En la azotea del gimnasio Nuevo Jordán, Charden se presenta. Me dice ser de Francia pero nació en el Congo. Tenis, shorts, sudor. Acaba de entrenar. Se seca con una toalla. Es el único negro que he visto entrenando en ese gimnasio. Su complexión y altura sobresalen.

Charden comenzó a boxear como profesional en Francia. Luego en Inglaterra y en Las Vegas. A México llegó a visitar a una amiga, Melinda Cooper,  también boxeadora profesional y campeona mundial a los diecinueve años. Ella tenía programada una pelea pero su rival se echó para atrás. Charden creyó que la arreglarían para otra fecha y decidió esperar. La pelea nunca sucedió. A Las Vegas ya no podía regresar. Su manager no checó bien las reglas y una vez fuera del país no podía regresar.

No tenía otra opción. Comenzó a entrenar en el Nuevo Jordán. Quería pelear pero ningún entrenador le conseguía peleas. Buscó suerte en otros cuadriláteros. Nada. Regresó con el primer entrenador quien, por segunda ocasión, juró conseguirle una buena pelea. Decía “ahora sí, te tengo una promoción”. Charden decidió volver a rifársela con él.

Lleva un año y medio en México. Conoce bien el español pues lo estudió en Francia pero es difícil entender su pronunciación. Parece que el aire se le escapa entre cada palabra. Es cristiano. Trabaja en un colegio bíblico con niños en la iglesia Bautista Monte Sión de Iztapalapa. Uno va por algo y al final no es eso, me dice.

Charden abrió un ministerio en la iglesia para enseñar boxeo a niños y jóvenes. Su idea es utilizar el box como medio, “un gancho”, ríe, “para traer a los jóvenes a la iglesia y que escuchen la palabra de Dios”.

Desde joven su pasión es el boxeo. Dejó de estudiar y se fue a España pero no le resultó bien pues no es un país “muy de box.” Cambió de dirección y se fue a Londres. Comenzó bien. Peleaba e iba invicto pero los promotores no querían trabajar con él “porque era extranjero” y los ingleses preferían a los locales. Se fue a Las Vegas.

Su primer pelea la ganó en el segundo round por knock out. ¿Qué edad tienes? le pregunto. Ya tengo treinta y cuatro, me responde. Su padre fue boxeador. Junto con su hermano, desde pequeño, los llevó a entrenar.  A su hermano no le gustó pero a Charden sí le pegó, quiso boxear y desde entonces es su vida. Su carrera ha sido complicada. De joven, como amateur, fue campeón mundial. Iba a ir a las olimpiadas de Sídeney pero el presidente de su club no estaba de acuerdo con que se fuera con la selección francesa, “nada de mundiales ni olimpiadas”. Sólo le quedaba echarle ganas con la cabeza en alto.

“Lo malo es que un boxeador depende del promotor y otros”. El boxeador es un boxeador y necesita una oportunidad de los demás para darse a conocer. “Con un título mundial la cosa es diferente”, me explica. “Teniendo un título la gente te tiene que pelear. El promotor es el jefe, si quiere darte la pelea sí, si no, no. Pero aún así le tiene amor a ese deporte. Sólo Dios sabe, yo confío en Él”.

Días después abordé el Metro rumbo a la estación Consitución de 1917. Ahí quedé de ver a Charden para concer al grupo de jóvenes que entrena. El vagón del Metro se estancó y Charden no pudo esperarme. Seguí sus instrucciones. Abordé el pesero indicado. El conductor notó que no era de la zona. Le describí a donde iba “dos cuadras después del puente”. El chofer me preguntó por qué me dirigía ahí. Le expliqué. Él también es boxeador, del gimnasio Pancho Rosales. En dos semanas pelearía en Tijuana.

La ruta del pesero, por esa tarde, cambió y me llevó a una cuadra de la iglesia Bautista. Me explicó que debía caminar por una calle, a la vista, solitaria. La rodeaban multifamiliares con ventanas rotas. Algunos graffitis y ropa colgada desde las ventanas. La iglesia estaba vacía. Un hombre me guió monte arriba hacia una plaza donde los jóvenes estaban por comenzar a entrenar.

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La mayoría eran niños. Algunas niñas. Uno, llegaba de la mano de su hermana mayor. Su gancho, era un muñón. Charden lo vendó y le puso los guantes. Entonces, su debilidad se convirtió en fortaleza. Era tan capaz o mejor que los demás. Entrenaban en un viejo teatro. Junto, un quisco donde me senté a observarlos. Un hombre, con boina y chaleco se sentó junto a mi.

“El boxeo es para defenderse, no para agredir”, me dice, “por eso el box es bueno”. Su teléfono suena. A lo lejos escucho las instrucciones de Charden. “Es un deporte completo”, retoma la conversación, “ejercicio, técnica, sacar la adrenalina, saberte defender. Muchos entran box por hambre. La base principal es tener punch, tener pegada, la técnica se aprende”.

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Iván es hijo de boxeador. Él prefiere el tango, otro baile. Me pregunta por Charden, no lo conoce. Cree que los latinoamericanos tenemos coraje. Unos le dan y se van sobre ellos. Le gusta ver las peleas en la tele. Recuerda los años cuando dejaron de transmitir boxeo. Cuando su padre boxeaba y lo transmitían a él, lo ilusionaba. Unos años quiso ser boxeador, sabía que tenía punch. Pero su padre no lo dejó. “En esos años era amor a la camiseta, ahora es negocio”. Recordé que mi bisabuelo solo veía la televisión si había box. La veía mediante un espejo pues no sabían que daños podía causar.

Su padre, disputando el campeonato, lo más que ganó fueron sesenta mil pesos. Sólo entrenaba, a eso se dedicaba. Era de Sinaloa, Enrique Esqueda. No se bautizó con un apodo. Le cuanto cómo comencé a entrenar boxeo. Insiste en que debo pelear. Me falta punch, me defiendo. La campana de la basura nos interrumpe. Dice que no tengo cara de boxeadora. Hablamos de mujeres boxeadoras vs. mujeres fajadoras, “las que se dan sin técnica, pegan cómo caiga y dónde caiga”. Las otras “pintan el golpe”.

Me recomienda visitar otro quiosco en Iztapalapa donde entrenan boxeo mujeres y jóvenes. Iván cree que falta le  difusión. La actividad saca lo que traen, es parte del sistema, concluye. “Arriba del ring, se agrede, abajo, si usas los puños eres tu propia víctima”. La pena es dura. Los puños son armas. Me recomienda una ruta más rápida para regresar a casa desde Iztapalapa.

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El entrenamiento terminó y la clase de tango de Iván comienzó. Los chicos se quitaron los guantes pero el juego no paró. Caminé monte abajo rumbo a la parada del pesero que Iván recomendó. Gente cargando madera, arreglando maquinaria. Perros dueños de calles. Desde un puente peatonal admiré la ciudad gris que me rodea. Su arquitectura dispareja y los tinacos que, como cruces, diferencian un hogar de otro. Unos chicos, graffiteros, hacen burla de cómo bajo las escaleras. Primero que me tiren un balazo antes de dejar de boxear, me dijo Charlen en el Nuevo Jordán. Esa noche, regresé al gimasio, y volví a entrenar.