El astrónomo inglés Edward John Harrison visitó a su novia, la doctora Susan Walsh, en la ciudad de Bonn, Alemania. La ayudaría a mudarse a un nuevo laboratorio en el sureste de París. Cerca del campo.

Rentaron una camioneta. La llenaron con cajas, recuerdos y mucha ropa. “Aquí en la puerta la pintura se cayó”, se quejó la anciana alemana al revisar el cuarto que Susan dejaba. “También el colchón tiene una esquina rota”. Discutieron.

En la carretera les tocó tránsito pesado. Horas después llegaron a las afueras de París. Bajaron las cajas en la casa de huéspedes; el nuevo hogar de Susan por los siguientes meses hasta terminar su investigación. Era tarde y debían entregar la camioneta en las oficinas de Easycar.

Se apresuraron. El GPS los guió pero las encontraron cerradas. Extraño, anunciaban estar abiertas. En internet hallaron otras que cerrarían más tarde. Susan tenía hambre así que pararon a comer kebabs. No había más. Era un barrio de inmigrantes.

Las otras oficinas también estaban cerradas antes de tiempo. Buscaron una tercera opción y se aventuraron. Había que entrar a un estacionamiento. La camioneta rebasó el metro ochenta de altura del techo y quedaron varados. Edward metió reversa y la libró. Esa noche, pensaron, sería mejor desistir y descansar.

A la mañana siguiente, Alexis, un empleado con bigote de aguacero y dientes torcidos de la empresa Easycar no podía creer la cantidad de palabras que Susan podía exclamar en un minuto. Estaba furiosa. Ella hablaba poco francés y él nada de inglés. Para dar fin a las quejas, Alexis decidió no cobrar un euro extra a la pareja de científicos.

Susan dejó la oficina sonriente. No había pagado una noche extra ni los daños del techo y apenas eran las diez de la mañana. Tenía todo el día para pasear con Edward pues su tren de regreso a Londres saldría a las ocho de la noche.

Dejaron las maletas de Edward en la estación Gare de Nord pues de ahí saldría el tren. Recordaron que había un mercado cerca. Caminaron y lo encontraron. El mercado de Saint Quentin o San Quintín, uno de los más viejos de París. Compraron de todo; pan, quesos, vino. Lo metieron en una mochila y continuaron hacia el sur, al río Sena.

Luego a los jardines de Tuileries. En unos asientos se acostaron. Armaron un picnic. Edward quería seguir hacia el norte, rumbo a la iglesia de La Madeleine. Pasaron junto a la Ópera. Edward recordó una fotografía que su madre le tomó imitando una de sus bisabuelos en el mismo lugar, más de un  siglo antes. Pudo descifrar desde qué ángulo la habían tomado.

Cuando quedaba poco tiempo se dirigieron a Notre Dame. A las siete se despidieron y Edward abordó el metro rumbo a Gare de Nord. Sin contratiempos compró su boleto y llegó a migración. Tardó un poco más, cosa que le extraño. Descubrió que había una mujer a la que no dejaban pasar. Dentro del tren se sentó junto a la ventana, observó la puesta del sol y comenzó a trabajar.

De pronto el tren se detuvo. A Edward le pareció raro. Como lo rodeaba oscuridad pensó se encontraban dentro del túnel. Un hombre anunció por el altavoz que debían esperar, intentarían solucionar el problema lo más rápida posible.

Edward observó a su alrededor. Los pasajeros se preguntaban ansioso qué sucedía. Notó que todavía no entraban al túnel. Las vías se advertían protegidas por mallas de acero de varios metros de altura, alambre de púas y cámaras. “Estamos en la entrada del túnel”, confirmaron por el altavoz. Era imposible bajar.

Atrás, la fila de trenes crecía. Ninguno podía pasar. Edward notó la presencia de policías en las vías. Algo buscaban. Entre los pasajeros la tensión se contagió.

Unos se preguntan si era una bomba, otros, culpaban a los inmigrantes. Muy cerca se encontraba el puerto de Calais. El paso más importante entre Francia y el Reino Unido. Cientos de ferries y barcos cruzan entre Calais y Dover todos los días. Gente de Siria, África y medio oriente llega buscando una oportunidad para entrar a la isla.

A los deportados los segregan en zonas delimitadas aledañas a Calais. Sin drenaje, en casas de campaña. Rodeados por muros. Caminan las carreteras buscando refugio. Se esconden. Cuando los camiones esperan en fila para subirse al ferry corren, abren las puertas y se meten.

“Ahora lo hacen en los trenes” explica una mujer acalorada. El tren se apaga. La luz y el aire acondicionado también. La mujer acalorada grita. Dice ya no soportar más. Sólo enciende el altavoz. Piden tranquilidad y comprensión. Identificaron a unas personas en las vías y tuvieron que frenar. Durante la espera otros han tratado de meterse clandestinamente al tren.

Edward intenta descifrar qué sucede desde su ventana. Al parecer unos subieron al techo del tren. Otros se agarraron a la parte de abajo. Una mujer entrega luces neón a todos. Además de la policía llegan helicópteros y el ejército. Edward puede ver a cinco afuera de la ventana. Uniformados. La mujer acalorada solloza y pide bajar. Les regalan agua. El pánico aumenta.

Otros prefieren ir al bar del tren y olvidarse del problema. Un francés abre un maletín y saca una botella de coñac, “mi familia produce coñac, ¿quién quiere?”. Se la rolan entre varios. Después de brindar cuenta la historia del inmigrante sirio que saltó a un tren desde un puente, al estilo James Bond.

“I’m so hot” sigue quejándose la mujer acalorada que ha comenzado a desabotonarse la blusa. Han pasado cuatro horas y el altavoz vuelve a sonar. Las vías han quedado despejadas.

El tren arranca. La luz regresa y la mayoría se calma. Pero el motor ya no anda bien, deben esperar a ser remolcados.

A las tres y media de la madrugada el tren se estacionó en Londres. Todos bajaron con prisa. Empujones, gritos. La compañía de trenes ofreció pagar por los contratiempos ocasionados. A los que se dirigían a zonas conurbadas de Londres los llevarían en taxi. A los demás les pagarían hotel. Edward buscó hotel pues su casa estaba a hora y media . Tampoco encontraba a dónde dirigirse. Eran más de mil quinientas personas desesperadas y desorientadas.

Un hombre rogaba por un taxi hasta Escocia. Se acabaron los taxis y hoteles disponibles. Despertaron a taxistas a cambio de unas libras extras. A las cuatro cuarenta Edward notó que faltaba una hora para que saliera el primer tren a su ciudad. A las siete, Edward llegó a su cama y cayó profundo.

A la mañana siguiente revisó el periódico. La portada era la imagen de un guardia en una playa del Mediterráneo recogiendo a un niño de tres años ahogado. Buscaba refugio. El mar lo había regresado.