La tarde que demolieron el baño de la casa de su abuela Erminia, Paulino aprendió que detrás de los escombros se encuentran tesoros. Paulino era un niño cuando vio al albañil quitar azulejos y descubrir un agujero con un rollo de billetes dentro. Eran dólares. Como Paulino había sido testigo, el albañil tuvo que entregarlos a la madre de Paulino.

“¿Qué más escondía la abuela?” preguntó Paulino. Doña Erminia había llegado de España a México en un barco. Se dio a la mar en llanto junto con dos primas menores, una muñeca, una caja llena de billetes y la ilusión de regresar. Abandonar su patria la hizo fumadora, precavida y fría. “Nunca confiaré en los bancos más de lo que confío en mi colchón”, decía, “solo una sabe cuidar lo que tanto le ha costado conseguir”.

Las primas menores eran gemelas. Nunca se casaron. Paulino las llamaba las tías arpías. La tía Mimí y la tía Remedín habían crecido en la ciudad de México. Remedín tuvo un pretendiente, intento robarla pero Mimí, mujer dominante, lo impidió y Remedín optó por la compañía de los lazos de sangre.

Erminia murió cuando Paulino era pequeño así que su madre lo forzaba a visitar a las tías. En octubre, su cumpleaños, no aceptaban un “no” a comer. Preperaban migas, tortilla de patata, guacamole, arroz con plátano y pastel de elote especialidad de la tía Remedín. Paulino no soportaba el olor de la casa ni la calle de Varsovia, donde vivían desde hacía más de treinta años.

La sala parecía bodega. Mimí decía tener vocación de historiadora; compraba y guardaba vejestorios. Un tiempo coleccionó muñecas Juanita Pérez. Paulino aseguraba era el reflejo de su maternidad frustrada. Objetos cubiertos de polvo. Humedad, salitre. Paulino estornudaba constantemente.

Viejas, las tías parecían momias.

Pasaban el día bordando tapetes de flores y bodegones que la vecina vendía en la Merced y el centro. Por las noches: televisión. Merlín, el gato, las acompañaba y observaba desde el sillón ronroneando, acicalándose y meneando su cola peluda. “Pero soy alérgico tías”, se defendía ya de adulto Paulino ante la insistencia de que se sentara junto a ellas y el gato. “Si hubieras sido mujer resistirías, serías menos quejumbroso”, remataba la tía Mimí con su tic de cerrar dos veces los ojos y subir el codo y hombro izquierdos al terminar cada enunciado.

El último año que pensó las vería con vida llegó puntual al festejo. A cada una le entregó un pequeño ramo de gardenias. Paulino imaginaba que el pasado olía a gardenias. Al terminar de comer el timbre interrumpió. Mimí abrió y abrazó a un joven apuesto de la edad de Paulino a quién presentó como Conradito.

Conrado acababa de llegar de España. Sin trabajo en el viejo continente buscaba fortuna en el nuevo. Paulino lo observó desconfiado, era un desconocido. Coqueto, hablaba con ese maldito acento gachupín que embrujaba a las tías. El traje combinado con cinturón piteado lo enojaba. Dentro de Paulino se cocinaban celos.

Tres meses después sonó el teléfono de Paulino. Era su madre en lágrimas. Habían encontrado a las tías y a Merlín muertos. Hacía frío y cerraron todas las ventanas de la casa sin pensar que el boiler, desde la cocina, las podía envenenar. Conrado, quién al no encontrar trabajo se había mudado con las tías estaba en Cancún. Regresó del viaje y las encontró, llamó a la policía y reportó los cadáveres. Decía estar desonsolado.

Al terminar los rituales mortuoriios Paulino pensó en lo que escondía la casa de Varsovia. En el archivo general de notarías le notificaron que las tías habían muerto intestadas. Debía comenzar un proceso legal para quedarse con la casa pero lo demás debía buscarlo él y Conrado vivía en la casa.

Pasó a visitarlo pero el recibimiento no fue amable. Aparte de un supuesto parentesco lejano nada los unía. Paulino exigió abandonara la casa y devolviera todo lo que “por derecho es mío”. Conrado respondió con que él era el nuevo dueño. Paulino le acomodó un gancho al pómulo y lo tumbó. Sangró, gritó, corrío al teléfono a llamar a la policía y Paulino se fue furioso.

A la semana siguiente Paulino comenzó a espiar a Conrado. Había contratado a un vigilante. Unos albañiles construían lo que sería su caseta junto a la puerta principal. Paulino esperó y pensó. Una intuición confirmaba que dentro de la casa estarían miles de billetes escondidos, como en casa de su abuela Erminia. La casa sería de él mediante un juicio pero el dinero y las joyas debía tomarlas él, con sus manos, antes de que Conrado las encontrara.

Observó sus movimientos. A qué hora, dónde y por cuánto tiempo salía. Dedujo todavía no encontraba la fortuna escondida pues lo creía “medio pendejo”. Salía a comprar alimentos, al cine y de pronto a comer con una mesera que pretendía. La puerta la vigilaba un guardia veinticuatro horas.

Una mañana notó un taxi del aeropuerto esperando. Conrado lo abordó. Los siguió hasta el aeropuerto. Conrado viajaría a Guadalajara. Era su oportunidad. Regresó a la casa y observó al policía en turno que desde su silla veía la televisión y la puerta. No había forma de saltarse. Debía desaparecerlo por unas horas pero matarlo le producía asco. Quería entrar, buscar, sacar y desaparecer sin testigos.

En la farmacia de su compadre Luis adquirió una solución “de película”. Dormiría al guardia. Remojó bolitas de algodón en el dulce perfume del cloroformo y las acomodó en el ducto de entrada del ventilador de la caseta. Media hora después, el vigilante cabeceó. Paulino entró y le cubrió nariz y boca con un pañuelo empapado del somnífero. Él, se protegió con una máscara.

Entró a la casa. Conrado había comenzado la búsqueda. Puertas abiertas y cajones desordenados. Revisó cuarto por cuarto, lo que no quería lo destrozaba. Los objetos de valor los guardaba en bolsas, cajas y maletas que se iba encontrando. Plata, pewter, porcelana, abrigos de piel, vestidos de gala y más. Buscó en la cocina, en la sala, en los closets. Movió cuadros, libros, cajas y tuberías. Sabía que al igual que su abuela las tías no tenían cuenta de banco. Comenzó a desesperar y con un martillo destrozó las paredes. Recordó las muñecas y destazó sus entrañas con una navaja. Nada. Su compadre Luis, quién había pedido una mochada del tesoro, había llegado en una camioneta. Tenían poco tiempo antes de que el vigilante despertara.

Luis comenzó a subir al auto lo que Paulino había seleccionado. El vigilante comenzó a murmurar. A Luis le ganaron los nervios y forzó a Paulino hacia afuera pero faltaba el dinero. Encolerizado, Paulino tomó una botella de aceite de canola y la desparramó por la sala, la cocina y el comedor. Con un cerillo le prendió fuego y salieron rápidamente.

Al día siguiente la nota se publicó en varios periódicos. Interpretaron había sido obra de los chichifos de la zona. El guardia había sufrido daños pero lo encontraron con vida. Conrado regresó a encontrarse con una casa rostizada. En una caminata cruzó por la esquina donde Prudencio, voluntario de limpia, separaba la basura. El juicio por el terreno de la casa había comenzado y Conrado lo pelearía. Aprovechando el encuentro, pidió a Prudencio visitara la casa y se deshiciera de la basura quemada.

Dos días después Prudencio tocó la puerta. Dentro de una caja de galletas descontinuadas había encontrado una bolsa con esclavas de oro, cuarenta mil pesos en efectivo y una colección de billetes antiguos españoles. Quería ayuda para vender la colección de billetes “viejos” que parecían “casi nuevos”.