Monto la bicicleta con rumbo a Paseo de la Reforma. La calle está llena. Ni un auto. Miles caminan. Pedaleo entre humo de inciensos, pancartas, tambores, coros, antorchas. El sol cae, México despierta. La piel se pone de gallina.

Atravieso el Ángel de la Independencia. Miles de voces exigen: vivos se los llevaron, vivos los queremos. Uno se ha pintado una lágrima de sangre. Algunos visten de negro. Aparecen más trompetas y personas. La música siempre es aliada. Una banda toca fanfarrias, parece fiesta taurina. Otros, desde las banquetas, observan y documentan con sus teléfonos.

En el suelo se lee: Estado asesino. Lo han graffiteado también. Dejo la bici. Es difícil caminar entra la multitud y letreros que dicen: terroristas. Me alejo del flujo de gente que seguirá hasta su meta: el zócalo. A la distancia, el silencio puede ser aterrador. Llego al 109 de Reforma. Parece estar abandonado. Dos hombres con traje negro custodian la entrada graffiteada.

Entro. Una luz neón azul rompe con la obscuridad. Estrobos. Han llegado pocos invitados, la manifestación no permite el paso a los que vienen en auto. El negro predomina en la vestimenta, sacos, tacones, camisas y minifaldas. Por dentro también parece abandonado. Muros desnudos. Dos niveles. Al centro: una habitación de doble altura. Cruza una pasarela. Sombras. Mujeres de piernas largas, shorts. Quiero ser modelo dice una, ¿cuántos años tienes? responde su amiga. Veinticuatro. Para ese mercado, eres fruta mayugada.

En el baño las mujeres se maquillan y observan al espejo. Una grita que le falta papel de baño. Su amiga se lo rola por debajo de la puerta. En un pasillo regalan agua importada. Yo prefiero alcohol. Vaya al segundo piso, me recomienda un edecán de ojos claros y acento extranjero. Adentro, moda y apariencias. Afuera, manifestación de dolor. Dos voces que gritan.

Las luces ciegan. La obscuridad gana. Siluetas. Nadie refleja por fuera lo que es por dentro. Me confundo de pasillo y entro a la zona de maquillaje. Mujeres en transformación. El truco es aparentar perfección.

La luz negra resalta las manchas blancas de las paredes. Algunos letreros de prohibido el paso, de plástico amarillo, como usa la policía. En el segundo piso encuentro una subasta. Algunos diseñadores mexicanos. Otros objetos de Marc Jacobs y Oscar de la Renta. Hay vestidos, bolsas, joyería, junto a cada objeto una mujer espera. También subastan un viaje, visita y lunch en el estudio de Zac Posen en Nueva York.

Los invitados caminan alrededor de los objetos en subasta. Observan el precio de salida y comentan. Música house y otros géneros electrónicos de fondo. Salen las chelas. Todos quieren. No importa el traje, la bebida es la mejor compañía.

También hay tequila y champaña. La pasarela no arrancará hasta que algunos invitados especiales logren atravesar la manifestación. Los que han llegado piden un trago. Hay que adaptarse, comenta uno sobre entrar al desfile después de ver a la gente en la manifestación. México es como un camaleón, cambia todo de un segundo a otro, concluye.

En el baño, las mujeres comentan la magnitud de la manifestación. Algunas creen que ya se acabó. Hay mucha gente, la causa es buena, se sentía una vibra buena, comentan otras mientras se despiden en el baño.

Todos los invitados han llegado. La gente se sienta alrededor de la pasarela y el desfile de Mancandy comienza. El espacio que la oscuridad escondía ahora brilla. Mujeres, hombres, hermosos y esbeltos. En una mano detengo una copa de champaña, en la otra, un tequila doble y una chela. Los modelos caminando al ritmo de la música. La moda expresa y los ojos de todos observan de abajo hacia arriba cada atuendo, cada cuerpo.

Al terminar la pasarela los invitados desaparecen rápidamente. Al salir, la ciudad se siente vacía. Algunas sombras, basura y letreros rotos. Junto a Jimmy camino por la bicicleta. Un edificio resalta entre los demás por sus luces rosa. El senado parece putero, le comento a Jimmy. En una de sus rejas alguien había amarrado un sostén.

A la mañana siguiente la cruda era insoportable. Dos aspirinas. Me puse el mandil y fui a trabajar a la pizzería. En una mesa, un hombre me preguntó cuál era mi especialidad en la cocina. Ninguna, respondí, soy escritora. Me vio con lástima. En la cuenta dejó el doble de propina.