29 septiembre, 2016

Las dueñas de la noche

En La gondole no venden cerveza. Los que entran son musulmanes. Piden pizza, kebabs, helados y narguile para fumar. Awa entra y en wolof ordena un refresco. El mesero se mueve lento, prefiere ver el partido de futbol. Cerca está el malecón de Dakar. Por la oscuridad no se ve el mar pero se respira su sal.

Awa acaba de salir de su oficina. Trabaja para un canal de televisión del Senegal. Es periodista. Cuando tiene que editar su programa termina tarde. Su familia no es de la ciudad. Ella renta un departamento. Fue difícil convencerlos de que la dejaran estudiar y trabajar lejos.

Días antes nos conocimos sedando a una hiena en una reserva natural a unas horas de Dakar. Ella grababa mientras yo vacunaba el cuerpo atolondrado del animal. Había que revisarle los dientes y tomar muestras de sangre. Aunque inconsciente y con los ojos tapados, la hiena cabeceaba. La anestesia dura pocos minutos y su mandíbula, la más poderosa del reino animal, es capaz de triturar huesos hasta la médula.

Después de liberar al animal nos presentamos. Para mi sorpresa Awa hablaba perfecto español. Lo aprendió gracias a un novio. Él quería todo pero ella le negó su virginidad. Cuando se fue, ella se arrepintió. Enfadada, vistió una falda, caminó a un baile y probó con el primero que se dejó.

En La gondole nos reencontramos. Aunque su familia es musulmana, algunos se han casado con católicos y animistas. Saca el teléfono celular y me pregunta el apellido de un chico, hijo de alemán y senegalesa, que me ayudaba a detener a la hiena. Lo quiere encontrar por Facebook. Aunque tenga novia confía en que “ninguna mujer sabe tratar a un hombre como las senegalesas”.

De verla usando jeans su madre se molestaría. Le pregunto cómo es crecer en una sociedad musulmana. Ríe. Si estuviera casada tendría que estar en casa arreglada, perfumada, esperando a su marido. Calentando agua para masajear sus pies con aceites. Decirle “papá cherie”, luego mimarlo y excitarlo.

Al nacer, su madre la decoró con aretes, pulseras y un collar a la cadera, un bim bim, símbolo de sensualidad. Con pocos meses, el cuerpo de un bebé es moldeable. Todos los días, con aceites y mantequilla de carité, su madre la masajeaba. Reacomodaba sus músculos y grasa para levantarle los glúteos, formar cintura y estirar el cuello.

Luego la bañaban en agua fría. Después de llorar, dormía. A su hermano le frotaban el pene para desarrollar el músculo. “Habla suave, camina lento, sin prisa”, su madre la vigilaba, pasaba todo el día en casa. Si desobedecía o se iba con los chicos le pegaban.

Según la religión el padre debe ser el proveedor. No siempre es así. Asistía al colegio por las mañanas y por las tardes a clases de Corán. Después de que tuvo su primer periodo su madre explicó: si te acercas a un hombre o te toca puedes quedar embarazada. Su tía tendría la labor de explicarle qué hacer durante la noche de bodas.

Adolescente se unió a Facebook y por youtube descubrió que esas palabras eras falsas. Sus amigas decidieron experimentar. Algunas, después de la noche de bodas, fueron rechazadas por sus maridos. “¡Si no sangró no es virgen!” las condenaron. Las madres se avergüenzan. Unas respondieron “fui violada”, otras quedaron envueltas en un matrimonio sin derecho a queja ni palabra.

A las que les dio miedo, después de que se mostrara una toalla manchada públicamente, buscaron amantes. De cacharlas, los esposos pueden enriquecer. Pedir dinero, vacas, casas al amante. De no pagar se vale asesinar.

Los hombres pueden escoger hasta cinco esposas. Cuatro que no se hayan casado y una viuda. No importa la edad. A su abuela la casaron de 13. Vivió en casa de su suegra hasta que cumplió dieciocho.

El hombre observa a la chica y si le gusta la visita. No pueden estar solos “porque el tercero sería el diablo”.  Al tercer día habla con el padre, pide su mano con una ofrenda de frutas y una dote. El mismo día de la pedida los casan en la mezquita.

Después se mata a un chivo y se hace una fiesta. A unas les dan dinero, millones, oro, joyas. Las esposas menos afortunadas comparten casa. Cada una con su habitación y cocina para evitar conflictos. Otras tienen la suya. El hombre pasa la noche con la que se le apetezca. Awa no conoce a los otros hijos de su padre.

Las mujeres encelan y recurren a los marabús y la brujería. Con pociones y filtros de amor pelean por los ojos y la compañía de sus maridos. Los brebajes en comida, bebida, acaban envenenándolos. Awa sí cree en la magia. No se acerca a los baobabs al medio día. Tampoco los toca. Son árboles sagrados favoritos de los espíritus: buenos y malos.

Ella, como la mayoría de sus amigas solteras, sueña con un hombre europeo, rico, católico. Si es diplomático, mejor. Visita los bares de blancos con la ilusión de llevarse alguno. Conoce el poder de la seducción, lo ha aprendido. Es coqueta y usa trajes coloridos. Arracadas y el cabello muy corto, crespo, casi rapado. No es fácil peinarlo, mejor trenzarlo. A veces se pone extensiones.

Por internet, una amiga sedujo a un cónsul. Su tío, brujo, logró que le pagara todo y se casaron. Se fueron a vivir lejos pero cada año debe regresar y rehacer el hechizo. Awa no quiere eso, busca honestidad.

Su teléfono suena y responde en francés, lengua colonizadora. Es un hombre casado. Ha probado con varios. De uno, al conocer a su esposa, dejó de verlo. Insiste en acompañarme hasta mi destino. Cerca la recogerán. Hay poco alumbrado. En vez de asfalto arenal. Los pies se hunden, es difícil caminar.

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19 junio, 2016

El gen de la guerra

Nicolás, cazador, dudaba llevarlos. Insistía en que el simple hecho de estar ahí “le partía el corazón”. La doctora lo convenció y arrancó la pick up. Necesitaba ayuda. Era tierra de brechas, arbustos secos, espinas y baobabs. Un antiguo cementerio griot.

Las jirafas ignoran el motor. Las cebras no. Son más nerviosas. Pueden morir de pavor. Cada baobab oculta un cadáver. Con el paso del tiempo sus troncos descubren cuevas en tinieblas que luego vuelven a cerrar.

A los restos de los griot, cuenta cuentos de África Occidental, junto con sus pertenencias, los guardaban dentro de los troncos huecos. Trabajaban la palabra y no la tierra así que no podían ser enterrados. De hacerlo, la lluvia para y se acaba la agricultura.

Detrás de los árboles se oculta una jaula. Entre sus barrotes se asoma una mano larga y oscura. Nicolás apaga el motor. “Hay que acercarse sin verla a los ojos” advierte para mantenerla tranquila, “es fuerte y agresiva”.

La doctora indica a su aprendiz que no se le separe, deben evitar caminar directamente  hacia ella. Separarse y rodearla puede hacerla sentir agredida. Así se organizan los chimpancés para cazar.

“Muéstrale la parte de arriba de las manos, esconde los dedos, así nos reconocerá” susurra la doctora a su aprendiz.

“Es tan fuerte que a veces pienso que puede arrancar los barrotes”,  agrega Nicolás. Ella lo reconoce rápidamente. “Oh-oh-oh-oh” lo llama. Es celosa. Con sus novias se eriza, les avienta piedras y heces.

Su mirada café observa a todos con atención. El lenguaje corporal puede ser invasor. Sus ojos leen de abajo hacia arriba, primero el cuerpo, luego la mirada. Los de los humanos lo hacen al revés. La doctora no deja de examinarla.

Se acerca y ella le muestra los dientes, la lengua, los labios. Sabe pedir, la han enseñado. Escupe. Tiene muy buena vista y puntería. Puede calcular parábolas.

“Está gorda. Bien alimentada pero pasada”, continúa la doctora. Ha ensuciado parte de la jaula con su excremento. “Estereotipias no muy marcadas” dicta y el aprendiz toma nota en su teléfono celular, “su comportamiento no es tan anormal pero es una respuesta al estrés”.

Con sonidos expresa lo que le gusta y lo que no. Su pelaje del tren posterior es más claro. Más marrón. Una hembra adulta pero no vieja. Los chimpancés crecen lento. Son muy negros hasta que llegan a ser adultos.

“Hay que observar, probar y ver cómo reacciona” repite el aprendiz de lo que ha escrito. A Nicolás lo reconoce pero si se acerca demasiado lo puede lastimar. De jalarlo puede romperle un brazo. Sólo permite que un hombre la toque. Ella lo llama. Está a lo lejos. Es un hombre mayor, wolof.

Se acerca y la acaricia. Es su cuidador desde que la encerraron. La alimenta y da cariño. Los chimpancés se separan de su madre a los dos, tres años. Primero buscan cariño, después alimento.

Ella se mueve dentro de la jaula y muerde una vara que ha alcanzado estirándose entre los barrotes. En libertad, si un macho adulto se aproxima hay que bajar la cabeza, evitar los ojos y hacerse pequeño. Comer hojas y pisotear. Se domina o se es dominado.

Al cuidador le pide y señala con la mano otra vara más larga que no alcanza. Él responde que no. Ella entiende wolof, idioma local. El francés, legua colonizadora, lo ignora.

Se llama Cheetah. El cuidador se aleja pues tiene otras cosas por hacer. Ella lo vuelve a llamar. Su presencia la tranquiliza. Es su figura materna. Cheetah  mide, de pie, un metro y medio.

Hace más de diez años entró de la mano de un hombre a un restaurante. Ella ya podía caminar. Tenía poco más de dos años. Juvenil. El hombre pidió al dueño pasearse y cobrar a los turistas por tomarse fotos con ella y aceptó.

Pasó el tiempo y al dueño dejó de gustarle tener animales en su restaurante. Pidió al hombre que se fuera. Él partió pero dejó a Cheetah. Se quejaba de que le costaba mucho alimentarla. Desde entonces la enjaularon lejos de los ojos de turistas.

Al fondo de la jaula cuelga una llanta. Ella se levanta del piso de concreto y nos muestra su hinchazón genital. En cautividad se pierden comportamientos normales y dejan de reproducirse.

Cheetah siente amor, odio. La doctora también. Se enfada cuando le dicen que no y comienza a aventar cosas. “Se ve como un igual” susurra la doctora, “está humanizada, no podrá sobrevivir en estado salvaje”.

El sol se acerca al horizonte. La doctora regresa a la pick up. El aprendiz la sigue. Nicolás enciende el motor y le pide ayuda. Busca algún centro especializado en chimpancés que pueda cuidarla.

La doctora calla. “Algunos pensaban que los griot estaban locos”, agrega Nicolás, “por eso les hacían un hoyo en el cráneo, para que su espíritu maligno pudiera escapar” y acelera el motor mientras atraviesan el cementerio de regreso. La luna se asoma. Esa noche, acamparán bajo un baobab.

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Hay que escalar. Las aldeas Peul del altiplano de África Occidental se reconocen por sus techos de paja. Kilómetros las separan. Agricultores. En temporada seca prenden fuego a las parcelas para preparar la tierra.

Cuando el gallo canta las avispas dejan sus nidos. Los construyen dentro de las habitaciones circulares con doble pared de adobe. Entre las paredes almacenan granos. A veces  se duerme adentro, depende del calor.

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En Dandé hay menos de quinientos habitantes. La primera clínica, dos habitaciones de tabique y cemento, se inauguró hace pocos meses. Desde entonces menos mujeres mueren como consecuencia del parto. La mayoría sufre anemia.

Hace pocos meses murió un niño albino. La madre estaba de viaje cuando quedó embarazada. Creció en Dandé. Primero murió ella, luego él. Nadie sabe de qué. Tenía doce años. Vivía en casa de sus abuelos. En otros lados los matan, cuentan, entierran sus cabezas pues años después, en el mismo lugar, se cree encontrarán riquezas.

Lo que parece sonido de tambores son mujeres machacando maíz.  Lo hacen con ritmo. También cacahuate. El mafé, uno de los platillos principales, es salsa a base de su pasta que acompañan con arroz hervido. También lo tuestan en una cacerola con arena hasta que se torne achocolatado. Luego se muele hasta quedar como pasta. La mezclan con agua y a hervir. Luego agregan un poco de salsa de tomate, sal y esperan a que cambie de color.

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Al pueblo lo rodean termiteros en forma de champiñón. Millones de seres que viven en tinieblas, detritívoros, culpables de fertilidad en la tierra. También hay grillos. Cantan día y noche. Si uno se acerca se callan. La fauna local prefiere no ser vista.

La tala favorece a los cazadores. El jabalí es preferido.Caminan desde pueblos lejanos en su búsqueda.

En la seca se juega futbol. Organizan partidos donde se enfrentan distintos pueblos. A la final la acompaña música y un locutor. El árbitro utiliza una rama con hojas. Niños, mujeres y artesanos son espectadores.

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Hace un año la lluvia los agarró bailando. Fue la primera del año. Estaban todos reunidos en la escuela. Junto a la clínica, al pozo de agua y el único pararrayos.

Cuando terminan las lluvias llegan las luchas. El enfrentamiento es entre dos. El que cae pierde. El que quede arriba gana. La duración depende. Máximo cuarenta y cinco minutos con tres descansos de cinco. Algunos enfrentamientos duran segundos. Los árbitros deciden.

Cada peleador tiene un entrenador y pertenece a un equipo. Cada equipo tiene un ritmo y baile propio. Pelean dos o tres de cada equipo por encuentro. Muchos son luchadores pues en sus oficios utilizan las manos.

El combate comienza con baile. Cada equipo tiene un marabout, “el que puede ver el camino”. Él aconseja y sabe sobre enmendar suertes. Puede recomendar un sacrificio de cabra, vaca o fruta. Arma a los peleadores con grigrís, amuletos de fuerza y protección, en los brazos y piernas. Antes de pelear les frota un líquido con una liana, una receta del Corán, para protegerlos.

Las peleas tienen categorías. El ganador de cada una se lleva “la bolsa”. Antes era arroz, aceite. Ahora pueden ser miles y hasta millones de billetes. También coches. Cuando les va bien se quieren ir al extranjero. El sueño es llegar a Harlem.

A los monolitos más altos del altiplano les llaman los dientes de Dandé. Debajo hay cuevas; refugios de arañas, avispas, murciélagos y plantas. En temporada de lluvias se vuelven el interior de cascadas.

Dandé significa muchas camas. Danki es singular. El pueblo peul se instaló en el altiplano siguiendo las palabras de un sabio, “llegarás a un sitio de muchas palmeras”.

Pero había un rey de las montañas, el líder guineano Alfa Yaya, que los despreciaba y forzaba a que le pagaran impuestos. Odiaba a las minorías y ellos eran animistas. Los peul eran pastores y el rey les quitaba casi todo. Decidieron huir con grigrís y refugiarse en las cuevas.

Con rafia y bambú construyeron sus camas. Tuvieron hijos y creció la gruta. La arcilla que sacaban con las manos, mezclada con un árbol de la selva y piedra negra volcánica servía como pólvora de fusil. Desde su escondite, la vendían a otros pueblos para luchar e independizarse, primero del rey, luego de los franceses. La gruta era una mina de resistencia.

Volvieron al altiplano y se dedicaron a la agricultura. Al centro del pueblo creció un Baobab. Una vez al año cultivaban mijo. Con éste y el fruto y hojas del baobab cocinaban. Confiaban en el baobab que es su árbol sagrado que puede vivir hasta dos mil años. La corteza se trenza para hacer hamacas.

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Alrededor del baobab se juntan los padres a tomar vino de palma hasta caer la noche. Mientras, los jóvenes se conocen. Si se gustan pasan la noche juntos. Si ella queda embarazada es buena chica y pueden casarse. Entonces, el joven deberá llevar fruta de cola y cuerdas de Baobab como ofrenda a la familia de su nueva esposa.

En algunas casas un hombre vive con cuatro esposas. La suegra descansa y vigila. Cada una tiene su habitación y cocina. Así evita que peleen. En promedio tiene seis hijos con cada una.

Por las noches la luz proviene de velas, estrellas y linternas. Algunos niños juegan y gritan. Los hombres charlan y beben té negro con azúcar. “Las costumbres han cambiado”, opinan. Las antiguas veredas son caminos de piedra. Animistas, católicos y musulmanes conviven.

Ellas se quejan de que ellos descansan. Cuidan a los hijos y trabajan el huerto. Ellos piden más té. Les gusta con espuma. Dicen que el primer trago debe ser amargo como la muerte. El segundo dulce como la vida y el tercero, poco dulce, como el amor.

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Sólo terracería. Al chofer del autobús parece no importarle. Acelera sin límite. Los bultos duplican su altura.

Con el claxon  intimida a todo aquél que quiera cruzar: niños, cabras, gallinas, monos, aves, musañas, jabalíes y vacas. Si aparece el asfalto lo evita. Prefiere la tierra. Es menos riesgosa.

Los termiteros parecen catedrales. Cada uno es un organismo. Arquitectura natural. A los chimpancés les encantan. Con una rama los escarban y degustan las termitas.

La tierra es roja. Las copas de los árboles verdes. Es temporada de secas. El calor y la humedad se concentran. Por las noches sorprenden los rayos de las tormentas que se avecinan.

Las casas en las aldeas se construyen circulares. Las llaman “chuni”. Techos con estructuras de bambú, hierbas secas y paredes de lodo. En algunas parcelas levantan tres, cuatro. Las rodea poco ganado.

Entre los arbustos secos se quedan los plásticos. Llegan volando. Hay teléfono pero no electricidad. Muchos tienen servicio móvil con acceso a internet y Facebook. Por ahí aprenden qué deben querer y comprar. Un bombardeo constante de lo que carecen. La colonización en África es ahora digital.

Lo poco que llega a las aldeas lo adquieren: galletas, refrescos y otros productos que traen de la ciudad. Así pertenecen al mundo occidental.

Conectan los teléfonos a pequeños paneles solares. Los pocos que tienen los comparten. No hay basureros. Los desechos van al suelo y cada vez son más.

Las cabras se persiguen unas a otras. Pelean. Después se las comerán. Los niños juegan con llantas. Las pocas aldeas están dispersas. Asentadas junto a los ríos. Ahí, las mujeres lavan la ropa y se bañan.

Los blancos son sinónimo de poder y dinero. Les gusta regatear. El transporte público no parte hasta que todos los asientos se hayan ocupado. Saben que los blancos siempre tienen prisa. El conductor ofrece salir más rápido si se pagan los asientos vacíos.

Vamos rumbo a la tierra de los chimpancés, al País Bassari. Senegal frontera con Guinea-Bissau. El paso entre las dos naciones está cerrado por enemistades, enfermedades y la amenaza terrorista. Temen que pronto llegarán. Algunos atraviesan la selva y se cruzan en moto o a pie para visitar los mercados, comprar colchones, telas y más.

Nos instalamos en la comunidad de Dindéfelo. Formaremos parte de un programa piloto de acercamiento a las comunidades de chimpancés salvajes del centro de investigación Jane Goodal.

Por los caminos del pueblo encuentro más basura. Dormimos con una familia local. Cenamos arroz y un poco de pollo. Un mayate se estampa, chamusca en un foco que enciende un panel solar, y cae al piso. En segundos es devorado por cientos de hormigas.  La naturaleza no perdona la debilidad ni la enfermedad.

Por la noche se oye llorar a los perros. Salen a buscar comida. Los aldeanos loa tratan mal. Les disgustan, los creen seres maléficos que atacan al ganado. Los patean y entre ellos pelean.

El calor, devastador. Mosquitero para los extranjeros. Hay malaria, alacranes y mambas. Para poder dormir hay que salir de la habitación. Lo hago sobre una mesa de bamboo donde el viento azota. Puedo reconocer Marte rodeado por miles de estrellas. La bóveda estelar es memoria, ideas que perduran.

Cuando los grillos dejan de cantar el sol ilumina un cielo nublado. Samba, el guía, nos espera. Debemos salir a las seis. Para la selva: botas, pantalón largo, agua y mucho filtro solar.

Hay que tener cuidado al pisar. Las serpientes se esconden abajo de las piedras. Las mambas son territoriales y muerden. Por eso conviene usar botas. Su veneno es de los más potentes que hay.

Zumbido de insectos. Las aves cantan. Advierten al resto de los pobladores de la selva sobre nuestra presencia. El camino es tupido. Los árboles también. Algunos parecen de más de cien años. Los rayos del sol no llegan al suelo.

Encontramos rastros: frutas comida, mordida por chimpancés, algunas eses y sus nidos, que son de hojas, madera. Pueden construir uno distinto cada día.

Se mueven constantemente. Caminan por el suelo pero duermen en las copas de los árboles. Se alimentan de fruta. Viven en sociedad y lo aprovechan para cazar. Afilan lanzas. Se organizan, rodean a la presa y la atacan.

Samba nos recuerda que el silencio es imprescindible. Nos rodean los árboles que son sus predilectos. Se trasladan. Siguen la comida, el agua.

Los escuchamos vocalizar. Atención. Están cerca, como nosotros, de la montaña. Desde lo alto los babuinos arrojan fruta. Entramos a su territorio, nos quieren ahuyentar.

Dos días antes estaban en el mismo lugar, junto al río. Ahora unas mujeres con bebés amarrados a la espalda lavan ropa. Samba dice que no les importa, igual se pasean por ahí. Las observan.

Horas después vamos rumbo a un bosque de termitas. “Verlos es cuestión de suerte”, nos recordaron antes de salir a caminar. “Nada” me dice Samba con señas preocupado. Nos  comunicamos con miradas.

Saltamos lianas y cruzamos ríos. Las termitas chillan. Advierten que si te acercas se molestan y muerden. Es difícil abrirse paso entre espinas.

Volvemos a escucharlos. Sentados sobre piedras sabemos que nos rodean.

El universo son olores y sonidos desconocidos. Los chimpancés parecen haber subido a la montaña.

“Hacia acá” vuelve a guiarnos Samba. Entre troncos, lianas, árboles, caminos de agua y piedras descubrimos una cascada.

Cuentan que una tarde, un cazador de Guinea que vivía en la meseta decidió bajar la montaña. Entonces se encontró con un área fértil y repleta de animales.

Regresó por su mujer y la convenció pues ahí encontrarían un mejor futuro.  Junto con otra pareja fundaron el pueblo de Dindéfelo, que significa, al pie de la montaña.

Otra tarde salió a cazar. Le atinó a un jabalí. Éste escapó dejando un rastro de sangre. Lo siguió hasta llegar a la cascada. Entonces, detrás de las lianas, encontró un oasis repleto de fauna y agua.

Entendió que la cascada era sagrada. Agua cristalina, pura, llena de vida. La caída con más de cien metros de altura. Si se mira hacia la cima, se delinea el mapa del cielo como si existiera infierno. El agua escurre sobre un muro de granito vivo por helechos, lianas y musgos que salen de entre las piedras.

Al cumplir dieciocho años, circuncidaban a los hombres cortándoles su prepucio. Bajo el agua se lavaban. Luego, con la pulpa de una fruta se curaban.

Los chimpancés defienden el secreto de su montaña y asustan a los niños. La población crece y amenaza.

“El corazón de África siempre será indomable”, explica Samba, y poco después nado en la poza que al caer forma el agua.

Llegamos a la cima de la montaña. Vamos rumbo a otra aldea. Otra vez los puedo escuchar. Ahí están. Han vuelto a la cascada.

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8 diciembre, 2015

Pasajes

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Mujeres xhosa en Park Station, Johannesburgo, Sudáfrica. Septiembre, 2007.

La compañía Shosholoza Meyl conecta por tren las principales ciudades. Shosholoza, palabra zulu, significa seguir adelante. Nombre de una canción popular entre los obreros de lo que fue Rodesia.

Un policía advierte a los turistas blancos que no deben caminar solos, el barrio es negro: no pasarán desapercibidos ni serán bienvenidos.

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Ciudad del Cabo, Sudáfrica, 2007.

“¡Robó mi cartera!”, gritó un coloured de colmillo dorado y me señaló. “¡Ella!”, con odio, “¡la mexicana!”. Nos habíamos visto minutos antes en una escalera.

Los días de invierno son cortos. El viento acalambra. Perdida en la oscuridad, una mujer me había guiado hasta la estación de trenes. En las escaleras preguntó mi origen. Al responderle, el hombre volteó y sonrió. Cruzamos miradas y vi su incrustación dorada.

“¡Policía!”, comenzó a gritar el hombre. Quedé inmóvil con el boleto en mano que acababa de pagar en taquilla. Intentó agarrarme del brazo. “¡No!” grité y lo alejé con las manos. Los testigos me rodeaban como moscas. Susurraban.

La policía llegó y me sujetó. En la estación más cercana me interrogaron. Mientras, el hombre gritaba desde una sala y me acusaba de haberle robado la cartera. Al no encontrar nada en mí me soltaron.

Corrí de regreso a la estación. Encontré que sólo quedaba un tren con mi destino. Lo abordé. Segundos antes de partir vi al hombre del colmillo dorado. Sonó la bocina. Las puertas cerraron pero él las abrió y tomó el último vagón.

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Kimberly, Sudáfrica, 2007.

“Tenemos un problema con el abastecimiento de energía” advirtió el maquinista por el altavoz después de que el tren llevaba más de una hora detenido. Afuera, una parte del desierto del Kalahari. El maquinista sacó una silla y la acomodó sobre la arena. El resto de su equipo hizo lo mismo. Los pasajeros, abandonaron sus localidades y también. En el vagón del restaurante se acabó la comida, el agua. El tren arrancó horas después. Llegó a su destino con casi catorce horas de retraso.

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Estación de Gaborone, Botsuana, 2008.

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Pajes. Maun, Botsuana, 2008.

No siempre hay transporte público. “Párate a la orilla del camino. Cruza los brazos frente al pecho y los autos particulares y tráilers que pasen sabrán que eres pasaje”, me instruyó un local y poco tiempo después de hacer la seña una mujer se detuvo y preguntó “¿a dónde te diriges?”.

“¿Nunca has visto a un elefante en la carretera?” me preguntó la mujer con cara incrédula mientras manejaba. “No” respondí y a los pocos minutos había visto cientos.

“Es fácil chocar con ellos”, dijo riendo, le pagué unas pulas por el trayecto recorrido y me dejó en una encrucijada. Ella seguiría hacia otro rumbo. Para mi objetivo faltaban más de dos horas. Debajo de un árbol, recargada sobre la maleta esperé. Después de una hora apareció un coche a lo lejos. Hice la seña y se detuvo.

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Maun, Botsuana, 2008.

Viajaban dos hombres con el parabrisas estrellado. Habían chocado pocas horas antes contra un burro. Llevaban más de dos días de travesía. El conductor se dirigía a su boda. Sería la próxima semana. Ante su invitación, asistí.

El día del festejo rentó dos camionetas del transporte público de Maun. Hay pocos coches en el área. A los invitados los transportaron a las afueras de la ciudad. Junto a una escultura gigante de un oso hormiguero se retrataron. Después regresamos al pueblo. Las mujeres guiaron la ceremonia. Se mató a un cabrito, lo asaron y compartieron. Luego fiesta. Todos bebieron y bailaron.

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Okavango, Botsuana, 2008.

“Tomará más de un día”, dijo el dueño de la embarcación sobre alcanzar mi destino. Recomendó llevar una botella de agua, una taza, una bolsa con arroz, latas de comida y algo para protegerme del sol. Para adentrarse en el delta que forma el río Okavango hay que remar.

La tierra es fértil y el agua atrae a miles de animales. El sol, devastador. La embarcación es estrecha, un movimiento brusco puede significar caída. Tuvimos que parar y acampar para continuar por la madrugada.

Caminamos hasta llegar a un área limpia de árboles y arbustos, cerca del agua pero suficientemente lejos de los cocodrilos. El hombre armó una fogata, “debe mantenerse encendida”. Cargaba un cuchillo pequeño. El humo advierte a los animales de que hay peligro. Sólo las hienas se acercan, mamíferos curiosos y canijos capaces de cazar leones moribundos.

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Okavango, Botsuana, 2008.

Me explica. Los elefantes son territoriales. Para acercarse hay que leer el trazo del viento. Si viaja de ti hacia el animal sabrá que estás ahí. Probablemente quiera embestir. Si lo hace hay que quitarse la ropa y correr. En ella saciará su furia.

Las leonas pueden ser inofensivas. Se mueven en manada. El león es huevón. Si aparecen en el camino hay que mantenerse inerte. No ven colores. Un movimiento te convierte en presa. Son curiosas, se acercarán, “jugarán contigo” y mientras no te muevas, desaparecerán.

Zafarse de un cocodrilo es más difícil. Hay que morderle los dedos. Pero el leopardo, felino solitario, ágil y amo de las ramas de los árboles, pasa desapercibido. Sorprende. Si su mirada encuentra la tuya “no parará hasta cazarte”.

Por la noche, el silencio del día se convirtió en escándalo. Las criaturas de la selva avivan. El fuego prendido me mantenía tranquila. Comenzó a llover y el humo desapareció. Alrededor de mi campamento se escucharon pasos. A lo lejos, risas. Intenté dormir. Regresar al agua no era opción y la construcción más cercana era una colonia de termitas.

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Estación de Maseru, Lesoto, 2007.

“Saldrá a las once” aseguró el conductor. Cuatro horas después el autobús seguía estacionado. No partiría hasta que el último asiento quedara ocupado.

Lesotho es un reino entre montañas. Los caminos, curvas. Al anochecer el autobús se detuvo en un pueblo y anunció no seguir más. No había hoteles ni cuartos de hospedaje. Un policía se acercó y me ofreció su casa. Acepté.

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Policía, Lesoto. 2007.

Su casa era un cuarto con una cama, cobertor imitación piel de vaca, un quinqué, una estufa conectada a un pequeño tanque de gas y un cartón lleno de huevos. No tenía baño. Una letrina fuera del cuarto. Por la noche el viento frío se filtra por debajo de la puerta. Cenamos cervezas y pollo frito. Me dio sus llaves. Él durmió en casa de un amigo.

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Ferry, río Zambeze. Kuazungula, Zambia, 2007.

Frontera entre Namibia, Botsuana, Zambia y Zimbabue. El ferry cruza el río durante el día. Transporta pasajeros, automóviles y animales.

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Taxi bicicleta, Zambia, 2008.

A pocas horas de Lusaka, capital de Zambia, en una aldea construyeron una fábrica de bicicletas. Desde que abrió es el único transporte que se utiliza en el pueblo. Niños y viejos se acercan rodando. Por unas monedas mueven bultos, maletas y personas. Cuando la bicicleta y canasta parecen insuficientes, el conductor coloca los bultos sobre su cabeza y pedalea.

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Conductor y copiloto. Lilongwe, Malawi, 2008.

Uno conduce, el otro cobra y busca más pasaje. Se asoman por la ventana y gritan el destino de su vehículo. Pelean contra otros conductores por los clientes. Donde caben seis apachurran diez. Los bebés no pagan pues viajan amarrados a las espaldas de sus madres. La música, su religión. Casi todas las bocinas están dañadas. Parece no importarles. El volumen siempre está al máximo.

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Parabrisas. Paradero de Lilongwe, Malawi. 2008.

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Paradero de Blantyre, Malawi, 2008.

La mayoría de los caminos son brechas y terracería. En temporada de lluvias por el lodo los vehículos se atascan. “No más” grita la gente desde adentro de la camioneta pues el conductor quiere subir a una persona y ya no cabe. Al chofer no le importa. “Hablan mucho, se quejan mucho” dice a los que protestan.

Los pasajeros nuevos suben con llantas, láminas y material de construcción. Las llantas de la camioneta están ponchadas. El conductor arranca y las gira durante quince minutos antes de detenerse en una estación de gasolina. A una le pone aire, la otra la cambia. Horas después, a medio camino, la puerta se zafó y cayó. Tras escuchar el golpe el conductor se detuvo. La amarró con un alambre y continuó. El límite de velocidad no importa.

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Ferry. Bahía de Makata, lago Malawi, 2008.

Por las noches, sobre el lago Malawi, la tranquilidad permite que se refleje el cielo. Un ferry viaja lento entre la oscuridad. Llega a las islas al amanecer. Hace calor. Hay poco viento. Los pasajeros extienden una tela o un petate sobre la cubierta y descansan.

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Pescador. Isla Likoma, Malawi, 2008.

Las costas del lago Malawi o Niassa, pertenecen a Malawi, Mozambique y Tanzania. Para cruzar de las islas, propiedad de Malawi, hacia Mozambique hay que pagar a los pescadores. No hay más navíos. Durante el trayecto pescan. “He sacado poco, asustas a los peces”, me dijo uno, culpando a mi piel.

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Lago Niassa, Mozambique. 2008.

“¡Ciérralo o perderá sus propiedades!” exclamó Mr. Bondo después de que tomé Tipo tinto, un ron local, y no le puse la tapa.

Mr. Bondo me permitió acampar debajo de un techo de palmeras afuera de su casa. Enfrente jugaban los niños en el lago. En esa aldea pasaba una camioneta cada dos o tres días. Era la única salida. “Mantente cerca de los caminos” me recordaba Mr. Bondo pues todavía quedaban algunas minas sin detonar del FRELIMO.

Mr. James Bondo estaba convencido de que a los blancos no les gusta la música. Tampoco el ruido. A los pocos que había conocido siempre pedían “que le bajara al sonido”. En su aldea no había electricidad. En su cuarto tenía un pequeño estéreo que conectaba a una batería de automóvil. Entre sus vecinos, no subirle al volumen es una falta de respeto, “¿cómo tener música y no querer compartirla?”.

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Lichinga, Mozambique, 2008.

Al norte de Mozambique lo conocen como El fin del mundo. Ahí, las camionetas que conectan las ciudades salen entre las dos y cuatro de la mañana. El camino son baches, topes y zanjas. Solo hay uno. “¡Otra!” gritaban al conductor los pasajeros que, por la hora, estaban borrachos. Seguían bebiendo y pidiendo canciones. Entre los pasajeros comparten trago, galletas, plátanos y huevos duros con sal. Las canciones más populares las cantan todos.

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Revisión de policía. Mozambique, 2008.

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Mozambique, 2008.

El autobús se detuvo pues se había quedado sin combustible. El chofer mandó al copiloto a comprar un litro en la aldea más cercana. Regresó corriendo con un tambo y gasolina. Poco después una mujer exigió su parada.

Bultos, cajas, gallinas, niños y más. El autobús viajaba repleto. La mujer baja y se escuchan gritos. Entre sus pertenecías viajaba un cabrito. Al no caber adentro, el copiloto lo amarró del techo. El cabrito se había caído.

La mujer a gritos reclamó al chofer y amenazó con golpear al copiloto. Ofrecieron pagarle el valor del cabrito. Ella se rehusó. Era para el festín familiar. El dinero no le conseguiría otro y faltaban pocas horas para la cena.

 

 

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