Casi siempre era igual. La joven Daría cerraba los ojos y dejaba que sus pensamientos se perdieran en la oscuridad. Cuando la lucidez regresaba tenía los ojos abiertos y una palabra a medio pronunciar. Podía terminarla pero no sabía a qué frase pertenecía, lo que había pasado antes ni qué seguía.

Sus padres le prohibieron el chicle. Le encantaba. Si la pescaban mascando plantaban la palma bajo su mentón y debía escupirlo. Su familia vivía en otra ciudad. Un fin de semana sus primos la visitaron. A escondidas, organizaron un concurso de quién armaba la bomba más grande. Con tres piezas Daría creó una goma gigante y elástica. Ganó. Cuando oscureció los llamaron a cenar. No quería perder la goma ganadora así que la escondió en el baño. Después se puso un camisón y lavó los dientes. La preciada goma se había endurecido así que la masticó un poco, se la pegó al paladar, apagó la luz y cerró los ojos pues temía la oscuridad.

“No sé…” respondió Daría unas horas después cuando despertó. La luz ya estaba encendida y alrededor la observaban sus familiares asombrados. Se había embarrado la goma gigante desde el pelo hasta las sábanas pasando por distintos puntos del camisón.

Mientras crecía, Daría aseguraba que debajo de su cama habitaba una sombra de manos largas que por las noches intentaba agarrarla de los pies cuando se levantaba al baño. Para evitarla saltaba lejos de la cama. Otra madrugada despertó sentada, llorando. La luz otra vez encendida. Su madre buscaba debajo de la cama. Daría lloraba tanto que le costaba respirar.

Las acciones nocturnas de Daría continuaron pero ella dejó de despertar.  Por la mañana se enteraba qué había hecho y dónde la habían encontrado. Platicaba con quién se encontrara. Podía hacerlo por minutos. Tuvieron que bajarla de una ventana, Daría aseguraba que estaba en una misión hacia la cima de una montaña. También apareció deambulando en el jardín.

Años después viajó con un grupo de amigos de la escuela. Se hospedaron en un hotel a las afueras de una capital provinciana. Concilió el sueño con un programa en la televisión sobre la cantante Tina Turner. Entre sueños encontró una fiesta dentro de su habitación. Dos amigas la sacaron de la cama y jalaron hacia la puerta. Con un empujón la sacaron y la puerta azotó. Con el ruido abrió los ojos. Estaba en el pasillo del hotel. Como hacía calor vestía camiseta y calzón.

Al pasillo lo decoraban alfombra roja y papel tapiz de flores. Olía a humedad. Daría tocó en las habitaciones de sus compañeros pero nadie respondió. Otra chica dormía con ella pero con el volumen de la televisión no la oyó.  Daría caminaba de puntitas tocando puertas, no quería despertar a la gente equivocada. Todos dormían. Bajó unas escaleras rumbo a la recepción pero nadie la atendía. Regresó al pasillo y en un rincón encontró un teléfono. Marcó a su habitación y su compañera le abrió.

Le dijeron que ser sonámbulo desaparecía con el tiempo. Todas las noches, abrazada por la almohada y el edredón de la cama, Daría se concentraba y repetía “despertarás en tu cama y en ningún otro lugar”. Algunos decían que la oían hablar por las noches. Entre sus peores pesadillas, estaba el juego cruel de despertar.