Atravesamos Sauzalito. Cafés, galerías, salones de belleza con vista al mar y embarcaciones. “Allá es neblina y del puente para acá sol”. José acelera hacia el Golden gate, vamos rumbo a la ciudad de San Francisco. Veo la niebla que cobija los cerros. El cielo se pega al suelo. Acá, todo es caro; las rentas y la comida. Los suburbios son más baratos para vivir. En una esquina de la carretera trabajadores mexicanos esperan ser contratados. La migra no anda patrullando, concluye José.

José me platica sobre Oakland, ciudad casi pegada a San Francisco. A todos los que conoce que viven allá los han asaltado. Me señala un puente lejano del otro lado. Lo oculta la neblina.

Llegamos a la calle de Castro. Banderas gay ondean por todos lados: en bicicletas, salones de belleza, sevenelevens. José frena el coche. Me deja su número telefónico por cualquier emergencia. Me bajo y despido. Mujeres travesti, sexshops, bares, casas con techos de doble altura, colores pastel, arquitectura victoriana, balcones cerrados con vista a la calle y las montañas. En un café compro un collosal chocolate chip cookie. Los gringos y su amorío con lo grande.

Otra tienda vende un poco de todo: pelucas, papelería, lámparas y productos de limpieza marca I love my penis. El cajero es un hombre afroamericano y amanerado de nombre Loui. “This is where it all happened”. En los setenta, en la calle 18 con Castro, comenzó el movimiento gay de los EEUU. El grownd cero gay, concluye Loui.

Ahora el barrio está cambiando, me cuenta. Viene a vivir gente de fuera. Le pido me recomiende un buen bar. Duda. Están remodelando las calles. Hay mucho ruido. Los buenos lugares están under construction y abren de noche. Últimamente han llegado gangs a las fiestas. Loui prefiere salir por otras zonas de noche, solo para Pride se queda pues cierran las calles y se llena de gente.

Me impresiona la limpieza. Imagino los basureros repletos con los residuos de la sociedad del compro luego existo. “Hey, save some animal for me today, I know you love animals”, me dice un hombre vestido con abrigo sucio y pelo enredado. Me entrega un folleto.

La ideología se ha transformado en marca. Turistas de lado a lado, no importa el idioma, todos pronuncian la palabra gay. Unos pasean a sus perros, la mayoría razas pequeñas. In living memory of Bryan, leo en una esquina. Al mensaje lo rodean fotos de un joven sonriendo. Lo extrañan. La muerte de un amigo no se olvida.

El día está soleado pero el viento me pone la piel chinita. This is how the weather is normally like, me confirma un vendedor en un café. Unos niños pasean de la mano de sus madres, otros, de sus nanas latinas. San Francisco comienza a aparecer.

Camino por una calle perpendicular a Castro, rumbo al parque Dolores. Me distrae un ronquido. Un hombre tirado en la calle con una lata de cerveza en la mano. El bulto se mueve por el suelo. Tiene cabello rubio, manos casi negras. Esconde la cara del sol. Su olor me persigue media cuadra. Unas chicas con shorts lo atraviesan e ignoran. Un chico las saluda, how are you?. Fine, responden al unísono. Un hombre me interrumpe, quiere que le dé veinticinco centavos.

Unas cuadras después dos niñas y un niño hablan español con acento extranjero. Me dirijo a ellos, pido me recomienden a dónde ir. “Aquí no hay nada”, me dice una niña, “vaya a la misión, ahí están todos los latinos”. Los tres son de origen mexicano pero nacieron en San Francisco. “Nada más no se fíe de la gente”, dice el chico, “ahí hay más malos que aquí”. Ríe. Un hombre mayor se acerca. Estaban en clase, es su profesor. “Se cuida usted, paisana”. Se despide el chico mientras el profesor los regaña.

La calle tira en dirección hacia abajo. A lo lejos alcanzo a ver la bahía. Arriba, restaurantes limpios, ordenados, sol, flores. Ver tanto orden me produce un caos interno. Los nombres de las calles y los barrios son en español.

Entre más bajo más me acerco a la calle Mission. Me topo con un restaurante yucateco llamado Mi ranchito y una tienda La oaxaqueña. Indios, chinos y latinos las atienden. Estoy en la zona latina. We are everywhere, dice un graffiti sobre una barda vieja y sucia.

Uno de los edificios más grandes de la cuadra es una tienda de objetos y ropa usada. En la entrada, un policía grita a una mujer “leave the store”. Ella, con claros rasgos latinos, le responde “don´t tell me to leave the store, my mom and dad are in heaven you can´t tell me to leave”. El policía se enoja más, “don´t threat in here”. La mujer sale gritando, molesta.

En la tienda venden trajes de China, África, vajillas, juguetes, zapatos. Las ganas de comprar son como los sueños, ilimitados. Algunos no compran, sólo se pasean entre la ropa acompañados de sus perros, otros lo hacen en sus sillas de rueda. ¿De dónde sacan tantos productos? Pregunto al cajero. No sabe, dice suponer los traen de Plutón.

Afuera de una farmacia un grupo de afroamericanos discuten. Unos en silla de ruedas, otros parados y algunos sentados en la banqueta. Fuman mota y piedra. Uno arrebata la pipa de otro. Se gritan. En una ventana reconozco la imagen de Paquiao vs. Marquez. He llegado a un gimnasio de boxeo.

Karla, detrás de un escritorio me saluda. Usa gorra. Cabeza rapada de ambos costados. Pesa más de 150 kg. RIP Chuy tiene tatuado en el brazo izquierdo. El gimnasio está vacío. Se escucha el pitido que anuncia el cambio de round.

Hace tres años abrió el gimnasio. La mayoría que entrena son jóvenes de diecisiete para arriba. Llegan entre 3.30 y 4, no tardarán en entrar. Karla es mexicana aunque habla como gringa. Los dueños del gimnasio, árabes. Me dice que es una zona de crackheads y piedrosos, “todos están bien locos por aquí, pero si te vas hacia la 24 se pone mejor”. Es de Chapala, aparte de trabajar ahí, entrena. Hip hop es el acompañamiento. Entra un joven a entrenar. Karla me ofrece guantes y vendas. Traigo jeans. No habrá round.

Le cuento del gimnasio al que empecé a ir en la ciudad de México, en la calle de Lucerna. Lo que alguna vez fueron oficinas del PRI, después de la victoria del PAN, quedaron abandonadas. Una mujer, amante del boxeo, decidió fundar un gimnasio muy humilde en el primer piso llamado Erik, El terrible, Morales. Esperaban que asistiera a la inauguración pero no llegó.

Karla me muestra sus tatuajes, una pistola le cubre casi todo el brazo derecho. “Me gusta la vida loca”, dice. Formaba parte de una pandilla, las más fuertes son los de rojo y azul, ella era azul. Mareros casi no hay, los deportaron a todos. A ella la metieron al bote, fue a juicio. Consiguió una oportunidad, se alejó de la pandilla y ahora trabaja. De portarse mal será cadena perpetua. Al despedirnos me llamó “mi hermana”.

Sigo caminando, quiero llegar al mar. Busco un teléfono público. Le pregunto a un hombre que trabaja en construcción. Ya no existen, usa el mío, responde. Es de Puebla, llegó hace 19 años. ¿Ya eres gringo?. Tendría que cambiarme la piel y los ojos, bromea.

Sigo caminando. Más graffitis. No human being is illigal, leo en uno. Más homeless, otros en sillas de ruedas. Aparecen nuevos edificios. Cada vez más altos y modernos, me acerco al centro financiero, a la ciudad de la riqueza. Miles de tiendas, calles limpias y gente arreglada. “San Francisco, 40 000 m2 sounded by reality”, leo en una valla comercial que esconde una nueva mega construcción. Pienso en los que viven allá pero su sangre es de acá. Tomar la decisión de dejarlo todo por un sueño mejor. Querer pertenecer y ser rechazado. Me rodean cientos de edificios y sus miles de ventanas. Miles de ojos que desde las alturas observan la ciudad de lejos pero ignoran los detalles.

De pronto, frente a mí, la bahía. El olor a sal. La neblina aparece y desaparece. Observo el puente, la ciudad que acabo de atravesar caminando y la que está del otro lado: Oakland. Ciudades vecinas pero antitéticas. A lo lejos, la isla de Alcatraz. Cientos de gaviotas, eternas viajeras y compañeras de los marineros tanto aquí, en la tierra, como allá, en la mar.