“¿Una cascarita?” la invitaron sus primos y Feliciana aceptó. Al medio tiempo se tomó una cerveza para refrescarse del sol del mediodía michoacano. Era la mañana de la noche de muertos. El campo olía a flor de cempazúchil.

En el segundo tiempo Feliciana metió gol. Poco después, en un movimiento brusco, se torció el tobillo. “Eso pasa cuando rebasas los veinte”, pensó y se sentó a beber otra cerveza. Había escuchado los ligamentos tronar. El dolor crecía y el tobillo se hinchaba. Sus primos siguieron jugando. Ella cojeó hacia la cocina por un poco de hielo y en su cuarto reposó con el pie hacia arriba.

Acostada cerró los ojos. A lo lejos escuchaba el partido e imaginaba el campo, el cerro, su cielo y olores. Entre suspiros escuchó el motor de un auto a lo lejos. Imaginó sería algún tío, la familia se reuniría para comer.
Oyó voces desconocidas. Las ignoró. Un disparo le abrió los ojos. Luego otro y otro más. Saltó de la cama impulsada por el tobillo lastimado. En un segundo llegó a la ventana desde donde podía ver el jardín donde sus primos jugaban futbol. Estaban todos, atravesados, tirados. El auto se alejaba.

Días después la hinchazón había desaparecido pero el tobillo era azul oscuro. Su estómago, lleno de ácido. Su odio se había convertido en venganza. El juego la perseguiría hasta el día de su muerte.