Detuve en la calle a una camioneta pick up. Por altavoz, advertía: “algo de fierro viejo que vendan”. Al escuchar mi oferta los tripulantes se mostraron interesados. Uno, joven, que viajaba en la caja trasera saltó a la calle y me acompañó para evaluar el producto y apalabrar cuánto podría ofrecerme.

En el camino, el joven me cuenta que a la grabación del altavoz le dicen “la niña chillona”. Él la consiguió por internet. A las cinco de la mañana se trepa y ronda la ciudad buscando fierros. Luego los revende.

Le enseño la lavadora. Está en un rincón del baño. Silenciosa. Junto la ventana. Es blanca. Alrededor del panel de control tiene detalles azul celeste. Era de Zaratustra. Ahí lavaba la mugre de sus días. Fue lo último que vio. Al quedar huérfana su padre me la regaló.

El joven comienza a inspeccionarla. Agua gris estancada. Óxido. Con la mano hurga el fondo. Hace girar el tambor. Me pregunta si funciona. Le respondo que desde que llegó, hace más de un año, no la hemos podido echar a andar. Vino un plomero. No encontró la causa mecánica. Daño irreparable, diagnosticó.

Después de pensar unos segundos en silencio el joven concluye que es de plástico y no me dará nada por ella. Si se la regalo se la llevará. Acepto y sale en busca de un par de manos que le ayuden a cargar.

Cinco minutos después regresa acompañado. Desde el baño, con dificultad, la arrastran hasta la entrada. Un hilo de agua ha dejado rastro sobre el piso de barro. En una parte, las patas lo dañaron. Al llegar a la puerta se detienen. El joven se seca el sudor de la frente y comenta lo pesada que está. Cambian de posición.

“Un, dos, tres” dice y al unísono la levantan. Como cascada, de la parte inferior el agua turbia comienza a escapar. Encuentra camino por las escaleras y baja. Minutos después la lavadora está abajo. Rápido la suben a la camioneta.

Los del restaurante de la planta de abajo me llaman molestos. El agua se ha encharcado en la entrada. Tenía jabón. Una clienta resbaló. Traía falda y plataformas de tacón. Les gritó furiosa.

Me tomó quince minutos mudar el agua turbia hacia la banqueta y coladera con un recogedor. Salpiqué a dos o tres. “Eres un pequeño gran caos” solía decirme Zaratustra, “adorable, pero un caos”. Lo recordé metiendo y sacando ropa. Oliéndola y doblándola. Escuchando mis historias y aconsejando con otras. Me falta aprender a dejar de extrañar.