. Casi todos de boxeo. “Sienténse, siéntense”, insiste Lolita, cargando una silla.

El cuerpo delgado y moreno de Pinocho se hunde entre el colchón y las almohadas de la cama. Pide ayuda a su esposa para levantarse. Lolita, aunque encorvada, es ágil y lo sienta.

Gerardo, Pinocho, Gutiérrez tiene más de ochenta años. Comenzó como árbitro de futbol pero rápido lo sedujo el boxeo. Más de cincuenta años los dedicó a entrenar jóvenes en el gimnasio de Tepito. Uno fue el campeón gallo Jorge Ramírez. Ahí lo conoció Rubén. En los ochenta, le robó algunos peleadores.

Habla bajito. En la radio acaba un cha cha chá y comienza Perfume de gardenias. Rubén le pregunta si conoce a algún familiar de Rodolfo, El Chango, Casanova. Cree que pueden estar en La Lagunilla.

Pinocho comienza a recordar. Dice haber conocido a todos los viejos campeones pues se curtían en su gimnasio. Lo llamaban para trabajar fuera pero se negaba, prefería quedarse y atenderlo solo. Jamás abandonó Tepito donde lo apodaron así “por mentiroso”.

No recuerda a ningún familiar de El Chango. Nos recomienda buscar en la asociación pero “ya no es lo mismo, se ha vuelto un desmadre”.

“Tepito ha caído” opina Pinocho mientras acaricia el cobertor de la cama. “Tengo la dicha de ser uno de los fundadores de su gimnasio pero ya se cayó”. Hace unos años, cuando todavía podía caminar, Lolita lo ayudaba a bajar las escaleras y él se iba solo hasta las dos de la tarde a ver los entrenamientos.

“Y diga que ya está pintado el gimnasio parecía, haz de cuenta, un cementerio”, interrumpe Lolita, “todavía el señor Sulaimán le hizo un reportaje, aunque ahí ya andaba en silla de ruedas”.

Siguiendo al box, Pinocho conoció el mundo. A Francia llevó nueve veces al mismo peleador. Su gimnasio se coronó cuarenta y nueve años campeón. Todos querían pelear y hacerse en Tepito. Por las mañanas llegaban entre cincuenta y sesenta niños.

“Ahora faltan buenos entrenadores”, agrega, “la gente está un tiempo pero se va”. Unos días antes pidió regresar al gimnasio. Lo encontró vacío. Había tres, cuatro, cinco niños y salió llorando. Sintió tristeza al recordar cuántos entrenaban junto a él.

Nos recomienda buscar a un periodista que “sabe de todo”. Solo él podrá decirnos dónde están y si hay descendientes de Casanova. “Ahorita lo voy a llevar en silla de ruedas a la misa de su compadre”, comenta Lolita, “la nota de su muerte salió en el periódico y los vecinos llegaron a avisar”.

Pinocho se acomoda con las manos y se levanta. Ella acerca la silla de ruedas. “Después de que él correteaba a las chavas, ahora las chavas lo corretean a él. Va adelante y yo atrás de él ¿no?” y nos señala una fotografía de cuando eran jóvenes. Han pasado cincuenta años desde que se casaron, ella es menor. “Él ya no puede correr, yo lo alcanzo rápido” y Lolita comienza a empujar.

 

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11 noviembre, 2014

Otro paseo

Monto la bicicleta con rumbo a Paseo de la Reforma. La calle está llena. Ni un auto. Miles caminan. Pedaleo entre humo de inciensos, pancartas, tambores, coros, antorchas. El sol cae, México despierta. La piel se pone de gallina.

Atravieso el Ángel de la Independencia. Miles de voces exigen: vivos se los llevaron, vivos los queremos. Uno se ha pintado una lágrima de sangre. Algunos visten de negro. Aparecen más trompetas y personas. La música siempre es aliada. Una banda toca fanfarrias, parece fiesta taurina. Otros, desde las banquetas, observan y documentan con sus teléfonos.

En el suelo se lee: Estado asesino. Lo han graffiteado también. Dejo la bici. Es difícil caminar entra la multitud y letreros que dicen: terroristas. Me alejo del flujo de gente que seguirá hasta su meta: el zócalo. A la distancia, el silencio puede ser aterrador. Llego al 109 de Reforma. Parece estar abandonado. Dos hombres con traje negro custodian la entrada graffiteada.

Entro. Una luz neón azul rompe con la obscuridad. Estrobos. Han llegado pocos invitados, la manifestación no permite el paso a los que vienen en auto. El negro predomina en la vestimenta, sacos, tacones, camisas y minifaldas. Por dentro también parece abandonado. Muros desnudos. Dos niveles. Al centro: una habitación de doble altura. Cruza una pasarela. Sombras. Mujeres de piernas largas, shorts. Quiero ser modelo dice una, ¿cuántos años tienes? responde su amiga. Veinticuatro. Para ese mercado, eres fruta mayugada.

En el baño las mujeres se maquillan y observan al espejo. Una grita que le falta papel de baño. Su amiga se lo rola por debajo de la puerta. En un pasillo regalan agua importada. Yo prefiero alcohol. Vaya al segundo piso, me recomienda un edecán de ojos claros y acento extranjero. Adentro, moda y apariencias. Afuera, manifestación de dolor. Dos voces que gritan.

Las luces ciegan. La obscuridad gana. Siluetas. Nadie refleja por fuera lo que es por dentro. Me confundo de pasillo y entro a la zona de maquillaje. Mujeres en transformación. El truco es aparentar perfección.

La luz negra resalta las manchas blancas de las paredes. Algunos letreros de prohibido el paso, de plástico amarillo, como usa la policía. En el segundo piso encuentro una subasta. Algunos diseñadores mexicanos. Otros objetos de Marc Jacobs y Oscar de la Renta. Hay vestidos, bolsas, joyería, junto a cada objeto una mujer espera. También subastan un viaje, visita y lunch en el estudio de Zac Posen en Nueva York.

Los invitados caminan alrededor de los objetos en subasta. Observan el precio de salida y comentan. Música house y otros géneros electrónicos de fondo. Salen las chelas. Todos quieren. No importa el traje, la bebida es la mejor compañía.

También hay tequila y champaña. La pasarela no arrancará hasta que algunos invitados especiales logren atravesar la manifestación. Los que han llegado piden un trago. Hay que adaptarse, comenta uno sobre entrar al desfile después de ver a la gente en la manifestación. México es como un camaleón, cambia todo de un segundo a otro, concluye.

En el baño, las mujeres comentan la magnitud de la manifestación. Algunas creen que ya se acabó. Hay mucha gente, la causa es buena, se sentía una vibra buena, comentan otras mientras se despiden en el baño.

Todos los invitados han llegado. La gente se sienta alrededor de la pasarela y el desfile de Mancandy comienza. El espacio que la oscuridad escondía ahora brilla. Mujeres, hombres, hermosos y esbeltos. En una mano detengo una copa de champaña, en la otra, un tequila doble y una chela. Los modelos caminando al ritmo de la música. La moda expresa y los ojos de todos observan de abajo hacia arriba cada atuendo, cada cuerpo.

Al terminar la pasarela los invitados desaparecen rápidamente. Al salir, la ciudad se siente vacía. Algunas sombras, basura y letreros rotos. Junto a Jimmy camino por la bicicleta. Un edificio resalta entre los demás por sus luces rosa. El senado parece putero, le comento a Jimmy. En una de sus rejas alguien había amarrado un sostén.

A la mañana siguiente la cruda era insoportable. Dos aspirinas. Me puse el mandil y fui a trabajar a la pizzería. En una mesa, un hombre me preguntó cuál era mi especialidad en la cocina. Ninguna, respondí, soy escritora. Me vio con lástima. En la cuenta dejó el doble de propina.

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29 septiembre, 2014

El Papi

“Lo que sea, ¿me entiendes? Lo que sea, pregunta por mi en la plaza Santo Domingo y te lo consigo.” Dijo el muchacho con cejas depiladas, pantalones vaqueros, playera entallada, tez morena y una cicatriz cerca de la comisura de los labrios. ¿Por quién pregunto? remató Merlina. Pues por El Papi, así na´más, así me dicen. Merlina puso en duda si sus palabras serían ley.

A los pocos días tocaron violentamente la puerta de la oficina de Merlina. Era Mario, su amigo, desesperado. La noche anterior se había ido de fiesta. Había tomado cerveza, vino, whiski, vodka y rematado con unos “raquetazos” de cocaína. Cuando sintió que perdía el estilo dejó el bar y abordó el primer taxi que cruzó. En un alto, el taxista sacó una caja y le mostró a Mario el contenido. “Es original, una jandicam, Sony, de las buenas, me la regalaron pero mi hijo está enfermo y necesito la lana”.

Mario, que soñó ser director de cine, creyó ver una oportunidad. El taxista le dejaba la cámara “bara, bara” pero Mario no cargaba tanto dinero. Pararon en un cajero y el taxista le descontó el pago del servicio del viaje.

A la mañana siguiente la cruda era insoportable. Mario caminó al supermercado e intentó comprar un suero con tarjeta. No pasó. Entonces recordó que había vaciado su cuenta a cambio de una cámara. Regresó a casa y la inspeccionó. Era pirata.

Al terminar de cortar la historia, Mario mostró la cámara a Merlina. “Busquemos al Papi” dijo Merlina y se dirigieron a Santo Domingo. Nadie supo responder dónde estaba El Papi. Desilusionados, regresaron a la oficina. La cámara era más pirata de lo que creían. Sería difícil venderla. Otra vez, tocaron a la puerta. Era El Papi. Alguien los escuchó y le pasó el pitazo.

“Haremos una rifa entre la banda de Santo Domingo,” resolvió El Papi. Se quedaría con la cámara y la mostraría para vender los boletos. Sería precavido de que nadie se acercara mucho o la tocara para evitar cualquier “malentendido” sobre la originalidad del producto. “Pues si tú la viste,” respondería El Papi ante cualquier reclamo.

A la semana siguiente El Papi volvió a aparecer con una lista de los compradores. Había vendido la mitad de los boletos y la rifa sucedería hasta la próxima semana. El Guffy, el Fideo, el Pepino, el Pinocho y la Ximena, eran algunos de los nombres en la lista. El Papi se quedaría con una cuarta parte de las ganancias, Mario la mitad y el resto, “de propina pa mi fuguita”, su compañero que “cuidadosamente ayudó a engrapar la lista de los boletos vendidos”.

Quedaron de verse el siguiente miércoles en la oficina de Merlina para hacer la entrega del dinero. El Papi no llegó. Pasaron semanas. Lo buscaron en la plaza pero nadie sabía nada. Al mes apareció con un ojo golpeado y las manos vacías. ¿Qué pasó? Preguntó Merlina.

La rifa la había ganado El Batidor, un impresor de la plaza. La cámara ya estaba en su posesión y la usaba toda la familia. Después de anunciar al ganador, El Papi se dirigió a su casa pues planeaba arreglarse y salir por la noche a festejar. Su suegra lo esperaba junto con su esposa y su hijo. No lo dejaron entrar y le aventaron una silla por la ventana. Furioso, El Papi, trepó por la ventana y rompió el vidrio. Su sangre escurrió por la pared. Ellas llamaron a la policía y lo metieron a Santa Martita Acatitla. El dinero lo había usado para salir del bote. Juró pagarlo de regreso, lo trabajaría “bien, sin mañas ni robos” pero primero necesitaba que liberaran su oficina, la plaza Santo Domingo, que desde hace una semana era sede de un festival de reciclaje y “así no podemos trabajar”.

Mario no recupero la cámara ni el dinero. Esa noche, para olvidar, volvió a salir al mismo bar. Bebió como de costumbre y cuando pensó que empezaba a perder el estilo se fue. En vez de abordar un taxi prefirió caminar. En el camino recordó lo que le sucedió y pensó en escribirlo. No seré cineasta, pensó, igual y me convierto en escritor.

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Fotografías de Daniela Mikel y mías.

Creer para vivir y vivir para creer

            Cuando viví en Ziracuaretiro, nos encerrábamos en la casa pues un hombre, disfrazado de Judas y montado a caballo rondaba el pueblo y “¡ay de ti si te encuentra!”. Nunca supe exactamente qué mal hacía, pues siempre logré esconderme, pero la imaginación me aturdía. Una ocasión, me escondí entre las plantas y lo vi pasar. Recuerdo vagamente cómo era, solo una sombra puedo dibujar en mi mente, pero siento esos escalofríos que al verlo dominaron mi cuerpo. Al escuchar ese caballo galopar me petrifiqué y decidí que nunca quería volver a pasar una semana santa en ese lugar. Casi diez años después, mis abuelos, fieles católicos, me invitaron a conocer la semana santa en Sevilla. Eran días de celebración y devoción, vigilia y libertinaje. Los coches ceden el paso a los piadosos que vestidos de nazarenos acarrean sus penitencias por toda la ciudad levantando cruces e imágenes de la cofradía de su elección. Vírgenes, cristos y miles de fieles cantan saetas y se entregan a una devoción que aparte de diversión atrae a cientos de turistas de todo el mundo. Los fieles de ocasión compran escapularios, rosas o rosarios y los guardan para recordar que un día acompañaron y formaron parte de esa manifestación popular. Entusiasmada por el poder de la imaginación y la entrega de un pueblo a una pasión mi siguiente destino fue la semana santa cora, después la purépecha y luego la huichol; pues decidí que quería seguir observando lo que la luna llena le hace al humano en su tercera aparición de cada nuevo año.

“Queremos hacer un documental sobre el Cristo de Ixtapalapa” me dijo Daniela Mikel, “ayúdame con la investigación histórica” y accedí. La historia de mañana se escribe hoy y me dirigí al pueblo de Ixtapalapa, diferente a la delegación que se escribe Iztapalapa, pues aunque una forma parte de la otra no son lo mismo. Caminé por las calles de sus ocho barrios, la iglesia en la explanada donde se encuentra la delegación y trepé al cerro de la Estrella. Desde abajo parece todo menos Estrella. Rodeado por construcciones grises y holgadas avenidas, el cerro parece un montículo seco y arenoso en el que remolinos de polvo y basura rompen contra las tres cruces de la cima. Una malla ciclónica atraviesa el olvidado y desolado lugar. Algunas casas lo rodean y uno que otro perro callejero lo acompaña. Desde arriba, a lo lejos, pude observar la ciudad, mi ciudad, la de los rascacielos. Bajé el cerro y Mikel me dirigió a la casa de ensayos dónde Jesús, en el papel de su homónimo, practicaba cargando una cruz de casi setenta kilos, “durante la procesión, el peso será mayor” me confirmó Lulú Cano encargada de la casa e hija de uno de los hombres que más ha promovido la representación en Ixtapalapa. “Alcáncenlo, el es el presidente del comité, el que se va yendo” señaló Lulú mientras limpiaba pintura fresca del cuerpo de su sobrino.

Salimos tras él pero lo vimos con prisa doblar en una calle a la derecha. “¿qué necesitan? yo les ayudo, soy vocal del comité organizador”. Un hombre alto y de ojos grandes se presentó como Joaquín. “Esto se va a poner de locos, vienen millones de personas. Si quieren ver lo que pasa en los distintos puntos necesitan un pase de prensa pues la multitud no los va a dejar pasar de un lugar a otro”. Nos pasó su contacto y conseguimos aquel pase directo que nos abría paso a deambular fuera y dentro de las procesiones de la pasión.

Llegó la mañana del Jueves y desbordé el metro en la estación Iztapalapa. Las calles que recordaba se habían transformado. La feria acaparaba la vista y bloqueaba la circulación de autos, la fiesta había comenzado. Compré galletas de puerquitos de jengibre y piloncillo, atravesé la vendimia de tazas, pan, algodones de azúcar, elotes y esquites con patas de pollo. Sobre la explanada posaban dos escenarios; en uno predominaba el verde con incrustaciones de leones y columnas doradas, en otro, el más pequeño, el azul en varias de sus vibraciones. Me apuré a la casa de ensayos pues sabía que desde ahí comenzaría la procesión. En el trayecto me encontré con cientos de nazarenos en túnicas moradas y hombres disfrazados de soldados romanos. En Sevilla, los niños gritan: “malos, malos, los romanos”. Mientras los nazarenos se alistaban para comenzar su procesión de penitencia, los soldados reían y tomaban fotos de sus perros que decorados con cascabeles en las patas y chalecos dorados también desfilan al lado de sus dueños. La casa de ensayos se había convertido en una ciudad nazarena. Cientos de actores lucían sus vestuarios caminando por el patio. Las vírgenes que reían desde el balcón saludaban a sus amigos que emocionados las fotografiaban desde la calle. La pasión había comenzado pues el pueblo se había transformado de ser un espacio ordinario a uno enajenante.

Las puertas de la estancia principal se abrieron y los cientos de actores que esperaban guardaron silencio. Cristo, el arcángel Gabriel, los apóstoles, María, la virgen de la soledad y Judas, entre otros, salieron y tras el estandarte del comité organizador la procesión comenzó. El elenco principal lo conforman casi ciento cincuenta personajes que deben ser pobladores de alguno de los ocho barrios. Cada quien escoge, consigue y paga su vestuario, por eso cada año son diferentes y los decoran con el permiso de cada imaginación. Entre los nazarenos y la guardia romana también escogen sus vestidos; cascos con estambres y pelos de escoba, el parámetro de lo permitido y no parece estar regido por lo que han visto en otros años.

“Mamacitas recojan a sus bebés y salgan de las calles” aclamaba una joven del comité. La gente abría los ojos y el paso ante los cientos de participantes en la procesión: primero el estandarte del comité seguido por los clarines, después el ángel que acompaña a Jesús en todo momento, Jesús, los apóstoles, María, las mujeres penitentes vestidas de vírgenes, los soldados y la guardia montada a caballo. Los casi dos mil nazarenos, casi todos descalzos, rodean a éstos personajes y los separan del resto de la multitud. Una banda de música acompaña y marca el paso. Desde adentro observaba a la gente que emocionada regalaba bolsas de agua y naranjas a todos pues después de más de cuatro horas de procesión, el sol es el mayor traidor. Nazarenos de todas las edades y orígenes caminan, por tradición o por orgullo, siguen a Cristo por cada una de las iglesias de los ocho barrios. Los más pequeños, acompañados y en brazos de sus padres, se quejan pero la satisfacción de formar parte los impulsa.

Cuando Jesús camina la gente comienza a murmurar. “¿Ya lo viste? Es diosito” le dicen las madres a sus hijos. Un niño grita: Tío Chucho, voltea, ¡tío! no quiere voltear pero vi que sonrió, tal vez me reconoció. La gente sale a las calles y aplaude a sus familiares, hermanos y héroes del barrio que esos días se convierten en alguien más. “Su pelo (sobre Jesús) es hermoso su pelo”. Algunos saben quién es, otros lo intentan reconocer pero la peluca y las túnicas han hecho de ese joven Jesús el hombre que todos quieren ver. Señoras le entregan su bebé para que lo cargue y bendiga en lo que puede llegar a ser.

Junto a los cientos de seres reencarnados de la liturgia hay otros actores que rodean la procesión; policías y granaderos parecen igual de emocionados que el resto de la población. Cientos de celulares, tabletas y computadoras documentan los pasos. Desde un poste, un hombre trepado detenía una computadora para que sus hijas desde Oklahoma fueran parte de la celebración. Cuando aparece la virgen la gente grita “¡Es la virgen! Bendita María, estamos todos contigo” se asombran por su físico “¿cómo la maquillaron?” y algunos lloran al pensar que están frente de “la mamá de diosito”.

Los caballos, prestados por la policía, de esos que están bien alimentados, asustan al público y lo mantienen separado de la procesión y sobre las banquetas. Afuera de algunas casas los familiares sacan fotos de sus muertos para que rodeados de flores y sobre un altar también puedan observar. Cuando el cielo se nubló, los del comité sacaron bolsas y cubrieron las pelucas y las alas del ángel pues una vez que comienza, ni una turba, ni rayos, ni un temblor pueden parar la procesión.

En una esquina se abrieron las puertas de una casa y un hombre con la cara maquillada en grises, cuernos de chivo, uñas largas, negras y puntiagudas y vistiendo una capa blanca interrumpió. La gente comenzó a gritar asustada, lo tocaban y corrían, algunos niños lo maldecían pues la presencia del diablo en esa procesión no era bienvenida. Al observarlo detenidamente descubrí que algunas facciones ya me eran conocidas. Me miró y vi a Joaquín, que salía de su casa y a lo lejos, sobre el patio, pude percibir una cruz, su cruz, y entendí que a ella alguna vez la cargó pues años antes él encabezó esa procesión y terminó colgado, sobre el cerro de la Estrella, y al siguiente día resucitó.

Al llegar a la explanada los actores subieron a los escenarios y brotaron los diálogos. Arriba, Judas vende a Jesús, los apóstoles rezan en la última cena y Jesús lava los pies de sus apóstoles. Abajo, los nazarenos descansan, sus familiares les llevan pollo, tortillas y refrescos y el servicio médico escudriña los pies de los lesionados para sacar vidrios, corcholatas y otras basuras urbanas. Entre quejas se preparan para retomar fuerzas pues el siguiente destino es la culminación de la traición de Judas en el cerro de la Estrella.

Sobre el cerro, los altavoces rompen el silencio con O fortuna de Carmina Burna, y el diablo, Joaquín vuelve a aparecer sin capa, con todo el cuerpo maquillado, chaleco de acero y antorchas de fuego. El cielo se pintó de rojo y la cara de cientos de niños, mujeres y hombres brillaron asombradas, infectadas por el delirio de la fe, al ver la aprehensión de Jesús por los soldados romanos.

La fatiga del jueves se tradujo en retraso la mañana del viernes. Corría entre los pasillos que unen a la línea doce y la ocho del metro cuando me rebasó un nazareno apresurado también. Con una mirada entendimos que habíamos sucumbido ante el cansancio pero él más allá del tiempo, ante una promesa y una tradición. Apresurados salimos del metro y en la calle Hombres Ilustres desapareció. En la explana, Mikel ansiosa me esperaba pues “ya casi termina la procesión de los nazarenos que cargan su cruz al cerro”. La gente por número formaba un tumulto y los nazarenos, descalzos desde el día anterior, arrastraban cada uno su cruz, tan grande como la de Jesús, entre las calles del pueblo y rumbo al cerro. Algunos sudaban bajo una corona, algunas con flores y otras de pura espina, pues cada quién sabe de qué y hasta dónde cumple su manda, su promesa de ser y hacer pues aparte del aceite quemado de las frituras, los raspados y la carne de caballo enchilada, las calles huelen a penitencia planeada.

La presencia de policías se duplicó. El luto del sábado se disfrazó de solemnidad. El sol quemaba y el asfalto hervía las suelas y las culpas de los nazarenos. En la explanada, al ras del escenario, mientras Judas se arrepiente el servicio médico continúa atendiendo a los lastimados.

Jesús, custodiado por el ángel y sus alas de diez kilos, son rodeados por una nueva turba: la marabunta mediática de reporteros más agresivos que los soldados romanos. Las cámaras interceptan a Judas quien confiesa “lo peor es cuando lo vendo”. Han pasado muchos años y aún no me gusta sentir la presencia de Judas.

¿Cómo vas? Me paraliza Joaquín. Ahora en su papel de vocal del comité organizador que desde un discreto coordina a los actores. Todavía le quedan rastros de maquillaje en la cara y esmalte en las uñas, “llevo horas rascándomela y no se quita” bromea. Comienzan los azotes a Jesús, la gente guarda silencio y recuerdo las palabras de una mujer afuera de la iglesia “las leyendas son falsas, la sangre es maquillaje pero la pasión no”. Un soldado le pone la corona de espinas, la banda comienza a sonar, Jesús levanta su cruz y arranca el vía crucis. “¡Corre! a la primera caída, antes de que llegue Jesús”.

La multitud se amotina. Los codazos se duplican y entre miles de fieles logramos abrirnos paso. Escabullirse no es fácil pero llegamos al pie de la tarima donde sucede la primera caída. “Por nada se vayan detrás de los caballos, tienen que entrar al cerro antes si quieren subir pues los avientan a la gente y siempre hay lastimados. Si se quedan fuera aléjense de la procesión, váyanse porque los granaderos detienen, la banda se enoja y se arman los guamazos” nos advierte un fotógrafo. Se escucha acercar a la banda “¡ahí viene!”. Abren paso unos primeros caballos, la gente grita y nos aplastan contra la base de la tarima. A lo lejos puedo percibir la punta de la cruz del Cristo, las mujeres lloran, nos rodean nazarenos, camarógrafos, granaderos y espectadores tanto en la tierra como en los balcones. Cristo sube a la tarima, la gente se emociona, las mujeres no paran de llorar. Se siente la pasión de miles de fieles que creen más en su representación que en lo que les dijo su religión. Jesús cae y asciende el silencio, ese maldito silencio que anuncia un futuro perturbador. Jesús se levanta, la banda irrumpe y la procesión aprieta con todo lo que hay en su andar. Pierdo a Mikel, me empujan y caigo. Los caballos se acercan pues, me doy cuenta, que me he quedado atrás donde no debería estar. Salgo del camino y entro a una nueva horda que fluye a la par de la procesión. Cada vez son más los caballos y jinetes que desfilan. Dejo esa calle en busca de otra por la que pueda cortar camino hacia el cerro. Es complicado caminar. Debo interceptar la procesión antes de que suba al cerro. Según mis cálculos todavía faltan dos caídas y la tercera dura más pues al Cristo hay que bajarle la temperatura corporal para después poderlo colgar. Me apuro pero caminar es difícil, serpenteo y llego hasta los granaderos que ya no dejan a nadie entrar al cerro. Sus escudos nos empujan a todos. Saco mi pase de prensa, mi escudo defensor, pero me dicen que no puedo pasar. La gente que me rodea comienza a gritar pues también quiere entrar. Cientos de voces se unen para exclamar a los granaderos “traidores, ustedes son el mal de esta sociedad”.

Los gritos los enoja aún más y vuelven a confirmar que nadie puede pasar. Logro movilizarme a otro punto pero tampoco funciona. A lo lejos se escucha la procesión, me pongo nerviosa pues comienzo a dudar de si lograré entrar pues por más que me acerco me escupen fuera. Le pregunto a una señora por un atajo, un recoveco por dónde me pueda colar y me recomienda que corra a otra calle, atraviese un mercado y que les pida a los de la farmacia de la esquina que me dejen pasar. Intento correr pero no puedo, la gente no deja pasar. No he llegado a la farmacia cuando veo pasar la procesión, ya terminó la tercera caída y el Cristo se dirige al cerro. Sigo estancada entre las masas y fuera de procesión y los caballos ya llegaron a mi mismo lugar.

Los gritos no cesan pero ahora no halagan al Cristo sino condenan a los granaderos, la gente quiere que abran paso y los dejen caminar. La procesión ha terminado de pasar y los granaderos permiten que la gente atraviese la calle pero cierran el camino hacia el cerro. Me dirijo a uno y otra vez me niegan pasar. “Por favor, lo voy a escribir, si no veo lo que sucede arriba no lo puedo contar”. No sé si fueron las palabras o que un par de tetas jalan más que dos carretas pero un hombre del comité da órdenes a un granadero de que me deje entrar.

Atravieso la barrera de granaderos y ante mi se abre un camino que sube al cerro. El camino esta vacío, solo escudos y sus respectivos granaderos lo rodean, detrás miles de personas gritan y empujan para pasar. Sigo subiendo hacia el cerro y logro alcanzar a los últimos caballos. Uno, luego dos y más resbalan pues con las herraduras no pueden trepar. Los caballos se niegan, tiemblan, reparan, algunos caen. Los jinetes los jalotean. La fuerza que revelaban abajo se ha convertido arriba en fragilidad. La gente grita para que los dejen en paz. Sigo subiendo, me abro paso entre las piernas de los que sí han logrado subir, siento miedo y recuerdo aquel caballo del Judas que me ponía a temblar. También agitados, se mueven agresivamente, y los esquivo detrás de los granaderos. Se me quita el miedo pues si quiero subir debo seguir.

Llego a las faldas del cerro donde están los nazarenos y sus cientos de cruces. Los caballos que pueden siguen subiendo. Se abre una brecha y junto a un caballo logro salir de la calle y entrar a la parte del cerro que parece montículo, cada vez estoy más cerca de las tres cruces. Aquel montículo seco y arenoso en el que vivía un remolino de polvo es ahora el soporte de un huracán monstruoso con millones de ojos que observan hacia el mismo lugar. Lo desolado ha cobrado vida y la malla ciclónica detiene a la multitud que grita porque Judas se acaba de colgar.

Resbalo con el polvo, es difícil respirar, pero logro llegar hasta las tres cruces. Son pocos los que hasta ahí pueden pasar, pero Mikel fue una de las que también lo consiguió. La multitud mediática también llegó hasta allá. Junto a mi una mujer reza en silencio mientras la niña que carga en brazos juega con sus labios. Es la madre de Jesús, del muchacho que esa tarde representa al hombre por el cual lo bautizó; el alabado que acapara las miradas, el personaje principal que después tendrá que volver a poner los pies en la tierra, dejar los reflectores atrás y regresar a su monótona realidad. Aquel cerro que alguna vez sentí descorazonado se convirtió en un santuario donde convergen el delirio, el sufrimiento, el cariño. Las ganas de creer se contagian pues la pasión no se ve, se siente; surge un apetito ardiente por pertenecer a algo más grande que uno mismo, por ver cómo unos se levantan de las caídas del vía crucis del día a día. Así como abajo hule a penitencia arriba huele a promesa.

El sábado santo me volví a encontrar con Joaquín. Le pregunté ¿qué sintió cuando personificó a Jesús y lo subieron en la cruz?. “No lo he comentado y no lo quiero hacer. Cada quién tiene sus motivos para estar”. Así como de pequeña fantaseaba con Judas y me ponía a temblar, somos millones de personas las que dejamos nuestra imaginación volar, pues querer creer es una forma de vivir y la imaginación es motor de la creación y la pasión.

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“Nos han robado” escribió Ana en el grupo de Facebook que hace un año creamos Zaratustra y yo para mantener en comunicación a los amigos que vivimos en alguna de las tres cuadras que forman la calle de Tokio, colonia Juárez, pues el agua solía escasear. Al grupo lo nombramos El respeto a la colonia Juárez es la paz.

Además del comentario, Ana subió una foto del cerrojo violado. Al verla recordé lo que sentí el día que mi intimidad también fue ultrajada. Con ese robo suman cinco asaltos al interior de sitios conocidos. Todos ocurridos en la calle de Tokio, y en todos, los asaltantes actuaron de forma similar:  entraron por la puerta rompiendo la cerradura cuando no había nadie y en fin de semana.

La primera víctima fue Zaratustra. Era domingo alrededor de las once de la mañana. Mi padre me visitaba con la ilusión de salir a caminar y comprar helados cuando vio a Zaratustra desesperado corriendo y seguido por dos policías. “Se metieron y me robaron todo”, gritó al verlo asomado por la ventana y continuó rumbo a su edificio. Poco después me explicó que durante solo una hora en que salió de su departamento rompieron la chapa, entraron, revisaron todas las habitaciones y concluyeron  que lo más valioso eran sus computadoras. Zaratustra estaba devastado. Todo su trabajo lo almacenaban esos aparatos. ¿Y Loretito?, le pregunté. Loretito su perro paseaba con él durante el ataque así que no lo vivió. “Preparate Zerón, puedes ser la siguiente, arregla tu puerta, pon una de metal, las de madera las tiran, el asalto está de a tostón”.

Revisé mi entrada y concluí que si alguien quería no podría entrar. Pero un mes después, lo hicieron. Fue un sábado por la tarde. Totopo, mi perro, por suerte no estaba. Regresaba a mi departamento cuando me encontré con tres vecinos en el pasillo charlando. Al verme, dejaron de hablar. ¿Todo bien? Pregunté, y respondieron con lástima. Al ver mi cara desconcertada agregaron “se metieron a tu departamento”.  La puerta estaba abierta y el marco roto. Los vecinos intentaron localizarme pero dos semanas antes, en la misma calle de Tokio casi esquina con Praga, sobre una banqueta, dos chicos y una navaja me habían quitado el teléfono y la cartera, tercera vez que me sucedía en dos años, segunda vez en la colonia Juárez.

Crucé la puerta y reconocí unas huellas de botas ajenas. Habían abierto a patadas, con furia. Robaron mi computadora, mi cámara fotográfica y las pocas alhajas valiosas que tenia, dejaron la bisutería. Quise llorar de rabia. Pensé buscar venganza pero recordé Rigoletto. Deseaba haber estado para negociar con ellos la información en mi computadora. Largas horas de trabajo que en pocos segundos habían desaparecido; una novela inconclusa, investigaciones, memorias que jamás regresarán. Impotencia ante el abuso. Ira por perder mis herramientas de trabajo que alguien vendería por pocos pesos mal merecidos.

Zaratustra y yo tomamos nuevas medidas de seguridad. Él mando poner cerrojos especiales. Me llamó e invitó a conocerlos. Para mostrarmelos, cerró la puerta, la pateó y golpeó. “Ahora sí ningún hijo de la chingada podrá entrar”. Yo mandé instalar una barra metálica sobre el marco. El cerrajero concluyó “aquí nadie entrará, si lo hace, me lo felicitas”.

Pocas semanas después, durante otro domingo,  El olivo, restaurante en Tokio esquina con Burdeos, vivió el tercer asalto. Les robaron varias pantallas de plasma, comida, botellas de trago y una cafetera. Así me enteré que las cafeteras son artículos de alto costo. A ellos no les tiraron la puerta; les rebanaron el candado con una segueta. Candado cuya puerta se encuentra frente a una de las cámaras de seguridad del gobierno del Distrito Federal, la cual había sido testigo del robo de “la chola”, mi bicicleta, un año antes. Los de El olivo cambiaron candados, agregaron nuevos y repusieron las pantallas.

Pero nada contiene al deseo. El siguiente domingo, El olivo, volvió a ser asaltado. Bajas: lo mismo, exceptuando la cafetera. Los dueños se retorcían como lombrices al ver los daños. Otra vez debían reponer las pérdidas.

El mensaje de Ana marcó el quinto asalto en menos de un año. Otra vez en domingo. ¿Y Sivestrina?, volví a preguntar por el perro. Estaba en casa, lo vio todo, pero estaba bien. Después de la partida de los ladrones se quedó en la habitación.

Declaró el robo. Los policías de la zona tomaron nota pero la denuncia debe hacerse ante el MP. ¿Y servirá? Les pregunté cuando fueron a mi casa ente mi llamado por robo. “No sé, la verdad señorita, pero si es importante hacerlo para tener registro de que algo pasa ahí” respondieron.

Otra vez se robaron las computadoras, algunas alhajas y la tranquilidad y confianza que hacen de una casa un hogar. Al enterarme me preocupé por el destino de mi calle y mi comunidad.  Sal a ver el cielo, recomendó mi padre y lo hice. Estoy asustada, me dijo Ana. Yo también, pensé, pues los delitos parecen hacerse costumbre y el miedo como estilo de vida es pesadilla.

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21 marzo, 2014

A su merced

a su merced

 

A su merced, Ciudad de México.

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10 septiembre, 2013

Piensa más, pega menos

Marco Antonio Peribán

 

Bajo los reflectores del Four Points Sheraton Hotel de San Diego, California, dos pugilistas suben al cuadrilátero para enfrentarse en lo que expertos pronostican como una pelea difícil. En la esquina azul, con pantaloncillos negros con blanco, acompañado por Roger Mayweather, con un peso de 168 libras, récord perfecto de diez victorias y seis ganadas por knock out, el entonces invicto Dion Savage Jr de Flint, Michigan, se quita la capa e imagina su victoria. Su contrincante en la esquina roja, vestido con la bandera de México, verde, blanco y rojo, con 169 libras, record perfecto de diez victorias y siete ganadas por knock out es el mexicano Marco Antonio Peribán. El réferi los llama al centro del cuadrilátero para el ritual de costumbre, los pugilistas chocan guantes y el combate pactado a ocho asaltos se empieza a cocinar. En el segundo treinta y tres del primer asalto Peribán lanza un severo derechazo a la mandíbula de Savage Jr; éste cae, se levanta esmirriado, furioso, el réferi empieza a contar, busca su mirada, le pide dar un paso adelante pero no percibe respuesta. Diez segundos después, por la vía del knock out, Peribán había vuelto a despojar a otro contrincante del adjetivo invicto.

Peribán es un buen ejemplo de que “la técnica hace al maestro” me dijo un entrenador de boxeo cuando me quejaba de repetir los mismos movimientos una y otra vez, “en el sparring lo agradecerás pues cuando te enfrentas a un rival, el que tenga la mejor escuela, será el mejor”. Peribán, como a Savage Jr., ha noqueado a otros tres boxeadores durante el primer asalto. Platicando sobre la forma de boxear del primero mencionó que entrena en el Nuevo Jordán; lo voy a buscar, pensé. Me lo describieron como alto de ojos verdes y en mi siguiente visita lo investigué, lo confundí con otro güero. “No es viejo, tiene veinte y pico años”, con esa información seguí buscando. Los chismes del gimnasio reseñaron que es hermano de Guadalupe Peribán, campeona del Guantes de Oro y seleccionada del Comité Olímpico, con ella empezó a boxear. A los trece años fue campeón de una Olimpiada Nacional, formó parte del equipo A del comité Olímpico por ocho años y participó en cuatro mundiales, tres panamericanos y dos centroamericanos. Sostuvo ciento cincuenta peleas como amateur, de ésas sólo treinta fueron en México. Hoy pelea tanto en territorio azteca como en el gabacho y es considerado uno de los favoritos entre su categoría a nivel mundial.

Llegó el viernes y decidí, acto insólito, ir a entrenar por la noche. Entré al Nuevo Jordán y lo encontré vacío. El único entrenador presente, al ver mi sorpresa, sin decir una palabra me indicó que lo siguiera hasta la azotea donde me encontré con una parvada de boxeadores que festejaban. Vi a Giovanni, El Ruso, Caro y le pregunté por Peribán. Es él, respondió y me lo presentó. Su altura me intimidó y pensé éste no puede ser pues no parece peleador, le falta la nariz achatada de boxeador, parecería que nunca lo han golpeado.

Una semanas después nos volvimos a encontrar en un centro comercial. Nos sentamos en un restaurante, él pidió una conga y yo una michelada. Platicamos un rato, no pude evitar preguntarle sobre su encuentro con Savage Jr. “…en esa pelea lo que me sacó fue llegar y verlo con esa prepotencia que me estaba mostrando, que me hacía menos. Se me quedaba viendo diciendo así como: este güey ¿qué? ¿Viene a aprender box conmigo?

“Llegaron al pesaje en limusina, de traje, se quiso lucir. Sólo le dije: te veo en el ring. La pelea acabó tan rápido que ni él se la creía. Después me estaba pidiendo revancha y le dije: okey vamos a hacer la revancha pero aquí en México, si yo te gano tú me das todo tu sueldo y si tú me ganas yo te doy todo mi sueldo ¿te parece la idea? ¿hacemos la pelea? Jamás respondió.”

Ha invertido años en entrenamiento, sacrificado tiempo con su familia, pagado gimnasios, equipo, transportes, vitaminas, dietas y preparadores físicos. Primero como amateur y luego como profesional son pocos los que logran una carrera con tan buena escuela y sin tener que dedicarse a algo más. “El boxeo te absorbe, es una onda muy padre. La gente se imagina que es ir a tirar golpes a lo loco pero es aprender a pelear. No saben que es una disciplina muy grande que abarca todos los demás aspectos de tu vida”. En el mundial de 2007 conoció a Shelly Finkel, manager de Mike Tyson, Víctor Ortiz, Manny Pacquiao y Evander Holyfield, entre otros. A Shelly le gustó su forma de pelear y lo firmó por cinco años con Golden Boy la promotora de Oscar de la Hoya. Unos meses después hizo su debut como profesional noqueando a su adversario en el tercer asalto.

Es un peleador con escuela, hace lo que se debe hacer: piensa y ejecuta. Desde joven trabaja sus fortalezas: velocidad y pegada. La mayoría de los peleadores en su peso son lentos y trabajan más la fuerza; él combina la mente, la movilidad y la velocidad con explosividad. Así como algunos peleadores se impulsan desde el coraje, otros lo hacen desde la razón. Los ganadores son quienes saben combinar un poco de los dos.

La técnica, me platica, es también aprender a separar y resolver los problemas de arriba y abajo del cuadrilátero. Durante una pelea en el Oasis Hotel en Cancún, Quintana Roo, Marco Antonio tubo un conflicto antes de empezar la contienda. Lo tumbaron durante el primer asalto pues “golpeaba con coraje y acordándome de esa onda.” Durante el descanso alejó sus problemas del trabajo y los bajó del cuadrilátero, se concentró en boxear y en el siguiente asalto noqueó a su contrincante. “Muchos dicen que te enojas y sacas más coraje, al contrario, te enojas y te trabas y ya no haces nada bien.

“Antes de salir a pelear en el vestidor a solas, pongo música, un poco de hip hop y me mentalizo con el rival enfrente, cómo es su físico y su forma de cómo va a pelear. Viendo más o menos que combinaciones voy a trabajar, hago una estrategia mental para no llegar a ciegas con el rival, no ser un blanco total sino estar manteniéndome, enfocándome como va a pelear y qué es lo que puedo hacer para contrarrestarlo, moverme y hacerlo de lado. De ahí en adelante lo acoplo con lo que voy sintiendo del rival. Me concentro y  me encomiendo a Dios, que me cuide y yo hago lo demás. Tratar de ponerme una paz mental y subir bien, concentrado a la pelea.”

Terminamos las bebidas y cada quién siguió su camino. Fue un encuentro corto, suertudo e ilustrativo. Recordé la importancia de perseverar y trabajar por un objetivo particular. Pensé en los peleadores que sin escuela suben al ring y golpean. En boxeo, como en otras muchas profesiones hay buitres que buscan sangre fresca, promotores y entrenadores que crean pugilistas de la nada, a los que pagan poco y de los que sacan mucho. Peleadores sin escuela que no saben lo que es defenderse y tirar buenas combinaciones, que se lastiman, guerreros aguerridos que ganan a base de fuerza y rudeza, de pantalones bien puestos. Eso funciona cuando las peleas son a cuatro, seis u ocho rounds pero cuando el enfrentamiento llega a las grandes ligas de diez y doce el púgil debe saber pensar, tener disciplina, técnica y ejecutarla en todos los aspectos de su vida pues arriba, cuando se quiere llegar a la cima, casi siempre gana el que conoce y se conoce mejor, el que domina la técnica, el que entrena y mentalmente dibuja su contienda. Pues no aventaja ni vence el más enojado sino el mejor controlado.

 

 

 

 

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