Las gaviotas, ratas de mar, pelean por un bocado. Bajamar. Dos veces al día el agua se aleja y descubres algas, arena fina, conchas, pulgas marinas y rocas rugosas que parecen elefantes. Algunos botes tendidos sobre la arena. Charcos de agua salada. Es fácil resbalar.

Una mujer con cataratas y manos artríticas se sienta en una mesa con vista a la playa. Recuerda que ahí fue la última cena que vivió con su marido. Con dificultad se levanta y continúa. Desde el muelle de la isla de Herm observo al transbordador que se acerca. Es el único motor que se escucha. Debo caminar a otro en Guernsey para llegar a Sark, antigua Sarnia, y último estado feudal.

Descargan bolsas con comida, papel de baño y equipo para acampar. Algunas de las islas del Canal de la Mancha, antes Islas Lenur, están poco pobladas. Desembarcan en ellas turistas, muchos niños. Pasarán el día en sus playas sin olas, de arena blanca y fina. Algunos hablan francés. Lengua del país vecino al sur. Otros, inglés. Son posesión de la Corona Británica, restos de la disputa con el rey de Francia por el Ducado de Normandía. El Bailiazgo de Guernsey, Lisia para los romanos, tiene gobierno y su dialecto e imprime y acuña una versión de la libra esterlina.

Organiza la tripulación un chico pelirrojo, pecoso y de baja estatura. Tez blanca casi transparente. Pantorrilla tatuada. Ha armado una cordillera humana para agilizar el intercambio de bultos. Los más altos y fuertes son más rápidos. Bajan aros hula hula, el periódico del día, un saco del Royal Mail y lavandería del único hotel en Herm. No hay autos ni bicicletas. Sí un tractor, una pequeña iglesia en honor a St Tugual, dos pubs, menos de una decena de casas y una tienda de refrescos y botanas en la playa.

El pelirrojo carga unos sacos a lomo y desaparece. La isla se puede rodear a pie en dos horas. No hay médico. Casi la mitad está protegida por riscos.  Por siglos fue un cementerio. Luego la saquearon por sus piedras. En el siglo XVI un paraíso de piratas. Colocaban luces entre islotes para engañar a los marineros y destruir sus navíos. Tierra sin Estado rodeada de mar.

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Sobre un hou o islote, un torreón. Faros antiguos que se alumbraban con fuego. Puedo ver cinco. Debe ser difícil navegar entre rocas y mareas fluctuantes. Atravesamos veleros. Un marinero trae un ancla tatuada en el brazo.

En la Registered Office of the Isle of Sark del puerto de San Pedro en Guernesey adquiero los boletos. La compañía pertenece a los isleños. Es el único transporte para llegar o salir. En Sark no hay autos ni alumbrado público.

Es un día soleado. A lo lejos identifico la isla. Acantilados. Junto, otra isla más pequeña con un castillo gigantesco. Su piedra gris cambia de color al reflejo del sol. Torna negro. Más veleros.

Arbustos y árboles bajos. Verde todo el año, excepto los trigales. Seiscientos habitantes. Viento y lluvias. La mayoría son aves. Hace cuatrocientos cincuenta años la reina Isabel I permitió que la isla fuera colonizada por un Señor feudal, Seigneur o Lord, Helier de Carteret. Junto a él llegaron cuarenta familias. A cambio debían defender la isla y, el Seigneur, pagar lo equivalente a doscientas libras de hoy. El Seigneur dividió la isla en cuarenta parcelas. Cada familia tendría que construir una casa, cosechar su tierra y defender una parte de la costa. La reina les mandó seis cañones. El Seigneur tenía ciertos privilegios como cobrar rentas y era el único autorizado a poseer un molino, palomas, pichones y perras.

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Desembarco por los acantilados. Por un túnel cruzamos a un camino que sube hasta una vereda de tierra con pocas casas de piedra. Por quince libras me ofrecen pasear en carreta con caballo. Lo acepto. Hay algunos tractores para mover bultos, objetos pesados y herramienta de campo. En un cartel anuncian el festejo por los 450 años que cumple el feudo. Al centro de un jardín  han colocado cuarenta cruces y espantapájaros de algodón, todos diferentes. Sostienen armas y herramientas de trabajo. Uno es de color negro.

Los tractores levantan el polvo al pasar. Los rayos de sol molestan la vista. Lo que antes fue banco lo compró un hotel y es tienda de curiosidades. Venden un juego de Monopoly, edición especial de la isla, “own it all!” dice en letras grandes.

Lo atiende una mujer que nació en la India. Luego se mudó al Reino Unido y en los setenta llegó a Sark. No había nada. Sus hijos crecieron haciendo lo que querían. La escuela es hasta los dieciséis años. Entonces los jóvenes no encuentran mucho. Los chismes crecen. Si haces algo lo cuentan, si no lo haces, lo inventan. Ella mandó a sus hijos a un internado más grande que la isla. Vuelven cada vez que hay encuentro de rugby entre isleños.

El castillo que vi desde el ferry está en una pequeña isla vecina, Brecqhou. Ella me cuenta que es de unos gemelos idénticos Sir David y Sir Frederick, Barklay. Millonarios. Han hecho un emporio en bienes raíces, medios y el comercio. Antes de que adquirieran la isla estaba llena de conejos. Trajeron todo para hacer el castillo.

Al principio los isleños estaban felices. A hombres de diecisiete años que seguían viviendo con sus padres los contrataban como constructores. Buscaban unas libras extras para salir a tomar cervezas al pub o invitar a una chica de paseo. Pero la obra terminó y perdieron su ingreso.  Muchos se quejan de su presencia. A otros, les agrada su dinero. Nadie, sin invitación, puede entrar a su isla.

La electricidad cuesta casi seis veces más que en el Reino Unido. Muchos hoteles y restaurantes cierran. Por la avenida principal hay una estética, un HSBC sin cajero automático, tres tiendas de recuerdos, un local de bienes raíces, oficina postal, un mini súper y dos o tres comedores.  Todo llega por mar. Lo traen sin cuidado, bromea la mujer de la tienda, pues acomodan los huevos sobre el pan y llega aplastado. Hay dos hoteles, once casas de huéspedes y una prisión para dos personas.

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Voy sentada en el carruaje. El percherón que lo remolca se llama Bob. En 1912 se construyó el primer faro de la isla, me cuenta el conductor, Philip. Me cuesta entender su acento. Le quedan pocos dientes. Únicamente durante la guerra civil y mandato de Oliverio Cromwell el Seigneur o La Dame no han estado a cargo del feudo.

Cuando llegaron los nazis durante la Segunda Guerra Mundial quedaron sorprendidos al conocer a La Dame Sibyl Hathaway pues hablaba perfecto alemán y pudo negociar con ellos. La noche de la liberación encendieron una fogata enorme, la isla vecina pensó que se estaban incendiando.

El padre de Sibyl, el Seigneur Willian Collings, dicen que hacía cosas terribles. Bebedor, violento. De joven, Sibyl lo enfrentó y escapó de la casa. Él la buscó a caballo y con un rifle bajo el brazo por toda la isla.  Las casas tienen cuatrocientos años. Sobre el techo acomodan piedras para que las brujas se sienten. El percherón nos lleva junto a un viñedo. Es nuevo. Comenzará a producir buen vino en el 2018. Las vacas pastan. Todas son de raza Guernsey. Cafés con blanco. Las únicas permitidas.

El título de Seigneur o Dame ha pasado por diferentes familias. Una tuvo que venderlo después de hipotecar la isla. En 1835, un hombre cazó a un conejo en el acantilado y descubrió una beta de plata. El Seigneur invirtió todo y pidió prestado. La mina fracasó y su hijo, con el permiso de la Corona, vendió el feudo en seis mil libras.

Hace unos meses grabaron un reality show con los isleños. Se hizo muy popular en Inglaterra y aumentó el turismo de la isla. El siglo antepasado fue punto vacacional para gente de Guernsey, como hacían mucho ruido, se prohibieron los violines.

Nos rodean pocas nubes. Durante el verano hay poco viento. En invierno es frío y húmedo. Ocasionalmente hay nieve. Tienen un campo de tiro. Son campeones.

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A lo lejos vuelvo a ver el castillo gigantesco. La isla, Brecqhou, la adquirieron los gemelos Barclay en 1992. La construcción del castillo duró veinte años. Las islas del canal son paraíso fiscal. Le Seigneur gana un porcentaje de las ventas de tierras y casas. Al año, paga una libra con setenta y nueve peniques a la corona para “no pelear”. En esa tradición no se refleja la inflación.

El percherón se mueve con fuerza. Su cola cae casi hasta el piso. Escucho cada paso. Sus herraduras. Hemos llegado a la casa de Le Seigneur. Las rejas de la entrada fueron regalo de los isleños a Sibyl por su matrimonio, en 1929. La casa y los jardines pertenecen al actual Seigneur. Su mujer quedó en silla de ruedas y era imposible moverla con tantas escaleras así que dejaron la Seigneurie y se mudaron a algo más pequeño en el pueblo. Visitar la casa y los jardines cuesta cuatro libras.

La casa es de tres pisos, toda de piedra, techos de dos aguas. Una torre con chacuacos labrados. La bandera del Reino Unido ondea a lo más alto. Parte de los jardines se mantienen naturales. Con árboles altos, uno parece sicomoro. Los pájaros cantan cerca del estanque. Patos. Una paloma a lo lejos, que tiene a su disposición un palomar con arquitectura de castillo.

Un cañón, un molino y una caseta telefónica verde. Un taller de carpintería. Sigo una brecha y llego a otros jardines. Un invernadero y cientos de flores multicolores. Abejas, mariposas, dos fuentes. Es difícil recordar tantos colores y olores. Después una pequeña hortaliza y al fondo, un laberinto. Me pierdo aunque es pequeño. Continúo. Me encuentro con otros dos perdidos. El camino se hace angosto, luego vuelve y ensancha. Genial. Llego al centro. De regreso. En la puerta de entrada, un reloj de sol.

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Philip me espera en la carroza. Bob camina a paso lento. Fuerte. La familia real ha visitado la isla. La reina madre, en su última visita se enteró de que los niños de la escuela visitarían Londres y los invito a tomar el té. Cada año se organiza una carrera de ovejas en el campo de la nueva escuela. Compiten decenas de ovejas que saltan pacas, las montan peluches. Es el mismo campo donde se organiza el rugby.

La antigua escuela se convirtió en el nuevo parlamento. Se reunen cuatro veces al año. Algunos son descendientes directos de los colonizadores. Cerca está la iglesia metodista y el cementerio.

En 2008, bajo presión de los gemelos Barclay y la Convención Europea de Derechos Humanos, Sark cambió su viejo gobierno feudal por uno más democrático, con un parlamento de mayor aceptación internacional. Es, ahora, la autoridad y se encarga de que todo funcione. El Seigneur quedó como figura simbólica. Desde entonces, los gemelos Barclay han comprado más propiedades y negocios. Quieren hacer la isla más turística. Muchos isleños se oponen, sus negocios han quebrado.

Una vez al año la isla se llena de turistas que visitan el festival de música folk. Algo extraordinario para todos. Llegamos a un extremo de la isla, un camino entre acantilados que llaman Le coupee nos lleva a Little Sark. Es parte de la isla. En 1945, los prisioneros de guerra, lo reconstruyeron. Ahí está prohibido andar en bici, la multa es hasta de quinientas libras. Abajo, dos playas. Mar azul. Dependiendo de hora y luz cambia.

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Una catarina aterriza sobre mi mano. Continúo caminando por el único camino. Bob, el percherón tampoco puede atravesarlo. Esperará. Continúo por subidas y bajadas. Más vacas. Algunas pacas. Zumbidos de insectos. Entre árboles, aparece un jardín de té con manzanos y flores. Estoy al centro de Little Sark. Debo regresar o Bob me dejará.

Philip y Bob no están. Debo apurarme de regreso al muelle o me dejará el último transbordador. He dejado mis cosas en la carreta. Camino más rápido. Nadie a la vista. A lo lejos, un tractor. Se acerca. Le pregunto si voy en la dirección correcta. Hace calor. Me pregunto qué habrá sido de mis cosas, espero las dejen en el punto de salida.

Otro tractor se acerca y frena al verme. “You were left behind” me grita. Él tiene mis cosas. Philip tenía prisa y me dejó. También dejó mis cosas y él las recogió. Sabía que me encontraría. Sigo caminando con rumbo a la avenida.

Los isleños cuidan sus jardines. Otra vez, atravieso la oficina postal. El buzón real, a diferencia de los otros que son rojos, es dorado. Conmemora que Sark  es el primer lugar donde se izó la bandera inglesa después de la ocupación alemana.

Una vitrina ofrece bienes raíces. Por noventa mil libras al año uno puede rentar una propiedad en la isla con dos habitaciones. Aunque algunas de las islas del canal están en posesión de la corona, las tierras tienen distintos dueños. Uno puede adquirir la propiedad de una casa o un terreno por un tiempo determinado. También se puede adquirir sólo la casa pero no la tierra y se paga al “tenant” una renta por usar su tierra.

Tengo media hora. En un pub pido una sopa de cangrejo. Un chico lo atiende. Es isleño. También me recomienda el sándwich de cangrejo, especialidad. “All on board” grita un marinero, el ferry está por zarpar. Las gaviotas acompañan a la nave mar adentro. A lo lejos veo el faro blanco de Sark. Otra vez pasaré por Guernsey y de ahí rumbo a Herm. Me acerco a la borda en proa y veo las embarcaciones del puerto de San Pedro. Sus casas de piedra. En una vivió y escribió algunas de sus mejores obras Víctor Hugo. Una ola me salpica. Sé a sal.