El primer nivel del gimnasio Dinamita’s está repleto. En su mayoría por hombres entre diez y veinticinco años. Algunas mujeres. Uno, al centro, lee en voz alta una serie de nombres. Todos lo escuchan. La lista termina con “… y Alan García”. Desde una esquina El gavilán sonríe. Han dicho su nombre. También él peleará esa mañana.

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Los elegidos se dirigen al médico. Deben ser examinados o no podrán subir al ring. Los no seleccionados se quejan. Querían pelear. Vienen de todos lados. Se sientan sobre el piso, con la espalda sobre los espejos de la pared y esperan. Una había encontrado a una de su peso pero con treinta peleas menos.

Para inscribirse en las peleas hay que llegar temprano. A las diez comienza el pesaje. El gavilán descubrió que ha subido tres kilos. Eso no es tan bueno. Si disputa el siguiente sábado en Guantes de oro tendrá que bajarlos rápido.

Cuatro jueces determinan quién contiende y su competidor. A los púgiles les acompañan sus familiares, mánagers y entrenadores. Los últimos rondan la sala como buitres. Cazan peleas. Intercambian gestos con los jueces. Buscan peleadores de la misma edad, experiencia y peso.

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A El gavilán lo conocen. No siempre agarra pelea. Saben que es fuerte y se alejan de sus tiros. Todos quieren ser invictos. Son bloques de diez peleas cortas. Cada una de tres rounds de dos minutos.

Junto a su padre, Alejando, y Rubén, su entrenador, El gavilán espera. El cuadrilátero está en el piso de arriba. Otra vez, el voceador comienza a llamar nombres. Los participantes en treinta nuevas peleas.

Ahí enseñan boxeo y zumba. Al fondo del primer nivel hay un altar con un crucifijo, una Guadalupana y un san Judas Tadeo. También venden equipo deportivo como guantes y camisetas. Junto, una cocina integral envuelta en plástico, un comedor y unos cuadros. Todos nuevos. También están a la venta.  

Subimos. En el segundo nivel, donde normalmente cuelgan costales y peras, han acomodado sillas. Casi todas están ocupadas. El cuadrilátero al fondo. Una mujer pasa a cobrar el boleto de entrada. Rubén dice que soy parte del equipo. Ella exige que pague veinticinco pesos. “Es por blanca, acá siempre los hacen pagar”, sonríe Rubén.

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El público comienza a chiflar. Quieren golpes. El gavilán pelea casi cada ocho días al menos que esté muy golpeado.

Venden frituras, la bolsita en quince y michelada caguama en treinta y cinco pesos. Alan ya no puede comer nada. Desayunó un té. Con el estómago así se dirigió al pesaje. Después, comió un atún con verduras que le hizo su padre. Hizo digestión durante la espera. No puede comer más antes de pelear. Un golpe bajo le puede causar vómito.

Aparece un hombre muy robusto con camisa blanca. Todos lo reconocen. Ponen atención. Anuncia el roll de peleas. Son más de las que esperaban así que tendrán que reducir los tiempos. Piden a todos actuar con prisa entre peleas. La de El gavilán será la número diez.

Aparte de anunciar el roll, determinan qué color y esquina usará cada peleador.  Por lo general, rojo los de casa. Azul, visitantes. El gavilán se prepara. En una esquina del cuarto se cambia los jeans por shorts, camiseta sin mangas azul, tenis, concha protectora y careta. No hay vestidor. Comienza a calentar haciendo sombra. Lleva invicto desde noviembre

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A los que están por subir les untan vaselina. En el cuerpo, los brazos, la careta y el pecho. Suben los primeros al ring. La gente grita. "Ya no está permitido usar el silbato por los diez segundos antes de terminar la pelea, así que va a sonar así…” dice uno de los jueces y golpea con la palma de la mano la rejilla del micrófono.

Los púgiles están listos. Les ponen la guarda y suben. Una mujer es la juez sobre el cuadrilátero. Suena la campana y comienza el baile. Acabará rápido. El premio es una medalla. Todos amateur. Necesitan acumular peleas, experiencia, el dinero, si llega, será años después.

Durante los descansos les limpian la cara y aconsejan al oído. Ahí se comprueba los que sí pueden llegar a ser campeones.  Conocen la derrota, el dolor. Lo hacen con guantes de diez onzas. Cuando sean profesionales serán de ocho. Descubren el punch. Siguen aprendiendo. A sus guantes les han pegado cinta adhesiva blanca sobre la parte que cubre los nudillos, para que no olviden con qué golpear.

Faltan cinco peleas para la de El gavilán. A los de menor experiencia los despiden por knock out. Rubén comienza a vendarlo. Cada entrenador lo hace con su pupilo. Debe ser la forma oficial. Pueden cubrir los nudillos pero no hacer colchón. Rubén cree que deberían cambiar. Con el tiempo los boxeadores adquieren fuerza y pueden lastimarse los nudillos. Cada vez saben golpear mejor. Es muy poca venda para el nivel que alcanzan.

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Los nudillos lastimados hay que meterlos en vinagre. Los cura y fortalece. El gavilán se prepara. Su padre le estira los músculos. Lo soba. Él salta. Habla poco. Le embarran vaselina. Un hombre ciego entra a la sala. Lo guía su hija.

Es hora. Se acerca a la esquina. Su cuerpo ha comenzado a sudar. Anuncian los últimos diez segundos de la pelea en curso. Tiran golpes sin ojos. El público grita. ¡Mantén la distancia! ¡Tú primero! ¡Vamos! ¡Mide bien! ¡Sigue girando! ¡Pégale rojo! ¡Eso! ¡Sírvelo! ¡Eso! ¡Muévete! ¡Vamos! ¡Ahí! ¡Ahí! ¡Un upper! A uno le quitan un punto por meter la cabeza. Fin del round.

Bajan golpeados. Con cinta adhesiva pegan las agujetas que amarran los guantes de El gavilán. Pueden quemar al adversario. “Alan, El Gavilán, García”, lo presenta la juez y sube. Suena la campana. Se pone en guardia. Vuelven las porras. Unas del hombre ciego.

Su padre grita desde la esquina. El gavilán comenzó a boxear viéndolo entrenar. Le pidió aprender. Primero le dio la cuerda. Ahí notó que tenía buenos reflejos, ganas y habilidades. Lo puso con un entrenador pues su trabajo de ingeniero topógrafo le dejaba poco tiempo para enseñarle. Se enteró que no lo cuidaban.  Entonces le acercó a Rubén.

Sabe burlar. Se escucha el respiro que acompaña cada golpe. Se protege. Esquiva. Diez segundos para terminar el primer round. En la esquina, sobre el banco, abre las piernas y apunta hacia arriba.  Toma agua. La escupe. Se recupera respirando lento y profundo.

Arranca el round. ¡Lastímalo! le gritan. ¡Upper! ¡Salte de ahí! grita su padre. ¡Mátalo! ¡Párate! ¡Suelta la derecha! ¡Manos arriba! ¡Diez más! ¡Ya lo lastimaste! ¡Bien! Diez segundos.

Más agua fría en el pecho, la espalda. Lo suenan con una toalla. Lo secan. Quitan la banca y vuelve a comenzar. ¡Salte de ahí! ¡No pasa nada! ¡Tira combinación! ¡Ahí! ¡Vamos! ¡Eso! ¡Arriba! ¡Combinación completa! los consejos llegan como llamaradas. Por todos lados. ¡Échale! ¡Vamos! ¡Diez! al sonar la campana una izquierda golpea con fuerza al adversario.

La campana anuncia el fin de la pelea. El público queda picado. ¡Bien! Gritan y aplauden. La juez toma una mano de cada uno. “Por decisión unánime ha ganado la esquina roja, Alan, El gavilán, García”. La gente abuchea. Se equivocaron. Alan viste de azul.

“¡Robo!” grita uno del público mientras El gavilán atraviesa al público, lejos del ring, hacia la esquina donde ha dejado su maleta.  Alrededor, otros se preparan para subir. Él regresa a los jeans. Hace unos meses cumplió catorce años. Es su ciento cuarta pelea amateur. Su apodo lo ganó en el gimnasio pues no despega la mirada de su presa. “Me toma más de diez años hacer a un peleador”, me dice Rubén a la salida, “cada vez son menos”.