A los once años Concepción descubrió cómo se veía un par de testículos. Perseguía sapos en el rancho de su tío cuando su primo le anunció: “te tengo una sorpresa en las caballerizas”. Lo siguió. En el picadero le dijo asómate y ella pegó el ojo a un orificio en la pared. Estaba Bulmaro, caballerango, desnudo con los testículos colgando. Se bañaba a jicarazos, con el agua y en la tina de los caballos.

Su primo reía. Con los años, Concepción también. Bulmaro los asustaba. Era severo. Con piel recia y oscura, bigote mestizo. Cejas pobladas. Frente surcada y uñas desfiguradas. Contaban que antes de tener aquel oficio había vivido en la cresta de un volcán joven “de los ya silenciados”. Dormía sobre arena y rocas que fueron lava. Bebía agua de lluvia y se alimentaba de maíz y gallinas que robaba de campesinos en pueblos cercanos.

Desde las alturas distinguía un valle. Tierra roja y árboles con follajes brillantes. Le llegaba el eco del gorjeo de las aves. Una vida errante. Frío, soledad, hambre, intranquilidad. Esperaba a que la noche se comiera el día. De pronto enfermó. Las manos y el cuello se le pusieron pintos, sintió mareos, dolores de cabeza y bajó.

En el pueblo del doctor que lo curó buscó trabajo. Nada. El tío de Concepción, un viejo cacique, trabajador y alejado de los chismes, se lo topó afuera de misa mendigando. Al notar la fuerza de sus manos lo puso a prueba con sus caballos.

Bulmaro se curtió como jinete. Cuando Concepción y sus primos querían ir al monte los acompañaba. Trepara a la carreta. Bulmaro la arreaba y Chiclán la jalaba. A los caballos les hablaba con suavidad. De su mano, Concepción conoció el níspero, la changunga y el higo. También que al río, para tomarlo, había que escupirle y contar hasta tres. Si se disolvía viajaba limpio.

Una noche de frío Bulmaro y otro campesino encendieron una fogata. Aflojado por el licor soltó la lengua. La noche del bautizo de su cuarto hijo también ardió madera. Lo hizo en la parcela junto a su casa. Invitó amigos, contrató músicos, bebieron charanda y comieron pozole. Era noche estrellada. Entró a la casa en busca de su esposa. Ella intentaba dormir al niño.

Comenzó una discusión que nunca entendió. Bulmaro tomó un cuchillo y se lo hundió en el estómago. Lo repitió siete veces. La última lo retorció. Ella soltó el último aliento con un gemido. La sangre escurrió hasta formar un pequeño charco sobre el piso de tierra. Vio reflejada su miseria. Su hijo mayor irrumpió. Corrió fuera. El bebé berreaba. A lo lejos lo escuchó.

Bulmaro no paró hasta encontrar el volcán. Caminó días. Quiso esconderse entre las nubes del cráter. Sabía que sus hijos, al encontrarlo, lo vengarían. “Ella se lo buscó” concluyó Bulmaro al campesino, a su madre también la había matado su marido.

Concepción escuchó la confesión. Había escapado de la casa y se escondía entre los matorrales. Guardó silencio y regresó a su cama. No volvió a pedir a Bulmaro que la llevara al monte. Tampoco les contó a sus primos. Agradeció que su madre, días después, le anunciara que dejarían el rancho.

¿Y Bulmaro? preguntó Concepción años después cuando regresó al rancho. Bulmaro había subido al monte. Volvió con la cabeza de una serpiente. Contó que se encontraron. Al no poder morderlo ella se irritó. La serpiente quería ganar así que lo retó. Bajaría el monte más rápido que él. Bulmaro comenzó a correr. Galopó como caballo. Con una piedra perdió un guarache. La serpiente se arrastraba veloz pero Bulmaro la rebasó y ganó.

Enfurecida, la serpiente trepó un nopal y se enredó en su penca. Exprimió tan fuerte que las espinas atravesaron sus escamas. Bulmaro la degolló. Pensó en hacerla un cinturón. Concepción escuchaba con atención la historia que otro caballerango le contaba, “esa tarde, cuando cerró la noche, Bulmaro partió”.