“No, señora”, concluyó la responsable de la aerolínea Vivacolombia. Nuriz había hecho todo lo indicado pero no pudo imprimir su pase. Querían que pagara más. Insistió. Tuvo que pagar. ‎

No le gustaba volar pero era hora de regresar a Cartagena de Indias. En la sala de espera sacó un libro. Se lo había regalado su padre. Un tesoro.

En la portada: la obra de la artista inglesa casada con el escritor, un mexicano. Le transmitía calidez. Candidez. La imagen de un militar sobresale en tonalidades verdes.

Entre sus páginas Nuriz había escrito lo que no quería olvidar. Algunos teléfonos y una línea del tiempo con los personajes.

Sentada sintió la necedad de un mirada. La rodeaban mujeres de la capital. Continuó leyendo. Más murmuros. Un periodista de la televisión viajaba en el mismo vuelo. Unos le piden su autógrafo.

Nuriz sudó con las turbulencias. Al bajar, fue la primera en esperar la maleta. Una llanta ponchada las retrasaba. Tomo el libro y volvió a leer.

Otra mirada la interrumpió. Era el periodista. Se acercó y presentó. Nuriz le extendió la mano. Halagó su aspecto físico de mujer trabajadora, delgada y mulata. Luego al libro. “Una casualidad”,  exclamó y le contó sobre el autor, su admiración a toda su obra y los años que llevaba buscando ese título. Nuriz sonrió y él le pidió que le regalara el libro.

“No, señor”, respondió Nuriz, “cada libro cuenta una historia, aquí está la mía y todavía no la termino”. Se despidieron y Nuriz buscó taxi.

El taxista se presentó como Pablo “el baratero” e intentó venderle “una salvación”. Una limonada capaz de matar el virus de la diabetes. Nuriz no se la compró.

La fiesta de la Candelaria había bloqueado algunas calles en el barrio de Getzemaní. Pidió a Pablo “el baratero” la bajara. Cruzó a unos hombres jugando cartas y apostando. En la tienda “La tablita” se encontró con su sobrino Brayan sosteniendo un ave.

“Fue una María mulata, tía”, dijo con ojos llorosos mientas acariciaba sus plumas con los dedos. La pequeña ave había sido picoteada en los ojos por una más grande, una Maria mulata, ave costera de plumaje negro y pico largo. De reputación malvada, como las Marías en el pueblo.

Nuriz guió a Brayan de la mano rumbo a la casa. Por la noche tomó el libro. Se preguntó si existen las casualidades. Miró el mar, el fuerte apagado a lo alto y las paredes de coral que protegen la ciudad. Había regresado.