A los ocho días de que nació Cruz murió su madre. El padre, un periodista bajo de lana, lo dejó en el hospital hasta pasado el entierro. Estaba desolado. Cruz era el menor de seis así que dejó que sus hijos mayores se encargaran de él.

Cruz creció barriendo el patio y recogiendo la mierda de los perros. Hacía los trabajos que sus hermanos no querían. Cuando cumplió siete años su padre le regaló una bicicleta. Sus hermanos se encelaron y le rellenaron con mastique las orejas. Una lavandera vecina lo encontró como loco y salvó llevándolo con un curandero. Su padre ni lo supo.

Todas las mañanas, Cruz imaginaba el día en que se largaría de la casa. No era bueno para la escuela pero creía que algún día le favorecería. Terminó la primaria. En secundaria un día se enfermó. Lo llevaron con un yerbero. Diagnosticó algo raro, no sabía qué era. Estaba en sus últimos días.

A una tía no le gustó la sentencia y buscó una segunda opinión. Lo llevó con un otorrino. Señaló la urgencia de una operación de adenoides.

Tras la recuperación Cruz descubrió que podía respirar profundamente y distinguir olores. Algo que nunca había experimentado. Se fascinó con el olor de las frutas, verduras, especias y condimentos. Siguió con los perfumes. Olía todo lo que iba encontrando. Su nuevo sentido le permitía ver a través del olfato.

Un día lo sorprendió un olor ácido pero dulce, algo que nunca antes había identificado. Venía del ropero de uno de sus hermanos. Era un fajo de billetes y una cruz de oro. Entonces supo que tenía un don especial, podía oler el oro y el dinero desde la distancia.

En la escuela podía reconocer cuánto cargaba cada compañero. Su padre no le daba ni una cuarta parte de lo que le daban a los demás. Entonces comenzó a robar.

Guardó cada peso hasta completar lo suficiente para rentar un cuarto lejos de la casa de su padre. Dejó la escuela, conoció el barrio y perfeccionó su don.

Con El Pirru, otro mañoso de la cuadra, manejaba la ciudad. El Pirru se encargaba del volante mientras Cruz olfateaba. “En esa casa hay un millón y medio de pesos”, decía Cruz. “No manches”. Daban otra vuelta y Cruz volvía a oler. “Si, vas a ver”, le decía, El Pirru se quedaba esperándolo en el auto.

“Mira güey, había un poco más”, le decía Cruz al regresar. Un día escogió la casa equivocada. Era de un político. La policía lo agarró y lo encarcelaron dos años.

En el penal se peleaba por bolillos. En una riña le picaron el brazo y lo encerraron en las celdas de castigo. Su compañero de dormitorio era un narco. Ahí era feliz. Por cincuenta pesos le boleaba los zapatos. Eran zapatos de piel café con hebilla de oro, preciosa, gruesa y fregona. El olor lo embriagaba.

Al salir volvió a robar de casa en casa. Había aprendido a defenderse pero el dueño de una colección de centenarios lo interceptó y atacó con un machete. Cruz vio su mano colgando de un pellejo. La agarró con la otra, envolvió en un suéter y salió corriendo.

Después le reventaron dos balazos. Uno le entró por la nariz. Perdió las muelas y le ocasionó un hoyo que le atravesaba el cachete.

Su olfato se deterioró. Ahora confundía los olores. En un bar conoció a un par de policías. Habían escuchado rumores de él. Lo invitaron a trabajar. Aceptó. Extrañaba el oro y el dinero.

Ellos le daban el pitazo. Le decían en qué casa entrar. Las ganancias las repartían entre tres. En la casa de un expolicía no quisieron darle su parte. Se molestó y amenazó con denunciarlos. Caminó hacia la puerta pero una bala lo atravesó. Murió por la espalda. Su cadáver lo dejaron tirado en la casa, junto con todo lo que habían robado. Indicaron que había opuesto resistencia, otro desconocido más.