Quienes habitamos en la esquina de Burdeos y Tokio, atrás del edificio del Instituto Mexicano del Seguro Social, a una cuadra de Reforma, y junto al hotel Four Seasons, en la colonia Juárez, hemos tratado de desarrollar un pequeño callo en el oído medio que nos permite ignorar algunos decibeles que rompen con la armonía. El día comienza con claxonazos, taconazos y el chisme de los trabajadores del IMSS que como hormigas se desplazan para comprar un antojito en alguno de los puestos ambulantes que a esas horas dominan el cuadrante. Después de la comida, la burocracia se sosiega, los puestos se van y aparecen los obreros de las monumentales edificaciones que hoy roban el agua pero mañana robarán el cielo y el sol a este lugar. Los autos nunca ceden pues junto al hotel, uno de los más caros y lujosos, choferes y escoltas se estacionan en doble fila. Por la noche, en la penumbra, surge otro tipo de servidor público; el que ofrece abiertamente a la venta su propia carne.

Era jueves temprano, salí a correr al bosque de Chapultepec. De regreso, me encontré con tres adolescentes muy ansiosas y paradas frente a la puerta del hotel. Suele llegar gente famosa por lo que no es extraño que pululen los fans. Desde mi ventana los puedo observar. Los fans de las bandas de metal, punk y grunge son muy silenciosos pero cuando se trata de mujeres y sus pasiones sexuales, hay que ponerse tapones. Es fácil distinguirlos pues las camisetas y carteles dejan clara su postura musical.

“¡Viene One direction!” me dijo la chica que cargaba un poster que leía “I (corazón) boys” con fondo verde pastel. “¿Qué esos no vinieron ya?” le respondí pues recordaba a otras chicas que gritaban sin parar ese nombre, “Sí vinieron, pero hace muuucho, ya casi más de un año” y las tres hicieron gestos de ilusión. Unas horas más tarde me asomé y las tres se habían convertido en diez. Dos horas después ya eran sesenta, y seis más tarde casi cien que gritaban y la banda todavía ni parecía haberse instalado en el hotel. Salí a dar un paseo en busca de silencio. Sobre la lateral de Reforma casi choco con una niña que caminaba con su cartulina hacia la manifestación de amor y al escuchar uno de los gritos desaforados comenzó a correr desesperada, con ansiedad.

Esta frenética demostración de cariño ya había visitado la cuadra anteriormente. Hace como dos años la cantante Miley Cyrus o Hannah Montana, como me informaron sus fans, también se hospedó y causó revuelo pues cientos de chicas se instalaron y tomaron la calle, se dice que hasta corrieron a huéspedes del hotel. Casi un año después, el barrio se enorgulleció cuando supo que alojaba a Sir Paul McCartney. Entonces, aparecieron, como yo, otros cientos de fanáticos. Desde la ventaja de mi ventana, escuchaba los gritos y sabía cuando el exBeatle llegaba con su equipo de camionetas y seguridad. Me trepé en tacones, pinté los labios rojos, despisté a la guardia y atravesé la muralla de fans vestidos como John, cantando canciones, con posters de los Beatles, máscaras, fotos, chamarras de piel, pelo largo y pins, y me metí al hotel. Pasé un rato moviéndome entre los pasillos hasta que identifiqué a su guardia personal, los seguí pero con Sir Paul nunca di. Hubo un fan que jamás abandonó su plaza ni misión, guitarra en mano cantaba todo el día y por la noche me despertaba al son de “Let it be”.

Otro día me invitaron al restaurante del hotel y junto a mi mesa se encontraba Serj Tankian de System of a Down. Al salir vi a sus fans que lo esperaban formados con cartulinas detrás de una valla, “está en el restaurante, acabo de estar ahí, cámbiense de ropa, lleven 100 varos, se toman un café y platican con él.” Me dieron las gracias y siguieron formados. Una hora después seguían ahí, disfrazados de admiradores y sin poder pasar. Cuando vino U2 también cientos de admiradores se instalaron pero a estos los despistaron pues corrió el rumor de estaban en otro hotel. A la mañana siguiente me encontré a The Edge sentado, solo, sobre las escaleras del teatro del IMSS, donde acostumbran sentarse los fans, observando Reforma.

El viernes por la mañana el servicio de seguridad del hotel ya aguardaba a la llamarada de muchachas con vallas para acorralarlas. Pasaron las horas y mientras la marabunta adolescente progresaba bajo mi ventana mi concentración laboral iba en picada. Los clamores, sin sentido ni razón, aumentaban, “¡Viva One Direction!” decía uno por altavoz, “¡Viva!” coreaban las chicas y así continuaron con el nombre de cada miembro de la banda. Se exaltaban y soltaban un grito con potencia casi nuclear porque llegaba un coche, salía un huésped, se caía una moneda o volaba un ave. Era como si con ese grito les transmitieran a sus ídolos todo lo que en sus sueños las hacen temblar. En la noche, hasta a los sexoservidores lograron ahuyentar.

El sábado volvieron niñas, chicos y padres, todos pedían desesperados por que saliera alguno de los miembros del boy band. Como lava, los gritos reventaban  y se oían hasta a dos o más cuadras. Las insuficientes vallas metálicas de contención se ampliaron con cuerpos de policía agarrados de las manos. Quería pedirles que se callaran, por mi mente pasaba la tentación de un estrangulamiento colectivo, pues ya eran dos días y noches de alaridos.

Pasando la hora de la siesta del sábado, que no pude disfrutar gracias al mitin hormonal que tomó la cuadra, los gritos llegaron a un nivel casi infernal pues camionetas blindadas y policías en motocicleta salieron del hotel transportando a los cantantes rumbo a su concierto. En cuanto desaparecieron circulando en sentido contrario de la calle las chicas rápidamente desaparecieron y la esquina de Tokio con Burdeos quedó despejada excepto por los botes de refresco en el suelo y otra, mucha, basura. El concierto terminó y la banda, las adolescentes, los vendedores de parafernalia, los carteles, los altavoces, el elotero, el heladero, las figuras tamaño cuerpo completo de los miembros de la banda, las banderas del Reino Unido y los camarógrafos, regresaron a la cuadra.

A las doce de la noche ellas siguen amenazando “¡si no salen no nos vamos!”. Desde las ventanas del hotel otros huéspedes se asoman bromeando. Un chico tiene un apuntador que dirige para comprobar la identidad de los que saludan. Gritan ¡impostor! y piden por One Direction. A la una de la mañana comienza a sonar Cielito lindo en interpretación de un mariachi y yo, que ya andaba como plato de fonda bocabajo y bien fregada intentando conciliar el sueño no tuve opción más que ceder y bajar con las fans.

Ni con el mariachi, pagado con la cooperación de todos los reunidos, salieron los de la banda. Las chicas con mini shorts, camisetas entalladas en tonos brillantes y carteles con “this girl is on fire” continuaban aplaudiendo y cantando. “Hay doscientas fans adentro del hotel, rentando habitaciones, yo quería estar ahí” me soltó una de las chicas e imaginé el infierno que debe ser para los otros huéspedes. “Es que son muy lindos, son fantásticos” decía otra; “borraron la imagen de la súper estrella inalcanzable.” “Para mi que se fueron a cenar, si yo fuera ellos me hubiera ido por unos tacos”, rió otra, “Seguro ya están jetones”, interrumpía una que ya estaba cansada y quería ir al baño. “Son más de las dos, vamos a descansar”. Y se fue ese grupo de niñas pero se quedaron como cuarenta más.

El domingo amaneció lloviendo y a las ocho cuarenta y cinco aparecieron las primeras llamadas. Las banderas del Reino Unido fungieron como paraguas y la multitud se volvió a condensar. La serenata regresó a las doce y media junto a un letrero que decía “thank you for making me smile”. Los mariachis tocaron Cielito lindo, El mariachi loco, Serenata huasteca, México lindo y querido, Estos celos y Mátalas. Alrededor de las dos de la tarde, los jóvenes de One Direction se asomaron por la ventana a saludar a sus fans y ellas lloraron y gritaron de felicidad. “Es como un sueño” le decía una niña a su papá. En la tarde dejaron el hotel con rumbo al concierto, rápidamente todos se dispensaron y ellas no regresaron.