Al adoptar a un perro, Eugenia se dio cuenta de las responsabilidades que adquiría. Debía enseñarle un poco de todo y llevarlo a ejercitarse. Ella era sedentaria. Su lonja y panza lo delataban.

Su perro era pequeño y blanco así que lo nombró Huevo. Cerca de su casa estaba una de las plazas más antiguas de la ciudad. Al centro, tenía una iglesia casi en ruinas con un patio. El resto eran jardines y bancas. En el patio se reunían los perros con sus dueños. Mientras Huevo perseguía a otros perros, ella platicaba con madres de familia, viejitas chismosas y algunos pubertos.

Una mañana, ya de salida, notó que entre unos matorrales se asomaba una cola larga, negra y rugosa. Ella se acercó a ver y Huevo a oler. Al descubrir que era una iguana gigante su primer impulso fue alejar a Huevo quién comenzó a ladrar.

“No le hará nada” dijo una voz y Eugenia volteó. Era un joven que junto a ella descubría a la iguana. Él se acercó e intentó agarrarla de la cola. El animal se movió rápido y se escondió entre los arbustos. Parecía estar lastimado de una pata. “Espera, ahora regreso”, dijo el joven y corrió hasta desaparecer.

La iguana y Huevo se quedaron inmóviles. Eugenia con las mejillas arrebatadas. Observó a su alrededor y agradeció que no habían más perros que molestaran a la iguana escondida. Sentía insectos en el estómago.

Se sentó en la banca más cercana y guardó las manos en los bolsillos del abrigo. Huevo se sentó a su lado. El joven regresó con una caja grande. Ella amarró a Huevo en la banca y acorralaron a la iguana. Con la ayuda de una rama lograron sacarla de los arbustos y meterla dentro de la caja. No fue fácil.

Su mirada necia lo seguía. Lo encontraba encantador. Calculó tenían la misma edad. Notó que se comía las uñas y que probablemente no había lavado sus tenis desde nuevos. ¿Y qué harás con ella?, preguntó Eugenia nerviosa. “Mi vecina es veterinaria, la curaremos y le buscaremos casa” y con caja e iguana entre los brazos dijo adiós y partió.

No podía dejar de pensar en él. A la mañana siguiente, junto con Huevo, regresó a la plaza. No estaba. Se preguntaba dónde viviría. Por un barrendero se enteró de que hace muchos años vivían iguanas en la plaza. Había un mercado de frutas y las iguanas comían los sobrantes. Eran verdes. Al crecer la ciudad el mercado se mudó y las iguanas tuvieron que buscar alimento en las alcantarillas. Entonces se tornaron negras y desaparecieron.

Las siguientes semanas lo buscó sin suerte. Fantaseaba cómo era, qué haría, qué le gustaba y si a él también le temblaba el pecho al pensar en ella. La iguana era otro misterio.

Una mañana la despertaron los ladridos de Huevo. Desde la cama notó que su puerta estaba abierta y la de la terraza también. Pensó que uno de los gatos de la vecina se había saltado a la terraza. Huevo los detestaba. Volvió a cerrar los ojos e ignoró el ruido.

Cuando escuchó los ladridos dentro de la habitación abrió lo ojos. Un globo rojo en forma de corazón flotaba y viajaba dentro. Se desinflaba lentamente. Había entrado por la puerta de la terraza y Huevo le ladraba. Eugenia lo interpretó como una señal y se dirigió al parque.

Se sentó en una banca y lanzó una pelota que Huevo cachó. Entonces lo vió. Caminaba con un perro grande. Al verla se acercó. Los perros se gruñeron y ladraron. Ella preguntó por la iguana. Él, al no escuchar, le hizo señas de que esperara.

Se aproximó. Le había puesto bozal a su perro. La iguana estaba bien, recuperándose. Eugenia sentía que flotaba. Le contó que estudiaba cine. Ella administración. Ofreció prestarle un libro e intercambiaron teléfonos.

Tres días después la llamó. Quedaron de verse esa noche. Él le mandaría un mensaje para fijar el lugar del encuentro. Eugenia se probó todos los vestidos que tenía. Ninguno le escondía la panza. Le habló a un amigo y pidió asesoría. Le escogió uno con el que sentenció “lo harás frenar con motor”. Ella se maquilló y le mandó un mensaje. Él nunca respondió.