Al fondo del restaurante un hombre sentado toma un vaso de agua mineral con hielos. Observa el campo de golf que lo rodea y otras mesas con familias. Lo saludan y se quita el sombrero vaquero que combina con la hebilla. En su playera se ve un gato imitando ser DJ, y alrededor otros gatos que levantan el brazo y la garra.

Los meseros lo conocen como El tigre. Nació en septiembre. Sólo come carne cuando se trata de chiles en nogada. Su platillo favorito. Cada cumpleaños su padre lo llevaba a comerlos. Una tarde, al salir del restaurante, le pidió que lo acompañara al hipódromo. Era día de subasta del Cuarto de Milla. El tigre, que apenas había cumplido la mayoría de edad, se acomodó entre rancheros y remolques con placas de todos los estados.

Su padre tenía un rancho. Alucinaba el hipódromo pero le gustaban los cuacos finos. Solo lo visitaba durante las subastas. Esa tarde vestían botas texanas al estilo George Bush y camisa. “¡Arranca en 25,000! lote 74, siete cuatro… ” Indicaba el subastador tan rápido que El tigre apenas entendía. Junto, sobre un cuadrilátero de tierra y estiércol, el caballo subastado se paseaba en círculos desnudo, sin jinete ni montura, tirado de las riendas por un caballerango.

Después de varios golpes de martillo su padre lo guio a los establos que rodeaban la subasta. Un yearling, potro de menos de dos años, retinto y brioso los cautivó. Buscaron al dueño y le ofrecieron arreglarse abajo. Se llamaba Presumido man.

El tigre andaba hasta la madre de estudiar. Agarró un trabajo pero al poco tiempo se arrancó la corbata. No sabía qué hacer. A su padre se le ocurrió que se informara sobre las corridas en el hipódromo. Dos días después era caballista y Presumido man y Rosa, una yegua dosañera, dejaron el rancho de su padre y se internaron en el hipódromo.

Debutó como propietario con Rosa. Ganaron. El tigre pasaba los días en las caballerizas. Era como un pueblito; había puestos de garnachas y en las noches brindaban en las cuadras. Durante los entrenamientos revisaba el libro de condiciones e inscribía a sus animales en las carreras que podía.

Mandó hacer gorras y chamarras con los colores y el nombre de su cuadra. El día que tenía carrera llegaba antes. Se estacionaba cerca de la cuadra. Caminaba con el entrenador, el caballerango y el caballo hasta la báscula y luego al ensilladero. Cuando el cuaco entraba a la pista él se quedaba en las tribunas.

Presumido man había subido de categoría. Era una bestia pesada. Tardaba en agarrar tierra pero cuando menos se lo esperaban no le veían ni el polvo. Lo inscribió en un clásico. Antes de correr lo embarró con una friega de alcohol y hierbas, para que se le calentara el cuerpo y saliera tendido a la pista.

Llegó en segundo lugar. Su suegro le ganó por nariz. El tigre carcajeaba, creía que se volvía loco. Había ganado dólares, ¡miles! El mejor premio de su vida se lo había dado un caballo. Bebió y festejó. Su padre se lo llevó a fuerzas al rancho, “mañana vienes por tu precioso cheque”.

Se compró un auto nuevo, del año, un Ford Cougar y otro caballo Goodbye Alibi. En una carrera Rosa se quebró una pata. El público gritó al verla caer. Se paró como títere. Le inyectaron salsa inglesa, una mezcla de químicos que la dejó fría. Presumido Man amaneció con cólico. El tigre probó todos los remedios que conocía; tés, pomadas, le empujó la panza y le picó el hocico para que vomitara. No reaccionó, era como cortarle el agua a una manguera. Murió entre sus brazos.

Goodbye Alibi continuó ganando veinte carreras más. Lo inscribió en una de reclamación y a un charro le gustó para su hijo. Ganó y lo entregó. Le dolió. Lo quería.

El tigre llama al mesero. Lo conoce desde hace años. Todos los días come en la misma mesa de ese restaurante. Le pide otro vaso de agua mineral con hielos. El mesero desaparece y vuelve con una charola. Le sirve otro vaso con agua mineral y le añade que ya es el tiempo de un chile en nogada.