9 mayo, 2017

Voces del Romanza

Una escalera guía a la entrada del gimnasio Romanza. Entre costales, un hombre me pregunta qué necesito. Me confirma que don Nacho Beristain no se encuentra. Son más de la cinco de la tarde.

Dentro de una oficina, atiborrada por fotografías, medallas, reconocimientos y más recuerdos, el hombre escribe un teléfono en un pedazo de papel. Debo llamar a la mañana siguiente si quiero encontrar al señor Beristain.

“A ver dígame”, dice la voz pacífica de don Nacho al teléfono. Lo rodea una atmósfera de golpes. Veloces jabs, rectos y jadeos de los que entrenan a su alrededor.

Don Nacho Beristain visita el Romanza por las mañanas. Se considera un trabajador del boxeo. Los jóvenes llegan, lo buscan. Suben las escaleras y se abren paso entre los costales.

A partir de las siete y media y hasta las diez de la mañana entrenan los más apasionados; los que sueñan con llegar a profesionales. Conocieron el gimnasio por rumores, internet, programas de televisión o por la historia de alguno de los 23 capeones del mundo que ahí se levantaron.

“El boxeo profesional es un espectáculo caro y ejercerlo es difícil, traumático y a veces hasta cruel” continúa don Nacho, “pero es un vehículo por el cual se puede ganar mucho dinero en una sola pelea”.

Esa mañana, a su alrededor, se preparan veinticinco “chamacos”. Un inglés, un argentino, dos japoneses y un marroquí, codo a codo con mexicanos. Han viajado para ilustrarse en el gimnasio.

El japonés, aparte de su carrera como boxeador, estudia psicología. El argentino ya es profesional pero también quiere abrirse paso como actor. Le emociona pensar en que pronto, igual y le dan un papel en una telenovela como boxeador.

El marroquí está de visita un mes. Vive en Francia. Después de terminar la universidad allí regresará a México para empezar una nueva carrera como peleador.

Beristain organiza los combates. Se mantiene cercano a otros promotores del mundo. Constantemente los contacta. Las peleas se pactan por muchas razones. Unas por influencia. La mayoría por amistades.

Como manager, su labor es preparar a los pugilistas, “conducirlos de buena manera, para que lleguen lo más alto posible, que ganen mucho dinero y se retiren”.

Ha entrenado deportistas capaces de conquistar las mejores bolsas así como cirujanos, ingenieros y abogados. “En México, el boxeo es popular por las continuas crisis en las que nos han sumido los genios de la política” continúa.

Don Nacho usa anteojos. Los años han derrotado su vista. Pero por oído puede reconocer un golpe bien atravesado. No es el único entrenador en el Romanza. Con todos se lleva bien. Unos nuevos vienen, luego se van pero no está permitido regresar.

Los boxeadores jóvenes comienzan ganando sueldos miserables. Pagados por sus promotores.  Cada vez, el presupuesto que le sacan a las televisoras es menor y a los peleadores de cuatro rounds, con suerte, les dan $4,000 por pelea.

Los que se enfrenten seis, ocho rounds o más, en pelea estelar en México, ganan cincuenta o sesenta mil pesos. Cantidades que apenas alivian económicamente sus necesidades, de casa, de su familia.

En el extranjero pagan más. Diez mil, quince mil dólares por pelea. Las grandes estrellas, en ocasiones, millones de dólares.

Beristain ha entrenado cientos. La mayoría, después de tocar lo más alto, fracasan. “Gastan todo. Los familiares les ayudan a gastar lo que con tanto trabajo ganaron” asegura calmoso, “son la minoría los que logran amasar su fortuna e invertir bien”.

A lo lejos una voz lo llama, debe colgar, el round ha terminado.

 

 

 

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7 enero, 2017

Knockout

“¡Nadie me venda, sé cómo!”, exclamó Omar “dedos, nudillos y muñecas”. Lo hacía bien. Desde chico. “El que no se venda no sabe boxear” le repetía su padre quién sin vendar ni boxear, sólo observaba. Aficionado puro.

Esa tarde, antes de subir al cuadrilátero, lo hizo un kieveño. Omar se quejó. Sentía los nudillos apretados y le faltaba colchón. Lo hizo con señas pues no hablaba ucraniano ni ruso y en Kiev nadie conocía el español.

Omar era mexicano. De la capital. Había crecido entre rastros, vecindades y primos. Entrenaba desde chico y en la adolescencia lo firmaron como boxeador.

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Ganaba. Esa tarde la victoria se disputaba a las afueras de Kiev, en unas ruinas que le habían descrito como un “centro comercial”. Dionisio, su promotor, masticaba el inglés y se daba a entender con unos cuantos.

No logró corregir el vendaje y, entrenado para resistir, se puso los guantes y mentalizó. Le pegaría duro al “pinche ruso”, su contrincante, como sabía, lo fintaría y cansaría hasta knockear. Quería tirarlo y dejarlo abajo hasta que las campanas del jurado marcaran su derrota.

Lo dibujó tan bien que lo logró. Al ver a su contrincante tirado uno de los jueces subió y comenzó a gritar por el altavoz. Emocionado, pronunció “Omar Arizmendi” de tal forma que ni él entendió que lo declaraba triunfador.

El promotor estaba feliz. Le entregó unos billetes, una medalla dorada y un boleto de regreso en tres días. Lo vería en el aeropuerto. Volarían a Moscú y de ahí a Los Ángeles. Apalabrarían algunos contrincantes gringos y de regreso a México.

Omar tenía tres días de descanso y un cuarto de hotel pagado con la dirección y estación de metro más cercana escrita en un papel. Era joven, con sed de adrenalina y desproporciones.

Dejó las instalaciones. Caminó por la calle entre edificios gigantescos en busca de un bar. Todos eran más altos, más blancos.

Una pareja lo interceptó. Estaban borrachos. Lo habían visto pelear. Imitaban el gancho con que había mandado al otro a la lona. Con unas señas Omar comprendió que lo invitaban por unos tragos y aceptó.

El bar estaba en un sótano. Pidieron cervezas locales y otra especie de aguardiente. Omar probó todo lo que le dieron.  Respondía en español a todo lo que comentaban en ruso.

Desde la barra una mujer lo observaba. Pelo largo, ondulado, peinado y rubio. Ojos verdes y maquillaje, labios rosas. Vestía falda y suéter entallado que cubría una figura delgada y pálida. No mostraba acompañada.

Omar quedó prendado. Ella le sonreía y reía. Jugueteaba. Su mirada lo atravesaba y se acercó. Brindaron. En cuanto se agotaban sus tragos ella pedía más. Se entendían con las pocas palabras de inglés que los dos medio macullaban.

Cuando el cantinero marcó el fin de la noche salieron juntos. Omar no soltó su mano y la besó sobre la banqueta. Quería morderla. Ella detuvo un taxi. Bajaron en un hotel y ella lo guió hasta una habitación. En su bolso guardaba la llave.

En el cuadrilátero del amor. Una lucha de poder sin tiempo ni juez. Dormían y despertaban con hambre. Ella salía y regresaba con comida y más alcohol. Ella confiaba en él. Él la entendía.

El tiempo comenzó a preocuparle. Llevaba horas, días de encierro, quimera y pasión. Había perdido más peso que en la pelea y la idea de separarse lo encabronaba.

Sobre la cama le explicó el plan. Parte en inglés, la mayoría en español, usó señas y dibujos sobre una servilleta. Se irían juntos al aeropuerto. Le pediría a su promotor que le comprara un asiento en el vuelo. Se lo pagaría con las victorias de las siguientes peleas. Le daría un porcentaje mayor de la bolsa si era necesario y le costaba convencerlo.

De usar las influencias del promotor podrían quedarse en Los Ángeles. Ella trabajar en un restaurante o como modelo. Él, seguiría su carrera como boxeador profesional y pondría un gimnasio. Luego comenzar una familia.

Ella aceptó. Quedaban pocas horas para la cita con el promotor. Omar debía recoger sus cosas del cuarto de hotel que no había visitado. La besó y le pidió que empacara pues en poco regresaría por ella y en taxi al aeropuerto.

En la calle buscó el papel con la dirección. A una cuadra se topó con la estación del metro. Abordó el primer vagón. Imaginaba su futuro, lo podía trazar. Al de junto le mostró la dirección. Éste le señaló cuándo bajar y cambiar.

Llegó al hotel, tomó su maleta y regresó al metro. Hizo el cambio de línea y bajó en la estación. No era la misma. No encontró el papel. Luego otra y dos más. No reconocía ninguna. Intentó hacer memoria. Recordar en dónde se equivocó. El golpe que no vio.

Omar corrió desesperado entrando y saliendo del mundo subterráneo hasta que sus piernas y el tiempo lo traicionaron. Derrotado se sentó sobre el piso y recargó su espalda. Debía tomar el siguiente vagón al aeropuerto. Aspiró y exhaló con llanto. Su primer knockout.

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18 noviembre, 2016

Otro cantar

“Daba todo por su público, por eso se lo llevó el corazón”, dice don Moi, sobre Juan Gabriel, junto a la ventana embarrotada del gimnasio Pancho Rosales. Lo iluminan los últimos rayos del sol. Su sombra se debilita. Sus pupilos comienzan a llegar.

Su pasión por los golpes nació hace más de sesenta y cinco años. Junto a su hermano, don Moi escapaba al gimnasio Gloria, “algo que se te mete, como un virus que ya no puede salir”.

Era cantante charro y boxeador. Después manager. Así viajó por el mundo. En la inauguración de un teatro conoció a Capulina, “te voy a dar un consejo” le dijo “para ser artista hay que ser un sinvergüenza, que no le dé pena a uno nada y siempre andar bien arreglado, con una joyita en la mano, un buen reloj y un traje presentable porque como te ven te tratan”.

Siguió su ejemplo. Nunca le gustaron las modas extranjeras, prefiere el estilo nacional. Elegante. Aunque no traiga un peso, aparentar. A sus viajes llevaba sombreros charros chiquitos que regalaba. No entiende por qué los managers de hoy son tan descuidados, mal vestidos y sin personalidad.

Don Moi recuerda a Rodolfo Casanova, Baby Arizmendi, Ratón Macías, Joe Conde y Kid Azteca. “Unos gentleman de corbata y zapatos brillosos. Puños que desde abajo forjaron la época de oro del boxeo mexicano. Pobres, callejeros, hijos de la Revolución. Cuando no tener cicatrices era una vergüenza.

Casanova lo tuvo todo y perdió. Por Tacubaya había una cantina, Las glorias de Casanova. “¡Sírvanme! traiga tragos hasta que se acabe todo” pedía al entrar después de cobrar sus peleas en la Coliseo y la Arena México.

Joe Conde, su mítico rival, siempre portaba traje y sombrero. Rodeaba el cuadrilátero con chaleco y un mono trepado al hombro. Casanova se paseaba con un gran danés. Al enfrentarse, Casanova desesperaba al no entender a Conde que le hablaba en inglés. De boxeador, se hacía un fajador indisciplinado que golpeaba hasta perderse entre frustración y enojo.

“¿Y por qué ya no hay boxeadores don Moi?” le preguntan. “Lo que faltan son entrenadores” responde. “En México, si vas caminando y pateas una piedra te sale un campeón del mundo con cinturón y con los puños listos tirando golpes” solía decir José Sulaimán.

Sus pupilos se acercan y piden que los vende. Son pesos pesados y el golpe es duro. En Buenos Aires, un caballero le enseñó las cualidades de la mano. Entonces se utilizaba manta o popelina que cortaban. Gimnasios de abolengo como el Margarita y el Jordán son ahora oficinas y multifamiliares. Entre los pocos sobrevivientes se advierte extinción.

Los nuevos managers lo sorprenden. Llegan con tenis y shorts y hacen vendajes del asco. Por $800 pesos les venden licencias de la Comisión. Pelean a sus muchachos sin distancia ni disciplina; sin cintura ni piernas. Sin conocimiento. Se lastiman y fracturan las manos. Cuando ha levantado la voz le responden “no digas nada”. “Pero si amas al deporte debes hacerlo legal”.

Dos de sus pupilos se abren paso entre las cuerdas y entran al cuadrilátero. Don Moi, con reloj en mano y zapatos bien boleados, canta el fin del primer round. Bombas de sudor y sangre joven escurren. “La derrota es una batalla perdida” concluye don Moi recordando a Napoleón, “cada día estamos más atrás, sin escuela, y los nuevos que cruzan la puerta se van”.

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9 marzo, 2016

Desde la esquina

La banqueta caliente. Las nubes cubren las montañas que rodean a la ciudad de San José. Se acerca la lluvia. Larry habla tico. Usa las manos para expresarse. Cejas delineadas y dedos delgados. Noto que en el iris izquierdo tiene una mancha negra. Sus ojos son cafés.

“Usaban una motoguaraña” responde sobre la mancha y actúa como si moviera una máquina para cortar pasto. “Estaba viendo y le pegó a una piedra que rebotó y me pegó en el ojo”. Aunque lo lastimó siguió viendo igual.

Larry es de la Carpio. De Costa Rica. Creció entre casas de lata con pisos de tierra. La gente llegaba y se las adueñaba. Jugaba a pelotazos de lodo. También a robar mangos. Era el más delgado y ágil así que le tocaba subir al palo, agarrar los mangos y aventarlos. Mientras, otro vigilaba que no llegara el dueño. El resto de los cómplices conseguía el chile, los limones, unas tazas y sal. Los pelaban y almorzaban en la calle.

A los cinco años vio El Chavo del Ocho. Cuando don Ramón le puso los guantes a El Chavo pidió a su padre que le tocara el brazo y prometió ser campeón mundial. Su padre rio. También le pidió un par de guantes pero no se los podía comprar. Ingenió unos con toallas. Se las amarraba en las manos y se agarraba contra su hermano mayor.

El hermano no era muy afectivo. Larry buscaba cariño. Se hizo de calle. Encontraba amigos, la pasaba bien una tarde pero al día siguiente se enteraba que hablaban mal de él. “Siempre le he tenido temor a Dios”, agrega moviendo las manos. Habla contra el viento. Me cuesta escucharlo y entender su acento.

Su madre era ama de casa. Su padre andaba en la agricultura. Su casa estaba enfrente de la esquina.  No le gustaba perder. Una tarde jugó muralla China con unos maes. Se ponían en fila agarrados de las manos. Otros encima. Los de abajo se mueven. El que cae pierde.

Larry se movió y un mae cayó. Argumentó que no se había caído así que Larry le pidió se quitara de encima y no lo hizo. Le pegó un codazo y lo batió. Comenzó el agarrón. Su padre pasó. Era cristiano. No le gustaban las riñas callejeras. Lo regañó enfrente de todos.

Desde la esquina, otro mae observaba “los pichazos. El perro. Sabía quién era Larry pues conocía a su hermano que ya era pandillero. Le cuadró su estilo. Lo buscó y se hicieron amigos.

Era diferente. En El perro descubrió confianza. Era más grande. Si alguien le pegaba él respondía. Un hermano de calle. Lo despabiló y respetó.

Otros amigos le decían que era “una loca”, “un pollito” pues Larry no quería robar. El perro sentenciaba “dejen al mae en paz”. Caminaba con su pelota, su gente. Era un líder. Los fines de semana se encontraban en la esquina.

Un sábado de loquera fueron a un bar. Larry se escapó de su casa. Fue la primera vez que se emborrachó. Sus amigos estaban inhalando cocaína. Los miró y les pidió. Quería entender por qué la probaban a cada rato. Sintió una adrenalina que no era la suya, fuera de sus cabales.

Esa noche El perro fue gorreado. Que agarran a uno y vengan cinco. Todos le pegaron. Larry buscó “al mae que lo barrió”. Le pidió que se “mandara taco a taco” con él. En la calle, dos pandillas. Uno sale de una y otro de otra. Esos dos se pueden reventar. Nadie más se mete. Sólo los dos. Uno a uno.

Quería vengar a El perro. Lo golpeó con coraje. Lo dejó reventado, con el ojo morado. Al mirarlo sintió satisfacción, se había desquitado.

A El perro se lo llevaron los pacos, la policía.Cuandosalió llamó a un montón de amigos para buscar a los que le habían hecho daño. Larry se asustó al mirar tanta pelota. “Ya fui y saqué jacha por vos, no quiero problemas con pandillas” le dijo y regresó a casa. El perro lo comprendió. La noche cerró con puñaladas.

Otra tarde fueron a uno de los lugares más peligrosos de la Carpio. Junto a El perro,sentía protección. Llegaron todas las pandillas del barrio y se agarraron a balazos. Quedaron en medio. Por todos lados ¡pum! detonaciones. Larry salió corriendo y se escondió en unas gradas. Era una iglesia. Rezó. Pidió ayuda. Salir de ahí. A cambio prometió no seguir de vago.

Cuando terminó de orar pararon los balazos. Dio graciasy se fue para su casa. A El perro le dijo “mae ya no vuelvo a ir allí, ya no más”. Ese año lo expulsaron siete veces del colegio. Tenía quince años.

Le hería que en su casa no le demostraran afecto. En el colegio veía a los padres que felicitaban y besaban a sus hijos. Se sentía mal y triste. Luego se desquitaba con los demás. Los jodía, molestaba y hacía quedar mal enfrente de sus novias.

Cambió de conducta y pasó el año. Se quitó los aretes. Profesores del colegio lo ayudaron. Le regalalaron lo necesario para graduarse pues no tenía dinero.

Me muestra sus tatuajes. Es peso mosca. Cuerpo delgado y apretado. “God die and rose again now lives in my life” leo en su brazo. Está en inglés porque no es algo frecuente. Se los hace un amigo que conoció en el colegio. “No siempre se gana pero tampoco siempre se pierde”, 5/6/2012 (fecha importante con su novia), la ilustración de un pergamino, una pluma y los cuatro nombres de su familia: padre, madre, hermano y sobrino decoran su piel.

Sobre el corazón se ha tatuado Olivas y una golondrina. El apellido de su padre legal. Al biológico lo conoció a los nueve años. Se lo hizo por desprecio. “¿Qué viniste a hacer a mi vida? Ya no necesito amor de padre, ya tengo un padre” lo enfrentó al conocerlo. Creció con su padrastro a quien llama papá.

Rocky Balboa es una de sus películas favoritas. Cuando pisó el gimnasio de box por primera vez pasó minutos viendo los guantes. Se enamoró. Le prestaron unos. Le gustaron tanto que se los quería llevar. Luego le regalaron unos. Eran blancos. Entrenó hasta dañarlos. Ahora los usa rojos.

En las mañanas desayuna tinto como cualquier tico. Arroz y frijoles revueltos. Café, huevo, queso, plátanos maduros. Pasa un rato en casa. Intenta leer algún texto. Leyó “Cómo enriquecerse sin dinero”. Incrementó su fe. Fue parte del cambio. Pensó en ser escritor. Sentía que escribiendo lo que veía perdía el tiempo en algo bueno y no andaba de vago en la calle. Escribía “tonteras, estupideces” que a él le gustaban.

Durante la semana entrena. Toma dos buses para llegar al gimnasio. Uno de cuarenta minutos, otro de media hora. Aunque le da pereza, por las prisas, el desmadre, los cambios de bus y que todos van muy llenos, le gana el sueño del deseo, de ser campeón de boxeo.

Cuando agarra el saco siente adrenalina linda. Ha aprendido disciplina, humildad, a entregar y aprender. “¡Vamos Larry!” escucha mientras pelea, “acuérdese que cuando mande un pichazo no se tiene que acordar solo de usted, se tiene que acordar de El perro, de Chambamba, los manes que han muerto, de todo el mundo porque usted es un mae de calle, hijo de puta, y tiene que salir adelante para cuando usted sea grande no se olvide que salió de la calle y que la calle manda”.

Todos los días Larry atraviesa la esquina. Intenta no salir para evitar. Tratar de cambiar. Pero no se puede alejar de los amigos que siempre están ahí. El perro llega por las noches y los fines de semana. Se buscan y conversan.

Cuando pronunciaron que Larry, La Gacela, Olivas había quedado Campeón Nacional Amateur sintió lindo pues era por primera vez campeón. Pero se fue. No pudo entender por qué. Dejó el gimnasio con el equipo puesto. Como si no le hubiese interesado. Salió con vendas, zapatos. Cuando llegó a la Carpio le preguntaban “mae ¿cómo quedó?” “Gané gracias a Dios” respondía y lo abrazaban. Pero siguió partiendo. No se sentía lleno.

“¿Me entiende?”, termina la frase, “como que deseo algo más”. Entonces apareció El perro. Lo abrazó y le pidió que lo disculpara por no haber llegado. Todo el mundo había amanecido muy drogado, muy alcoholizado y se les pasó el tiempo. “Tranquilo mae, no se preocupen, estuvieron los que tenían que estar”.

Larry viste camiseta y gorra azul. La mayoría del tiempo sale con reloj. No sabe por qué pues “legalmente el tiempo no importa”. Le parece interesante. Suena su teléfono móvil. Es su padre, le pregunta “¿cómo está?”.  Se despide con”te amo”.

Hace un año dos amigos se agarraron en la esquina. Uno apuñaló al otro. Larry lo llevó al hospital en moto. Murió en sus brazos. Vuelve a recordar a la Carpio y guarda silencio. La esquina, su hogar. Le parece el lugar más lindo que hay en el mundo. Sus amigos y ese montón de drogadictos que cada vez que los topa se siente en familia.

“Como mi papá siempre anda con reloj y todos mis amigos también, por eso la ganga del reloj” retoma y lo observa sobre su muñeca izquierda. Carátula negra, redondo y de acero inoxidable hasta las manecillas. “Si quiero ver la hora la puedo ver aquí”, sobre la otra mano me muestra su teléfono móvil, “de hecho, ni le entiendo a este reloj”.

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4 junio, 2015

La Libertad

La Libertad está en el ombligo del barrio de Tepito. Es una calle angosta, silenciosa y perpendicular al camino de puestos. Quedan algunos zapateros.  De las ventanas cuelgan suelas y pieles multicolores. Se oye trabajar máquinas viejas.

Entre dos carcachas veo a un joven tirado. Mugriento. Hace poco se inyectó, seguirá inmóvil por un rato. Entre murales de graffiti está la entrada a una privada. Como moscas, un grupo de jóvenes la custodian. Junto, una tiendita.

Hace años, Rubén se sentaba en esa tiendita y bebía cerveza. En la privada vivía su amigo El Jalo. La mota nunca le gustó, la coca tampoco aunque ahí, con El Jalo, la probó. Él la vendía. En unos escalones escondía ladrillos de mercancía. Afuera vendía al menudeo. Adentro al mayoreo.  Luego comenzaba su rondín en el Teatro Blanquita, de ahí a otros teatros. Dice que uno de sus clientes era Paco Stanley.

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Camino con Rubén hacia la puerta de acceso a la privada. El grupo de jóvenes busca intimidar con la mirada. Están armados. Uno deja ver que carga una metra. Decimos que vamos con Fitos y abren paso. Saben que es nativo, vecino, vive en la privada y eso lo respetan. Al del gas también le permiten el paso.

Un Chihuahua nos ladra. Tocamos una puerta. “Aquí no vive”, responde una mujer y da un portazo. “¿Qué pasó o qué?” Responde Fitos. Apenas despierta de una siesta. Es sábado, día que descansa de entrenar jóvenes boxeadores en el deportivo Guelatao.

Su gimnasio es el “Rodolfo, El Chango, Casanova”. Hace años lo conoció. En una esquina de la casa cuelga la foto enmarcada. Salen los dos. El Chango en traje afuera de la Coliseo. Se conocieron en el ambiente del Jalowai. Se topaban en cantinas.  “¿Qué pasó?” le decía Fitos. El Chango respondía pero había que invitarle una bebida.

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El Chango acabó teporocho, “ya ni el alcohol le hacía daño”. Lo levantaban de Garibaldi, lo bañaban y le ponían un traje. Era sencillo, amable. Nada más con que subiera al ring, todos le aventaban dinero. La gente se lo daba, era un ídolo. Al día siguiente no tenía un quinto y lo metían a La Castañeda. Un día le dio un derrame y cayó muerto. Acabó en el panteón de los olvidados.

Nos sentamos en la sala. Entre las cientos de fotos de boxeo que cuelgan en la pared también está Kid Azteca. El Chango se dio el lujo de ganarle siendo pluma y el otro walter. También a Zurita y a otros campeones. Junto con Carlos Montés, uña y carne de Kid Azteca, eran los invitados de honor a las funciones del Guelatao. Vivían en una vecindad en Garibaldi. Fitos se pregunta si Carlos seguirá vivo. La última vez que se toparon usaba pants blancos. Ya no veía. Los años no perdonan.

Fitos nació en Tepito. Ahí se casaron sus padres y vive toda su familia. A Rubén lo conoció en el deportivo Guelatao. Hace casi veinte años trabajaron juntos, cuando todavía había cantidad de boxeadores y tenían suerte con las chavas.

“Hoy, cualquiera es entrenador”, se queja Fitos en su silla. Rubén le pide café. Fitos bromea que de ese no vende. En la cocina encuentra un poco en una jarra, lo sirve en una taza y lo mete al microondas. Es de estatura baja, moreno, espalda ancha y barre las palabras.

Donde termina la calle Libertad está una estación de policía. En una ocasión entraron a la vecindad. Eran cientos, todos armados. Entraron a las primeras casas. A tiro cantado le preguntaron a Fitos “¿quién vende droga aquí?”. Respondió tranquilo: “de las sesenta casas, sesenta y cinto venden”. Se fueron.

La puerta se abre. Es Marta, esposa de Fitos, que llega acalorada y cargando una maleta. Regresa de Mazatlán. Fitos saca el café del microondas. “¿Cómo se te ocurre darle café en esa tasa?”, exclama Marta, “¿qué pasó en mi ausencia?”.

Había leído un encabezado de “Muerte en Tepito”. En la cuadra contigua mataron a dos y agarraron a varios, incluido el que lavaba los carros, explica Fitos. Ella enciende un Marlboro Light, no nos ofrece pues dice somos deportistas.

Fitos sube a su recámara y baja un suplemento de periódico. Tiene un baúl repleto de notas sobre los que se le han ido, con los que convivió. Nos muestra una fotografía de Casanova trabajando en un taller mecánico. “Dinero, fama y perdición” dice el encabezado. Se ve flaco, sucio, arrugado.

En la nota Casanova reclama no ganar nada por la película Campeón sin corona. En los treinta, sus mejores años como boxeador, ganó millones de pesos de hoy. ¿Ahorita qué es para ti el boxeo?  Pregunta Fitos a Rubén. “Donde ganan los promotores”. Un negocio puro. De joven, Fitos llegaba dos horas antes a la final del torneo Guantes de Oro, se atascaba. Eran peleas, más parejas y eliminatorias directas.

El otro día, le llevaron la convocatoria para ver a cuántos del gimnasio inscribía. Fitos andaba entregando su reporte mensual así que se la dejaron en el gimnasio. Cuando la leyó quedó sorprendido. Peso mosca estaba entre 51kg y 54kg. “Tres kilos de ventaja”. Cuando su hermano boxeaba eran muy estrictos. Tenía que llegar a los 51 exactos. Si no daba el peso se ponía a sudarlo en la Coliseo. Los más difíciles eran los últimos 200-300gramos. Ya estaba seco. Se tenía que ir a una caldera que tenían por ahí con una cobija y a escupir chicle.

Rubén pregunta por un boxeador que usaba guantes amarillos y tenía una cocina con su suegra. Ahora es el taquero del barrio. Le va mejor. Marta ha preparado jícamas y zanahorias con limón y chile. Todos les entramos. Fitos recuerda a un entrenador del gimnasio que llegaba tan borracho que mejor le daban una lana para que la siguiera. Se metía a dormir al vapor. Pudo morir dentro. Lo corrieron y quitaron el vapor.

Han tirado los deportivos. Al Guelatao lo arreglaron pues se usó como locación de una película. Durante ese tiempo no dejaron entrar a nadie. Cambiaron lámparas. Sigue cuarteado por temblores. A unos les da miedo. Clausuran actividades y prestaciones.

En otro deportivo donde trabaja Rubén cobran estacionamiento, cuatro pesos por usar el baño y la zona de box está alquilada. No barren, hasta el presupuesto de limpieza se lo roban. Si ayudan es porque ven dinero.

Rubén hizo a un chavo, lo entrenó desde los siete años. Comenzó a destacar y entonces sí le vieron interés. Hasta la familia. Si el chamaco es duro hay que darle tiempo. Si no es duro saben que no ganará. Ahora tiene veinte, tiempo clave. La última pelea ya no lo entrenó Rubén, dijo “quédenselo”. Le hablaron bonito, le dieron una feria y se lo robaron. Si no tiene éxito, lo joden. La mente de los promotores cambia hacia el peleador, lo sueltan, dejan de cuidarlo. No hay más.

Debemos irnos así que Fitos nos acompaña hacia la calle. Cruzamos un rottweiler con suéter y al grupo de jóvenes. En la esquina de Chavita el peluquero dejamos la calle Libertad. La noche en que Chávez se despidió de la Plaza de Toros, Chavita le dijo a Fitos “¿no quieres venir?” y se lanzó. La eliminatoria anterior fue mejor pelea. ¡Pum! Sonaba cuando Neto Carmona conectaba un golpe a Miguel Ángel, El Mago, González. Madriza. Le rompió una costilla. A Neto le abrió la espalda. No pararon la pelea. Se la dieron a El Mago, creen que le dieron chochos. La de Chávez dejó de verla en el cuarto round.

Al abordar el Metro en la estación Tepito vuelvo a observar su ilustración: un guante de box. Recuerdo a Casanova, Kid Azteca y a los hijos de la revolución. Cuando no tener cicatrices era una vergüenza. Ni quien se acuerde.

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20 diciembre, 2014

Detrás de la neblina

Atravesamos Sauzalito. Cafés, galerías, salones de belleza con vista al mar y embarcaciones. “Allá es neblina y del puente para acá sol”. José acelera hacia el Golden gate, vamos rumbo a la ciudad de San Francisco. Veo la niebla que cobija los cerros. El cielo se pega al suelo. Acá, todo es caro; las rentas y la comida. Los suburbios son más baratos para vivir. En una esquina de la carretera trabajadores mexicanos esperan ser contratados. La migra no anda patrullando, concluye José.

José me platica sobre Oakland, ciudad casi pegada a San Francisco. A todos los que conoce que viven allá los han asaltado. Me señala un puente lejano del otro lado. Lo oculta la neblina.

Llegamos a la calle de Castro. Banderas gay ondean por todos lados: en bicicletas, salones de belleza, sevenelevens. José frena el coche. Me deja su número telefónico por cualquier emergencia. Me bajo y despido. Mujeres travesti, sexshops, bares, casas con techos de doble altura, colores pastel, arquitectura victoriana, balcones cerrados con vista a la calle y las montañas. En un café compro un collosal chocolate chip cookie. Los gringos y su amorío con lo grande.

Otra tienda vende un poco de todo: pelucas, papelería, lámparas y productos de limpieza marca I love my penis. El cajero es un hombre afroamericano y amanerado de nombre Loui. “This is where it all happened”. En los setenta, en la calle 18 con Castro, comenzó el movimiento gay de los EEUU. El grownd cero gay, concluye Loui.

Ahora el barrio está cambiando, me cuenta. Viene a vivir gente de fuera. Le pido me recomiende un buen bar. Duda. Están remodelando las calles. Hay mucho ruido. Los buenos lugares están under construction y abren de noche. Últimamente han llegado gangs a las fiestas. Loui prefiere salir por otras zonas de noche, solo para Pride se queda pues cierran las calles y se llena de gente.

Me impresiona la limpieza. Imagino los basureros repletos con los residuos de la sociedad del compro luego existo. “Hey, save some animal for me today, I know you love animals”, me dice un hombre vestido con abrigo sucio y pelo enredado. Me entrega un folleto.

La ideología se ha transformado en marca. Turistas de lado a lado, no importa el idioma, todos pronuncian la palabra gay. Unos pasean a sus perros, la mayoría razas pequeñas. In living memory of Bryan, leo en una esquina. Al mensaje lo rodean fotos de un joven sonriendo. Lo extrañan. La muerte de un amigo no se olvida.

El día está soleado pero el viento me pone la piel chinita. This is how the weather is normally like, me confirma un vendedor en un café. Unos niños pasean de la mano de sus madres, otros, de sus nanas latinas. San Francisco comienza a aparecer.

Camino por una calle perpendicular a Castro, rumbo al parque Dolores. Me distrae un ronquido. Un hombre tirado en la calle con una lata de cerveza en la mano. El bulto se mueve por el suelo. Tiene cabello rubio, manos casi negras. Esconde la cara del sol. Su olor me persigue media cuadra. Unas chicas con shorts lo atraviesan e ignoran. Un chico las saluda, how are you?. Fine, responden al unísono. Un hombre me interrumpe, quiere que le dé veinticinco centavos.

Unas cuadras después dos niñas y un niño hablan español con acento extranjero. Me dirijo a ellos, pido me recomienden a dónde ir. “Aquí no hay nada”, me dice una niña, “vaya a la misión, ahí están todos los latinos”. Los tres son de origen mexicano pero nacieron en San Francisco. “Nada más no se fíe de la gente”, dice el chico, “ahí hay más malos que aquí”. Ríe. Un hombre mayor se acerca. Estaban en clase, es su profesor. “Se cuida usted, paisana”. Se despide el chico mientras el profesor los regaña.

La calle tira en dirección hacia abajo. A lo lejos alcanzo a ver la bahía. Arriba, restaurantes limpios, ordenados, sol, flores. Ver tanto orden me produce un caos interno. Los nombres de las calles y los barrios son en español.

Entre más bajo más me acerco a la calle Mission. Me topo con un restaurante yucateco llamado Mi ranchito y una tienda La oaxaqueña. Indios, chinos y latinos las atienden. Estoy en la zona latina. We are everywhere, dice un graffiti sobre una barda vieja y sucia.

Uno de los edificios más grandes de la cuadra es una tienda de objetos y ropa usada. En la entrada, un policía grita a una mujer “leave the store”. Ella, con claros rasgos latinos, le responde “don´t tell me to leave the store, my mom and dad are in heaven you can´t tell me to leave”. El policía se enoja más, “don´t threat in here”. La mujer sale gritando, molesta.

En la tienda venden trajes de China, África, vajillas, juguetes, zapatos. Las ganas de comprar son como los sueños, ilimitados. Algunos no compran, sólo se pasean entre la ropa acompañados de sus perros, otros lo hacen en sus sillas de rueda. ¿De dónde sacan tantos productos? Pregunto al cajero. No sabe, dice suponer los traen de Plutón.

Afuera de una farmacia un grupo de afroamericanos discuten. Unos en silla de ruedas, otros parados y algunos sentados en la banqueta. Fuman mota y piedra. Uno arrebata la pipa de otro. Se gritan. En una ventana reconozco la imagen de Paquiao vs. Marquez. He llegado a un gimnasio de boxeo.

Karla, detrás de un escritorio me saluda. Usa gorra. Cabeza rapada de ambos costados. Pesa más de 150 kg. RIP Chuy tiene tatuado en el brazo izquierdo. El gimnasio está vacío. Se escucha el pitido que anuncia el cambio de round.

Hace tres años abrió el gimnasio. La mayoría que entrena son jóvenes de diecisiete para arriba. Llegan entre 3.30 y 4, no tardarán en entrar. Karla es mexicana aunque habla como gringa. Los dueños del gimnasio, árabes. Me dice que es una zona de crackheads y piedrosos, “todos están bien locos por aquí, pero si te vas hacia la 24 se pone mejor”. Es de Chapala, aparte de trabajar ahí, entrena. Hip hop es el acompañamiento. Entra un joven a entrenar. Karla me ofrece guantes y vendas. Traigo jeans. No habrá round.

Le cuento del gimnasio al que empecé a ir en la ciudad de México, en la calle de Lucerna. Lo que alguna vez fueron oficinas del PRI, después de la victoria del PAN, quedaron abandonadas. Una mujer, amante del boxeo, decidió fundar un gimnasio muy humilde en el primer piso llamado Erik, El terrible, Morales. Esperaban que asistiera a la inauguración pero no llegó.

Karla me muestra sus tatuajes, una pistola le cubre casi todo el brazo derecho. “Me gusta la vida loca”, dice. Formaba parte de una pandilla, las más fuertes son los de rojo y azul, ella era azul. Mareros casi no hay, los deportaron a todos. A ella la metieron al bote, fue a juicio. Consiguió una oportunidad, se alejó de la pandilla y ahora trabaja. De portarse mal será cadena perpetua. Al despedirnos me llamó “mi hermana”.

Sigo caminando, quiero llegar al mar. Busco un teléfono público. Le pregunto a un hombre que trabaja en construcción. Ya no existen, usa el mío, responde. Es de Puebla, llegó hace 19 años. ¿Ya eres gringo?. Tendría que cambiarme la piel y los ojos, bromea.

Sigo caminando. Más graffitis. No human being is illigal, leo en uno. Más homeless, otros en sillas de ruedas. Aparecen nuevos edificios. Cada vez más altos y modernos, me acerco al centro financiero, a la ciudad de la riqueza. Miles de tiendas, calles limpias y gente arreglada. “San Francisco, 40 000 m2 sounded by reality”, leo en una valla comercial que esconde una nueva mega construcción. Pienso en los que viven allá pero su sangre es de acá. Tomar la decisión de dejarlo todo por un sueño mejor. Querer pertenecer y ser rechazado. Me rodean cientos de edificios y sus miles de ventanas. Miles de ojos que desde las alturas observan la ciudad de lejos pero ignoran los detalles.

De pronto, frente a mí, la bahía. El olor a sal. La neblina aparece y desaparece. Observo el puente, la ciudad que acabo de atravesar caminando y la que está del otro lado: Oakland. Ciudades vecinas pero antitéticas. A lo lejos, la isla de Alcatraz. Cientos de gaviotas, eternas viajeras y compañeras de los marineros tanto aquí, en la tierra, como allá, en la mar.

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