Cuando Marina se enteró que Ricardo, su pareja, le ponía el cuerno, sintió que todo su cuerpo ardía. En un bar en penumbra un conocido de Ricardo los abordó y después de presentarse como Tito agregó “tú debes ser Karina”.

Marina ya había cuestionado a Ricardo si salía con alguien más y él respondió “no, son puras fantasías tuyas”. Aunque lo mandó a la chingada lloró toda la semana. Ni sus amigos lograron consolarla.

En la radio ganó boletos para un concierto de la Orquesta Nacional. Decidió asistir sola. Se puso una falda larga y camisa negra. Como único accesorio un anillo de plata en el dedo medio. Regalo de una prima “para atraer buena suerte”.

Se sentó donde podía observar con detalle las violas y oboes. En el intermedio salió a fumar. Al regresar a su asiento, sintió una mirada. Era un hombre de lentes, camiseta negra, jeans y pelo corto. Más joven que el resto de los asistentes. Marina lo evitó y volteó hacia otro lado. Odiaba sentirse observada.

Al terminar el concierto salió apresurada. En las escaleras sintió como que la llamaban. Ignoró. El hombre la alcanzó.

Se presentó como Tomás y le invitó un café. Marina no supo decir no. Después de todo, había algo encantador en su mirada.

No era feo, tampoco guapo. Parecía tímido pero era atrevido. Pintor. Marina lo observó detenidamente. Una verruga en su cuello le incomodaba. Entendió que encerraba temores en las entrañas. Él admiró su anillo. Ella se lo quitó y se lo dio. Él lo inspeccionó con las manos y se lo regresó.

A los pocos días, Tomás la llamó. También la semana siguiente. Otra tarde se volvieron a reunir. Llevaba algunos ejemplos de su trabajo. Sus grabados encantaron a Marina. Le contó que vendía poco así que intentó conectarlo con una galería pero él no mostró interés.

A Marina le gustaba que Tomás la llamara. Se sentía querida. Una noche, dejó su bolso en un restaurante y perdió el teléfono celular. Su único contacto con Tomás.

Pasaron meses sin saber de él. Ella se preguntaba si estaría bien. Lo extrañaba. Quiso buscarlo pero no sabía por dónde comenzar. Jamás hablaron de gente en común. Sólo sabía que vivía cerca de la plaza Constitución.

Pasaron meses y Marina lo comenzó a olvidar. Una tarde, su amigo Iván toco la puerta. Estaba destrozado. Un amigo de la infancia se había suicidado. Ella lo consoló. En pocos días sería su cumpleaños así que decidieron organizar una fiesta e ignorar la tristeza.

En la fiesta, Marina vio a un hombre parecido a Tomás. Iván los presentó pero Marina venía acompañada y la conversación fue muy corta.

A la mañana siguiente Marina decidió caminar por la plaza Constitución pensando en que igual y encontraba a Tomás. Recordó al muchacho de la noche anterior y sus mejillas palidecieron. Entendió que era su hermano. El muchacho al que habían encontrado colgado era Tomás.

Sus ojos se hundieron entre las grietas del pavimento y sus rodillas se debilitaron. Una voz la interrumpió. Apartó la mirada del suelo y se encontró con dos hombres y un revólver dirigido hacia su estómago. Les entregó su bolso, el teléfono celular y su anillo. Fue su primer asalto. Marina comprendió lo que es caminar con miedo.