Tepito texto

Caminamos por el laberinto del mercado del barrio de Tepito hasta llegar al deportivo. Frente a la iglesia de san Francisco de Asís, en el estadio Maracaná, se ha armado la cascarita. El gimnasio de boxeo está cerrado. Rubén toca la puerta con fuerza. Un hombre aparece. Le pregunta por Pinocho. Hace mucho que no lo ve por ahí.

Nos deja entrar. Costales y peras inmóviles. Silencio. Rubén me señala las fotografías que adornan. Rodolfo, El Chango, Casanova, José Medel, Rubén, El Púas, Olivares, Rafael Herrera y Octavio, El Famoso,Gómez. El cuadrilátero está vacío.

 Rafael Herrera

Rafael Herrera

Junto a un puesto que vende calzones de hombre importados de China entramos a una vecindad. Rubén toca una puerta metálica del segundo piso. Una mujer de estatura baja, encorvada, pelo blanco, escoba en mano y mandil abre. Pinocho se está bañando.

-         Dígale que vino Rubén.

-         Le diré que vino una chava o se le va a olvidar.

Rubén ríe, “regresamos como en una hora”. La mujer nos despide con un “ándale pues”. Es Lolita, su esposa.

Nos dirigimos a un depósito de cerveza. Parece estar desatendido. Uno entra y toma las latas que quiera. Al fondo una letrina. Dos borrachos en silencio. La música viene de afuera. El consumo se paga a la señora que atiende el puesto de mallones de enfrente. Diez, doce pesos la lata. También vende cigarros sueltos.

 

Tepito texto 2

Regresamos a la vecindad. En vez de “buenos días” Lolita nos recibe con “buenas tardes”. En la misma habitación conviven una cama matrimonial, un sillón, cocineta, una mesa y varias sillas. Cientos de fotografías y diplomas. Unos colgados, otros recargados. Casi todos de boxeo. “Sienténse, siéntense”, insiste Lolita, cargando una silla.

El cuerpo delgado y moreno de Pinocho se hunde entre el colchón y las almohadas de la cama. Pide ayuda a su esposa para levantarse. Lolita, aunque encorvada, es ágil y lo sienta.

Gerardo, Pinocho, Gutiérrez tiene más de ochenta años. Comenzó como árbitro de futbol pero rápido lo sedujo el boxeo. Más de cincuenta años los dedicó a entrenar jóvenes en el gimnasio de Tepito. Uno fue el campeón gallo Jorge Ramírez. Ahí lo conoció Rubén. En los ochenta, le robó algunos peleadores.

Habla bajito. En la radio acaba un cha cha chá y comienza Perfume de gardenias. Rubén le pregunta si conoce a algún familiar de Rodolfo, El Chango, Casanova. Cree que pueden estar en La Lagunilla.

Pinocho comienza a recordar. Dice haber conocido a todos los viejos campeones pues se curtían en su gimnasio. Lo llamaban para trabajar fuera pero se negaba, prefería quedarse y atenderlo solo. Jamás abandonó Tepito donde lo apodaron así “por mentiroso”.

No recuerda a ningún familiar de El Chango. Nos recomienda buscar en la asociación pero “ya no es lo mismo, se ha vuelto un desmadre”.

“Tepito ha caído” opina Pinocho mientras acaricia el cobertor de la cama. “Tengo la dicha de ser uno de los fundadores de su gimnasio pero ya se cayó”. Hace unos años, cuando todavía podía caminar, Lolita lo ayudaba a bajar las escaleras y él se iba solo hasta las dos de la tarde a ver los entrenamientos.

“Y diga que ya está pintado el gimnasio parecía, haz de cuenta, un cementerio”, interrumpe Lolita, “todavía el señor Sulaimán le hizo un reportaje, aunque ahí ya andaba en silla de ruedas”.

Siguiendo al box, Pinocho conoció el mundo. A Francia llevó nueve veces al mismo peleador. Su gimnasio se coronó cuarenta y nueve años campeón. Todos querían pelear y hacerse en Tepito. Por las mañanas llegaban entre cincuenta y sesenta niños.

“Ahora faltan buenos entrenadores”, agrega, “la gente está un tiempo pero se va”. Unos días antes pidió regresar al gimnasio. Lo encontró vacío. Había tres, cuatro, cinco niños y salió llorando. Sintió tristeza al recordar cuántos entrenaban junto a él.

Nos recomienda buscar a un periodista que “sabe de todo”. Solo él podrá decirnos dónde están y si hay descendientes de Casanova. “Ahorita lo voy a llevar en silla de ruedas a la misa de su compadre”, comenta Lolita, “la nota de su muerte salió en el periódico y los vecinos llegaron a avisar”.

Pinocho se acomoda con las manos y se levanta. Ella acerca la silla de ruedas. “Después de que él correteaba a las chavas, ahora las chavas lo corretean a él. Va adelante y yo atrás de él ¿no?” y nos señala una fotografía de cuando eran jóvenes. Han pasado cincuenta años desde que se casaron, ella es menor. “Él ya no puede correr, yo lo alcanzo rápido” y Lolita comienza a empujar.