La doctora Dominique Suzzette despertó en completa oscuridad. Era una madrugada de invierno. Nevaba. Se puso guantes, chamarra de pluma, sombrero y encaró el frío.

Camino a la morgue se detuvo en la boulangerie. Era la única que conocía abierta a esa hora. Dominique no podía trabajar con el estómago vacío.

En la morgue la esperaban ansiosos. Habían encontrado un cadáver en la entrada. Nadie vio quién lo dejó. Calculaban había muerto pocas horas antes.

El cuerpo esperaba en una de las salas de autopsia. Dominique se preparó. Amarró el pelo con una liga dentro de una cofia, cambió la chamarra por bata y los zapatos. Se lavó las manos e inspeccionó el cuerpo. Estaba helado.

Era hombre. Le calculó cuarenta y cinco años. Cabello negro y corto debajo de una peluca rubia. Ojos grandes y verdes. Maquillado. Era hermoso, pensó. Rompió las medias y atravesó el corsé de terciopelo rojo con unas tijeras. Su piel era suave. Ningún rastro de violencia.

Posiblemente un paro cardíaco, pensó Dominique. Buscó una identificación entre su ropa. Nada. Recordó que lo habían encontrada cubierto por una capa. Al revisarla encontró una tarjeta con un teléfono y dirección. Una secretaria llamó, alguien debía identificar el cuerpo.

Dominique entró a su oficina, se sirvió un café y revisó los pendientes del nuevo día. Por la ventana veía la ciudad de París que despertaba. La rodeaba un museo de trozos humanos sumergidos en formol y herramientas viejas de medicina.

Un grito seguido por un llanto desesperado interrumpieron su concentración. Salió y en un pasillo encontró una mujer embarazada, con falda y camisa perfectamente almidonada. Junto, un niño no mayor a seis años. También impecable. Dominique solo había visto modelos así en los anuncios publicitarios de Coco Chanel.

Al ver a la doctora, la mujer se acercó y gritando preguntó por su marido. Dominique guardó silencio. La mujer exigió ver el cuerpo. Dominique se lo negó. El niño comenzó a llorar y la mujer exigió más. Dominique abandonó el pasillo.

Corrió hacia la sala donde esperaba el cadaver y cerró con llave. Lo observó. Cogió una cubeta, la lleno con agua y jabón y con una esponja comenzó a lavar el cuerpo cuidando quitar el maquillaje del contorno de los ojos.

Afuera. La mujer gritaba y exigía que la policía la ayudara. En un arranque de furia, cayó al suelo y rompió las costuras de la falda. Dominique regresó al pasillo y la guió hasta el cadaver de su marido. “Mi padre fue un gran capitán” dijo el niño. Dominique asintió con la cabeza y miró sus manos. Estaban manchadas de rimel.