Poco después de que salió el sol, Daphne y yo caminamos hasta el cráter de un volcán ardiente. Era nuestro último día en Antigua, Guatemala, así que por la noche salimos a brindar por sus calles empedradas.

Unas copas después, Daphne decidió regresar al hostal. Yo, seguí bebiendo con mis nuevos amigos hasta que la mesera anunció la última ronda. “La fiesta sigue en casa”, dijo uno y los acompañé.

Cuando la noche cambió a madrugada me despedí. No había taxis. “No puedes irte sola”, dijo un muchacho y sacó una pistola del pantalón que recargó sobre la mesa, “en la calle puedes encontrarte con un marero”. Rechacé la pistola y me acompañó hasta la puerta del hostal.

Daphne despertó quejándose. En el dormitorio había una pareja de israelíes que no controló la hormona y no la había dejado dormir. “Es hora de irnos”, dictó y me entregó un vaso con agua y vitamina C efervecente para amortiguar el cansancio y la cruda.

Mochila al hombro abordamos un autobús destino ciudad de Guatemala. La parada fue en un centro comercial. A otro viajero le preguntamos de dónde salíamos rumbo a San Salvador. “Dríjanse al Pollo Campero” y nos explico cómo llegar.

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Afuera de una sucursal del Pollo Campero cientos suben y bajaban de autobúses. Llegan cargados con bolsas, verduras, cajas, maletas y animales. Los choferes gritan su próximo destino. La música de fondo es ensordecedora.

Ubicamos cuál abordar. Nos abrimos paso entre vendedores de fruta, dulces, galletas y refrescos. Restos de pollo y basura decoran el suelo. “Estaremos en la frontera en menos de tres horas” me confirma un joven moreno de ojos verdes apopado El gringo, asistente del chofer.

El bus viene lleno. El gringo coloca nuestras mochilas junto con otros bultos al fondo. Acomoda dos cojines sobre una bocina al lado del conductor y los señala como nuestros asientos. Anuncia la partida.

Me pregunta de dónde soy y por cuánto tiempo he viajado. Al responder abre los ojos emocionado. Es la segunda vez que viaja con extranjeros. Los otros fueron canadienses. Me cuenta que escucha música mexicana aunque prefiere la bachata. Le enseño un disco pirata que acabo de comprar. Señala Cien mujeres de Los Vikings como su favorita.

Debo hablar fuerte o no me escucha. La bocina está encendida y a todo lo que da. El bus vibra, con los baches se sacude. Vamos parando en distintos pueblos. Se desocupan lugares y me mudo junto a una ventana. Veo que Daphne comienza a leer y cedo al sueño.

Al despertar, casi todos han bajado. Daphne se ha dormido también. Han pasado más de tres horas. Le pregunto a El gringo ¿cuánto falta?. “Vamos muy retrasados”.

Dos horas después eran casi las cinco de la tarde. Por la ventana observo pueblos con militares y policías empuñando altos calibres. El gringo se sienta en el asiento de junto. “¿Sabes que estamos en territorio marero?”. Respondo que no. Ríe cándidamente y continúa, “como en una hora llegaremos a la frontera. Llegando nos regresamos. Tienen que tomar hacia Santa Ana y luego otro bus a San Salvador”.

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Mientras me habla veo como el sol se acerca al horizonte. La noche nos sorprenderá en el camino. “Me caíste bien,” continúa, “hay una señora que cruza todas las semanas, va para Santa Ana, es predicadora, síganla para que no se pierdan”. La señala. Viaja adelante. No veo el rostro pero sí su camisa.

Seguimos cruzando pueblos y vegetación abundante. Ya no veo policías ni militares. El gringo avisa que hemos llegado y nos pasa las mochilas apurado. La mujer que debemos seguir ha bajado con prisa.

La alcanzamos corriendo. “¡Ahí vienen los mareros!” exclama sin detenerse, “el sol y el último bus a Santa Ana están por desaparecer”. Todos se mueven rápido. Veo preocupación en los ojos de Daphne. “No se detengan, ¡sígame!”, insiste refiriéndose a una chica con uniforme que llama con insistencia.

Nos detiene y pide el pasaporte. Los demás caminan apurados sin mostrar documento. Somos las únicas enmochiladas. El pueblo es gris. Las fronteras son imaginarias. Nos guía hasta una pequeña caseta. Esta sola. “¿Qué hacen aquí?” pregunta desconcertada. Sella nuestros pasaportes y advierte que debemos refugiarnos pues pronto el pueblo se llenará de mareros.

Es joven, delgada, el uniforme de migración le queda grande. Tiene un ojo virolo. Dice que podemos escoger entre dormir del lado de Guatemala o de El Salvador. Ella recomienda que alquilemos una habitación en casa de una mujer que conoce y sabe es de los pocos lugares seguros.

“Vamos rápido que aquí sobran ojos”. La seguimos. Hay hombres sentados en las banquetas. Nos observan en silencio. Algunos susurran. El suelo es una mezcla de asfalto quebrado, tierra y basura. Poco alumbrado. Las casas son de una planta, las rodean paredes de tabicón y alambres de púas, ventanas con barrotes y puertas de metal.

La mujer del autobús nos intercepta. El último transporte ha partido y deberá esperar hasta la mañana. Nos pide dormir juntas. Tocamos una puerta. La joven de migración sugiere mentir y decir que nos conocemos desde hace mucho o la dueña no nos dejarán entrar.

Abre una mujer mayor. Nos examina y pasa a una sala decorada con foquitos navideños e imágenes religiosas. Junto a mi, un pitbull de nombre Bestia olfatea mi pantalón. Tiene una habitación que puede rentarnos por un dólar. Está al fondo de la casa, tiene tres camas, puerta metálica y candado. Un retrete y un tubo como regadera. No hay ventanas.

La casera advierte que si queremos cenar algo debemos comprarlo pronto. En quince minutos la puerta se cerrará y nadie podrá salir ni entrar. De la ventana abarrotada de la casa de junto compramos un jugo y unas galletas.

En la habitación, la predicadora se presenta como Apilina. Acomoda sus bultos junto a la cama. Le pregunto por los mareros. Me cuenta que están por todos lados. Es difícil reconocerlos, cada vez se tatúan menos. Durante el día duermen, salen por las noches. Unos asaltan autobuses. A las mujeres las violan y a los hombres los golpean. Daphne intenta tomar una ducha.

A su hija que vive en San Salvador le han robado de todo. En las calles suele verlos muertos por riñas entre clicas. En su pueblo, el presidente municipal harto, enfrentó a dos cabecillas sobre un cuadrilátero en la plaza principal. Todos vieron. La pelea terminó cuando uno le arrancó el ojo a otro.

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El sonido de un balazo interrumpe nuestra conversación. Le siguen gritos. “Seguro que agarraron a uno” comenta Apilina mientras se quita los zapatos y camiseta para sobarse la panza y limpiarse el sudor con un trapo. “Luego corren y se suben por los techos”, concluye Aplina acostándose en la cama.

Daphne terminó su ducha más relajada. No dije nada y puse el candado en la puerta. Al apagar la luz mis sentidos se alertaron atentos a cualquier crujido o vibración. Imaginaba qué podría hacer si aparecían. El silencio y aislamiento eran pesadilla. Apilina despertó varias veces al baño. “Ando cursosa”, se quejó.

Cuando enfrió supe que llegaba el día. Apilina acomodó sus bultos y partió. Daphne y yo esperamos un poco más. Tomamos una camioneta que nos dejó en Santa Ana y de ahí un bus a San Salvador. En el camino veía grafittis. Eran rastro de mareros.

En la ciudad, los de a pie les temen. En los condominios, los autos y centros comerciales no. Visitamos otro volcán. Un cráter extinto convertido en lago silencioso rodeado de vida. Recordé el cráter de fuego, el sentimiento de temor frente a la tierra agrietada que cruje, ruge y cuya violencia devora.