Mayra interrumpió a Roberto en el trabajo para anunciarle que estaba embarazada. Él, ilusionado,no volvió a la oficina y la llevó por comida China. Esperaban a su primer hijo después de dos años de casados.

Lo bautizaron Jerónimo. En memoria del abuelo de Mayra. Lo imaginaban creciendo, jugando y corriendo así que Roberto pidió un préstamo y compraron una casa con jardín en las afueras de Guanajuato.

Mayra, ingeniera, abandonó su trabajo después del parto para cuidar a Jerónimo y aprender a ser madre. Calculó sería medio año pues necesitarían ingresos para seguir pagando y manteniendo la casa.

Una tarde, Jerónimo se convulsionó. Mayra contuvo el llanto e intentó tranquilizarlo con caricias y palabras. Desesperada llamó a Roberto y lo llevaron a un hospital privado. El médico que los atendió diagnosticó epilepsia y recetó un bombardeo de medicamentos.

En casa notaron las secuelas de la crisis. Jerónimo había perdido capacidades ya adquiridas. Los ataques se volvieron más frecuentes y diversos. Buscaron otro médico en el seguro popular. Éste dictaminó síndrome de Lennox- Gastault.

Culparon a la genética. Mayra se fue contra Roberto y viceversa. El estrés y la impotencia los distanció. Jerónimo llegó a padecer cien ataques al día y las medicinas que le recetaban eran difíciles de encontrar. Con frecuencia estaban agotadas. Roberto llamaba farmacia por farmacia. Cuando las encontraba, para evitar que se las ganara alguien más, pedía al empleado que lo esperara y se las apartara. Así pasaron años.

Entendieron que no era culpa de nadie y debían estar unidos para sacar a su hijo adelante. Mayra no volvió a trabajar. Roberto traspasó la hipoteca y se mudaron a un pequeño departamento rentado. Jerónimo seguía probando nuevas medicinas y terapias. Cada una más costosa que la anterior. Su retroceso era cada día más evidente y las convulsiones no cesaban.

Las familias de Mayra y Roberto los apoyaron. Les pasaban una lana para la renta y les compraron una carriola especial para que Mayra pudiera pasear, aunque por pocos minutos, fuera del departamento.

Los tratamientos tuvieron efectos secundarios. A los seis años, Jerónimo pasaba el día dormido, despertaba a comer y volvía a dormir. Sus músculos se atrofiaron. Las terapias le devolvían elasticidad pero no era suficiente. Comenzó con reflujo y ulceras en el estómago. Uno de sus riñones falló. Luego el otro. En el seguro propusieron un trasplante. Roberto fue el donador.

Mayra leyó en el periódico el caso de una niña llamada Grace. Su cuadro se asemejaba al de Jerónimo. Se eneteró de que sus padres buscaban un amparo para que ella pudiera ser tratada con aceite de cannabidiol (CBD).

Buscó en internet. Encontró que el cannabidiol es un aceite que se extrae del cáñamo de la marihuana. A diferencia del THC, otro de sus componentes, no tiene efectos psicoactivos. Que sus efectos, en numerosos casos estudiados en el extranjero, habían ayudado a controlar ataques como los de Jerónimo. Así descubrió una nueva oportunidad: un aceite en vez de operaciones y pastillas dañinas.

Buscaron dónde comprar ese aceite pero su producción en México era ilegal. Pensaron en viajar a Estados Unidos y meterlo de contrabando. Lo haría Roberto, pues si agarraban a los dos, ¿quién cuidaría de Jerónimo?

Antes de comprar el vuelo a la frontera contactaron a la familia de Grace. Viajaron a la Ciudad de México. Jerónimo iba con ellos. Asistieron a una serie de conferencias con médicos y activistas a favor de ese en pacientes como Jerónimo.

Una empresa extranjera se presentó ante los padres y se los ofreció. Prometió que muy pronto lo podrían adquirir a través de su página en internet pues las autoridades estaban a punto de permitir su ingreso. Les llegaría por paquetería. La empresa ofrecía un aceite de alta calidad extraído de plantas europeas y tratado en laboratorios estadounidenses. Produccion y proceso que en México costaría muy poco mientras que de fuera excedía los cien dólares.

Al terminar las pláticas Mayra, alentada, se fue a descansar. Roberto decidió salir a pasear a Jerónimo en su carriola. Entró a un restaurante. En la mesa de junto una mujer le gritaba a su hijo “siéntate, no corras, come, ven, siéntate, ¡ya te lo advertí!”. “Usted no sabe lo que es tener a un hijo a quién jamás podrá ver correr”, le dijo Roberto.

 

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