Al centro de la funeraria se encuentra un patio con cafetería y tres mesas. Una fuente y pasto decoran. En una mesa dos mujeres conversan. Ninguna viste de negro.

Las dos fuman. Hablan de lo mucho que les gusta el cigarro. Una, delgada con cabello largo y rubio, calcula comenzó hace nueve años. Tiene cuarenta. Usa escote, poco maquillaje y vaqueros entallados. La otra, poco más joven, usa falda larga de colores, cabello negro suelto y alborotado.

Un hombre de ojos azules, traje negro de piel y cabello soldado con gel  les pide un cigarro y se sienta a conversar. Dice ser compositor por lo que el cigarro le “es indispensable, tanto como la necesidad por creer”.

“Creer en algo como el Dalai Lama”, interrumpe la mujer con cabello alborotado. “De acuerdo” afirma el hombre, “algunos no lo entienden, hasta que se ven en el túnel. Hasta que ven la luz”.

Ellas le preguntan si ha visto el túnel. Responde que sí. Hace unos años tuvo una novia. Vivía en un departamento viejo donde el boiler estaba dentro de la casa. El ducto de salida de los gases daba hacia la habitación donde se encontraba sentado trabajando.

Su novia se dio un baño “como de cinco horas”. Al levantarse, dio pocos pasos y calló al suelo intoxicado. Al encontrarlo tirado la novia gritó histérica. Él la veía a lo lejos, desesperada, la rodeaba obscuridad. Ella lo arrastró hasta la ventana. Minutos después volvió en sí.

Las dos mujeres asombradas encendieron otro cigarro. “¿Ya se despidieron o falta alguien de despedirse?”, anuncia casi a gritos un encargado de la funeraria, “la cremación de la sala cuatro está por comenzar”.

Los tres apagaron sus cigarros apresurados y se dirigieron rumbo a la sala. Cantando despidieron al cuerpo. Caminaron detrás del ataúd hasta la sala de cremación. Ellas regresaron en llanto a la sala e inspeccionaron los arreglos. Se llevaron sus flores preferidas, las orquídeas.